dijous, 3 de març de 2016

ALPHONSE OSBERT: EL PINTOR DEL ALMA.

Los lectores habituales del blog se dirán, no sin cierta razón: "¡Vaya, otra entrada sobre arte y espiritualidad!. Y sí, efectivamente, tienen razón. Pero debería recordados que la finalidad última de éste blog, es despertar nuestras consciencias, para entre todos, intentar hacer un mundo más justo, libre e igualitario; pero también, más bello, más armónico, en el convencimiento de que eso resultaría impensable, sin que la mejoria de las personas, abran sus sensibilidades a otras dimensiones, digamos más elevadas.
Pero es que además, es prácticamente imposible encontrar algún artista -y no sólo contemporáneo- que no aúne en su arte: belleza y espiritualidad. Recordemos las siguientes palabras de Antoni Tàpies:


Los viejos intelectuales más o menos de izquierda, algunos de los cuales llegaban a pensar que las «rarezas» del arte moderno ignoraban la vida y lo hacían demasiado esotérico, o los que hacían mofa que el arte se transcendentalizase demasiado o se volviera demasiado metafísico, se encuentran ahora con la sorpresa de que todos los que se consideran los mejores artistas del siglo XX, del primero al último, son precisamente los que más profundamente se han interesado por estos problemas de nuestra existencia coincidiendo con enseñanzas precisas de los maestros de espiritualidad que frecuentaban o leían con fruición. Es el caso - por citar los más abstractos- de Kandinsky, de Mondrian, de Malevitch, de Klee, de Schwitters, de Arp, de Pollock, de Rothko, de Tobey, etc. Y ya no digamos, claro está!, los que tienen ese sentir simbólico mucho más evidente, como Van Gogh, Gauguin, Munch, nuestro propio Picasso, Marcel Duchamp ... o de tantos y tantos otros más recientes. Y eso ciñéndonos sólo a la pintura occidental que figura o esta citada en la exposición que hemos dicho, ya que no solo podríamos añadir muchos más nombres de Europa y América -pensemos en Ernst, Miró, Motherrwell, Lam, etc.- sino que si introdujéramos las fuentes espirituales del arte oriental que han gravitado sobre estos artistas -de la pintura china en el arte zen japonés, del tantrismo hindú en las tankas tibetanas, etc.-, podríamos llenar todo un volumen con otros nombres. Sin olvidar, naturalmente, las innumerables muestras que, en el mismo sentido, nos dieron las artes llamadas primitivas. O las imágenes y símbolos de tantos otros autores más «heterodoxos» o mal conocidos de nuestra propia tradición occidental. Antoni Tàpies: "Hacia una conciencia cósmica".


En la entrada dedicada a Arnold Böckling que podéis ver aquí:


Decíamos: El simbolismo surgió entre 1886 y 1900 y se manifestó en todos los ámbitos de la creación artística: la literatura (poesía, filosofía, teatro), la música y las artes plásticas. Aunque inicialmente se originó en Francia, al poco tiempo se difundió por toda Europa hasta llegar a Rusia y al continente americano.
La pintura simbolista, muy influenciada por el lenguaje poético y visionario del movimiento Romántico, así como por el tono nostálgico de los prerrafaelitas, dio forma al mundo interior subjetivo y físico. Los simbolistas rechazaron la inspiración en la naturaleza y, en su lugar, apelaron a la expresión de lo espiritual y de lo imaginario frente a la simple mirada, como hicieron el realismo, el impresionismo y el naturalismo.
El simbolismo es posiblemente la corriente estética que mejor describe los gustos del fin de siglo -S. XIX- en todo el mundo occidental. El simbolismo, en Europa, se elabora lentamente desde la evolución de la estética romántica y culmina en pluralidad de opciones plásticas que se definen por la sobrevaloración de los significados de la obra de arte, por encima de sus resultados formales. Pero en España, las distintas tendencias simbolistas -prerrafaelismo, parnasianismo, esteticismo o decadentismo- que en Europa se desarrollan a lo largo de medio siglo, son asimiladas al mismo tiempo y de manera global, al margen de las muy diferentes connotaciones que pudieran tener en sus orígenes.





En el ámbito de la pintura, el simbolismo responde a un planteamiento plástico que se sitúa en una posición antitética a los logros técnicos del impresionismo y del postimpresionismo. Los elementos que mejor definen el impresionismo pictórico son de tipo técnico: la pincelada de color puro y sus calidades lumínicas; en cambio el simbolismo, como reacción, propone una pintura conceptual en la que domine el tema sobre la representación: un arte de contenido.
El crítico de arte Georges-Albert Aurier definió el simbolismo en los siguientes términos: “La obra de arte debe ser, en primer lugar, ideísta, puesto que su ideal es la expresión de las ideas; en segundo lugar simbolista, puesto que debe expresar dichas ideas a través de formas; en tercer lugar sintética, puesto que escribe sus formas y sus signos a partir de un método de comprensión general; en cuarto lugar, subjetiva, puesto que en ella el objeto nunca es considerado como tal, sino sólo como un signo percibido por el sujeto; y en quinto lugar, la obra de arte debe ser también (lo cual es una consecuencia de todo lo anterior) decorativa”.
Los poetas y los pintores que comulgaban con éstos principios se evadían a través de la ensoñación y la melancolía, al mismo tiempo que rechazaban el positivismo, la técnica (la fotografía) y el materialismo. Los simbolistas vivieron alejados de la sociedad, a la que consideraban decadente, y se consagraron a la espiritualidad. Así mismo, exploraron su imaginación a través del alcohol y las drogas. Por otra parte, se dedicaron a cultivar las apariencias (el dandismo) y la provocación.
Los pintores simbolistas se inspiraron en las novelas y en la poesía, tanto contemporáneas como del pasado (La Divina Comedia de Dante). Asimismo recurrieron a la Biblia y a la mitología clásica, germánica, celta y escandinava, así como a las leyendas, los mitos y los cuentos de hadas, con el fin de alimentar sus ensoñaciones.





Los simbolistas magnificaron, con una sensibilidad a flor de piel, todo lo que se ocultaba tras las apariencias: la oposición entre el vicio y la virtud, el sadismo y la lujuria, la neurosis, la proyección de los sueños, lo fantástico, lo imaginario, lo incomprensible, la magia, el esoterismo, el más allá, el misticismo, la soledad y la muerte.
Por su parte, el símbolo contribuyó a evocar por analogía una idea profunda y personal que tendió a imbuir al espectador en lo desconocido.
Para este movimiento, que luego se extendió a muchas artes, el mundo sigue siendo un misterio y la belleza artística es la capacidad de describir el mundo a través de las representaciones metafóricas. 
Los pintores simbolistas buscaron una armonía estética que se adaptara a su propio simbolismo. Incluso muchos de ellos combinaron la precisión del dibujo con el trazo desdibujado de la pincelada. Así, la pintura se enriqueció con experiencias de lo más variado, como el azar de las manchas de color, la difuminación del contorno, la imprecisión de las formas y la sensualidad de los tonos y la materia pictórica.
Entre los pintores simbolistas más conocidos, destacan: Gustave Moreau, Pierre Puvis de Chavannes, Sir Edwuar Burne-Jones, Edvar Munch, Fernand Khnopff, Adrià Gual i Queralt, Jean Delville –del que hemos hablado en ésta entrada-:



Hoy quisiéramos hablar de otro pintor simbolista de gran poder  evocador: Alphonse Olbert




Al final del siglo XIX, muchos artistas tienen la intención de reaccionar contra el realismo y las incertidumbres de un mundo cambiante, y en contra de un arte naturalista privado de ideal. Escritores, poetas, pintores y escultores tuvieron la ambición de restaurar la armonía entre el hombre y la naturaleza, para reconciliar a sus compañeros –contemporáneos- con lo espiritual y contribuir a la construcción de una sociedad moderna que no sólo se base en el progreso científico, técnico y económico.
Esta voluntad de romper con el naturalismo y el materialismo triunfante da a luz al movimiento simbolista que afecta a todos los países y todos los ámbitos de la creación artística en 1880.
Nacido en París, Alfonso Osbert es una de las figuras mas representativas la corriente simbolista.
Alphonse Osbert (23 Marzo 1857 a 11 en agosto de 1939) formado en la Escuela de Bellas Artes como discípulo de Henri Lehmann, su primera pasión fue para los grandes maestros españoles, en particular José de Ribera 





                                                detalle



y se encontraba muy influenciado por el pintor Bonnat.



De hecho algunas de sus primeras obras nos dan muestra de su perfecto dominio del oficio:



El abandono del estilo académico se llevó a cabo a finales de 1880 bajo la influencia de varios conocidos relacionados con el postimpresionismo y simbolismo. Ese mismo año se instaló en en el distrito XV, en el No. 9 Rue Alain Chartier de París, 





donde vivió hasta su muerte en 1939. La hija del pintor, Yolande Osbert, que murió en 1990, informa en sus memorias las encantadoras horas pasadas en el taller de la calle Alain Chartier, en compañía de los muchos amigos artistas de su padre.
Inicialmente, Osbert abandonó la pintura naturalista a favor de una técnica puntillista como la utilizada por Seurat 



y Signac. 






Pronto asociado con el grupo neo-impresionista, expuso en el Salón de los Independientes junto a su amigo Seurat, y continuó la investigación sobre la luz y sus efectos sobre el color, inspirados en las teorías químicas  de Chevreul.
De repente, su pintura cambia la orientación cuando el artista se acerca al movimiento simbolista. Su encuentro con Pierre Puvis de Cavannes 




en 1887 inauguró el estilo idealista y decorativo que a partir de ese momento marcaran su lenguaje pictórico de la pintura de caballete al mural. 
Más adelante inspirado por el citado Pierre Puvis  y  otros simbolistas como Odilion Rodon, 





optó por renunciar a la representación del objeto del mundo real, y desarrolló un lenguaje visual poético de su propia creación.




Su estilo se compone básicamente de la representación de Musas – personajes siempre atemporales- fantasmales, en misteriosos paisajes idílicos, en “la noche de la nada”, bañados de una luz sobrenatural que emana del sol o de la luna, se caracterizó por el abundante uso del color azul.
Acostumbra a presentar sus obras en el Salon des Cent, 




a exponer junto al grupo de pintores próximos a Gauguin –y durante un tiempo a Van Gog- y a la escuela de Pont-Aven, que se autodenominaron Nabis –profetas en hebreo- en Le Barc de Boutteville.
En la década de 1890 se asoció con Joséphin Péladan y su orden de los Rosacruces, participando activamente en los Salones Rose+Croix que se celebraron en París a partir del 1892,  de los que hablaremos más adelante, para defender el arte idealista.
Asistió y manutuvo una estrecha amistad, con el poeta simbolista Stéphane Mallarmé.




En la pintura francesa de la segunda mitad del XIX siglo, el deseo de romper con el realismo de Gustave Courbet Gustave Caillebotte da lugar a diversos movimientos artísticos, especialmente con aquellos artistas creadores unidos por la simbología de los colores, deseosos de experimentar con la forma y los aspectos decorativos.
El simbolismo idealista, que afirma Alfonso Osbert, es otra corriente que reúne a artistas que buscan combinar la búsqueda plástica a un mensaje espiritual.
Individualistas por encima de todos estos pintores, sin embargo, participan en los círculos de pensamiento y acción, incluyendo los salones de la Rose-Croix, organizado desde 1892 hasta 1897 por el escritor y ocultista Joséphin Péladan, y la exhibición de "Pintores del alma " iniciada por la revista Arte y vida en 1896.




Más allá de las apariencias, el artista evoca un mundo ideal y favorece la expresión emocional o de los sueños. En él se describe el mundo real utilizando expresiones metafóricas y la inspiración de la antigua mitología germánica, de la antigua Grecia, o de Egipto, en el arte medieval o del Renacimiento, símbolos de una época en que el arte era considerado sagrado.
“A menudo inconscientemente, los simbolistas tuvieron una gran influencia sobre el arte posterior – del siglo XX- : ellos anunciaron un nuevo arte y sembraron las semillas de la modernidad”. Según nos explica Alain Galoin.
Aclamado por la crítica y apoyado por el diario La Plume




Osbert será reconocido como uno de los principales pintores simbolistas. Su éxito y la gran aceptación de su obra por parte del público, le dieron la posibilidad de recibir el encargo de hacer diversos frescos y murales para decorar Ayuntamientos, Teatros, Operas, como por ejemplo: la Cúpula del Centro Spa en Vichy (1903 y 1904), 









y la iglesia de Saint-Louis en Vichy (1915).





Acerquémonos un poco al ideario de Alphonse Osbert y su aproximación a la Orden Rosacruz.

Joséphin Péladan y los Salones de la Rosa-Cruz

A finales del siglo XIX, Occidente se maravilla de los nuevos poderes que le aportan la ciencia y la industria. La ciencia triunfa y el hombre presume de que la modernidad va a traerle la felicidad. Sin embargo, algunas mentes esclarecidas, filósofos, místicos y artistas se inquietan por las perspectivas que ofrece este progreso. Esta tendencia se afirma especialmente en los Simbolistas, un movimiento artístico que agrupa a artistas de todas las disciplinas. Muchos de ellos expondrán en los Salones de la Rosa-Cruz. Recordemos que en la entrada dedicada a Jean Delville, que podéis ver aquí:

http://terradesomnis.blogspot.com.es/2013/04/jean-delville-el-ocultismo-y.html


ya habíamos hablado de Paladan y sus objetivos artísticos.
Joséphin Péladan (1858-1918) se pondrá de su lado. Él mismo, plantea el problema en estos términos:“¿acelera la velocidad material la vida interior, y el hombre con alas, no tendrá el mismo corazón y las mismas penas?”.  El Siglo XIX es también el del despertar de los Ocultistas, que quieren restaurar la sabiduría del pasado. Joséphin Péladan se sitúa en el centro de los movimientos simbolistas y ocultistas. Como artista, se coloca en la esfera de influencia de los simbolistas, y como ocultista, se presenta como un iniciado de la Rosa-Cruz.
Es a su hermano Adrien (1844-1885), uno de los primeros homeópatas franceses, a quien Joséphin Péladan debe su entrada en una rama de Toulouse de la Rosa-Cruz. 







Notemos la extraña imagen de androginia de Peladan, quien incluso en ocasiones llegó a autonombrarse Josephine. A esta Orden pertenecía también el Vizconde Louis-Charles-Edouard de Lapasse (1792-1867), un alquimista de Toulouse presentado como un alumno del Príncipe Balbiani de Palermo, presunto discípulo de Cagliostro, Conde Alessandro di Cagliostro (Palermo, Sicilia, 2 de junio de 1743 26 de agosto de 1795)médico, alquimista, ocultista, Rosacruz y alto masón, recorrió las cortes europeas del siglo XVIII..

El Gesto estético de la Rosa-Cruz

En París, Joséphin hace amistad con Stanislas de Guaïta. El encuentro de los dos hombres hace nacer un proyecto: renovar la Orden de la Rosa-Cruz, que entonces estaba a punto de desaparecer. Entonces fundan la Orden Kabbalistica de la Rosa-Cruz (1888). Gracias a la ayuda de Papus (Gérard Anaclet Vincent Encausse (13 de julio de 1865, La Coruña-25 de octubre de 1916, París), más conocido como Papus




fue un médico y ocultista francés de origen español, gran divulgador del ocultismo, y fundador de la moderna Orden Martinista), la Orden conoce un rápido desarrollo. Sin embargo Joséphin Péladan reprocha a sus colaboradores una tendencia demasiado pronunciada hacia el ocultismo y rechaza el aspecto masónico que quieren dar a la Orden. Entonces decide trabajar de manera diferente y crea en mayo de 1891 la Orden de la Rosa-Cruz, del Templo y el Grial, (llamada también Orden de la Rosa-Cruz Católica), cuyo proyecto ya había trazado en su primera novela en 1884. En junio, bajo el nombre de Sâr Mérodack, Péladan se presenta como el Gran Maestro de este movimiento cuyo nacimiento es anunciado por el diario Le Figaro.
La Orden instaurada por Joséphin Péladan es menos una sociedad iniciática que una hermandad que reúne a artistas. Su objetivo es restaurar en todo su esplendor el culto por el ideal con la Tradición como base y la Belleza como medio.
La actividad esencial de la Orden de la Rosa-Cruz del Templo y el Grial se consagra pues a la organización de exposiciones y veladas dedicadas a las bellas artes.





El primer Salón de la Rosa-Cruz, organizado del 10 de marzo al 10 de abril de 1892, es su primer “gesto estético”.


El Simbolismo y el arte ideal


La época en la que los salones rosacruces abren sus puertas está en plena efervescencia artística. Estamos en el centro de lo que en la historia del arte se llama el Simbolismo. Los pintores de este movimiento quieren convertirse en místicos del arte. Se oponen al realismo académico, y bajo su impulso, se celebran muchos salones privados al margen de las manifestaciones oficiales. Los Salones de la Rosa-Cruz estuvieron entre los más prestigiosos de ellos.
Para Péladan, “no hay otra verdad que Dios, no hay otra belleza que Dios”. El arte es la búsqueda de Dios por medio de la belleza. Para él, el arte tiene una misión divina, por eso la obra perfecta no debe solamente satisfacer al intelecto, debe ser un trampolín que eleve el alma. 




Considerando que el hombre es atraído naturalmente por la belleza, Péladan lo califica “de animal artístico”. Esta búsqueda de la belleza está motivada por la nostalgia de una armonía perdida, que instintivamente el hombre busca en todas las cosas.
En su libro "El Arte idealista y místico", Joséphin Péladan precisa que el verdadero artista es el que posee la facultad de sentir, por medio de la contemplación, el influjo celestial del verbo creador con el fin de hacer de él una obra de arte.

Erik Satie

El primer salón abre sus puertas el 10 de marzo de 1892, en la galería Durant-Ruel, en la calle Lepelletier de París. Sesenta artistas respondieron al llamamiento hecho por J. Péladan y el catálogo de la exposición incluye 250 obras. Rémy de Gourmont en su crónica del Mercure de Francia dijo de este salón que es “la gran manifestación artística del año”.
El público acude y la muchedumbre es tan importante, que la prefectura debe intervenir para regular la circulación. Después del cierre de sus puertas, se contabilizaron más de 22.000 visitantes. El éxito fue considerable y la presencia de artistas extranjeros le dio una repercusión mundial.
El salón se inaugura con gran ceremonia, con una música compuesta especialmente por Erik Satie, el compositor oficial de la Orden.


Los días son prolongados por las Veladas de la Rosa-Cruz, dedicadas a la música y al teatro.


La héxada estética


Hubo en total seis salones de la Rosa-Cruz. Cada uno de ellos se realizó bajo los auspicios de un dios Caldeo. El último tuvo lugar en 1897, en la prestigiosa galería Georges-Petit. Ante la multitud de solicitudes, se tuvo que organizar una inauguración particular para los 191 críticos de arte y cronistas. Al día siguiente, 15.000 visitantes se acercaron a este templo del arte. Tras la clausura del sexto Salón, el Gran Maestro anunció el paso a estado durmiente de la Orden.“Rindo las armas”, dirá J. Péladan, “la fórmula de arte que he defendido se admite ahora en todas partes; porqué se acordaría uno del guía que ha mostrado el vado, cuando el río ya ha pasado.”
Entre los 193 artistas que expusieron en los salones, podemos citar a:
L.O. Merzon, más conocido por el público por haber dibujado los famosos billetes de 50 F y de 100 F.
Henri Martin, cuyo deseo de expresión mística le acerca a veces a Gustave Moreau.
Charles Filiger, André Breton poseía algunos de sus lienzos y encontraba en él un acento precursor del Surrealismo.
Jean Delville del que algunas de sus obras están inspiradas en los Grandes Iniciados de E. Schuré.
Émile Bernard, amigo de Toulouse-Lautrec y de Gauguin, se incorporará al grupo de Pont-Aven. Es considerado como uno de los padres del Simbolismo.
Georges de Feure, 




el más elegante de los simbolistas. Fue igualmente un creador del Art Nouveau (Arte Nuevo).
Eugène Grasset, uno de los más interesantes ilustradores y propagadores del Art Nouveau.
Ferdinand Hodler, cuyo cuadro Hartos de vivir tuvo mucho éxito en el salón rosacruz.
Fernand Khnopff, a quien J. Péladan consideraba como un maestro. Convertido en su amigo, será el primer discípulo belga de J. Péladan y durante el segundo salón, expondrá su famosa tela inspirada en un poema de C. Rossetti, Será igualmente uno de los fundadores del Grupo de los XX.





Carlos Schwabe, después de haberse alejado de J. Péladan ilustró magníficamente El sueño de Zola.
Y muchos otros como: Edgard Maxence, Félicien Rops, George Minne, Alphonse Osbert, Eugène Delacroix, Gaetano Previati, Alexandre Séon, Jan Toorop, Georges Rouault, Antoine Bourdelle.

El apogeo del Simbolismo

Su esfuerzo no fue inútil, como precisa Pierre Jullian, “en general, los simbolistas, a pesar de algunas diferencias de oficio, no se apartaron demasiado de los edictos de Péladan: no hay anécdotas, naturalezas muertas, paisajes pintorescos; pero se renovó enteramente la pintura religiosa”. Curiosamente, en 1898, año en que se organizó el último salón rosacruz, el movimiento simbolista comenzó a declinar.
En Francia, la revista Entretiens Idéalistes (Conversaciones Idealistas), fundada a finales de 1906 por Paul Vulliaud, admirador de J. Péladan, intentará en 1907 dar continuación a los Salones creando la Exposición de pintores y escultores idealistas. De esta tentativa sin futuro nació la “Confrérie de la Rosace”, fundada en marzo de 1908 por el Hermano Angel, que trabajó con el mismo espíritu que J. Péladan pero con medios muy modestos.


Joséphin Péladan, escritor




Después de los Salones de la Rosa-Cruz, Joséphin Péladan prosigue sus conferencias sobre arte, en Francia y Europa. Se dedica también a la escritura. El conjunto de su obra no comporta menos de noventa volúmenes que incluyen novelas, obras de teatro, estudios sobre arte o esoterismo.
También es autor de multitud de artículos para revistas artísticas. Tres de sus obras serán galardonadas por la Academia Francesa y en 1917, a falta de un voto, estuvo a punto de suceder a Octave Mirebeau en la Academia Goncourt. Paul Verlaine pensaba que tenía un talento considerable y Anatole France veía en él a un escritor nato. Otros como Alfred Jarry, Paul Valéry, André Breton, Raymond Queneau, Montherlant o Kandinsky apreciaban su obra. Olvidado por el gran público, el Sâr Mérodack Péladan se había vuelto más modesto. Cuando Alexandra David-Néel lo encontró más tarde en el Mercure de France, no se llamaba ya Sâr, sino simplemente Sr. Joséphin Péladan. Continuó su actividad literaria hasta su muerte el 27 de junio de 1918.




Pero volvamos a nuestro pintor, estudiando con detalle alguna de sus obras.

Con canciones de la noche , que pintó en 1896, 





Alfonso Osbert cumple con uno de los muchos paisajes en que se ha especializado. En una sobria naturaleza nocturna iluminada por la luz difusa de la luna y de un azul brumoso, personajes con los contornos vagos y fantasmales. En este trabajo, sin duda, el artista simbolista ya expresó su deseo de independencia y su negativa a seguir el curso de la evolución del arte de sus contemporáneos a favor de la lealtad inquebrantable a su visión metafísica de la expresión artística. Se dice que el arte prefigurativo monocromático de muchos pintores modernos: el azul se unió a la celebridad "Klein Blue”. Planitud, geometría práctica y líneas esenciales - horizontal y vertical - el tratamiento simplificado de la figura humana, parte de una visión ideal y espiritualizada de la naturaleza. Alphonse Osbert se afirma aquí como una fuerte personalidad artística y original en una época dominada por el materialismo.




Su pintura está impregnada de la atmósfera esotérica y del crepúsculo. El escenario de fondo azul, y a veces con anaranjadas puestas de sol, que representa a menudo como las mujeres/musas adoptan posiciones de estatuas griegas. El mural que pintó en los Baños de Vichy y que podéis observar en la presentación que acompaña la entrada, da una buena idea de su camino.
La visión de ésta pintura, como de otras muchas de nuestro autor, me sugiere el recuerdo de la obra de Novalis: Himnos a la Noche, que a buen seguro debería de conocer nuestro pintor:

¡Qué pobre y pequeña me parece ahora la Luz!
¡Qué alegre y bendita la despedida del día!
Así, sólo porque la Noche aleja de ti a tus servidores,
por esto sólo sembraste en las inmensidades del espacio las esferas luminosas,
para que pregonaran tu omnipotencia –tu regreso– durante el tiempo de tu ausencia.
Más celestes que aquellas centelleantes estrellas
nos parecen los ojos infinitos que abrió la Noche en nosotros.
Más lejos ven ellos que los ojos blancos y pálidos de aquellos incontables ejércitos
–sin necesitar la Luz,
ellos penetran las honduras de un espíritu que ama–
y esto llena de indecible delicia un espacio más alto.
Gloria a la Reina del mundo,




Ahora sé cuándo será la última mañana
–cuándo la Luz dejará de ahuyentar la Noche y el Amor–
cuándo el sueño será eterno y será solamente Una Visión inagotable,
un Sueño.
Celeste cansancio siento en mí:
larga y fatigosa fue mi peregrinación al Santo Sepulcro, pesada, la cruz.
La ola cristalina,
al sentido ordinario imperceptible,
brota en el obscuro seno de la colina,
a sus pies rompe la terrestre corriente,
quien ha gustado de ella,
quien ha estado en el monte que separa los dos reinos
y ha mirado al otro lado, al mundo nuevo, a la morada de la Noche
–en verdad–, éste ya no regresa a la agitación del mundo,
al país en el que anida la Luz en eterna inquietud.


Anochecer en la antigua Grecia







En una página web que en inglés venía a denominarse: "en busca de la mejor pintura de todos los tiempos" que se escogía por votación de los lectores, figuraba ésta pintura de nuestro autor. Debo deciros que es una de mis preferidas, no sólo de Osbert, sino de entre todas las muchas obras que figuran en mi selección personal. Desde siempre, me pareció una perfecta representación de lo que serían los rituales pitagóricos que se celebraban a diario, a la salida y a la puesta del sol.
Veamos que podemos comentar de ella.
Cuatro jóvenes se dejan llevar en la contemplación de una puesta de sol, casi sin una palabra, extasiadas por la extraña luz de una puesta de sol de oro sobre un agua en calma. 
Es una especie de tregua, el tiempo parece que se ha detenido en un instante eterno. Entrelazadas en pares, a las mujeres  apenas les discernimos el rostro, y se ven, como abandonadas, mientras un cielo claro se refleja en las aguas arrugadas por una ligera brisa.
La belleza de la pintura, que se encuentra en el Museo del Petit Palais de París es indudablemente heredera de un romanticismo exacerbado, debido al brillo de los colores del cielo, el mar y de las túnicas, cuyos pliegues semejan continuar las ondas del agua, sobre todo para la que está apoyada en las rodillas de la mujer sentada. 





Y ese vestido azul pálido, casi blanco, es una extensión visual del último temblor de las olas, como si fuera a derretirse en el agua en cuanto se quede dormida. De momento, se encuentra despierta junto a la otra, quizás como si fueran a intercambiar algunas frases innecesarias, pero que no quiere disfrutar de una somnolencia que la haría culpable de la pérdida de ese instante mágico. 




Las otras dos mujeres, miran indolentes, hacia el disco de oro que desaparece por el horizonte, también vestidas con ropas antiguas, cuyo color es más oscuro mientras desaparecen los últimos rayos del astro rey.
También establecen contacto corporal, en una comunión que hace innecesarias las palabras, incluso el menor susurro.
Aunque el tema puede parecer anticuado y poco realista, es característico del simbolismo. 
Sí, aunque esta tabla aparece anticuada, demasiado remota, tiene una belleza de alma que le da el tratamiento de la luz que ilumina no sólo la visión, sino también al ser, lo que sugiere otro mundo detrás la sequía de la realidad, incluso en sus mejores colores que se ofrecen como es el caso.
Una pintura  de hermosa belleza, algo artificial, sin duda, pero fascinante, que crea un ambiente limpio, misterioso, lleno de una intensa y calmada emoción, intemporal y eterna, como congelada en su belleza formal ". 
Al contemplar ésta obra maravillosa me vienen, otra vez  a la memoria los inmortales Himnos a la Noche del poeta alemán Novalis:





¿Qué ser vivo, dotado de sentidos, no ama,
por encima de todas las maravillas del espacio que lo envuelve,
a la que todo lo alegra, la Luz
–con sus colores, sus rayos y sus ondas; su dulce omnipresencia–,
cuando ella es el alba que despunta?
Como el más profundo aliento de la vida
la respira el mundo gigantesco de los astros,
que flotan, en danza sin reposo, por sus mares azules,
la respira la piedra, centelleante y en eterno reposo,
la respira la planta, meditativa, sorbiendo la vida de la Tierra,
y el salvaje y ardiente animal multiforme,
pero, más que todos ellos, la respira el egregio Extranjero,
de ojos pensativos y andar flotante,
de labios dulcemente cerrados y llenos de música.
Lo mismo que un rey de la Naturaleza terrestre,
la Luz concita todas las fuerzas a cambios innúmeros,
ata y desata vínculos sin fin, envuelve todo ser de la Tierra con su imagen celeste.
Su sola presencia abre la maravilla de los imperios del mundo”.

El simbolismo del Sol desde un punto de vista esotérico





En sentido general, El SOL es la representación del padre, del esposo, del amante y de la autoridad masculina; pero también de nuestra luz interior, esa energía que nos empuja hacia el cumplimiento de nuestro destino, hacia el camino de nuestra realización personal y social. Representa el epicentro de nuestro Ser... nuestro Ser Existencial, nuestra referencia espiritual. La huella de nuestro ADN, el que origina nuestra fuerza vital y nuestro potencial creador en busca de nuestros ideales.
El SOL es la expresión fundamental de nuestra personalidad visible y escondida, el soporte de nuestra conciencia, voluntad, e ideales. El que nos procura la habilidad para afirmarnos y distinguirnos y el que conlleva las principales preocupaciones existenciales sobre nuestro futuro. Es, además, quien determinará siguiendo su posición en un tema natal, la nobleza y la generosidad del corazón, el amor y la lealtad.
El Sol es el arquetipo de la voluntad, el poder y el deseo, aunque no necesariamente del deseo sexual. No se limita a aceptar, procura mejorar y si es posible, cambiar. Pero por encima de todo, busca espacio para una expresión más amplia de sí mismo. Proporciona al ente su integridad en cuanto a ser y su voluntad de existir.





El Astro Rey nos habla de la esencia interna de la persona y de su verdadera naturaleza. Es el principio de conciencia y voluntad; siendo uno de los puntos claves para la interpretación de la naturaleza mental y espiritual de la persona, lo que llamaríamos un estudio astrosófico (astro-sofia=sabiduría) también conocida como astrología esotérica. 
Este astro marca la amplitud de conciencia, desde lo más limitado e infame, hasta lo más elevado y espiritual. Es la esencia imperecedera e inmutable del hombre, aun cuando la persona a veces no sea consciente de su verdadera individualidad.





Es la conciencia del yo mismo, o aun más, el propio yo mismo. Según realizamos esa experiencia solar, nos convertimos en uno de los centros conscientes del universo infinito, participando en su recreación y aceptando la labor concreta que nos corresponde realizar en el cosmos."Conócete a ti mismo y conocerás a la Creación", pues las leyes de la vida se entienden a medida que dilatamos nuestra conciencia hacia la supra conciencia, según vamos abandonando la mezquindad próxima al instinto animal. 
El Sol es luz y punto de referencia para el que se estudia a sí mismo. Es el símbolo de la verdad absoluta que se va realizando gradualmente. En ella no caben dudas o peros, pues sencillamente ES...





Y ese Sol, todo lo que conocemos como ser humano en este planeta me dice que el Sol es la fuente de toda la vida, y no sólo como una fuerza ciega, sino como una presencia consciente de estar, llena de inteligencia y personalidad.
La comunión solar – como la de los personajes callados de la obra- al amanecer y al anochecer, es un ritual antiguo, no de cientos, si no de  miles de años (en realidad nadie sabe cuánto tiempo) era propuesta por el Faraón “Hereje” Akenaton en Egipto, por Pitágoras en su comunidad en Crotona, como tantos y tantos otros, pueblos y Maestros de toda época y lugar, nos enseñaron la importancia de los momentos de la salida y puesta del astro rey. 
Actúa como un vehículo a través del cual "comunicar" su energía de la vida y la presencia de personas en el plano de la Tierra.





Si el término "Dios Sol" le molesta, lo que le sucede a la mayoría de la gente, por favor, tenga en cuenta que no estamos hablando tanto sobre esa estrella masiva en el centro de nuestro sistema solar, ya que somos el cuerpo espiritual del Sol, de su Luz de la que se llena y se impregna todo el sistema en el que vivimos. Todo ser vivo tiene su impronta, desde el nivel molecular hasta el final a nivel de la conciencia. La ciencia está descubriendo cada día cómo y por qué esto es cierto, aunque utilizan diferentes nombres para la misma. Cuando la descubres en tu propio interior, como les sucede a las muchachas aquí representadas, se trata de una "iniciación", lo que significa que toda su vida será diferente para siempre. Una vez que lo tienes, la presencia en tí de la Luz del Dios se convierte en una parte de su presencia, tanto es así que la gente puede sentir que hay algo diferente en ti.




Languidece otro día en el emporio.
A la puesta de Sol se congregan las artes en el acantilado que mira la raya del horizonte.
    —He oído que está al llegar.
    —Yo también lo he oído.
Todo tiene su momento, recuerda la brisa del mar sabio.
    —A mí me lo ha dicho.
    —Y a mí.
Previsoras, comparecen al acontecimiento ataviadas con sus dones. Lucen, no obstante, discretas; pacientes en las maneras; comedidas en el habla.
Son muchas las sendas abiertas en el mar que el mar con presteza sutura. Así, de un tiempo al siguiente, tanto el que va como el que viene, ha de improvisar la ruta en la carta de navegación o atreverse a la odisea; y quien espera suponer el rumbo o la ventura.
    —Es agradable.
    —Es atractivo.
Los afortunados habitantes del emporio saben aguardar la llegada y la partida. (tomado de Miguel Ángel Olmedo Fornas)


Visión






Esta obra, una de las más conocidas y valoradas de nuestro pintor, representa una visión de Santa Genoveva, la patrona de París.
Nada en la realización de este trabajo es tradicional. Esta no es la historia que nos explican otros pintores, ya que aparentemente, no está tratando de salvar París de la invasión de los hunos en el siglo quinto. 
Pero es que esta no es una pintura religiosa tradicional, algunos elementos tópicos de otras obras están ausentes aquí.
En resumen, y este es el punto fuerte de este trabajo, esta pintura representa a la Santa en un estado de la mente fascinante que nos absorbe. 





En realidad, la imagen podría ser de cualquiera y su fascinación sería la misma. La elección de la luz  y el color, la ligera atmósfera, elevan la obra al estadio de obra remarcable.

Adios al Sol






En El adiós al sol, Osbert todavía respeta totalmente los cánones academicistas: uniformidad de tintes, eliminación del vello y de todo detalle particular o poco agraciado, elegancia del contrapposto, supremacía de la línea del contorno sobre la veracidad anatómica.
La composición recuerda más claramente las ninfas blancas y silenciosas situadas armónicamente en la naturaleza, en la intersección de los cuatro elementos (agua, aire, tierra y luego el sol). También elimina el carácter sensual del cuerpo en provecho de una figura luminosa a la que la vegetación sirve de fondo.
Por último, el colorido claro y azulado remite a las decoraciones tardías de Puvis de Chavannes, cuya técnica buscaba el efecto visual de la pintura al fresco; el formato vertical alargado que elige Osbert revela su aspiración a llegar a ser, a su vez, un pintor de grandes decoraciones murales. 





Sin embargo, en El adiós al sol, Osbert da un paso decisivo hacía la singularidad al revolucionar su paleta : animado en esto por los antiguos maestros del taller, Séon y Seurat, junto con los cuales expone en el Salón de los Independientes , aplica las teorías de Chevreul sobre el contraste simultáneo de los colores y experimenta con la división puntillista de los colores con un fin decorativo . El paisaje transfigurado en matices azules y violáceos se opone al centelleo de degradados naranjas del sol poniente, alterando y resaltando a la vez la blancura del desnudo.
Siguiendo los postulados simbolistas , la radicalidad de los colores , la simplificación de las formas y el gesto esencial permiten tocar de manera más directa la emociones y la sensibilidad mística de los espectadores.





De nuevo los versos de Novalis:

“Sobre los amplios linajes del hombre reinaba,
hace siglos, con mudo poder,
un destino de hierro:
Pesada, obscura venda envolvía su alma temerosa.
La tierra era infinita, morada y patria de los dioses.
Desde la eternidad estuvo en pie su misteriosa arquitectura.
Sobre los rojos montes de Oriente, en el sagrado seno de la mar,
moraba el Sol, la Luz viva que todo lo inflama…
Al profundo santuario, a los altos espacios del espíritu,
se retiró con sus fuerzas el alma del mundo,
para reinar allí hasta que despuntara la aurora de la gloria del mundo.
La Luz ya no fue más la mansión de los dioses,
con el velo de la Noche se cubrieron.
Y la Noche fue el gran seno de la revelación,
a él regresaron los dioses, en él se durmieron,
para resurgir, en nuevas y magníficas figuras, ante el mundo transfigurado”.






A continuación os ofrezco una presentación de diapositivas:





Bueno, como siempre espero que os sea útil e interesante.