dissabte, 27 de febrer de 2016

THOT-HERMES: LOS PILARES DEL ESOTERISMO OCCIDENTAL


“El alma es una luz velada. Cuando se la abandona, se oscurece y se apaga; pero cuando se vierte sobre ella el óleo santo del amor, se enciende como una lámpara inmortal”. Édouard Schuré.

“Lee. Creas o no, pero lee. Y la vibración que encontrarás dentro despertará una respuesta en tu alma”.



Ha sido un fenómeno bastante frecuente que en el rechazo de las jóvenes generaciones, a los valores religiosos, espirituales, místicos y tambien culturales de occidente, hayan sido supravalorados aquellos procedentes del Oriente.
Ésta manera de proceder, aunque empezó con la generación romántica de finales del S.XVIII comienzos del XIX, continuando con la generación Beat de mediados del S.XX, llegó a su ápice en los años 60-70 del siglo pasado con el movimiento Hippy. 
Las estampas del Sagrado Corazón de Jesus, 






de la Virgen Maria y de los santos cristianos, fueron sustituidas en las decoraciones de dormitorios, cocinas y salones, por aquellas de Ganesha,






 Buda, de Gaia -la Madre Tierra- o algún mandala tibetano. Y no es de extrañar, dado el agotamiento de unas normas de comportamiento, de unas actitudes, sumamente alejados de las necesidades de los que deseábamos una nueva espiritualidad, más acorde con los nuevos tiempos que nos ha tocado vivir.
Pero con el tiempo y despues de muchísimos Oooommm!, con profundos cambios en nuestras perspectivas vitales, hemos podido volver a mirar con nuevos ojos, nuestra propia tradición. El Maestro Eckhart, Jacob Boehme, Duns Scott, Giordano Bruno y tantos otros, empezaron a recuperar sus lugares en nuestras estanterias de libros espirituales, al lado de los Sankaras, Ibn Arabi, DT. Suzuki, Idries Shah, Ramana Maharshi o el Gita...
No sin sorpresas, descubrimos que tambien en Occidente, a pesar de la represión, de las persecuciones, de las hogueras, existía una vía mística, esotérica, tan profunda y auténtica como aquella que creíamos casi exclusiva de las frondosas y fértiles selvas de la península del indostán o de la cumbres del Himalaya. Y ya sin asombro, descubrimos algo que comenzábamos a intuir que el mensaje era exactamente el mismo en todas partes y desde el principio de los tiempos. 
Aquel "Conócete a tí mismo y conocerás al universo y a los dioses" que coronaba el frontispicio del Templo de Apolo en Delfos, se expresará de mil maneras diferentes, en mil lenguas, paises y gentes también diferentes, pero siempre ha estado ahí, como la última y primera de las verdades.



Los lectores de éste blog, han podido en las últimas entradas, recorrer la vida y obra de personajes claves para la formación de nuestra peculiar manera de ver la última realidad, como Pitágoras, Ammonio Saccas, o el mismo Akhenaton el faraón "Hereje", todos ellos nos han traído una aproximación a nuestros orígenes, hoy daremos nuevo paso, acercándonos aún más, al primero - o uno de los primeros- de los grandes maestros de la humanidad: Thot-Hermes, más conocido como Hermes Trimegisto.   

 

Hermes Trismegisto es el nombre griego de un personaje mítico que se asoció a un sincretismo del dios egipcio Dyehuty (Thot en griego) y el dios heleno Hermes. Hermes Trismegisto significa en griego 'Hermes, el tres veces grande', ρμς Τρισμέγιστος. En latín es: Mercurius ter Maximus.






Hermes Trismegisto es mencionado primordialmente en la literatura ocultista como el sabio egipcio, paralelo al dios Thot, también egipcio, que creó la alquimia y desarrolló un sistema de creencias metafísicas que hoy es conocido como hermetismo. Para algunos pensadores medievales, Hermes Trismegisto fue un profeta pagano que anunció el advenimiento del cristianismo. Se le han atribuido estudios de alquimia como la Tabla de esmeralda —que fue traducida del latín al inglés por el mismísimo Isaac Newton— y de filosofía, como el Corpus hermeticum. No obstante, debido a la carencia de evidencias concluyentes sobre su existencia, el personaje histórico se ha ido construyendo ficticiamente desde la Edad Media hasta la actualidad, sobre todo a partir del resurgimiento del esoterismo.


Orígenes mitológicos


Según las creencias egipcias, los dioses habían gobernado en el Antiguo Egipto antes que los faraones, civilizándolos con sus enseñanzas. En ellas, el dios egipcio Thot era el dios de la sabiduría y el patrón de los magos. También era el guardián y escribiente de los registros que contenían el conocimiento de los dioses. 






A este mitológico dios egipcio, se le representa como un ser híbrido, hombre con cabeza de ibis, coronado en ocasiones con un disco lunar. Considerado el dios de la sabiduría teniendo autoridad sobre los demás dioses. Inventor de la escritura en grabados o jeroglíficos, de los números, la música, las artes y las ciencias. Dios del símbolo lunar y medidor del tiempo; encargado de prever el futuro. Es el escribano sagrado, puesto que registra los acontecimientos de los dioses. Como guardián del conocimiento, también es considerado como el dios que maneja la vida y el destino de todos. Ayuda a los humanos al desarrollo de la civilización y, a su vez, tiene el poder para resucitar a los muertos.
Al dios Thot se le atribuye el mítico y sagrado libro de los antiguos egipcios, libro compuesto por símbolos y jeroglíficos realizado en hojas o láminas de oro puro; el conocido Libro de Thot. Escrito desde el comienzo de la civilización egipcia, incluso antes de ser construidas las pirámides. Libro mudo por su escritura en grabados o jeroglíficos y libro del conocimiento: “aquella cosa que da conocimiento a todo lo demás”. En el Libro de Thot, cuenta la historia, se podía encontrar condensado al universo entero desde el mundo material con todos sus componentes, hasta el mundo intelectual y espiritual. Era ciencia y espiritualidad, progreso y evolución de la vida. Era astrología y deseo de una cultura por descubrir y explorar la vida; la vida más allá de lo aparente y evidente.



Muchos investigadores vinculan el origen del Tarot o del Tarot Egipcio con el Libro de Thot. Esta asociación probablemente se deba a los símbolos aparentemente encontrados en el Libro de Thot y quizás a los temas relacionados con los diversos aspectos del espíritu estudiados por los sacerdotes egipcios, ya que el libro de Thot se componía de símbolos y jeroglíficos en los que se plasmaba la sabiduría del dios Thot en 78 láminas de oro puro con las figuras de los Arcanos mayores y menores. A pesar de esta vinculación y su difusión, el Tarot Egipcio que conocemos son creaciones de autores modernos y no de ilustraciones antiguas. Quien comenzó a relacionar el origen del Tarot a la civilización egipcia, concretamente, al famoso Libro de Thot fue el escritor Antoine Court de Gébelin. Court aseguraba haber visto parte del texto egipcio original, expresando que su contenido no era más que la descripción de los arcanos mayores del Tarot, llegando a afirmar que el tarot de Marsella estaba basado en un Tarot, cuyas figuras no serían otra cosa que las “páginas” del libro de Thot.

Como veíamos en otras entradas del blog es este sistema de adivinación y autoconocimiento llamado Tarot. Sistema que encierra un invaluable conocimiento y sabiduría sobre el cosmos, la energía, la vida, la materia, la conciencia y sobre nosotros mismos; nuestra esencia y desarrollo. Sabiduría oculta y manifiesta para todo aquel ser que sepa buscar, para poder hallar; que sepa pedir para poderle conceder.



Clemente de Alejandría estimaba que los egipcios poseían cuarenta y dos escritos sagrados, que contenían todas las enseñanzas que poseían los sacerdotes egipcios.
Más tarde, varias de las características de Thot se asociarían al Hermes de la mitología helenística, incluyendo la autoría de los «cuarenta y dos textos». Este sincretismo no fue practicado por los griegos, sino que en el primer o segundo siglo de la era cristiana, se le comenzó a llamar a esta fusión «Hermes Trismegisto», probablemente por cristianos que tenían noticia de los textos egipcios. No obstante, en algún momento la ambigua noción de divinidad se transformó en la de un personaje histórico de los tiempos iniciales de la civilización occidental, al cual además se le atribuyeron otros escritos filosóficos.
Siegfried Morenz ha sugerido en Religión de Egipto: «La referencia a la autoría de Tot [...] se basa en la antigua tradición, y la cifra de cuarenta y dos probablemente se debe al número de nomos de Egipto, y, por tanto, pretende transmitir el concepto de integridad». Platón, en Timeo y Critias comentó que en el templo de la diosa Neit en Sais, había salas que contenían registros históricos secretos de sus doctrinas que tenían hasta una antigüedad de 9000 años.  A la identificación entre Thot y Hermes en la figura de Hermes Trismegisto ha de añadirse otra posterior, de carácter esotérico, por la cual Hermes Trismegisto es también Abraham, el patriarca hebreo, que habría comenzado dos tradiciones: una solar, pública, recogida en el Antiguo Testamento y otra privada, trasmitida de maestro a discípulo, accesible en el Corpus hermeticum.




También hay quienes consideran que se trata de Melquisedec el llamado sabio de Salem (posteriormente Jerusalén) quien también fue conocido y reverenciado en Egipto y que fue mencionado en los escritos bíblicos como un Sacerdote del Altísimo y que no tuvo principio ni fin y que el mismo Abraham le reverenciaba y le pagaba diezmo por lo que se presume que fue un personaje muy importante.


La literatura hermética


La llamada «literatura hermética» es en cierto modo, un conjunto de papiros que contenían hechizos y procedimientos de inducción mágica. Por ejemplo, en el diálogo llamado Asclepio, el dios griego de la medicina, se describe el arte de atrapar las almas de los demonios en estatuas, con la ayuda de hierbas, piedras preciosas y aromas, de tal modo que la estatua pudiera hablar y profetizar. En otros papiros, existen varias recetas para la construcción de este tipo de imágenes y detalladas explicaciones acerca de cómo animarlas (dotarlas de alma) ahuecándolas para poder introducir en ellas un nombre grabado en una hoja de oro, momento esencial del proceso.
No obstante, no se queda ahí la literatura atribuida a esta figura mitológica. Los escritos herméticos, en general, dan cuenta de un determinado enfoque acerca de las leyes del universo. En el Asclepio se nos habla constantemente de Dios, a quien se llama "El Todo Bueno", para describirnos las leyes del Universo. 






Por ejemplo, en el pasaje número veinte del Asclepio, Dios es expresado como la inconcebible Unidad que constituye el Universo. Una unidad, cuya característica esencial es que posee naturaleza masculina y femenina al tiempo. Esta característica se la otorgará Dios a su vez, por reflejo, a todas sus criaturas. En el Asclepio, como decíamos, la figura de Dios no tiene la consideración de quien ha hecho todas las cosas, sino que Dios mismo "es" todas las cosas. Todos los seres vivos, todo lo material e inmaterial, son para Hermes partes que actúan dentro de Dios. Pero sólo los humanos somos un reflejo exacto de Dios, el Todo Bueno.
También nos habla Hermes del Tiempo. De acuerdo con el Asclepio, parágrafo 27, el Mundo es el receptáculo del Tiempo, que mantiene la vida en su correr y agitar. El Tiempo por su lado respeta el Orden. Y el Orden y el Tiempo provocan, por transformación, la renovación de todas las cosas que hay en el Mundo. Recordemos que en esta obra, el propio Hermes aparece como un personaje que dialoga con Asclepio, siendo que la conversación se sitúa en el antiguo Egipto. Como curiosidad, añadiremos que en el Asclepio habla Hermes de dioses que están en la Tierra. Al preguntarle Asclepio a Hermes dónde están tales dioses, Hermes le responde que en una montaña de Libia y acto seguido le cambia el tema. Esos dioses se irán finalmente, y dejarán a la humanidad desasistida.
Entre los tratados atribuidos a Hermes Trismegisto destaca el Corpus hermeticum.
El Corpus hermeticum es una colección de 24 textos sagrados escritos en lengua griega que contienen los principales axiomas y creencias de las tendencias herméticas. En ellos se trata de temas como la naturaleza de lo divino, el surgimiento del Cosmos, la caída del Hombre del paraíso, así como las nociones de Verdad, de Bien y de Belleza.






Contenido

Según la tradición, el Corpus fue redactado por Hermes Trismegisto, originariamente una simple transfiguración del dios egipcio Thot, pero que posteriormente fue tenido por un sabio que en tiempos atávicos había fundado la alquimia y otras ciencias herméticas. Estudiosos judíos y renacentistas como Marsilio Ficino, lo consideraban contemporáneo de Moisés.
Las obras de Hermes Trimegisto, que se denominaban con el nombre genérico de Hermética, tuvieron una influencia muy importante en el desarrollo del mundo espiritual del Renacimiento, particularmente en las obras de autores como Pico della Mirandola y otros entusiastas de la alquimia y el neoplatonismo.
El Corpus comienza con la revelación de Poimandres, el pastor de hombres (uno de los epítetos del dios de los gnósticos y los neoplatonistas), a Hermes Trismegisto durante el sueño.






Los textos afirmaban ser meras traducciones griegas de originales egipcios, si bien estudios filológicos modernos, como los de Caubabon y Yates, apuntan a una redacción griega original que surgió probablemente entre los siglos II y III de nuestra era. Fueron ampliamente leídos en los últimos siglos de la Antigüedad clásica y algunas sectas religiosas, como la de los harranitas (que tomaron el nombre de sabeos tras la conquista islámica), los adaptaron como libros canónicos. Aunque su uso fue decayendo con la cristianización del Imperio romano, todavía en el siglo V San Agustín de Hipona argumentaba contra los textos.
El Corpus hermeticum fue recuperado por Cosme de Médici en 1463, que adquirió un manuscrito bizantino que contenía los primeros XIV libros, los cuales fueron traducidos ese mismo año al latín por el humanista florentino Marsilio Ficino. En 1471, gracias a la imprenta se publicaría la primera versión impresa.

La estructura del Corpus es la siguiente:
CORPUS HERMETICUM (tratados I–XIV, XVI–XVIII)

Tratado I. De Hermes Trimegisto: Poimandres.
Tratado IIA. De Hermes a Tat: discurso universal (tratado perdido).
Tratado IIB. (Título perdido. Falta el comienzo del tratado y el título; según Estobeo era De Hermes: de los discursos a Asclepio. Tema: el movimiento. Denominaciones de dios).
Tratado III. De Hermes: discurso sagrado.
Tratado IV. De Hermes a Tat: la crátera o la Unidad.
Tratado V. De Hermes a Tat, su hijo: que dios es invisible y, a la vez, muy evidente.
Tratado VI. Que el bien sólo es en dios y en ningún otro.
Tratado VII. Que la ignorancia de dios es el mayor mal entre los hombres.
Tratado VIII. Que ningún ser perece, sino que equívocamente se denomina destrucción y muerte a lo que no es sino cambio.
Tratado IX. En torno al pensar y al sentir [Que sólo en dios y en ningún otro existe lo Bello y lo Bueno].
Tratado X. De Hermes Trimegisto: la llave.
Tratado XI. El pensamiento a Hermes.
Tratado XII. De Hermes Trimegisto a Tat: el pensamiento común.
Tratado XIII. De Hermes Trimegisto a su hijo Tat: discurso secreto de la montaña, en torno a la regeneración y al voto de silencio.
Tratado XIV. De Hermes Trimegisto a Asclepio.
Tratado XVI. De Asclepio al rey Amón: definiciones.
Tratado XVII. (Lo incorpóreo).
Tratado XVIII. Sobre cómo el alma es obstaculizada por las afecciones del cuerpo.
Anexo del códice VI Nag Hammadi. La Ogdóada y la Enéada.

Se le atribuye también la redacción de la Tabla de esmeralda, 







que fue considerado por los alquimistas, el libro fundacional de la alquimia. Otras de sus obras más destacadas serían el Kybalión 








(en el cual se expresan de forma sintética las leyes del Universo), ciertos libros de poemas y el "Salida del alma hacia la luz del día", también conocido como «Libro de los muertos», una serie de conjuros que guían el alma del difunto por el más allá después de la muerte. 








por haberse encontrado ejemplares de él dentro de los sarcófagos de algunos destacados personajes egipcios y tambien esculpidos aunque sólo en las paredes de la pirámide del faraón Teti I





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Resurgimiento medieval

Durante la Edad Media y el Renacimiento los escritos atribuidos a Hermes Trismegisto, conocidos como Hermetica, gozaban de gran crédito y eran populares entre los alquimistas. La tradición hermética, por lo tanto, se asocia con la alquimia, la magia, la astrología y otros temas relacionados. En los textos se distinguen dos categorías: de «filosofía» y «técnica» hermética. La primera se ocupa principalmente de la argumentación teórica sobre la que se sostiene el pensamiento mágico y la segunda trata sobre su aplicación práctica. Entre otros temas, hay hechizos para proteger los objetos por «arte de magia», de ahí el origen de la expresión «sellado herméticamente».
El erudito clásico Isaac Casaubon, en De rebus sacris et ecclesiaticis exercitiones XVI (1614), 








mostró por el tipo de caracteres griegos que los textos escritos tradicionalmente en la noche de los tiempos, eran en realidad más recientes: la mayor parte del Corpus hermeticum «filosófico» puede ser de una fecha alrededor del año 300. Sin embargo, fueron descubiertos en el siglo XVII errores de la datación de Casaubon por el estudioso Ralph Cudworth, que argumentó que la denuncia de falsificación sólo puede aplicarse a tres de los diecisiete tratados contenidos en el Corpus hermeticum. Además, Cudworth señaló que los textos eran una formulación tardía de una tradición anterior, posiblemente oral. Según Cudworth, el texto debe considerarse como un término ad quem, y no a quo, es decir, que el texto es el fruto de una tradición anterior y no su origen, como podría hacer pensar Casaubon.
La tradición cristiana medieval lo veneró como protector y guía de los hermetistas, que practicaban las artes de la alquimia, la magia y la astrología.

La tradición islámica

Antoine Faivre ha señalado que Hermes Trismegisto tiene un lugar en la tradición islámica, aunque el nombre de Hermes no aparece en el Corán. Hagiógrafos y cronistas de los primeros siglos de la Hégira islámica identificaron a Hermes Trismegisto con Idris, el nabi de las suras 19, 57, 21, 85, a quien los musulmanes también identifican con Enoc.








Según Antoine Faivre, a Idris-Hermes se le llama Hermes Trismegisto porque fue triple: el primero, comparable a Thot, era un «héroe civilizador», un iniciador en los misterios de la ciencia divina y la sabiduría que anima el mundo, que grabó los principios de esta ciencia sagrada en jeroglíficos. El segundo Hermes, el de Babilonia, fue el iniciador de Pitágoras. El tercer Hermes fue el primer maestro de la alquimia. «Un profeta sin rostro», escribe el islamista Pierre Lory, «Hermes no posee características concretas, o diferentes a este respecto de la mayoría de las grandes figuras de la Biblia y el Corán».


Resurgimiento moderno


Los ocultistas modernos sugieren que algunos de estos textos pueden tener su origen en el Antiguo Egipto, y que «los cuarenta y dos textos esenciales», que contenían lo fundamental de sus creencias religiosas y su filosofía de la vida siguen escondiendo un conocimiento secreto.


Bases del pensamiento hermético


Toda la filosofía hermética se basa en siete principios: el principio del Mentalismo, el principio de Correspondencia, el principio de Vibración, el principio de Polaridad, el principio del Ritmo, el principio de Causa y Efecto, el principio de Generación.
Os ofrezco a continuación el primero de una serie de videos sobre el hermetismo que me han parecido excelentes para explicar de forma sencilla pero con un cierto detalle, la complejidad del tema del que estamos hablando.
En éste primer video se habla sobre todo de la figura de Hermes desde diversas perspectivas, en los siguientes se irán explicando los siete principios o Leyes Fundamentales.


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La doctrina hermética es sin duda la corriente esotérica que más ha influido en el esoterismo occidental. Sus textos han sido estudiados por los filósofos a través del tiempo, como Filón de Alejandría, Anaxágoras, Platón en la Grecia antigua; hizo su aporte al cristianismo primitivo así San Agustín hace referencia de ella en De Civitate Dei, e influyó en otros escritores cristianos como Boecio, Lactancio, Origenes, Dionisio, Juan de Scotto para el desarrollo del Esoterismo Cristiano. Igualmente entre los Hermetistas Arabes se encuentran: Jabir Ibn Hayyan, Al Razi y en un texto corto del hermetismo llamado La Tabla Esmeralda, en la cual se expresan principios naturales y filosóficos, expone las leyes que rigen los cambios en la naturaleza y constituye un verdadero breviario de alquimia. En la Edad Media el Hermetismo influyó en filósofos como Paracelso, Raymundo Lulio, Maimonides.





El Hermetismo es la ciencia de la naturaleza oculta en los jeroglíficos y símbolos del antiguo Egipto. Es la investigación del principio de la vida, es la ciencia de las propiedades ocultas, de las virtudes escondidas y de las relaciones que se establecen entre los tres reinos en el mundo. Estos reinos dejan aparecer entre sí afinidades y rechazos: plantas, minerales y animales entretejen con los astros lazos que permiten la aprehensión de cadenas o de series susceptibles de comprender los secretos de la naturaleza.. Es la reproducción por el hombre del fuego natural y divino que crea y genera los seres. Para esta comprensión no obstante se requiere una iniciación previa, ya que en efecto entre el mundo sideral investido por la voluntad divina, el hombre y la naturaleza, se establecen una serie de relaciones, que por si sola la razón es impotente para expresar.
Como ha venido sucediendo en las últimas entradas de éste blog, prefiero recoger las palabras de estudiosos mucho mejor capacitados para exponer determinados temas. Limitarme a decir –como hacen los “entendidos oficiales”- que Thot-Hermes es un personaje mítico – aún siendo probablemente la estricta verdad- añade poco al conocimiento del lector interesado. Opino que trasladar al personaje a la materialidad, aunque sea en el plano imaginativo, o desde la intuición de quienes hayan alcanzado un nivel superior de percepción, aportará mucho más al conocimiento, convencido como estoy, de que éste no se consigue tan sólo con la utilización de la razón lógica –imprecindible sí, pero insuficiente-, sino también, con el concurso de la imaginación, la intuición, los sentimientos y las emociones, especialmente, si las imágenes transmitidas tienen como complemento añadido la intención y un profundo contenido moral –de la de verdad: solidaridad, fraternidad, amor al prójimo- y de belleza.





Por ello, en ésta ocasión recurriré al auxilio de Édouard Schuré (1841-1929) un escritor francés, nacido el 21 de enero de 1841 en Estrasburgo. Falleció en París el 7 de octubre de 1929. Es escritor, filósofo y musicólogo, autor de novelas, de piezas de teatro, de escritos históricos, poéticos y filosóficos. Se le conoce mundialmente sobre todo por su obra Los Grandes Iniciados, en la que me he basado. Nació en una familia protestante. Huérfano de madre a la edad de 5 años y de padre a la edad de 14 años, vivió a continuación con su profesor de Historia del instituto Jean Sturm hasta la edad de 20 años. Tras su bachillerato, Édouard Schuré se inscribe en la Facultad de Derecho para contentar a su abuelo materno que era el decano; pero esta disciplina lo aburre considerablemente, por lo que pasa la mayoría de las tardes en la Facultad de Letras con jóvenes estudiantes y artistas enamorados como él de la literatura y el arte. Entre ellos su amigo músico Victor Nessler y el historiador Rudolf Reuss. Tras terminar sus estudios de derecho, decide dedicarse a la poesía. En 1861, obtuvo sin embargo su licencia en derecho. Estudió a los filósofos con gran interés, particularmente Descartes, Spinoza, Kant, Hegel, Schelling, Fichte, Schopenhauer y Nietzsche. Intuitivamente atraído por los misterios antiguos, leyó con gran intérés un libro que contiene una descripción detallada de los Misterios de Eleusis, lo que le causó una gran impresión.  
A la muerte de su abuelo, heredó lo suficiente para vivir de sus posesiones e ingresos. Abandonó rápidamente el derecho y se trasladó a Alemania con el fin de escribir una historia de Lied que ya había emprendido bajo la dirección de uno sus profesores del instituto, Albert Grün, un refugiado político alemán que lo inició en la literatura alemana y en la filosofía de Hegel. Alsaciano, Edouard Schuré posee una doble cultura lo que le da un espíritu abierto e incluso universal que se ampliará aún más a raíz de su encuentro con Margarita Albana. En 1866, Schuré está aún en Berlín, frecuenta asiduamente los salones literarios que a ella le apasionan. El 18 de octubre de 1866, se casa con Mathilde Nessler (1866-1922) y el matrimonio se establece en París. Publica su Historia de Lied, lo que lo introduce en los círculos literarios. Se le recibe en los salones de la Condesa de Agoult, donde conoce a Renan, Michelet, Taine y Jules Ferry. Dirá de sí mismo, como lo destaca G. Jeanclaude en su obra sobre Schuré: “Tres grandes personalidades actuaron de una manera soberana sobre mi vida: Richard Wagner, Margarita Albana y Rudolf Steiner. Si pudiera investigar el misterio de estas tres personalidades y hacer la síntesis, habría solucionado el problema de mi vida“. Entre sus obras, podemos destacar: Historia del drama musical; Ricardo Wagner: sus obras y sus ideas; Los grandes iniciados;  Jesús: el último gran iniciado; Rama y Moisés: el ciclo ario y la misión de Israel; La Atlántida: Lemuria / Evolución planetaria / Origen del hombre; La Evolución Divina y los Grandes Iniciados, que podéis descargaros aquí:




http://itorlaabakaakad.bligoo.com.ve/media/users/12/608318/files/73373/Schure_Edouard_-_Los_Grandes_Iniciados.pdf


Veamos que nos explica sobre Hermes-Tot.
LA ESFINGE





Frente a Babilonia, metrópoli tenebrosa del despotismo, Egipto fue en el mundo antiguo una verdadera ciudadela de la ciencia sagrada, una escuela para sus más ilustres profetas, un refugio y un laboratorio de las más nobles tradiciones de la Humanidad. Gracias a excavaciones inmensas, a trabajos admirables, el pueblo egipcio nos es hoy mejor conocido que ninguna de las civilizaciones que precedieron a la griega, porque nos vuelve a abrir su historia, escrita sobre páginas de piedra. (Champollion, L’Egypte sous les Pharaoro; Bunsen, Aegyptiscfae Alterthümer; Lepsius, Denlunaeler; Paul Pierret, Le livre des Morts; Francois Lenormant, Histoire des Peuples de l’Orient; Máspero, Histoire andenne des Peuples de l’Orient, etc.).
Se desentierran sus monumentos, se descifran sus jeroglíficos, y sin embargo, nos falta aún penetrar en el más profundo arcano de su pensamiento. Ese arcano es la doctrina oculta de sus sacerdotes. Aquella doctrina, científicamente cultivada en los templos, prudentemente velada bajo los misterios, nos muestra al mismo tiempo el alma de Egipto, el secreto de su política, y su capital papel en la historia universal.
Nuestros historiadores hablan de los faraones en el mismo tono que de los déspotas de Nínive y de Babilonia. Para ellos, Egipto es una monarquía absoluta y conquistadora como Asiria, y no difiere de ésta más que porque aquélla duró algunos miles de años más. ¿Sospechan ellos que en Asiria la monarquía aplastó al sacerdocio para hacer de él un instrumento, mientras que en Egipto el sacerdocio disciplinó a los reyes, no abdicó jamás ni aun en las peores épocas, arrojando del trono a los déspotas, gobernando siempre a la nación; y eso por una superioridad intelectual, por una sabiduría profunda y oculta, que ninguna corporación educadora ha igualado jamás en ningún país ni tiempo?. 
Veamos elsegundo de los videos que analiza el principio del Mentalismo:


Cuesta trabajo creerlo. Porque, bien lejos de deducir las innumerables consecuencias de ese hecho esencial, nuestros historiadores lo han entrevisto apenas, y parecen no concederle ninguna importancia. Sin embargo, no es preciso ser arqueólogo o lingüista para comprender que el odio implacable entre Asiria y Egipto procede que los dos pueblos representaban en el mundo dos principios opuestos, y que el pueblo egipcio debió su larga duración a una armazón religiosa y científica más fuerte que todas las revoluciones.
Desde la época aria, a través del período turbulento que siguió a los tiempos védicos hasta la conquista persa y la época alejandrina, es decir, durante un lapso de más de cinco mil años, Egipto fue la fortaleza de las puras y altas doctrinas cuyo conjunto constituye la ciencia de los principios y que pudiera llamarse la ortodoxia esotérica de la antigüedad. Cincuenta dinastías pudieron sucederse y el Nilo arrastrar sus aluviones sobre ciudades enteras; la invasión fenicia pudo inundar el país y ser de él expulsada: en medio de los flujos y reflujos de la historia, bajo la aparente idolatría de su politeísmo exterior, el Egipto guardó el viejo fondo de su teogonía oculta y su organización sacerdotal. Ésta resistió a los siglos, como la pirámide de Gizeh medio enterrada entre la arena, pero intacta. Gracias a esa inmovilidad de esfinge que guarda su secreto, a esa resistencia de granito, el Egipto llegó a ser el eje alrededor del cual evolucionó el pensamiento religioso de la Humanidad al pasar de Asia a Europa. La Judea, la Grecia, la Etruria, son otras tantas almas de vida que formaron civilizaciones diversas. Pero, ¿De dónde extrajeron sus ideas madres, sino de la reserva orgánica del viejo Egipto?. 






Moisés y Orfeo crearon dos religiones opuestas y prodigiosas: la una por su austero monoteísmo, la otra por su politeísmo deslumbrador. Pero, ¿Dónde se moldeó su genio?. ¿Dónde encontró el uno la fuerza, la energía, la audacia de refundir un pueblo salvaje como se refunde el bronce en un horno, y dónde encontró el otro la magia de hacer hablar a los dioses como una lira armonizada con el alma de sus bárbaros embelesados?. — En los templos de Osiris, en la antigua Thebas, que los iniciados llamaban la ciudad del Sol o el Arca solar, porque contenía la síntesis de la ciencia divina y todos los secretos de la iniciación.
Todos los años, en el solsticio de verano, cuando caen las lluvias torrenciales en la Abisinia, el Nilo cambia de color y toma ese matiz de sangre de que habla la Biblia. El río crece hasta el equinoccio de otoño, y sepulta bajo sus ondas el horizonte de sus orillas. Pero, en pie sobre sus mesetas graníticas, bajo el sol que ciega, los templos tallados en plena roca, las necrópolis, las portadas, las pirámides, reflejan la majestad de sus ruinas en el Nilo convertido en mar. Así, el sacerdote egipcio atravesó los siglos con su organización y sus símbolos, arcanos impenetrables de su ciencia, en aquellas criptas y en aquellas pirámides se elaboró la admirable doctrina del Verbo Luz, de la Palabra Universal, que Moisés encerrará en su arca de oro, y cuya antorcha viva será Cristo.
La verdad es inmutable en sí misma, y sólo ella sobrevive a todo; pero cambia de moradas como de formas y sus revelaciones son intermitentes. “La Luz de Osiris”, que en la antigüedad iluminaba para los iniciados las profundidades de la naturaleza y las bóvedas celestes, se ha extinguido para siempre en las criptas abandonadas. Se ha realizado la palabra de Hermes a Asklepios: “¡Oh Egipto, Egipto!, sólo quedarán de ti fábulas increíbles para las generaciones futuras, y nada durará de ti más que palabras grabadas en piedras”.
Sin embargo, un rayo de aquel misterioso sol de los santuarios es lo que quisiéramos hacer revivir siguiendo la vía secreta de la antigua iniciación egipcia, en cuanto lo permite la intuición esotérica y la refracción de las edades.





Pero antes de entrar en el templo, lancemos una ojeada sobre las grandes fases que atravesó el Egipto antes del tiempo de los Hicsos.
Casi tan vieja como la armazón de nuestros continentes, la primera civilización egipcia se remonta a la antiquísima raza roja. (En una inscripción de la cuarta dinastía, se habla de la esfinge como de un monumento cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos, y que había sido encontrado fortuitamente en el reinado de aquel príncipe, enterrado bajo la arena del desierto, donde estaba olvidado después de muchas generaciones. Véase Pr. Lenorman, Histoire d’Orient, II, 55. Y la cuarta dinastía nos lleva a unos 4000 años antes de J. C. Júzguese por ese dato cuál será la antigüedad de la Esfinge).
La esfinge colosal de Gizeh, situada junto a la gran pirámide, es obra suya. En tiempos en que el Delta (formado más tarde por los aluviones del Nilo) no existía aún, el animal monstruoso y simbólico estaba ya tendido sobre su colina de granito, ante la cadena de los montes líbicos, y miraba el mar romperse a sus pies, allí donde se extiende hoy la arena del desierto. La esfinge, esa primera creación del Egipto, se ha convertido en su símbolo principal, su marca distintiva. El más antiguo sacerdocio humano la esculpió, imagen de la Naturaleza tranquila y terrible en su misterio. Una cabeza de hombre sale de un cuerpo de toro con garras de león, y repliega sus alas de águila a los costados. 








Es la Isis terrestre, la Naturaleza en la unidad viviente de sus reinos. Porque ya aquellos sacerdotes inmemoriales sabían y señalaban que en la gran evolución, la naturaleza humana emerge de la naturaleza animal. En ese compuesto del toro, del león, del águila y del hombre están también encerrados los cuatro animales, de la visión de Ezequiel, representando cuatro elementos constitutivos del microcosmos y del macrocosmos: el agua, la tierra, el aire y el fuego, base de la ciencia oculta.
Por esta razón, cuando los iniciados vean el animal sagrado tendido en el pórtico de los templos o en el fondo de las criptas, sentirán vivir aquel misterio en sí mismos y replegarán en silencio las alas de su espíritu sobre la verdad interna. Porque antes de Aedipo, sabrán que la clave del enigma de la esfinge es el hombre, el microcosmos, el agente divino, que reúne en sí todos los elementos y todas las fuerzas de la naturaleza.
La raza roja no ha dejado otro testigo que la esfinge de Gizeh; prueba irrecusable de que había formulado y resuelto a su manera el gran problema.


HERMES


La raza negra que sucedió a la raza roja austral en la dominación del mundo, hizo del alto Egipto su principal santuario. El nombre de Hermes Toth, ese misterioso y primer iniciador del Egipto en las doctrinas sagradas, se relaciona sin duda con una primera y pacífica mezcla de la raza blanca y de la raza negra en las regiones de la Etiopía y del alto Egipto, largo tiempo antes de la época aria. Hermes es un nombre genérico como Manú y Buddha pues designa a la vez a un hombre, a una casta y a un Dios. Como hombre, Hermes es el primero, el gran iniciador del Egipto; como casta, es el sacerdocio depositario de las tradiciones ocultas; como Dios, es el planeta Mercurio, asimilado con su esfera a una categoría de espíritus, de iniciadores divinos; en una palabra: Hermes preside a la región supraterrena de la iniciación celeste. En la economía espiritual del mundo, todas esas cosas están ligadas por secretas afinidades como por un hilo invisible. El nombre de Hermes es un talismán que las resume, un sonido mágico que las evoca. De ahí su prestigio. Los griegos, discípulos de los egipcios, le llamaron Hermes Trismegisto o tres veces grande, porque era considerado como rey, legislador y sacerdote. Él caracteriza a una época en que el sacerdocio, la magistratura y la monarquía se encontraban reunidos en un solo cuerpo gobernante. La cronología egipcia de Manetón llama a esa época el reino de los dioses. No había entonces ni papiros ni escritura fonética, pero la ideografía existía ya: la ciencia del sacerdocio estaba inscrita en jeroglíficos sobre las columnas y los muros de las criptas.
Veamos el tercer video dedicado a la importantísima Ley de Causa y Efecto:






Considerablemente aumentada, pasó más tarde a las bibliotecas de los templos. Los egipcios atribuían a Hermes cuarenta y dos libros sobre la ciencia oculta. El libro griego conocido por el nombre de Hermes Trismegisto encierra ciertamente restos alterados, pero infinitamente preciosos, de la antigua teogonía, que es como el fíat lux de donde Moisés y Orfeo recibieron sus primeros rayos. La doctrina del Fuego Principio y del Verbo Luz, encerrada en la Visión de Hermes, será como la cúspide y el centro de la iniciación egipcia.
Veamos ahora algunas supuestas notas biográficas elaboradas por la autora Josefina Maynadé a la que ya nos hemos referido en algunas otras entradas del blog, de su obra:
“Hermes el maestro de sabiduría” que podéis descargaros aquí:









https://arjunabarcelona.files.wordpress.com/2015/07/maynade-hermes-el-maestro-de-sabiduria.pdf


“Pocos días después del plenilunio que sigue al equinoccio de otoño, cuando tenían lugar las grandes festividades religiosas de los Misterios, antes de abrir el alba, un hombre alto y bien formado, de tersa y brillante piel rojiza, de pura sangre egipcia, vestido a la manera de los ciudadanos acomodados de Menfis, llamaba a la puerta trasera del Templo de Ptah, lugar habitado por la comunidad de sacerdotes qué tenían a su cargo los oficios sagrados.
Vestía el aludido una estrecha túnica de tela de algodón a rayas diagonales verdes y rojas, con amplio mandil almidonado a pliegues, sujeto por un cinturón de cuero y oro. Tocaba su cabeza, de amplia y pensativa frente, un rico lienzo sirio bordado con hilos de colores, ceñido con corona de metal a la manera egipcia y cuyos paños laterales caían en forma simétrica sobre sus anchos hombros.
En sus brazos sostenía un envoltorio cubierto con una alba y fina tela primorosamente calada.





La puerta tardaba en abrirse y el hombre daba muestras de creciente impaciencia. De vez en cuando volvía la cabeza a un lado y a otro, frunciendo el ceño en la semiobscuridad que antecede al amanecer, en tanto oteaba a lo largo de los caminos de acceso al Templo, como si temiera ser descubierto.
Por fin rechinaron los goznes de hierro, la puerta se abrió pausadamente, y el visitante entró tras un mudo ademán hospitalario del más joven de los sacerdotes de Ptah.
Dio el misterioso visitante unos pasos hacia el interior y, franqueado  el umbral, se detuvo sin cambiar de postura.
Cuando el sacerdote hubo corrido el cerrojo de la puerta, acercó con interés su candil de aceite y resinas perfumadas al desconocido, mirándole de arriba abajo. Luego, díjole:
¿Qué quieres de los siervos de Ptah?.
Con voz varonil y segura aunque levemente velada por la emoción, respondió el recién llegado:
— Soy portador de una ofrenda preciosa, la más grata a mi corazón.
Fiel a la llamada del Sumo Sacerdote, os traigo a mi hijo recién nacido. Es para mí una honra altísima ofrecerlo a vuestro superior cuidado, para el servicio del dios.
El joven sacerdote lanzó una exclamación de júbilo. Dejó en seguida en el suelo el candil metálico, levantó ambos brazos con las palmas de las manos de frente, y se inclinó con reverencia ante el desconocido. Luego, sin decir palabra, desapareció por el fondo en tinieblas de la estancia.
El visitante permaneció inmóvil, de pie, mirando en la dirección por donde había desaparecido el sacerdote.
Este no tardó mucho en reaparecer, precediendo y alumbrando al anciano Hierofante.





El recién llegado lo vio avanzar alto y majestuoso, con su larga barba cana cortada en punta y su alba túnica hasta los pies, sujeta a la cintura con una simple faja amarilla.
Al llegar frente a él, el joven lampadóforo se hizo a un lado.
Sonriendo y con los ojos iluminados, el Hierofante se dirigió al recién llegado con estas palabras:
— ¡Bienvenidos seáis, tu y el ser que has engendrado por la voluntad de los dioses!.
Los ojos relucientes del anciano se fijaron acto seguido en el tierno envoltorio que sostenía el anónimo visitante, y levantando con manos temblorosas una punta del velo que lo cubría, añadió:
— ¿Cuándo sellaron los astros su primer vagido?.
— En la media noche del día de la luna llena — contestó el aludido, inmóvil como una estatua.
— ¡Es el esperado! — susurró el Hierofante, como hablando consigo mismo, con voz que era al mismo tiempo suspiro. Y dirigiéndose al hombre ¡Sea tres veces bendito, ya que un día ha de ser “Tres Veces Grande”!.
Levantó entonces en actitud de agradecimiento y loa los brazos, con las palmas de ambas manos abiertas al cielo, y añadió cerrando los ojos, como si concentrara en la acción de gracias todas las fuerzas de su ser:
— En nombre de la Madre Isis que lucía, en su plenitud en el cénit celeste, ¡sea bendito!.
Dirigióse luego hacia occidente, con las palmas de las manos de frente y prosiguió ceremoniosamente:
— En nombre de Apis, el Toro sideral que preside la Era que comienza, ¡bendito sea!.
Volvióse acto seguido cara a oriente y añadió:
-    En nombre de la zodiacal Serpiente, el Uraeus secreto, ¡que su bendición sea tuya!.
Finalmente, dobló su cuerpo, con las palmas de las manos dirigidas a la tierra y con voz gravé y profunda, invocó:
— En el nombre de Osiris, el Sol Nocturno, señor de los Misterios, ¡te bendigo!.
Avanzó entonces dos pasos en dirección al desconocido tendiendo  hacia él los brazos, en actitud de súplica y requerimiento, sin decir palabra. El hombre, depositó en ellos suavemente el precioso envoltorio.
— Desde hoy — dijo el anciano — tu hijo se halla bajo la custodia de esta sagrada comunidad. Velaremos por su crecimiento externo e interno. Tu generosa acción, tu renuncia, son una ofrenda inapreciable al presente y al futuro del mundo. ¡Que los grandes dioses premien a ti y a su madre, la Santa primogenitora del Enviado!.
Las puertas del Templo se volvieron a abrir lentamente. El hombre avanzó unos pasos, levantó la faz y sus ojos negros, grandes y rasgados, se posaron un buen rato sobre el sol alado que orlaba la piedra del dintel de entrada.





A la temprana luz del día, pudo ver entonces el Hierofante lucir en ellos dos grandes lágrimas. Era el precio humano de la renuncia definitiva al hijo recién nacido.
El anciano depositó entonces la dulce carga en los brazos del joven sacerdote y dirigiéndose al desconocido, sacó de su dedo índice una gran sortija de oro formada por un ágata labrada, rodeada de diamantes y rubíes incrustados, y se la entregó, en tanto le decía:
— Tómala. Es el talismán del dios. Tu le diste el germen. Tu esposa la materia. Osiris el espíritu. A través de él, la protección divina se cernirá siempre sobre tu hogar.
El hombre tomó la sortija y la colocó en el índice de su diestra y puso ésta en señal de reconocimiento sobre su pecho, en tanto bajaba la cabeza ante el anciano sacerdote.
Después, avanzó decidido hacia la gran puerta y traspuso el umbral. Al emprender el sendero de retorno al hogar, el primer rayo de sol se posaba sobre la faz misteriosa de la Esfinge.
Aquel día, toda la comunidad se hallaba en pie desde la hora del alba. Corrió la nueva y todos los sacerdotes se habían congregado en la gran sala hipóstila del Templo, ante el altar de las consagraciones, en torno al anciano Hierofante.
Un estremecimiento de emoción invadió todos los pechos cuando éste depositó suavemente la dulce carga que llevaba, sobre el ara redonda y procedió a quitar las envolturas que cubrían al niño.
Un grito de admiración resonó en todas las gargantas después que el Sumo Sacerdote hubo reconocido minuciosamente, en el cuerpecito desnudo, los siete signos de la perfección.
Sonriendo triunfalmente, lo alzó en sus brazos y lo fue mostrando a cada uno de los sacerdotes presentes para tal comprobación, en tanto el pequeño, ya despierto, agitaba sus diminutos miembros al aire perfumado del lugar.
Con mal reprimida satisfacción, iba murmurando el anciano:
— Vedlo, vedlo, hermanos míos... Lo auguraban los astros… Es, en verdad perfecto...




Obedeciendo al ritual de la hora, dos sacerdotes ayudantes abrieron pausadamente la gran puerta principal del Templo, que daba al oriente.
Un rayo de sol atravesó casi horizontalmente la sagrada estancia y se posó sobre el gran disco alado de oro bruñido, que presidía el altar, en tanto, procediendo de un lugar desconocido, sonaban, templados al tenor de las notas astrales, los tubos de bronce de la diaria anunciación de la visita del Padre que estremecían el aire con extrañas resonancias mágicas.
El Hierofante levantó en sus brazos al pequeño hasta la luz del sol y su pequeña silueta gesticulante se perfiló en suave sombra sobre el disco áureo bañado de sol.
Con voz algo gangosa por la emoción que lo embargaba, dijo:
— A ti lo consagro, ¡Oh Sol! y al dios, tu imagen, señor del gran país de Egipto. Apadrinado solemnemente por la comunidad de tu templo, que te adora, le pongo por nombre, Thot-Hermes, “El que guía hacia la Luz”. Haz, ¡Oh Padre! que pueda cumplir tan alto destino y que las humanidades futuras pronuncien con reverencia este nombre.
Por el aula enorme del Templo de Ptah, llena de misteriosos ecos, resonó entonces como manifestación de gozo irreprimible, esta palabra repetida por múltiples lenguas reverentes y enternecidas:
“Thot-Hermes... Thot-Hermes...Thot Hermes...”.


ADOLESCENCIA





En el vasto recinto amurallado, rodeado de bosques de acacias y de palmeras que ocupaba el Templo del dios Ptah, creció Hermes bajo la vigilancia y los solícitos cuidados de los sacerdotes que constituían aquella comunidad.
Aunque sujeto en cierto modo, desde su tierna infancia, a las disciplinas preconizadas por sus ayos y maestros, no faltaban al joven Hermes, simultaneados con sus estudios, recreos y expansiones propios de su edad.
Sus infantiles juegos tuvieron por escenario los remansos del Nilo poblados por gansos acuáticos, por mansos y esbeltos ibis y diversas aves canoras de plumajes multicolores.
A menudo, frecuentaba en sus juegos el muchacho las proximidades  del llamado Muro Blanco que, no lejos del Templo, cerraba con unos cortados montes calcinados el árido Desierto de Libia, cerca del cual se alzaba la mole gigantesca de la Esfinge.
Gustaba especialmente Hermes de navegar por el río, siempre bajo la vigilancia de uno de los sacerdotes pedagogos y, de pie en un breve esquife, remar activamente aguas arriba con un solo remo, manteniendo el equilibrio con sus fuertes piernas desnudas sobre su liviana embarcación.
Cuando en los meses de otoño el agua bajaba clara y mansa, sin perceptibles ondas, algunas veces se aventuraba navegando hasta una islita cercana que dilataba entonces sus orillas sobre el río bajo.




En este breve oasis poblado de palmeras de dulce y dorado fruto; gozaba Hermes de la soledad y de la vasta contemplación de las perspectivas.
Empinado en la palmera más alta, oteaba desde allí, enmarcado por   las finas palmas cimbreantes, a lo lejos, la vista prodigiosa del Delta, hasta el mar de un intenso azul uniforme, donde desembocaba el río dividido en múltiples brazos.
Allí aprendió el inquiridor muchacho la difícil lección de observar, de oír y de contemplar. El suave rumor del río era como una música de fondo para sus acostumbradas soledades meditativas. Sobre él, los pájaros melodiaban sus diversos trinos, croaban al atardecer las ranas del color del río y el dilatado graznido de los ibis que pululaban por las orillas en busca del ansiado sustento, ponía una nota única y esporádica de percusión extraña, sobre la dulce sinfonía del paisaje.
Allí se saturaba de sol, de aire, de lluvia. Sobre la hierba y el limo se tendía a veces para contemplar las caravanas fantásticas de las nubes del oriente que coronaban los Montes Arábigos, o el cielo amarillo-dorado, liso y sin nubes, de transparencias únicas, del poniente, en la hora inefable del anochecer egipcio.
Otras veces emprendía caminatas de exploración por los arenales de allende las dunas del Muro. Blanco, fortaleciendo sus piernas, ya que había zonas en las que sus pies se hundían hasta los tobillos en la fina arena donde el viento levantaba a menudo polvorientas tolvaneras que hacían dificultoso el avance a pie, velando todas las perspectivas.
Pero esas frecuentes correrías y aquellos explayes contemplativos no alteraban sus horas dedicadas al tenaz y metódico estudio, bajo la experta guía de los sacerdotes especializados en las diversas asignaturas.
Hermes fue, desde temprana edad, un prodigio de inteligencia. Poseía una sagacidad sin límites para la profundización de los temas más arduos y acosaba siempre a preguntas a sus maestros sobre los más difíciles temas de la enseñanza.





Por ello le fueron abiertos, a poco de rozar la adolescencia, los archivos del saber secreto, los viejos papiros que contenían las recetas médicas y los axiomas sabios. Pero lo que más sugestionaba a Hermes eran la ciencia astronómica, la matemática del Universo y el misterio del más allá de la vida y de la muerte.
Allí aprendió no sólo la sabia escritura de los jeroglíficos, el dibujo y la pulcra grafía policromada que su mano hábil grababa sobre las finas hojas del papiro, sino las reglas de la geometría y los módulos secretos de la arquitectura, basados en las leyes físicas, matemáticas y astronómicas.
La historia lo cautivaba. De ella desentrañaba la lección de sabiduría y cada experimento evolucionario y cíclico, de acuerdo con los ritmos de las épocas zodiacales. En conexión con tales ciclos, le encantaba estudiar su relación con las etapas geográficas y geodésicas a causa de los grandes fenómenos y transformaciones cósmicas que periódicamente cambiaban la faz del planeta, como cambiaban las condiciones materiales y psíquicas de las sucesivas humanidades.
Sus preguntas requerían cada vez mayor contenido de conocimiento  en sus profesores. Y cuando las respuestas de éstos no satisfacían sus crecientes ansias de saber, recurría al que era fama que “todo lo sabía”: el anciano Hierofante.
Así crecía Hermes; sano, inteligente y hábil, puro de cuerpo y mente. En aquel medio culto, amparador y afectivo de la comunidad religiosa del templo, transcurrieron la infancia y la primera juventud del que había de ser más tarde, artífice y mentor de la nueva etapa cíclica de civilización en el país de Egipto.
Al aflorar la hombría, Hermes se habla convertido en un mozo de gallarda apostura, espigado y recio, de proporciones armónicas y semblante de líneas correctísimas.
La expresión de sus ojos grandes y rasgados, era indescriptible. Un poder magnético que seducía e imponía a un tiempo, se desprendía de su mirada persistente, ahondante, que acariciaba y dominaba a todos aquellos en quienes se posaba.
Veamos un nuevovideo de la serie dedicado en ésta ocasión a la Ley de Correspondencia:




Sus gestos eran lentos y firmes, como si hubieran adquirido ya la afirmación de la madurez y su contacto era electrizante y siempre benéfico, como si se desprendiera de él un don armonizador y revitalizante.
Con el crecimiento, su piel cobriza había adquirido esa pátina noble y aterciopelada, de leve color de humo, que era el orgullo de la raza egipcia, descendiente directa de la antigua y hermosa raza atlante.
En él joven Hermes se centralizaban la ternura y el interés de toda la comunidad religiosa de Ptah.
Sin embargo, en su fuero interno, le parecía que, a medida que se sazonaban sus propias facultades, no correspondía en la misma dimensión requerida, aquella constante dedicación y afecto de sus maestros y protectores.
A medida que se intensificaba en el joven estudiante el afán, en parte insatisfecho, de más saber, se iba sintiendo un tanto desgajado del solícito y paternal ambiente que a todas horas le rodeaba.
Trataba a veces de definir la causa del impreciso desgajamiento de aquellos santos seres a quienes todo lo debía, pero no acertaba a comprender.
Sólo el Hierofante atisbaba las causas reales. Conocía como nadie las capacidades y las reacciones de su ahijado y sobre todo, conocía la fundamental misión de su vida. Al consultar los astros en el instante de su nacimiento, supo la forma en que se desenvolverían sus facultades y las incidencias mismas de su vida, a través de las grandes oportunidades que le depararía el destino al divino Enviado. Y al comprobar, no sin cierta pesadumbre, que aquella poderosa individualidad escapaba poco a poco al medio cultural y psíquico que podía ofrecerle la comunidad, el buen sacerdote comprendió la difícil encrucijada de aquella alma y pidió inspiración a los guías espirituales, rectores de la Era que amanecía en el horizonte de la humanidad.
Cada vez con mayor frecuencia, los grandes y profundos ojos negros del joven Hermes, se evadían del límite de sus aulas, ya estrecho para sus desenvueltas capacidades y sus ansias crecientes de evasión, como si su alma inquieta requiriera más dilatados ámbitos de conocimiento y de experiencia.
A menudo abandonaba en silencio sus instrumentos de labor, sus punzones y sus pinceles, los papiros grafiados, los planos geométricos, las claves matemáticas y salía del Templo, deambulando solo y a su sabor por los contornos.




Aquellos rodeos terminaban siempre al ponerse el sol o ya entrada la noche, al pie del misterioso monumento de la Esfinge.
A medida que su poder inquisitivo crecía, su curiosidad por la enigmática efigie que patentizaba la inmemorial edad de la civilización egipcia, aumentaba.
Obligado a reprimir, ante el obstinado silencio de sus maestros, el constante por qué de las cosas que le acuciaba, ¿A quién preguntar la génesis, el verdadero y total significado en el tiempo, en el espacio y en la mente humana de aquella figura monstruosa, mitad hombre y mujer, mitad león alado que oteaba siempre con sus profundos ojos de piedra la salida del sol, de cara al oriente?.
¿A quién consultar?. Desde hacía un tiempo le parecía a Hermes que hasta el anciano Hierofante “que todo lo sabía”, eludía contestar a sus preguntas.
Avanzada la primavera, la cinta angosta y dilatada del Nilo, reflejaba, casi inmóvil, el azul intenso y rutilante del cielo. En sus aguas se proyectaban, fieles y nítidos, los penachos de las palmeras cercanas, agitadas por la refrigerante brisa del norte.
Hermes se hallaba de pie junto a la Esfinge, quieto y mudo, mirando fijamente su enorme faz andrógina como requiriendo al silencio revelador del atardecer, el misterio que guardaba.
La estrella nocturna, compañera del sol, apareció en el cielo índigo, como si lo perforara desde el remoto infinito, y se posó sobre la gigantesca frente pensativa de la pétrea figura tendida.
Por fin su voz, pletórica de curiosidad, hendió el silencio que le circundaba y dirigiéndose a aquel impasible ser milenario y monstruoso, le requirió en voz alta en estos términos:
— ¿Quién eres, extraño ser de cabeza humana, de cuerpo leonino, de poderosas garras y poseedor de alas?. Monumento de las edades pretéritas, ¿Qué representas, qué nos ocultas, qué requieres de nosotros, los humanos?. ¿Qué pretendes enseñarnos?. ¿Qué enigma entrañas que no me es posible descifrar?.






— Tu propio enigma y el enigma del Universo. — contestó una voz grave y autoritaria, a sus espaldas.
Volvió Hermes sorprendido la cabeza, y vio tras de sí la imponente figura del Hierofante.
— No hay pregunta que no pueda ser contestada — añadió entonces  el sumo Sacerdote en tono más dulce y paternal al tiempo que sus labios insinuaban una sonrisa.
— Entonces — objetó, repuesto de su sorpresa, el muchacho, tomándole ambas manos — Entonces, ¿Por qué callas cuando con insistente interés te requiero?.
— Hijo mío — contestó lentamente el anciano, al tiempo que rodeaba con su brazo derecho los recios hombros del ahijado — ¿Has atinado alguna vez a preguntarte a ti mismo: “¿Quién soy?. ¿De dónde vengo?. ¿A dónde voy?”. ¿Has escuchado a tu propio corazón aquietando tu mente?. En él subyace otra sabiduría que es necesario lograr. Tu mente inquiridora pretende indagar los grandes misterios del Universo, pero... ¿Te has detenido a reflexionar sobre el misterio de tu propio ser?. Hay cosas, hijo mío, que nadie nunca te podrá enseñar. Hay enigmas que sólo pueden ser descubiertos por uno mismo. Como nadie puede enseñar a la fruta el secreto de su dulzor, más que su propia normal madurez, así le llega algún día al hombre inquiridor, sabio y puro, la interna revelación. Antes que la Naturaleza te abra sus secretos, tienes que conocerte y abrirte a tu propia divinidad escondida. Esto llegará para ti. Pero la fruta todavía no está madura... Ahora, en este período de transición, tienes que completar tus estudios y experiencias, pero no en los textos sagrados, que no guardan ya secretos para ti, sino en el libro de la vida que todavía ignoras.
Hermes se quedó inmóvil en el mismo lugar, reflexionando largo rato sobre las palabras del Hierofante. Después, en completo silencio, iniciaron ambos el camino de retorno al Templo. Al franquear su umbral, el Hierofante se detuvo, se encaró con su ahijado, y le dijo en tono decidido:







— Mañana, antes del amanecer, abandonarás el Templo. Ya eres un hombre, y como tal, debes conocer toda la gama de las experiencias humanas. De lo contrario, nunca serías un ser completo y tu misión futura requiere esa faceta para tu integridad. Antes de adquirir el grado de superhombre, tienes que realizar un vivido examen de tu personalidad. Te hallas bien parapetado contra los posibles peligros y tentaciones que no dejarán de presentarse; eres sano de cuerpo y alma, te hallas en posesión de todos los conocimientos asequibles al hombre en el aspecto concreto, y tienes todas las habilidades. Tu conducta, a semejanza de todos los seres ejemplares que te han rodeado hasta el presente, se halla fundamentada en el más alto sentido de responsabilidad y en la más limpia moralidad. Más el mundo te reserva todavía el mejor de los archivos a desentrañar: el viviente archivo del corazón humano. Ve e investiga ese libro sabio: la vida de los demás hombres que forman parte de ti mismo.
Entra valientemente en la ciudad, frecuenta sus zonas luminosas y sombrías; participa de sus esperanzas y deseos. Lucha y trabaja como los demás. Búscate en tus semejantes, y siempre hallarás material propicio para tu propia edificación. Por cosas repugnantes que veas, piensa siempre que en todos los seres habita la divinidad, Trata, pues, de comprenderlos, de amarlos, de ayudarlos en una forma que no lo parezca. Así te irás comprendiendo más a ti mismo, entrarás en posesión de mayor saber y vendrá un día en que muchas experiencias inéditas te serán colmadas. Entonces, cuando tu recobrado corazón te lo pida, vuelve al Templo, tu morada, hijo mío. Y muchas puertas que ahora te son vedadas, se te abrirán, y muchas respuestas que te son negadas, se te revelarán.
Antes de penetrar en el interior del Templo, levantó Hermes los ojos llenos de lágrimas al sol alado que ornaba el dintel. Luego miró al Hierofante y dijo con voz temblorosa:
— Cumpliré tu deseo; recordaré tus recomendaciones. Seré digno de ti. ¡Qué tu pensamiento me acompañe!.
La actitud y la estampa del muchacho abrieron de pronto una brecha en la memoria del anciano sacerdote. Vio de nuevo proyectada allí mismo, casi exacta, una escena semejante, ya lejana.
Se cerraba una etapa intermedia entre dos visiones equiparadas.
Maquinalmente, el viejo sacerdote extrajo de su dedo índice una  sortija alargada, talismán de Ptah, y, colocándola en el índice derecho de Hermes dijo, con voz velada por la emoción:
— Esta sortija no la pueden llevar más que tu padre... y tú.
Hermes agachó la cabeza y le besó la mano.
Y ambos se perdieron en la resonante penumbra del Templo.


LAS PRIMERAS PRUEBAS


Un poco al sur del Delta, en la orilla occidental del Nilo, se extendía la rica y populosa ciudad de Menfis, capital del primero de los siete nomos o regiones en que se dividía el país de Egipto, morada a la sazón del último de los Faraones de la tercera dinastía.
Hacía tiempo que el poder político de los reyes prevalecía sobre el ascendiente religioso en todo el vasto y antiguo país, desde la alta Nubia sometida, hasta las mismas bocas bajas del río y a ambos límites del mar.
Sin embargo, y merced al influjo de una tradición más que milenaria, los monarcas egipcios querían mantener bien sujetas las riendas de ambos poderes: el civil y el religioso. Pero al desconectarse moralmente los últimos monarcas, de la auténtica autoridad religiosa, habían ido degenerando poco a poco hasta convertirse en déspotas del pueblo que gobernaban. Ya que la desmedida ambición de riqueza, obstruye la sensibilidad y la conexión de los monarcas con la voluntad divina que sobre todos impera sin ostentaciones.





Pero ese fragmentario y despótico ejercicio del poder, pretendía ejercerlo el Faraón reinante con el beneplácito de las jerarquías religiosas, al igual que lo ejercieran los antiguos reyes divinos. Y para justificarlo, querían seguir ostentando la dignidad de altos Iniciados en los Misterios.
Esa trasgresión de la verdadera dignidad sacerdotal había suscitado conflictos intestinos entre la monarquía y el cuerpo de sacerdotes, cuando la conducta de ciertos monarcas se revelaba contraria a la moral de los principios religiosos.
Muchos Hierofantes, amantes de la buena ley, se habían manifestado en contra de ese estado de cosas y se habían negado a que los Faraones siguieran ostentando emblemas y dignidades que no les pertenecían, corroyendo de esa forma, de manera arbitraria, la más pura tradición de Egipto.
Pero esa actitud había costado cara a más de un Sumo Sacerdote, representación legítima del dios solar, y a toda su comunidad religiosa.
El Hierofante de Ptah de fines de la tercera dinastía faraónica, era  uno de ellos. Antes de la ascensión al trono del Faraón reinante, había presidido las pruebas reglamentarias a que debía someterse el pretendiente a Iniciado antes de asumir la dignidad real como encarnación viviente del “Poder del dios solar” con que se le designaba.
Y sabía el Hierofante que el Faraón, a pesar de su afán de ostentar el título de Iniciado en los Misterios, había fracasado rotundamente ya en las primeras pruebas.
Sin embargo, la despótica voluntad soberana se impuso, y al serle negados por el Sumo Sacerdote los sagrados atributos, los arrebató a la fuerza bajo cruentas amenazas y se proclamó a sí mismo: “Faraón regente por la voluntad divina”.
Paremos un momento oara poder ver el video correspondiente a la Ley de Vibración:






Los labios prudentes del Hierofante de Ptah sellaron con el silencio toda legítima protesta, en bien del país y de la comunidad, confiando en la directa y tácita intervención divina cuando la hora fuera llegada.
Al consultar la palabra de los astros al respecto, la esperanza en el inmediato futuro iluminó su espíritu y le reafirmó la confianza. Se acercaban los tiempos en que la sabiduría y el poder que iluminaron a Egipto a través de los antiguos Templos, prevalecerían otra vez sobre el esporádico gobierno de aquellas menguadas generaciones de reyes indignos de su sitial divino, que habían perdido por su ignorancia, su codicia y su crueldad, la investidura que a la auténtica realeza correspondía.
Hermes apareció por la mañana, a la hora del mercado, en la gran plaza porticada de Menfis, corazón bullicioso de la ciudad, y deambuló un buen rato bajo los recios soportales de granito.
Toda la plaza se hallaba a la sazón abarrotada de compradores y de vendedores que ofrecían a voces sus mercancías al público desde sus tenderetes transportables, sobre mantas tendidas o en cofres y  canastos repletos.





En el centro de dicha plaza había un pequeño estanque de pórfido bordeado de lirios en flor que alimentaba un estrecho canal del Nilo. Una fuente lo presidía, constituida por una piedra pulimentada de cima semiesférica, con varias bocas bajas de cobre, de las que manaban sendos chorros de agua.
Multitud de chiquillos chapoteaban descalzos en el estanque en aquella tibia mañana de primavera. De vez en cuando, las palomas y los gansos se aproximaban, bebían y se deslizaban por la superficie del estanque o bien se perdían entre los cañaverales tiernos del regato que lo nutría.
Hermes se abrió paso entre la multitud vociferante y afanada y contempló un buen rato la idílica escena. Luego tendió sus dos manos hasta uno de los chorros, y agachado entre la chiquillería, en su hueco bebió afanosamente.
Esto llenó su corazón de gozo. Aquella multitud hormigueante que sin cesar transitaba, los pregones de los vendedores lejanos y cercanos, los trajes multicolores, la abundancia de frutas y verduras expuestas allí a montones, los tarros de miel de Arabia, las tortas de maíz, los panes de trigo o de centeno, las semillas húmedas y henchidas, las ristras de quesos tiernos, las canastas de huevos, las alambradas tendidas de pescado seco o fresco, las medidas de arroz, los agudos pregones sostenidos aquí y allá como un ritual profano, todo ese espectáculo insólito y amable, era para Hermes como una modalidad nueva e ignorada de la vida de la ciudad.
Deambuló a sus anchas por las calles adyacentes, ávido del espectáculo, de luz y de vitalidad que a su vista se ofrecía. Desembocó de nuevo en la plaza y se sentó sobre la recia base de una de las columnas que sostenían los soportales, junto a una joven vendedora de abanicos de palma coloreada y de perfumes a granel.
Desde allí se divisaba un amplio ámbito del mercado común. Permaneció sentado un buen rato contemplando a la bullanguera multitud.





De pronto, cortó el aire rumoreante y apacible, el son agudo de una trompeta.
Como por encanto, aquella humanidad vociferante guardó silencio, como obedeciendo a una consigna.
Abriéndose paso a empujones entre el gentío, aparecieron en el centro de la plaza varios nomarcas del nomo menfita, agentes del fisco del Faraón, precedidos por los guardias reales armados.
Iban a cobrar los crecidos impuestos a los vendedores, un arbitrio sin ley que agobiaba a las humildes gentes.
A los que no podían pagar al contado el precio exigido, por el fisco real, les incautaban las mercancías. No valían en contra las súplicas ni las quejas. Si alguien osaba rebelarse, le castigaban los guardias al instante, duramente. Luego, en los carros reales arrastrados por bueyes o en las alforjas de los asnillos que formaban recua, se amontonaba la flor de los productos usurpados, camino de Palacio.
En un rincón cercano de la plaza, resguardada por un toldo de estera verde, exhibía una pobre anciana unos cestos de huevos y unos tarros de frutas en arrope.
Los nomarcas se le aproximaron y exigieron a la buena mujer con malos modos el pago del impuesto. La mujer, presa del pánico, hurgó con mano temblorosa el menguado zurrón donde guardaba las monedas. No alcanzaban la suma exigida.
Entonces, los nomarcas le arrebataron las exiguas monedas de las manos y, como complemento, la cesta de los huevos.
La anciana se puso a gritar y a forcejear, defendiendo sus productos, protestando por aquel vandalismo sin entrañas, sin soltar su cesta.
Los guardias hicieron entonces uso del látigo contra la pobre anciana quien, entre golpes y forcejeos, cayó al suelo, derribando los tarros de confituras y arrastrando consigo la cesta de huevos que se estrellaron contra el suelo.
La gente se amotinó en torno, vociferando indignada e insultando a los agentes y a los guardias. Estos arremetieron contra la multitud.




Hermes, que presenció toda la escena y experimentó todo el dolor y la protesta suscitados por aquel brutal atropello, sintió los quejidos de la pobre anciana como si brotaran de su propio pecho. Vio el odio y la tristeza dibujarse en los semblantes de aquellas pobres gentes atropelladas que trabajaban desde el alba a la noche, sin comer apenas, vistiendo pobremente, para alimentar el lujo de los vagos y la codicia de los gobernantes.
Movido de indignación y de conmiseración por la anciana golpeada, robada y derribada, que gemía desgarradoramente, se adelantó y trató de levantarla en tanto le prodigaba palabras de consuelo.
Al verlo, uno de los guardias sacudió sobre las espaldas del noble joven, duramente, el látigo de cuero mudado hasta hacerle brotar sangre.
No se inmutó. Sosteniendo a la anciana con sus vigorosos brazos, se abrió paso entre el grupo de gente que se había formado en torno, y trató de apartarla de aquella malhadada escena. Pero la sangre manaba a borbotones de su carne lacerada y se sintió tambalear.
Próximo a caerse con su dolida carga, notó que unos brazos le sostenían al tiempo que perdía el conocimiento.
Cuando volvió en sí, se encontró tendido boca abajo sobre una mugrienta estera, en un mísero figón del barrio más pobre de la ciudad. Un hombre vendaba, después de aplicar unos ungüentos en las heridas, su espalda lastimada, en tanto que una mujer de expresión bondadosa aproximaba a sus labios una vasija de espesa cerveza de mijo de Nubia.
— Bebe, muchacho — le dijo, al ver que abría los ojos, la mujer del figonero — Bebe. Esto te reanimará. Tranquilízate. Mi marido conoce los mejores remedios para las heridas. Pronto sanarás.
Hermes bebió y dio las gracias. Con mucha dificultad se puso en pie. La espalda y el cuerpo todo, le dolían terriblemente.
Durante tres días fue huésped de aquella hospitalaria gente.
Cuando, ya más repuesto, trató de pagar de su peculio los gastos ocasionados, rechazaron la oferta, diciendo:
— Eres noble, y amas a los pobres. ¡Qué “los dioses aumenten tu buen corazón!. Sigue tu camino en paz.
Hermes se despidió agradecido y prosiguió sus andanzas. Atravesó aquella insalubre barriada habitada por obreros, labradores y pescadores, muchos de ellos sin trabajo en aquella época del año. 







El hambre imperaba en la mayoría de las míseras viviendas. Enorme cantidad de niños, flacos y desnudos, exponían las pústulas de su piel al sol, entornando los ojos enrojecidos. La conjuntivitis, ocasionada por el polvo del desierto, la ardiente luz y la falta de alimentos, hacían estragos entre aquella promiscuidad de gente enferma y hacinada.
Los viejos, puestos en cuclillas y arrimados a los árboles o a las paredes de las chozas, pasaban gran parte del tiempo contemplando, con una expresión invariable de tristeza y de sumisión resignada, el valle del Nilo, hacia el sur, de donde venían las pródigas crecidas, y con ellas, el trabajo y el pan.
Más allá, en una barriada aparte, grupos de mujeres de todas las edades, en su mayoría jóvenes, pero ajadas por el vicio en el que hallaban el menguado sustento de sus familias, se exhibían semidesnudas y pintarrajeadas con los ojos ribeteados de carbón y el pelo aceitoso teñido de azul.
Más hacia el norte, siguiendo la misma vereda, unos pobres pescadores que tenían sus chabolas en la misma orilla, izaban, del exiguo fondo del río, la red vacía.
Hermes sabía ya lo que era la crueldad, el dolor, el hambre, el vicio y la miseria del mundo. Su gran corazón piadoso trataba de inquirir el por qué de aquel tremendo pecado de la sociedad, la causa de tanta injusticia. Meditó de pie largo rato, en su anónima soledad distante, mirando las aguas deslizarse lentísimas. Todo lo simbolizaba el Nilo: el bien y el mal, la abundancia y la penuria, la sabiduría y la ignorancia, el curso de la historia, el acicate de la evolución de las almas... Comenzó a comprender.
Reemprendió el camino siguiendo la dirección contraria, remontando la corriente del río.






Anduvo un buen rato rozando la orilla y vio a su derecha la masa rumoreante y verde de un bosque de palmeras.
A su sombra halló el frescor que deseaba. Deambuló al azar bajo los árboles de cimbreantes copas y halló sendas cuidadas, bordeadas por pequeños canales en cuyas márgenes crecían flores.
Soplaba allí una brisa refrigerante y aromada y Hermes se tendió  sobre el césped y se bañó en el agua limpia de uno de aquellos canales.
Sin embargo hacía todo aquello con el alma como evadida, casi indiferente al paisaje, a la hora y a la circunstancia que vivía. Su mente se hallaba absorta, meditando en las recientes experiencias.
“La vida es la gran Maestra” le había dicho el Hierofante. “Aprende de ella”. Estas palabras tuvieron la virtud de avivar sus recuerdos, como si desde aquel momento formaran parte de su ser.
Rehuyó las oleadas de indignación y de protesta, de ansias vivas de reparación que le asaltaron poco antes.
Sentía que su misión era otra. Que, de momento, tenía sólo “que vivir y comprender”.
Todo formaba parte de sí mismo: el pecado y la virtud, el gozo y el dolor, la injusticia y el afán de remediarla. El mismo era la causa y el efecto, y, acaso, su unión colmada en una posible armonía, en una superación de aquellos mismos repetidos elementos contrarios que constituían la trama de la vida externa. La solución era el conocimiento.
Y, siguiendo los consejos de su protector y maestro, se dispuso a aprender, a observar, a leer en el libro de la vida.
Se levantó, dispuesto a seguir el sendero externo y el interno, requiriendo con afán las nuevas experiencias que le reservaba el mundo.
Tomó la cuidada senda bordeada de palmerales, por la cuneta que marginaba el canal de riego. Pronto, oyó tras de sí el trote y los cascabeleos de caballos. Volvió la cabeza.






Por el mismo sendero se acercaba, veloz, un carro ligero tirado por dos caballos de erizadas crines y adornados con gualdrapas multicolores.
Hermes se hizo más a un lado para dejar libre paso al auriga.
Como una exhalación, casi rozándolo, pasó un lujoso carro guiado por un joven que iba de pie, elegantemente ataviado.
No bien acabó Hermes de advertirlo, cuando carro y conductor  desaparecieron entre la densa nube de polvo que el trote de los caballos levantaba.
Pero a los pocos instantes oyó un grito que más parecía aguda queja. A pocos pasos de allí, algún obstáculo había hecho saltar una rueda del carro que volcó sobre el infortunado conductor, quien opreso de una pierna por la otra rueda, era arrastrado por el tiro en marcha sobre la polvorienta carretera.
Corrió Hermes con ágiles piernas detrás del maltrecho carro, dando voces para que pararan los caballos. Estos, desembridados y a la deriva, frenaron el trote, obedeciendo a un certero instinto.
Hermes los alcanzó, paró las caballerías y extrajo, casi exánime de debajo del carro destrozado, al joven y elegante auriga.
Lo dejó tendido sobre la hierba a la vera del camino y examinó el cuerpo contusionado y lleno de heridas. Tenía el tobillo izquierdo roto.
Desgarró Hermes un extremo de su traje y, mojándolo en el agua del estrecho canal, lavó las heridas y humedeció la frente del joven para reanimarlo.
Cuando lo hubo logrado, lo ayudó a levantarse, pero el dolor de la pierna rota privó al joven de tenerse en pie. Entonces colocó un brazo del herido en torno a su cuello, lo sujetó fuertemente por la cintura y así cojeando, lo condujo hasta el caballo más próximo quien, obedeciendo la voz del amo, se dejó montar dócilmente por el malhadado auriga con la ayuda solícita de Hermes. Luego libres de los arreos del carro, tomó éste por la brida a ambos caballos y así llegaron poco a poco hasta la residencia palaciega del joven caballero.
Ya en manos de sus familiares y servidores, hizo Hermes ademán de despedirse.





Pero la madre de Kufú, que era una hermosa menfita, alta y esbelta y que poseía gran encanto y dignidad personales, le rogó que se quedara en su casa para acompañar al herido, ya que había demostrado tanta dedicación e interés en su salvamento.
En aquellos primitivos tiempos, imperaba en las costumbres egipcias la ley del matriarcado. O sea, que la mujer regenteaba el hogar y tenía la máxima autoridad sobre el marido y los hijos. Ella administraba los intereses familiares y en la sociedad era atendida y respetada como primera ciudadana en derechos.
Accedió Hermes por fin a tanto ruego, y aprovechó entonces la coyuntura para ofrecer sus funciones de sanador, una ciencia que tan a fondo conocía.
Aplicó al enfermo y a sus heridas el tratamiento curativo adecuado,  de acuerdo con sus estudios de terapéutica que aprendiera entre los sabios sacerdotes de Ptah. Desinfectó, curó, entablilló y vendó cuidadosamente la pierna rota, ordenó la forma del lecho, preparó las hierbas sanadoras y se las administró a sus horas.
El Joven Kufú era de noble familia, emparentada con la del viejo Faraón reinante, Snefru.
Agradecido por los múltiples providenciales beneficios que había recibido de Hermes, se fue encariñando con él. Culto y delicado, el noble joven quedó pronto prendado de las dotes de carácter, del saber y de la cortesía de su nuevo compañero, así como de sus habilidades.
Al finalizar la siguiente luna, se hallaba Kufú totalmente restablecido. La compañía de Hermes había sido para su alma una medicina, más efectiva aún, que aquellas que con tanto acierto le propinó para sanar su cuerpo. Y con ánimo de recompensar su valeroso acto, sus curaciones y sus atentos servicios, le invitó a una regia cacería por el Sur del país, cosa que declinó Hermes, dado su amor y respeto por los animales, así como por todos los seres vivientes.






Entonces lo invitó a permanecer una temporada en su palacio y a participar de su fastuosa vida de príncipe. A tal efecto, le rogó aceptara unos lujosos atavíos y valiosas joyas que Hermes tampoco aceptó, alegando su condición religiosa y su actitud de renuncia para sí, de los bienes materiales.
Hizo el agradecido príncipe que tomara parte en los juegos que periódicamente organizaba con otros nobles jóvenes, en los jardines de su residencia.
En ellos, puso de manifiesto, con la admiración y asombro de sus compañeros, su fuerza, su destreza y su resistencia. Pero el ejercicio de tales cualidades no significaba en él el menor asomo de emulación ni de competencia. Por ello, renunció a los bien ganados premios.
Para un final de fiesta y en su honor, aprestaron una hermosa falúa  de curvos cabos en cuyas proa y popa aparecían unos ibis de cabeza negra y pecho rojizo, con las alas tendidas.
En esa embarcación navegaron aguas arriba varios días hasta alcanzar una zona de lagos en que el Nilo se ensancha por la afluencia del río Teb, que separa las tierras ricas de las gentes rojas, de las de piel obscura.






En los lagos y en las pequeñas islas que formaban, idílicas y umbrosas como oasis, permanecieron varios días de reconfortante reposo y contemplación de las innumerables bellezas de aquella elevada región del país.
De retorno decidieron visitar, más allá de las llanuras bajas de Fayum, el gran Lago Moeris, que servía de embalse al agua del Nilo y que regaba, en los meses de sequía, una considerable extensión de tierras cultivables hasta los límites del Muro Blanco, junto al Desierto Líbico.
Allí contemplaron los jóvenes, admirados, el complicado juego de las exclusas, la red de los diversos canalillos de riego y el gran canal que lo alimentaba con las aguas subidas del Nilo.
Gozaron bañándose en las limpias aguas del Lago, se adornaron con sus flores y sus algas y lo navegaron cabalgando en grandes odres de piel soplada.
Y retornaron contentos a la principesca mansión, donde les esperaban para agasajarles, todos los refinamientos y los placeres de un fastuoso hogar.
A manera de plácida y provechosa convivencia, ofreció Kufú a su compañero y bienhechor que permaneciera con él y con alguno de sus compañeros, en fraternal promiscuidad de gozos y de ideales.
A tal efecto, procuró que las más hermosas mujeres egipcias, asirias, árabes y de la alta Nubia, amenizaran su estancia, con los mejores arpistas eunucos y las danzarinas de Menfis.






Aunque no era aquel medio de su predilección, no rechazó Hermes, acobardado, la convivencia y las tentaciones que ofrecía aquel medio y aquella morada lujosa llena de encantos, de perfumes y de voluptuosidades.
Pasó allí una temporada provechosa, siempre en actitud de espectador, sin perder el dominio de los sentidos, la pureza de pensamiento ni la rectitud de conducta.
Nada le atraía para su propio solaz. Sus goces eran de tipo superior.
Dejaba a un lado los refinados manjares, los licores de Arabia, los vinos rosados de Siria, tan embriagadores; la cerveza caliente y aromada del Sur, y la rubia, endulzada con miel de la Libia del Norte. El prefería el agua del Nilo, fresca y riquísima, filtrada en las arcillas rojas, y saciaba el hambre con un sencillo yantar que bastara a sus necesidades.
Nunca contempló con codicia ni sensualidad a las bellísimas mujeres que le ofreciera el noble Kufú, sino que las consideraba, admirado de su variada perfección, como compañeras a las que debía amistad y al propio tiempo, agradecimiento por su dádiva constante de belleza. Y en silencio, alababa al creador de tanta hermosura y experimentaba una profunda emoción a su vista y una honda alegría en su corazón. Y desde el fondo purísimo de su alma las reverenciaba.
Poco a poco, el trato, el ejemplo de su virtud y su vasta y profunda cultura, así como su benéfico magnetismo personal, ganaron un gran ascendiente sobre la voluntad de Kufú. Y la más acendrada amistad unió para siempre sus vidas.
Ambos eran jóvenes, hermosos, sanos de cuerpo y alma. A pesar de sus distintos temperamentos y aspiraciones, se comprendían mutuamente.







Kufú era el más beneficiado de esta amistad. Al lado de Hermes experimentaba una beatitud, un secreto anhelo de mejoramiento, un amparo espiritual y una admiración hacia él que de manera insensible iba haciendo mella en su naturaleza. Sus enseñanzas, sus diálogos, le enriquecían la mente; su proximidad purificaba su corazón y estimulaba las potencialidades de su espíritu.
Y sentía que su vida iba haciéndose, insensiblemente, menos superficial. Se inclinaba cada vez más al estudio. Se interesaba más por las personas que lo rodeaban y especialmente, por la gente del pueblo, sufrida y doliente. Y anhelaba en su corazón mayor justicia y sabiduría en la forma de gobierno del país, y la necesidad de dotar a aquellos seres de mejores condiciones de vida, y de más asequibles medios de emancipación y cultura.
Con creciente ahínco, se consagraba al estudio de las leyes, a la historia de las sabias regencias de las dinastías antepasadas, a las reglas de conducta y sabiduría que rigieron la vida de aquellos iluminados regios gobernantes que hicieron la grandeza y el prestigio de Egipto.
Pero los notorios beneficios de aquella íntima relación amistosa entre Kufú y Hermes, no podían detener por más tiempo la trayectoria experimental de este último. Algo le acuciaba interiormente a proseguir su camino. 
Frente  a ésta visión un tanto idílica del futuro faraón Kufú, los historiadores "oficiales" nos explican que el reinado de Kufú fué de los más tiránicos y dictatorials. Opresor de su pueblo al que sometió a una presión fiscal insoportable y a unas obligaciones constructivas permanentes -pirámide de Kufú -Keops-, obras públicas: canales, embalses, templos.
Un buen día, se despidió de su generoso anfitrión y excelente compañero.
Hermes deseaba vivamente conocer las esferas intelectuales y cultas  del nomo de Menfis y especialmente, de la ciudad. Pensaba así enriquecer sus conocimientos en todas las facetas de la existencia y las actividades más nobles del país y volver luego al Templo, culminadas las experiencias de los hombres y del mundo.
Kufú comprendió las razones de su amigo y al tiempo de despedirle le dio una recomendación para el escriba más reconocido entre todos los que constituían el famoso gremio de Menfis, por su talento, su erudición, y su conocimiento de las lenguas del mundo antiguo.





En medio de un amplio departamento donde trabajaban a sus  ordenes gran cantidad de escribas de todas las edades, consagrados a la escritura de documentos legales y a la copia de textos valiosos, el escriba mayor al que iba recomendado, recibió a Hermes, sentado, sin apartar siquiera de sus piernas entrecruzadas, los rollos de papiro que iluminaba y grababa.
Al verlo tan joven y sencillamente vestido, ni siquiera soltó de la mano punzones y pinceles, le miró varias veces de soslayo, y sonreía irónicamente al considerar los elogios que del joven visitante le había hecho el padre de Kufú.
Hermes, a su vez, observaba al infatuado escriba. Pero su mirada era noble y directa. Sin embargo, su intuición, su sensibilidad y su agudeza mental, le daban la clave inmediata de la tesitura de un alma. En aquel momento descubría una faceta incógnita todavía para él: la del hombre egocéntrico y ensorbecido en el que el conocimiento verdadero no precede a la erudición y al saber aprendido. Y se afirmó en la idea de que el primer requisito de la verdadera sabiduría es la humildad.
Prosiguió su camino.
Transcurría a la sazón la más calurosa lunación del verano.
El vaho de las arenas recalentadas del Desierto Líbico, impregnaba de una atmósfera ardiente, bochornosa, a menudo irrespirable, todo el valle del Nilo próximo al Delta.
Por los alrededores se extendían en despoblado, por la parte oeste, los vastos hornos y los talleres de ladrillos y de alfarería. Más allá, en solares llanos y dilatadísimos, se cocían naturalmente al sol quemante de aquellos días, los ladrillos ordinarios de adobe, hechos de arcilla nilótica y de arena cribada del desierto.
La refracción, de un rojo vivísimo, de aquellas extensiones de masa laborada, hería tenazmente las pupilas. 





Los pobres obreros desnudos  y sudorosos, aparecían allí, sin excepción, con los ojos enrojecidos, y congestionados. Nada podía substraerse al tirano imperio del color flamígero de la tierra: la piel, los ojos, el sudor, el leve indumento de las gentes.
Recorrió Hermes aquellas extensiones consagradas a material de adorno y construcción, se interesó por los trabajos y la vida de los obreros, y atenuó cuanto pudo, con su intervención, los severos castigos de los capataces.
Su alma se llenó de compasión por aquellas auténticas manadas de seres esclavos que trabajaban de sol a sol, a cambio de una menguada ración de arroz, de pan de centeno y de pescado salado.







Decidió luego conocer el barrio inmediato donde se alojaba el importante gremio de los constructores, tan vasto y floreciente en todo el país de Egipto y que comprendía a un gran número de artesanos de oficios complementarios, además de las profesiones nobles; desde los arquitectos, decoradores y lapidarios, hasta los grabadores, carpinteros, forjadores de metales, pintores, esmaltadores y albañiles. Por el lado opuesto, este barrio lindaba con el más céntrico y lujoso de los orfebres, plateros, joyeros, tallistas de piedras finas y fundidores.
Estos barrios se hallaban circundados por acacias de hoja finísima, palmeras y grandes matas de helechos. Las adelfas de distintos colores, menudeaban en torno a los breves canales de conducción del agua del río. El verdor resistente de esas plantas vivaces, atenuaba el estrago de las recias solanas de descampado en tiempos de sequía.
En aquella zona, los pozos de bajo pretil, cubiertos por una gran piedra cuadrada o semiesférica, mantenían todavía las escasas reservas de agua fresca de su fondo, librándolas de insectos y parásitos. Tales pozos eran visitados a todas horas por una apiñada vecindad de mujeres y de niños provistos de sendas cántaras de alfarería.
Después de muchas horas de trabajo, en las que ayudaba voluntariamente a técnicos y a obreros en sus diferentes oficios, merced a sus conocimientos teóricos y prácticos, se dirigió Hermes, agobiado por la sed, a un pozo cercano donde una apiñada multitud esperaba su turno para la extracción del agua, bajo la sombra de los palmerales.
Veamos el siguiente video que nos hablará de La Ley de Polaridad:





Una hermosa mujer, ya madura, tocada con un breve manto amarillo de orlas purpúreas ceñido a la frente con un aro dorado, sacaba trabajosamente, atada a la soga chorreante, una panzuda cántara del pozo.
Hermes se adelantó presuroso y ayudó a la mujer tomando la carga de sus manos. Con sus nervudos brazos, ascendió con rapidez el pesado recipiente y lo apoyó sobre el brocal en tanto pedía a su dueña permiso para beber en él.
Con el beneplácito de la bella aguadora, bebió Hermes afanosamente. Cuando hubo el mozo calmado su sed, hizo ademán la mujer de cargar su cántara, pero Hermes se adelantó y con ambas manos la colocó sobre sus anchos hombros ofreciéndose a llevarla hasta la morada, allí cercana, de la dama. Y así anduvieron los dos, uno al lado del otro.
De vez en cuando, ella lo miraba de soslayo con sus grandes y hermosos ojos almendrados y hallaba especial complacencia contemplando el noble semblante sudoroso de Hermes y su recia estampa de adolescente que frisaba ya la hombría.
— ¿Quién eres, amable joven? — Decidió a preguntarle, por fin — No pareces un obrero, ni tampoco un vagabundo sin hogar. ¿Eres acaso un noble egipcio llegado de otro nomo con alguna libre finalidad, aficionado a los oficios de este barrio menfita?. ¿O eres extranjero?.
Hermes respondió simplemente:
— Me ha traído aquí el ansia de mayor saber.
— Esta es nuestra casa — dijo la dama al llegar al umbral de una confortable vivienda situada en una avenida de jóvenes y cimbreantes palmeras — Mi marido es arquitecto y tiene aquí importantes talleres de planeamiento y construcción.
Ambos se detuvieron y se contemplaron.
En aquel momento apareció en la puerta un hombre alto y de distinguido porte, de canosa cabellera y barba de pulcro afeitado a la usanza egipcia. Salía con intención de ayudar a su esposa, como tenía por costumbre, a descargar la cántara de agua, cuando se halló cara a cara con Hermes.
El arquitecto hizo ademán entonces de ayudar al complaciente mozo y tendió hacia él la mano para coger el ánfora al tiempo que Hermes la bajaba de sus hombros para depositarla sobre la grada del umbral.
Sus manos se encontraron...
La mujer no pudo reprimir entonces un grito de sorpresa.






Inmediatamente, con un gesto instintivo, casi delirante, cogió entre las suyas las dos manos enlazadas del esposo y del joven forastero y las acercó a su corazón. Bajó los ojos, apretando los húmedos párpados, y con el seno palpitante murmuró:
— Gracias, Dios todopoderoso.
Sin proferir palabra, asombrados y perplejos, los dos hombres se miraban y miraban, intermitentemente, las sortijas gemelas de sus dedos.
Al cabo de un rato, el arquitecto, sonriendo con emoción, oprimió entre las suyas la mano de Hermes, en tanto, que en la mente de este último resonaban, como por ensalmo, aquellas últimas palabras pronunciadas por el Hierofante en su despedida del Templo: “Esta sortija no la pueden llevar más que tu padre... y tú”.
— ¡La sortija de mi padre! — balbuceó en voz baja, como un eco de aquel recuerdo, en tanto contemplaba fijamente la joya en la mano de su progenitor.
La mujer se echó en sus brazos, riendo y llorando, en tanto repetía con voz entrecortada:
— ¡Hijo mío!. ¡Hijo mío!.
Ambos esposos atrajeron al interior de su morada al hijo recién hallado.
El padre, le dijo entonces:
— El dios Ptah te ha conducido hasta aquí.
— Su templo es mi morada — respondió Hermes — Pero en este providencial encuentro, veo su sabiduría.
— ¿Cual es tu nombre?.







— Thot-Hermes, hijo de Osiris, el Sol Nocturno.
La esposa cubrió el semblante con ambas manos y trato de reprimir sus sollozos. El padre la ciñó por el talle y la atrajo hacia si en tanto la miraba con una bondad y una comprensión infinitas.
— Querida mía — díjole con emocionada voz — ya sabes que nunca nos ha pertenecido. Tú y yo le dimos sólo, por la voluntad divina, la envoltura carnal. Supimos que los astros anunciaban para nuestro hijo una superior misión. Restituimos al dios su dádiva. Estamos en paz... — Se volvió hacia Hermes y añadió — Si éste es tu destino y si así lo deseas, sigue tu camino, hijo mío. Tus padres no se interpondrán nunca en él. Pero sabe siempre que ésta también es tu morada.
Hermes agradeció de todo corazón el feliz encuentro y la generosa oferta y permaneció unos felices días con los que le dieron el ser material.
En el decurso de esta breve permanencia en la casa de sus progenitores, ayudó a su padre en sus tareas arquitectónicas, le sugirió proyectos, le resolvió a la perfección, amparado en sus vastos conocimientos matemáticos, difíciles problemas de construcción y observó con alegría que su padre era un aventajado técnico y un hábil constructor y que le adornaban múltiples cualidades personales. Advirtió sobre todo su humildad y su auténtico sentimiento religioso y se sintió orgulloso de él.
Este supo valorar por su parte los méritos visibles que adornaban a su hijo y presintió en su expresión el futuro que le tenían reservado los dioses astros que regulaban el porvenir de los hombres y del mundo, y supo colocar, sobre sus propios anhelos personales, el dictamen de lo superior sobre lo que en verdad no le pertenecía, puesto que había hecho un tiempo renuncia, ante el dios Ptah, del ser más caro a su corazón.
La madre, en cambio, llevada, por su amor, adoraba al hijo noche y día, y presentía que ya le sería difícil renunciar a él después del providencial reencuentro.
Por su parte, Hermes experimentaba con inefable complacencia el influjo de aquellos dulces lazos y todo su ser se iba sintiendo, poco a poco, opreso y subyugado. En él tuvo lugar una silente lucha interior. ¿Qué camino tomar?.
Una noche, soñó que el Hierofante entraba en su habitación, y le decía:
— Tu padre te espera en la mansión de Ptah. Tus experiencias mundanas están cumplidas. Ha sonado la hora de tu retorno. Va a comenzar en breve tu verdadera misión...
Despertó con la firme decisión de volver al Templo. Faltaba de él cuatro lunas y había aprendido, en su decurso, muchas cosas.
Se dirigió a sus padres, reafirmados ya en una tranquila aunque melancólica actitud de conformidad, y les dijo:
— Padres míos, he de volver al Templo. El dios Ptah reclama allí mi presencia. Tenga yo la virtud de separarme dulcemente de vosotros y de bendeciros en su nombre. Os llevaré siempre en mi corazón. Y con frecuencia vendré a vosotros. ¡Sed felices!.
Dichas estas palabras, los abrazó con ternura y salió precipitadamente de la morada paterna.
Y en tanto se dirigía al Templo, tenía el íntimo convencimiento de que, al superar la prueba de aquel tentador retenimiento en la casa de sus padres, hallados de tan providencial manera, había superado la más sutil y difícil de las experiencias a que había estado, en aquel período, sometido.


LOS MISTERIOS DE OSIRIS







Fuiste sensible a mi llamada — dijo, al ver de nuevo a su hijo adoptivo, el gran Hierofante —. Ello prueba que las experiencias mundanas no han obturado tus despiertos sentidos superiores. Por el contrario, tu alma alerta, consciente de su alta trayectoria, los ha abierto todavía más a la realidad. Tal era el objetivo de esta etapa vivida fuera del Templo y de la comunidad. ¡Sé, pues, bienvenido de nuevo en la mansión del dios!.
Todos los miembros de la sagrada congregación se sumaron al regocijo del Hierofante, porque todos amaban a Hermes y en él tenían puestas sus esperanzas.
Poco tiempo después, desde la terraza superior del Templo, se veían correr, desbordadas, las aguas del Nilo en su mayor crecida, prometiendo espléndida cosecha.
Veamos el video que hace refencia a la Ley del Ritmo:




Al mismo tiempo, en el interior del Santuario, se preparaban las fiestas del solsticio, que eran para el pueblo como la promesa de las siembras, una vez posado el obscuro limo propicio, que la mano del dios arrastraba desde las fuentes misteriosas del Nilo, hasta las anchas riberas del Delta que fecundaba.
Más tarde, en torno ya a la recolección, tendrían lugar allí las máximas festividades religiosas, las que correspondían al “Brazo de occidente” de la gran cruz zodiacal del año que iniciaba la estación otoñal.
Entonces, el Hierofante llamó aparte a Hermes y le dijo solemnemente, mirándole con poder en el fondo de los ojos:
— Al filo del primer novilunio de otoño tienen lugar, en el subterráneo secreto del Templo, las pruebas de los Grandes Misterios. Prepárate a arrostrarlas valientemente, ya que sin ellas no podrías ostentar el título máximo de Iniciado. Si triunfas, Isis te conducirá en su barca hasta el reino de Osiris, dador de la Luz.
— Estoy dispuesto — respondió con firmeza, Hermes.
Cerca de la media noche, cuando en el firmamento lúcido de Egipto la Madre celeste se juntaba con el Padre y la noche era obscura, alguien llamó suavemente a la puerta de la celda donde Hermes dormía.
Abrió. El sacerdote lampadóforo, con la lámpara en la mano, le llevaba la orden de que realizara sus abluciones, vistiera la túnica de blanco lino, y desprovisto en absoluto de atributos y emblemas, se presentara en la gran sala hipóstila, ante el altar del dios Ptah.
Así lo hizo el apelado.
En la inmensa aula sagrada se hallaban a la sazón reunidos y de pie, formando círculo, los más ancianos y venerables sacerdotes de la comunidad.
En medio de ellos, erguido y reconcentrado, en actitud de profunda introversión, se hallaba el gran Hierofante.
Al aparecer Hermes, abrió los ojos y le hizo seña de que se acercara.
Hermes penetró entonces en el interior del círculo silencioso, y se colocó frente al Sumo Sacerdote.






Este tendió hacia él los brazos y, oprimiendo los del joven, lo atrajo hacía sí, lo miró en los ojos con todo su magnético poder, como si tratara de calar las profundidades de su alma, y le dijo por fin sentenciosamente:
— Hermes, hijo mío. El momento solemne ha llegado. ¿Estás dispuesto?.
— Sí — respondió con voz segura.
— Invoca, pues, a tu guía divino. El te conducirá — añadió el venerable anciano.
Reinó entonces un prolongado silencio en la sala.
Al cabo de un rato, sintió Hermes que, por detrás, alguien vendaba fuertemente sus ojos.
Conducido así de la mano, anduvo un buen trecho en dirección desconocida. No oía nada, no veía nada. El más absoluto vacío le rodeaba.
Por fin, una voz extraña le dijo que descendiera cuatro escalones.
Después, que subiera un falso escalón. Al momento de realizar este supuesto ascenso, sintió que nadie le sostenía y que el suelo se movía bajo sus pies.
Trató de mantenerse firme.
Entonces creyó percibir el quedo rumor de un remo al hendir rítmicamente el agua quieta. Sin duda, navegaba.
Esperó, en actitud impasible.
Transcurrido un buen rato, la misma voz le ordenó ascender una alta grada. Subió. Anduvo unos pasos, y la voz le mandó ascender unos cuatro breves escalones. Unos pasos más, y sintió que descorrían la venda que cubría sus ojos. Los abrió, pero se hallaba envuelto en densas tinieblas.
La voz desconocida le dijo:




— Isis te ha conducido en su barca hasta el umbral del Amenti, el reino subterráneo de Osiris, Señor de los Misterios. Disponte ahora a entrar en él.
Su acompañante le empujó suavemente por la espalda y ambos descendieron por un angosto pasillo subterráneo cuya rampa se iba acentuando cada vez más.
Después de un buen rato de descenso a tientas, percibió Hermes al final, enmarcada por la angostura rectangular del pasillo, una vaga claridad espesa y rojiza.
Ya próxima a ella, una mano férrea le sujetó por el brazo, arrastrándolo en dilección al recinto que allí se abría.
A la leve claridad de la estancia volvió Hermes la cabeza y vio a su lado un extraño ser de figura humana y cabeza de perro, cuyos redondos y relucientes ojos le miraban fijamente…
Abandonemos momentáneamente el ritual de iniciación al que volveremos más adelante.





Continuemos con el texto de Schuré
Trataremos ahora de encontrar esta visión de los maestros, en rosa mística que se abre en la noche del santuario y en el arcano de las grandes religiones. Ciertas palabras de Hermes, impregnadas de sabiduría antigua, son propias para prepararnos a ello. “Ninguno de nuestros pensamientos — dice a su discípulo Asklepios — puede concebir a Dios, ni lengua alguna puede definirle. Lo que es incorpóreo, invisible, sin forma, no puede ser percibido por nuestros sentidos; lo que es eterno, no puede ser medido por la corta regla del tiempo: Dios es, pues, inefable. Dios puede, es verdad, comunicar a algunos elegidos la facultad de elevarse sobre las cosas naturales para percibir alguna radiación de su perfección suprema; pero esos elegidos no encuentran palabra para traducir en lenguaje vulgar la Visión inmaterial que les ha hecho estremecer. Ellos pueden explicar a la humanidad las causas secundarias de las creaciones que pasan bajo sus ojos como imágenes de la vida universal, pero la causa primera queda velada y no llegaríamos a comprenderla más que atravesando la muerte”.
Así hablaba Hermes del Dios desconocido, en el pórtico de las criptas. Los discípulos que penetraban con él en sus profundidades, aprendían a conocerle como ser viviente. (La teología sabia, esotérica — dice M. Maspéro — es monoteísta desde los tiempos del antiguo Imperio. La afirmación de la unidad fundamental del ser divino, se lee expresada en términos formales y de una gran energía en los textos que se remontan a aquella época. Dios es el Uno único, el que existe por esencia, el solo que vive en substancia, el solo generador en el cielo y en la tierra que no haya sido engendrado. A la vez Padre, Madre e Hijo, él engendra, concibe y es perpetuamente; y esas tres personas, lejos de dividir la unidad de la naturaleza divina, concurren a su infinita perfección. Sus atributos son: la inmensidad, la eternidad, la independencia, la voluntad todopoderosa, la bondad sin límites. “Él  crea sus propios miembros que son los dioses”, dicen los viejos textos. Cada uno de esos dioses secundarios, considerados como idénticos al Dios Uno, puede formar un tipo nuevo de donde emanan a su vez, y por el mismo procedimiento, otros tipos inferiores.






El libro habla de su muerte como de la partida de un dios. “Hermes vio el conjunto de las cosas, y habiendo visto, comprendió, y habiendo comprendido, tenía el poder de manifestar y de revelar. Lo que pensó lo escribió; lo que escribió lo ocultó en gran parte, callándose con prudencia y hablando a la vez, a fin de que toda la duración del mundo por venir buscase esas cosas. Y así, habiendo ordenado a los dioses sus hermanos que le sirvieran de cortejo, subió a las estrellas”.
Se puede, en rigor, aislar la historia política de los pueblos, mas no así su historia religiosa. Las religiones de la Asiria, Egipto, Judea y Grecia no se comprenden más que cuando se vislumbra su punto de unión con la antigua religión indoaria. Tomadas aparte, son otros tantos enigmas y charadas; vistas en conjunto y desde arriba, con una soberbia evolución donde se domina y se explica recíprocamente. En una palabra, la historia de una religión será siempre estrecha, supersticiosa y falsa; sólo hay verdad en la historia religiosa de la humanidad. Desde tal altura no se sienten más que las corrientes que dan la vuelta al globo. El pueblo egipcio, el más independiente y el más cerrado de todos a las influencias exteriores, no pudo substraerse a esta ley universal. Cinco mil años antes de nuestra era, la luz de Rama, encendida en el Irán, irradió sobre el Egipto y vino a ser la ley de Ammón-Rá, el dios solar de Thebas. Esa constitución le permitió desafiar tantas revoluciones. Menes fue el primer rey de justicia, el primer faraón ejecutor de aquella ley. Él se guardó bien de arrebatar al Egipto su antigua teología, que era la suya también, y no hizo más que confirmarla y ensancharla, añadiéndole una organización social nueva: el sacerdocio, es decir, la enseñanza, en un primer consejo; la justicia en otro; el gobierno en los dos; la monarquía concebida como delegada y sometida a su fiscalización; la independencia relativa de los nomos o municipalidades, como base de la sociedad. Es lo que podemos llamar el gobierno de los iniciados. Tenía por clave de bóveda una síntesis de las ciencias conocidas bajo el nombre de Osiris (O-Sir-Is), el señor intelectual. La gran pirámide es un símbolo y su gnomon matemático.





El faraón que recibía su nombre de iniciación en el templo, que ejercía el arte sacerdotal y real sobre el trono, era, pues, un personaje bien distinto del déspota asirio, cuyo poder arbitrario estaba cimentado sobre el crimen y la sangre. El faraón era el iniciado coronado, o por lo menos, el discípulo y el instrumento de los iniciados. Durante siglos, los faraones defenderán, contra el Asia despótica y contra la Europa anárquica, la ley del Morueco, que representaba entonces los derechos de la justicia y del arbitraje internacional según enseñara Rama con su ejemplo.
Hacia el año 2200 antes de Jesucristo, el Egipto sufrió la crisis más temible por que un pueblo puede atravesar: la de la invasión extranjera y de una semiconquista. La invasión fenicia era en sí misma la consecuencia del gran cisma religioso en Asia, que había sublevado a las masas populares, sembrado la discordia en los templos. Conducida por los reyes pastores llamados Hicsos, esa invasión lanzó un diluvio sobre el Delta y el Egipto medio. Los reyes cismáticos traían consigo una civilización corrompida, la malicia jónica, el lujo del Asia, las costumbres del harén, una idolatría grosera. La existencia nacional del Egipto estaba comprometida, su intelectualidad en peligro, su misión universal amenazada. Pero llevaba en sí un alma de vida, es decir, un cuerpo orgánico de iniciados, depositarios de la antigua ciencia de Hermes y de Am-món-Rá. ¿Qué hizo aquella alma?.
Retirarse al fondo de sus santuarios, replegarse en sí misma para resistir mejor al enemigo. En apariencia, el sacerdocio se inclinó ante la invasión y reconoció a los usurpadores que llevaban la ley del Toro y el culto del buey Apis. Sin embargo, ocultos en los templos, los dos consejos guardaron allí, como un depósito sagrado, su ciencia, sus tradiciones, la antigua y pura religión, y con ella la esperanza de una restauración de la dinastía nacional. En esta época fue cuando los sacerdotes difundieron entre el pueblo la leyenda de Isis y de Osiris, del desmembramiento de este último y de su resurrección próxima por su hijo Horus, que volvería a encontrar sus miembros dispersos arrastrados por el Nilo. Se excitó la imaginación de la multitud por la pompa de las ceremonias públicas. Se sostuvo su amor a la vieja religión representándole las desgracias de la Diosa, sus lamentos por la pérdida de su esposo celeste, y la esperanza que ella tenía en su hijo Horus, el divino mediador. Pero al mismo tiempo, los iniciados juzgaron necesario hacer inatacable la verdad esotérica recubriéndola con un triple velo.




A la difusión del culto popular de Isis y de Osiris corresponde la organización interior y sabia de los pequeños y de los grandes Misterios. Se les rodeó de barreras casi infranqueables, de peligros tremendos. Se inventaron las pruebas morales, se exigió el juramento del silencio, y la pena de muerte fue rigurosamente aplicada contra los iniciados que divulgaban el menor detalle de los Misterios. Gracias a esta organización severa, la iniciación egipcia llegó a ser, no solamente el refugio de la doctrina esotérica, sino también el crisol de una resurrección nacional y la escuela de las religiones futuras. Mientras los usurpadores coronados reinaban en Memphis, Thebas se preparaba lentamente para la regeneración del país. De su templo, de su arca solar, salió el salvador del Egipto, Amos, que arrojó a los Hicsos del país después de nueve siglos de dominación, restauró la ciencia egipcia en sus derechos y la religión viril de Osiris.
De este modo los Misterios salvaron el alma del Egipto de la tiranía extranjera, y esto para bien de la humanidad. Porque tal era entonces la fuerza de su disciplina, el poder de su iniciación, que encerraba en sí una mejor fuerza moral, su más alta selección intelectual. La iniciación antigua reposaba sobre una concepción del hombre a la vez más sana y más elevada que la nuestra. Nosotros hemos disociado la educación del cuerpo de la del alma y del espíritu. Nuestras ciencias físicas y naturales, muy avanzadas en sí mismas, hacen abstracción del principio del alma y de su difusión en el universo; nuestra religión no satisface las necesidades de la inteligencia, nuestra medicina no quiere saber nada ni del alma ni del espíritu. El hombre contemporáneo busca el placer sin la felicidad, la felicidad sin la ciencia, y la ciencia sin la sabiduría. La antigüedad no admitía que se pudiesen separar tales cosas. En todos los dominios, ella tenía en cuenta la triple naturaleza del hombre. La iniciación era un adiestramiento gradual de todo el ser humano hacia las cimas vertiginosas del espíritu, desde donde se puede dominar la vida. “Para alcanzar la maestría — decían los sabios de entonces — el hombre tiene necesidad de una refundición total de su ejercicio simultáneo de la voluntad, de la intuición y del razonamiento. Por su completa concordancia, el hombre puede desarrollar sus facultades hasta límites incalculables. El alma tiene sentidos dormidos: la iniciación los despierta. Por medio de un estudio profundo, una aplicación constante, el hombre puede ponerse en relación consciente con las fuerzas ocultas del universo. Por un esfuerzo prodigioso, puede alcanzar la perfección espiritual directa, abrirse las vías del más allá, y hacerse capaz de dirigirse a ellas.





Entonces, solamente, puede decir que ha vencido al destino y conquistado su libertad divina. Entonces sólo, el iniciado puede llegar a ser iniciador, profeta y teurgo, es decir: vidente y creador de almas. Porque sólo el que se domina a sí mismo puede dirigir a los otros; sólo es libre el que puede libertarse, únicamente puede emancipar el que está emancipado.
Así pensaban los iniciados antiguos. Los más grandes de entre ellos vivían y obraban en consecuencia. La verdadera iniciación era una cosa bien distinta a un sueño nuevo, y mucho más que una simple enseñanza científica, era la creación de un alma por sí misma, su germinación sobre un plano superior, su floración en el mundo divino.
Trasladémonos al tiempo de los Ramsés, a la época de Moisés y de Orfeo, hacia el año 1300 antes de nuestra era, y tratemos de penetrar en el corazón de la iniciación egipcia. Los monumentos figurados, los libros de Hermes, la tradición judía y griega, (IAMBAIXOT, περί Μυστηρίων λόγος), permiten hacer revivir sus fases ascendentes y formarnos una idea de su más alta revelación.


ISIS - LA INICIACIÓN - LAS PRUEBAS


En tiempo de los Ramsés, la civilización egipcia resplandecía en el apogeo de su gloria. Los faraones de la XX dinastía, discípulos y portaespadas de los santuarios, sostenían como verdaderos héroes la lucha contra Babilonia. Los arqueros egipcios hostigaban a los Libios, los Bodrones y los Númidas, hasta en el centro del África. Una flota de cuatrocientas velas perseguía a la liga de los cismáticos hasta las bocas del Indus. Para resistir mejor al choque de la Asiria y de sus aliados, los Ramsés habían trazado caminos estratégicos hasta el Líbano, y construido una cadena de fuertes entre Mageddo y Karkemish. Interminables caravanas afluían por el desierto, de Radasich a Elefantina. Los trabajos de arquitectura continuaban sin descanso y ocupaban a obreros de tres continentes. La sala hipóstila de Karnak, cuyos pilares alcanzan la altura de la columna Vendóme, era reparada; el templo de Abydos se enriquecía con maravillas escultóricas, y el valle de les reyes con monumentos grandiosos.
Se construía en Bubasta, en Luksor, en Speos e Ibsambul. En Thebas un arco de triunfo recordaba la toma de Kadesh. 








En Memphis el Rameseum se elevaba rodeado de un bosque de obeliscos, de estrellas, de monolitos gigantescos.
En medio de aquella actividad febril, de aquella vida deslumbradora, más de un extranjero aspirante a los Misterios, venido de las playas lejanas del Asia Menor o de las montañas de la Tracia, llegaba a Egipto, atraído por la reputación de sus templos. Una vez en Memphis, quedaba asombrado. Monumentos, espectáculos, fiestas públicas, todo le daba la impresión de la opulencia, de la grandeza. Después de la ceremonia de la consagración real, que se hacía en el secreto del santuario, veía al faraón salir del templo, ante la multitud, y subir sobre su pavés llevado por doce oficiales de su estado mayor. Ante él, doce jóvenes ministros del culto llevaban, sobre cojines bordados en oro, las insignias reales: el cetro de los árbitros con cabeza de morueco –carnero-, la espada, el arco y la maza de armas. Detrás iba la casa del rey y los colegios sacerdotales, seguidos de los iniciados en los grandes y pequeños misterios. Los pontífices llevaban la tiara blanca, y su pectoral chispeaba con el fuego de las piedras simbólicas. Los dignatarios de la corona llevaban las condecoraciones del Cordero, del Morueco, del León, del Lys, de la Abeja, suspendidas de cadenas macizas admirablemente trabajadas. Las corporaciones cerraban la marcha con sus emblemas y sus banderas desplegadas.




Por la noche, barcas magníficamente empavesadas paseaban sobre lagos artificiales a las reales orquestas, en medio de las cuales se perfilaban, en posturas hieráticas, las bailarinas y tocadoras de tiorba.
Pero aquella pompa aplastante no era lo que él buscaba. El deseo de penetrar el secreto de las cosas, la sed de saber: he ahí lo que le traía de tan lejos. Se le había dicho que en los santuarios de Egipto vivían magos, hierofantes en posesión de la ciencia divina. Él también quería entrar en el secreto de los dioses. Había oído hablar a un sacerdote de su país del Libro de los muertos, de su rollo misterioso que se ponía bajo la cabeza de las momias como un viático, y que contaba, bajo una forma simbólica, el viaje de ultratumba del alma, según los sacerdotes de Ammón-Rá. Él había seguido con ávida curiosidad y un cierto temblor interno mezclado de duda, aquel largo viaje del alma después de la vida; su expiación en una región abrasadora; la purificación de su envoltura sideral; su encuentro con el mal piloto sentado en una barca con la cabeza vuelta, y con el buen piloto que mira de frente; su comparecencia ante los cuarenta y dos jueces terrestres; su justificación por Toth; en fin, su entrada y transfiguración en la luz de Osiris. Podemos juzgar del poder de aquel libro y de la revolución total que la iniciación egipcia operaba a veces en los espíritus, por este pasaje del Libro de los muertos: “Este capítulo fue encontrado en Hermópolis en escritura azul sobre una losa de alabastro, a los pies del Dios Toth (Hermes), del tiempo del rey Menkara, por el príncipe Hastatef, cuando iba de viaje para inspeccionar los templos. Llevó él la piedra al templo real. ¡Oh gran secreto!; él no vio más ni oyó más cuando leyó aquel capítulo puro y santo; no se aproximó más a ninguna mujer ni comió más carne ni pescado”. (Libro de los muertos, capítulo LXIV). Pero ¿Qué había de verdadero en aquellas narraciones turbadoras, en aquellas imágenes hieráticas tras las cuales se esfumaba el terrible misterio de ultratumba? — Isis y Osiris lo saben — le decían. Pero ¿Quiénes eran aquellos dioses de quienes sólo se hablaba con un dedo sobre los labios?.




Para saberlo el extranjero llamaba a la puerta del gran templo de Thebas o de Memphis. Varios servidores le conducían bajo el pórtico de un patio interior, cuyos pilares enormes parecían lotos gigantescos, sosteniendo por su fuerza y pureza al arca solar, el templo de Osiris. El hierofante se aproximaba al recién llegado. La majestad de sus facciones, la tranquilidad de su rostro, el misterio de sus ojos negros, impenetrables, pero llenos de luz interna, inquietaban ya algo al postulante. Aquella mirada penetraba como un punzón. El extranjero se sentía frente a un hombre a quien sería imposible ocultar nada. El sacerdote de Osiris interrogaba al recién llegado sobre su ciudad natal, sobre su familia y sobre el templo donde había sido instruido. Si en aquel corto pero incisivo examen se le juzgaba indigno de los misterios, un gesto silencioso, pero irrevocable, le mostraba la puerta. Pero si el sacerdote encontraba en el aspirante un deseo sincero de la verdad, le rogaba que le siguiera. Atravesaba pórticos, patios interiores, luego una avenida tallada en la roca a cielo abierto y bordeada de obeliscos y de esfinges, y por fin se llegaba a un pequeño templo que servía de entrada a las criptas subterráneas. La puerta estaba oculta por una estatua de Isis de tamaño natural. La diosa sentada tenía un libro cerrado sobre sus rodillas, en una actitud de meditación y de recogimiento. 





Su cara estaba cubierta con un velo. Se leía bajo la estatua:
“Ningún mortal ha levantado mi velo”.
— Aquí está la puerta del santuario oculto — decía el hierofante —. Mira esas dos columnas. La roja representa la ascensión del espíritu hacia la luz de Osiris; la negra significa la cautividad en la materia, y en esta caída puede llegarse hasta el aniquilamiento. Cualquiera que aborde nuestra ciencia y nuestra doctrina, juega en ello su vida. La locura o la muerte: he ahí lo que encuentra el débil o el malvado; los fuertes y los buenos únicamente encuentran aquí la vida y la inmortalidad. Muchos imprudentes han entrado por esa puerta y no han vuelto a salir vivos. Es un abismo que no muestra la luz más que a los intrépidos. Reflexiona bien en lo que vas a hacer, en los peligros que vas a correr, y si tu valor no es un valor a toda prueba, renuncia a la empresa. Porque una vez que esa puerta se cierre, no podrás volverte atrás. — Si el extranjero persistía en su voluntad, el hierofante le volvía a llevar al patio exterior y le dejaba en manos de los servidores del templo, con los que tenía que pasar una semana, obligado a hacer los trabajos más humildes, escuchando los himnos y haciendo las abluciones. Se le ordenaba el silencio más absoluto.
Llegaba la noche de la prueba. Dos neócoros (Empleamos aquí como más inteligible la traducción griega de los términos egipcios) u oficiantes volvían a llevar al aspirante a la puerta del santuario oculto. Se entraba en un vestíbulo negro sin salida aparente. A los dos lados de aquella sala lúgubre, a la luz de las antorchas el extranjero veía una fila de estatuas con cuerpos de hombre y cabezas de animales; 






de leones, de toros, de aves de rapiña, de serpientes que parecían mirar su paso sonriendo con ironía. Al fin de aquella siniestra avenida, que se atravesaba en el más profundo silencio, había una momia y un esqueleto humanos en pie y frente a frente.
Y con un gesto mudo los dos neócoros mostraban al novicio un agujero en la pared, frente a él. Era la entrada de un pasadizo tan bajo que no se podía penetrar en él más que arrastrándose.
Aquí recuperamos el tema de la iniciación a los Misterios, pero lo hacemos continuando de la mano de Schure.
— Aún puedes volver atrás — decía uno de los oficiantes —. La puerta del santuario aún no se ha vuelto a cerrar. Si no quieres, tienes que continuar tu camino por ahí y sin volver atrás.
— Me quedo — decía el novicio, reuniendo todo su valor.
Se le daba entonces una pequeña lámpara encendida. Los neócoros se marchaban y cerraban con estrépito la puerta del santuario. Ya no había que dudar: era preciso entrar en el pasadizo. Apenas se había deslizado en él, arrastrándose de rodillas con su lámpara en la mano, cuando oía una voz en el fondo del subterráneo: “Aquí perecen los locos que codician la ciencia y el poder”. Gracias a un maravilloso efecto de acústica, aquellas palabras eran repetidas siete veces por ecos distanciados. Era preciso avanzar sin embargo; el pasadizo se ensanchaba, pero descendía en pendiente cada vez más rápida.
En fin, el viajero se encontraba frente a un embudo que conducía a un agujero: una escala de hierro se perdía en él; el novicio se aventuraba a bajar.
En el último escalón, su mirada asustada se hundía en un pozo horrible. Su pobre lámpara de nafta, que apretaba convulsamente en su temblorosa mano, proyectaba un vago resplandor en tinieblas sin fondo... ¿Qué hacer?. Sobre él, la vuelta imposible; bajo él, la caída en el vacío, la noche espantosa. En aquella angustia, distinguía una grieta en el terreno por su izquierda.
Agarrado con una mano a la escala, extendiendo su lámpara con la otra, veía unos escalones. ¡Una escalera!, era la salvación. Se lanzaba por ella; subía, se escapaba del abismo. La escalera, atravesando la roca como una barrena, subía en espiral. En fin, el aspirante se encontraba ante una reja de bronce que daba a una ancha galería sostenida por grandes cariátides. En los intervalos, sobre el muro, se veían dos filas de frescos simbólicos. Había once en cada lado, dulcemente iluminados por lámparas de cristal que tenían en sus manos las bellas cariátides.






Un mago llamado pastophoro (guardián de los símbolos sagrados) abría la verja al novicio y le acogía con una sonrisa benévola. Lo felicitaba por haber soportado con felicidad la primera prueba, y luego, conduciéndole a través de la galería, le explicaba las pinturas sagradas. Bajo cada una de aquellas pinturas había una letra y un número. Los veintidós símbolos representaban los veintidós primeros arcanos y constituían el alfabeto de la ciencia oculta, es decir, los principios absolutos, las claves universales que, aplicadas por la voluntad, se convierten en la fuente de toda sabiduría y de todo poder. Esos principios se fijaban en la memoria por su correspondencia con las letras de la lengua sagrada y con los números que se ligan a esas letras. Cada letra y cada número expresa en aquella lengua una ley ternaria, que tiene su repercusión en el mundo divino, en el mundo intelectual y en el mundo físico. Del mismo modo que el dedo que toca una cuerda de la lira hace resonar una nota de la gama y vibrar todas sus armónicas, así el espíritu que contempla todas las virtualidades de un número y la voz que pronuncia una letra con la conciencia de su alcance, evocan un poder que repercute en los tres mundos.
De este modo, la letra A, que corresponde al número 1, expresa en el mundo divino: el Ser absoluto que emanan todos los seres; en el mundo intelectual: la unidad, manantial y síntesis de los números; en el mundo físico: el hombre, cúspide de los seres relativos que, por la expresión de sus facultades, se eleva en las esferas concéntricas del infinito. 





El arcano 1 se representaba entre los egipcios por un mago vestido de blanco, con un cetro en la mano y la frente ceñida por una corona de oro. El ropaje blanco significaba la pureza, el cetro el dominio, la corona de oro la luz universal.
El novicio se hallaba lejos de comprender todo lo que oía de extrañó y de nuevo; pero desconocidas perspectivas se entreabrían ante él a las palabras del pastóphoro, ante aquellas hermosas pinturas que le miraban con la impasible gravedad de los dioses. Tras cada una de ellas, entreveía por relámpagos de intuición toda una serie de pensamientos y de imágenes súbitamente evocadas. Sospechaba por la primera vez la parte interna del mundo por la cadena misteriosa de las causas. Así, de letra en letra, de número en número, el maestro explicaba al discípulo el sentido de los arcanos, y le conducía por Isis Urania al Carro de Osiris; por la torre derribada por el rayo a la estrella flamígera, y, en fin, a la corona de los magos. “Y sábelo bien — decía el pastóphoro — lo que significa esa corona: toda voluntad que se une a Dios para manifestar la verdad y obrar la justicia, entra desde esta vida en participación del poder divino sobre los seres y sobre las cosas, recompensa eterna de los espíritus libertados”. Al oír hablar al maestro, el neófito experimentaba una mezcla de sorpresa, de temor y de admiración. Eran los primeros resplandores del santuario, y la verdad entrevista le parecía la aurora de una divina reminiscencia. Pero las pruebas no habían terminado. 




Al concluir de hablar, el pastóphoro abría una puerta que daba acceso a una nueva bóveda estrecha y larga, a cuya extremidad chisporroteaba una enorme hoguera. “Pero ¡eso es la muerte!”, decía el novicio, y miraba a su guía temblando. “Hijo mío — respondía el pastophoro —, la muerte sólo espanta a las naturalezas abortadas. Yo he atravesado en otros tiempos aquella llama como un campo de rosas”. Y la verja de la galería de los arcanos se volvía a cerrar tras el postulante. Al aproximarse a la barrera de fuego, se daba cuenta de que la hoguera se reducía a una ilusión óptica creada por maderas resinosas, dispuestas al tresbolillo sobre unas rejas. Un sendero trazado en medio le permitía pasar rápidamente al otro lado. A la prueba de fuego sucedía la prueba de agua. 




El aspirante tenía que atravesar una agua muerta y negra al resplandor de un incendio de nafta que se encendía tras de él, en la cámara del fuego. Después de esto, los oficiantes le conducían, tembloroso aún, a una gruta oscura en la que no se veía más que un lecho mullido, misteriosamente iluminado por la semioscuridad de una lámpara de bronce suspendida en la bóveda. Le secaban, rociaban su cuerpo con esencias exquisitas, le revestían con un traje de fino lienzo y le dejaban solo, después de haberle dicho: “Descansa, medita y espera al hierofante”.
El novicio extendía sus miembros fatigados sobre el tapiz suntuoso de su lecho. Después de las emociones diversas, aquel momento de calma le parecía dulce. Las pinturas sagradas que había visto, todas aquellas figuras extrañas, las esfinges, las cariátides, volvían a pasar ante su imaginación.
¿Por qué una de aquellas pinturas le obsesionaba como una alucinación?.






Veía obstinadamente el arcano X representado por una rueda suspendida por su eje entre dos columnas. De un lado sube Hesmanubis, el genio del Bien, bello como un joven efebo; del otro, Tiphón, el genio del Mal, que con la cabeza hacia abajo se precipita al abismo. Entre los dos, en la parte superior de la rueda, se hallaba sentada una esfinge con una espada en sus garras.
El vago zumbido de una música lasciva que parecía partir del fondo de la gruta, hacía desvanecer aquella imagen. Eran sones ligeros e indefinidos, de una languidez triste e incisiva. Un tañido metálico excitaba su oído, mezclado con arpegios y so nidos de flauta, suspiros jadeantes como un aliento abrasador. Envuelto en un sueño de fuego, el extranjero cerraba los ojos. Al volverlos a abrir, veía a algunos pasos de su lecho una aparición trastornadora de vida y de infernal seducción. Una mujer de Nubia, vestida con gasa de púrpura transparente, un collar de amuletos a su cuello, parecida a las sacerdotisas de los misterios de Mylitta, estaba allí en pie, cubriéndole con su mirada y manteniendo en su mano una copa coronada de rosas. 






Tenía ese tipo nubio cuya sensualidad intensa y chispeante concentra todas las potencias del animal femenino: pómulos salientes, nariz dilatada, labios gruesos como un fruto rojo y sabroso. Sus ojos negros brillaban en la penumbra. El novicio se había levantado y, sorprendido, no sabiendo si debía temblar o regocijarse, cruzaba instintivamente sus manos sobre el pecho. Pero la esclava avanzaba a pasos lentos, y, bajando los ojos, murmuraba en voz baja: “¿Tienes miedo de mí, bello extranjero?. Te traigo la recompensa de los vencedores, el olvido de las penas, la copa de la felicidad...”. Él novicio dudaba; entonces, como llena de cansancio, la nubia se sentaba sobre el lecho y envolvía al extranjero en una mirada suplicante como una larga llama. ¡Desgraciado de él si se atrevía a desafiarla, si se inclinaba sobre aquella boca, si se embriagaba con los pesados perfumes que subían de aquellos hombros bronceados!. Una vez que había cogido su mano, y tocado con los labios aquella copa, estaba perdido... Rodaba sobre el lecho enlazado en un abrazo abrasador. Pero después de satisfacer el deseo salvaje, el líquido que había bebido le sumergía en un pesado sueño. Cuando despertaba, se encontraba solo, angustiado. La lámpara lanzaba una luz fúnebre sobre su lecho en desorden.
Un hombre estaba en pie ante él; era el hierofante, que le decía:
— Has vencido en las primeras pruebas. Has triunfado de la muerte, del fuego y del agua; pero no has sabido vencerte a ti mismo. Tú que aspiras a las alturas del espíritu y del conocimiento, has sucumbido a la primera tentación de los sentidos, y has caído en el abismo de la materia.
Quien vive esclavo de los sentidos, vive en las tinieblas. Has preferido las tinieblas a la luz; quédate, pues, en las tinieblas. Te advertí de los peligros a que te exponías. Has salvado tu vida; pero has perdido tu libertad. Quedarás bajo pena de muerte, como esclavo del templo.
Si al contrario, el aspirante había tirado la copa y rechazado a la pecadora, doce neócoros provistos de antorchas, llegaban para rodearle y conducirle triunfalmente al santuario de Isis, donde los magos, colocados en hemiciclo y vestidos de blanco, le esperaban en asamblea plena. En el fondo del templo espléndidamente iluminado, veía la estatua colosal de Isis, en metal fundido, con una rosa de oro en el pecho, coronada con una diadema de siete rayos y sosteniendo en sus brazos a su hijo Horus. Ante la diosa, el hierofante recibía al recién llegado y le hacía prestar, bajo las imprecaciones más tremendas, el juramento del silencio y de la sumisión.
Entonces le saludaba en nombre de toda la asamblea como a un hermano y futuro iniciado. Ante aquellos maestros augustos, el discípulo de Isis se creía en presencia de dioses. Engrandecido ante sí mismo, entraba por la primera vez en la esfera de la Verdad.


OSIRIS - LA MUERTE Y LA RESURRECCIÓN



Y, sin embargo, sólo quedaba admitido a su umbral. Porque ahora empezaban los largos años de estudio y de aprendizaje. Antes de elevarse a Isis Urania tenía que conocer la Isis terrestre, instruirse en las ciencias físicas y androgónicas. El tiempo lo repartía entre las meditaciones en su celda, el estudio de los jeroglíficos en las salas y patios del templo, tan vasto como una ciudad, y las lecciones de los maestros. Aprendía la ciencia de los minerales y de las plantas, la historia del hombre y de los pueblos, la medicina, la arquitectura y la música sagrada. En aquel largo aprendizaje no tenía sólo que conocer, sino devenir: ganar la fuerza por medio del renunciamiento. Los sabios antiguos creían que el hombre no posee la verdad más que cuando ésta llega a ser una parte de su ser íntimo, un acto espontáneo del alma. Pero en ese profundo trabajo de asimilación, se dejaba al discípulo abandonado a sí mismo. Sus maestros no le ayudaban en nada, y con frecuencia le chocaba su frialdad, su indiferencia. Le vigilaban con atención; le obligaban a seguir reglas inflexibles; se exigía de él una obediencia absoluta; pero no le revelaban nada más allá de ciertos límites. A sus inquietudes, a sus preguntas, se le respondía: “Espera y trabaja”. Entonces se manifestaban en él rebeldías repentinas, pesares amargos, sospechas horribles. ¿Se había convertido en esclavo de audaces impostores o de magos negros, que subyugaban su voluntad con un fin infame?. La verdad huía; los dioses le abandonaban; estaba solo y era prisionero del templo. La verdad se le había aparecido bajo la figura de una esfinge. 
Ahora la esfinge le decía: “Yo soy la duda”. Y la bestia alada con su cabeza de mujer impasible y sus garras de león, se lo llevaba para desgarrarlo en la arena ardiente del desierto.





Pero a esas pesadillas sucedían horas de calma y de presentimiento divino. Comprendía entonces el sentido simbólico de las pruebas por que había atravesado al entrar en el templo. Porque el pozo sombrío donde había estado a punto de caer, era menos negro que el abismo de la insondable verdad; el fuego que había atravesado, era menos terrible que las pasiones que quemaban aún su carne; el agua helada y tenebrosa en que había tenido que sumergirse, era menos fría que la duda en que su espíritu se hundía y se ahogaba en las malas horas.
En una de las salas del templo se alineaban en dos filas aquellas mismas pinturas sagradas que le habían explicado en la cripta durante la noche de las pruebas, y que representaban los veintidós arcanos. Aquellos arcanos que se dejaban entrever en el umbral mismo de la ciencia oculta, eran las columnas de la teología; pero era preciso haber atravesado toda la iniciación para comprenderlos. Después, ninguno de los maestros le había vuelto a hablar más de aquello. Le permitían solamente pasearse en aquella sala y meditar sobre aquellos signos. Pasaba allí largas horas solitarias. Por aquellas figuras castas como la luz, graves como la Eternidad, la verdad invisible e impalpable se infiltraba lentamente en el corazón del neófito. En la muda sociedad de aquellas divinidades silenciosas y sin nombre, de las que cada una parecía presidir a una esfera de la vida, comenzaba a experimentar algo nuevo: al principio, una reconcentración en el fondo de su ser; luego, una especie de desligamiento del mundo que le hacía elevarse por encima de las cosas. A veces, preguntaba a uno de los magos: “¿Se me permitirá algún día respirar la rosa de Isis y ver la luz de Osiris?”. Se le respondía: “Eso no depende de nosotros. La verdad no se da. Se la encuentra. Nosotros no podemos hacer de ti un adepto: hay que llegar por el trabajo propio. El loto crece bajo el río largo tiempo antes de abrirse en flor. No apresures el florecimiento de la flor divina. Si ella tiene que venir, vendrá a su debido tiempo. Trabaja y ora”. 







Y el discípulo volvía a sus estudios, a sus meditaciones, con un triste gozo. Gustaba del encanto austero y suave, de esa soledad por donde pasa como un soplo el ser de los seres. Así transcurrían los meses y los años. Sentía operarse en su ser una transformación lenta, una metamorfosis completa. Las pasiones que le habían asaltado en su juventud se alejaban como sombras, y los pensamientos que le rodeaban ahora le sonreían como inmortales amigos. Lo que experimentaba por momentos era la desaparición de su yo terrestre y el nacimiento de otro yo más puro y más etéreo. En este sentimiento, a veces ocurría que se prosternaba ante las escaleras del cerrado santuario. Entonces ya no había en él rebeldía, ni un deseo cualquiera, ni un pesar. Sólo había un abandono completo de su alma a los Dioses, una oblación perfecta a la verdad. “¡Oh Isis! — decía él en su oración — puesto que mi alma sólo es una lágrima de tus ojos, que ella caiga en rocío sobre otras almas, y que al morir por ello, sienta yo su perfume subir hacia ti. Heme aquí presto al sacrificio”.
Después de una de aquellas oraciones mudas, el discípulo en semiéstasis veía en pie a su lado, como una visión salida del suelo, al hierofante envuelto en los cálidos resplandores del poniente. El maestro parecía leer todos los pensamientos del discípulo, penetrar todo el drama de su vida interior.
— Hijo mío — decía —, la hora se aproxima en que se te revelará la verdad. Porque tú la has presentido ya, descendiendo al fondo de ti mismo y encontrando allí la vida divina. Vas a entrar en la grande, en la inefable comunión de los iniciados. Porque eres digno de ello por la pureza de tu corazón, por tu amor a la verdad y tu fuerza de renunciamiento. Pero nadie franquea el umbral de Osiris sin pasar por la muerte y por la resurrección.
Vamos a acompañarte a la cripta. No temas, pues eres ya uno de nuestros hermanos.
Al llegar el crepúsculo, los sacerdotes de Osiris, llevando antorchas, acompañaban al nuevo adepto a una cripta baja sostenida por cuatro columnas apoyadas sobre esfinges. 









En un extremo se encontraba un sarcófago abierto, tallado en mármol. (Los arqueólogos han visto durante largo tiempo en el sarcófago de la gran pirámide de Giseh, la tumba del rey Sesostris, basados en Herodoto, que no era iniciado, y a quien los sacerdotes egipcios no han confiado casi más que narraciones sin valor y cuentos populares. Pero los reyes de Egipto tenían sus sepulturas en otras partes. 








La estructura interior tan rara de la pirámide prueba que debía servir para las ceremonias de la iniciación y prácticas secretas de los sacerdotes de Osiris. Se encuentran allí el Pozo de la verdad, que hemos descrito; la escalera ascendente; la sala de los arcanos... La cámara llamada del Rey, que encierra el sarcófago, era aquella donde se conducía al adepto la víspera de su grande iniciación. Estas mismas disposiciones estaban reproducidas en los grandes templos del Egipto alto y medio).
— Ningún hombre — decía el hierofante — escapa a la muerte, y toda alma viviente está destinada a la resurrección. El adepto pasa en vida por la tumba para entrar desde ahora en la luz de Osiris.
Acuéstate pues en esa tumba, y espera la luz. Esta noche franquearás la puerta del Espanto y alcanzarás el umbral de la Maestría.
El adepto se acostaba en el sarcófago abierto; el hierofante extendía la mano sobre él para bendecirle, y el cortejo de los iniciados se alejaba en silencio de la cripta. Una pequeña lámpara depositada en tierra ilumina aún, con su resplandor dudoso, las cuatro esfinges que soportan las columnas pequeñas de la cripta. Se oye un coro de voces profundas, bajo y velado. ¿De dónde viene?. ¡El canto de los funerales!... Ya expira; la lámpara arroja un último resplandor y se apaga por completo. El adepto queda solo en las tinieblas: el frío del sepulcro pasa sobre él, hiela todos sus miembros. Pasa gradualmente por las sensaciones dolorosas de la muerte, y queda aletargado.
Su vida desfila ante él y cuadros sucesivos como una cosa irreal, y su conciencia terrestre se vuelve cada vez más vaga y difusa. Pero, a medida que siente su cuerpo disolverse, la parte etérea, fluida, de su ser, se destaca. Entra en éxtasis...






¿Qué es ese punto brillante y lejano que aparece imperceptible sobre   el fondo negro de las tinieblas?. Se aproxima, se agranda, se convierte en una estrella de cinco puntas cuyos rayos tienen todos los colores del arco iris, y que lanza en las tinieblas descargas de luz magnética. Ahora es un sol quien le atrae en la blancura de su centro incandescente.
— ¿Es la magia de los maestros la que produce aquella visión?. ¿Es lo invisible que se hace visible?. ¿Es el presagio de la verdad celeste, la estrella flamígera de la esperanza y de la inmortalidad?. — La visión desaparece, y en su lugar un capullo brota en la noche: una flor inmaterial, pero sensible y dotada de un alma. Porque se abre ante él como una rosa blanca y extiende sus pétalos; ve vibrar sus hojas vivas y enrojecerse su cáliz inflamado. — ¿Es flor de Isis, la Rosa mística de la sabiduría que encierra el Amor en su corazón?. — Más he aquí que la rosa se evapora como una nube de perfumes.
Entonces, el extático se siente inundado por un soplo cálido y acariciador.
Después de haber tomado formas caprichosas, la nube se condensa y se vuelve una figura humana. Es la de una mujer, la Isis del santuario oculto; pero más joven, sonriente y luminosa. Un velo transparente se arrolla en espiral a su alrededor, y su cuerpo brilla a través. En su mano sostiene un rollo de papiros. Se aproxima despacio, se inclina sobre el iniciado acostado en la tumba, y le dice: “Soy tu hermana invisible, soy tu alma divina, y éste es el libro de tu vida. Él contiene las páginas completas de tus existencias pasadas y las páginas blancas de tus vidas futuras. Un día las desarrollaré todas ante ti. Me conoces ahora: llámame y volveré”. Y mientras habla, un rayo de ternura ha brotado de sus ojos... ¡Oh presencia de un doble angélico, promesa inefable de lo divino, fusión en el impalpable más allá!...
Pero todo se quiebra, la visión se borra. Un desgarramiento atroz, y el adepto se siente precipitado en su cuerpo como en un cadáver. Vuelve al estado de letargo consciente; círculos de hierro retienen sus miembros; un peso terrible pesa sobre su cerebro; se despierta..., y en pie ante él está el hierofante acompañado de los magos. Le rodean, le hacen beber un cordial, se levanta.
— Ya has resucitado — dice el sacerdote —: ven a celebrar con nosotros el banquete de los iniciados, y cuéntanos tu viaje en la luz de Osiris. Porque eres desde ahora uno de los nuestros.
Hagamos un pequeño receso para ver el último video de la serie La Ley de Generación:



Transportémonos ahora con el hierofante y el nuevo iniciado sobre el observatorio del templo, en el tibio esplendor de una noche egipcia. Allí es donde el jefe del templo daba al reciente adepto la grande revelación, contándole la visión de Hermes. Esta visión no estaba escrita en ningún papiro.
Estaba en las estelas de la cripta secreta, conocida sólo por el hierofante. De pontífice en pontífice, la explicación se transmitía verbalmente.
— Escucha bien — decía el hierofante —: esta visión encierra la historia eterna del mundo y el círculo de las cosas.




LA VISIÓN DE HERMES




(La visión de Hermes se encuentra al comienzo de los libros de Hermes Trismegisto bajo el nombre de Poimandres. La antigua tradición egipcia sólo nos ha llegado bajo una forma alejandrina ligeramente alterada. Yo he tratado de reconstituir ese fragmento capital de la doctrina hermética, en el sentido de la alta iniciación y de la síntesis esotérica que representa).








“Un día Hermes se quedó dormido después de reflexionar sobre el origen de las cosas. Una pesada torpeza se apoderó de su cuerpo; pero a medida que su cuerpo se embotaba, su espíritu subía por los espacios.
Entonces le pareció que un ser inmenso, sin forma determinada, le llamaba por su nombre.
— ¿Quién eres? — dijo Hermes asustado.
— Soy Osiris, la inteligencia soberana, y puedo revelarte todas las cosas. ¿Qué deseas?.
— Deseo contemplar la fuente de los seres, ¡Oh divino Osiris!, y conocer a Dios.
— Quedarás satisfecho.
En este momento Hermes se sintió inundado por una luz deliciosa. En sus ondas diáfanas pasaban las formas encantadoras de todos los seres. Pero de repente, espantosas tinieblas de forma sinuosa descendieron sobre él.
Hermes quedó sumergido en un caos húmedo lleno de humo y de un lúgubre zumbido. Entonces una voz se elevó del abismo. Era el grito de la luz. En seguida un fuego sutil salió de las húmedas profundidades y alcanzó las alturas etéreas. Hermes subió con él y se volvió a ver en los espacios. El caos sé despejaba en el abismo; coros de astros se esparcían sobre su cabeza, y la voz de la luz llenaba lo infinito.
— ¿Has comprendido lo que has visto? — dijo Osiris a Hermes encadenado en su sueño y suspendido entre tierra y cielo
— No — dijo Hermes —. Bueno: pues vas a saberlo. Acabas de ver lo que es desde toda la eternidad. La luz que has visto al principio, es la inteligencia divina que contiene todas las cosas en potencia y encierra los modelos de todos los seres. Las tinieblas en que has sido sumergido en  seguida, son el mundo material en que viven los hombres de la tierra; el fuego que has visto brotar de las profundidades, es el Verbo divino. Dios es el Padre, el Verbo es el Hijo, su unión es la Vida.
— ¿Qué sentido maravilloso se ha abierto en mí? — dijo Hermes —. Ya no veo con los ojos del cuerpo, sino con los del espíritu. ¿Cómo ocurre eso?.
— Hijo de la tierra — respondió Osiris — es porque el Verbo está en ti.
Lo que en ti oye, ve, obra, es el Verbo mismo, el fuego sagrado, la palabra creadora.
— Puesto que así es — dijo Hermes —, hazme ver la vida de los mundos, el camino de las almas, de dónde viene el hombre y adonde vuelve.
— Hágase todo según tu deseo.
Hermes se volvió más pesado que una piedra y cayó a través de los espacios como un aerolito. Por fin se vio en la cumbre de una montaña.
Estaba oscura; la tierra era sombría y desnuda; sus miembros le parecían pesados como hierro.
— ¡ Levanta los ojos y mira!. — dijo la voz de Osiris.





Entonces, Hermes vio un espectáculo maravilloso. El espacio infinito, el cielo estrellado le envolvían en siete esferas luminosas. De una sola mirada, Hermes vio los siete cielos escalonados sobre su cabeza como siete globos transparentes y concéntricos, cuyo centro sideral él ocupaba. El último tenía como cintura la vía láctea. En cada esfera giraba un planeta acompañado de una forma, signo y luz diferente. Mientras que Hermes deslumbrado contemplaba esta floración esparcida y sus movimientos majestuosos, la voz dijo:
— Mira, escucha y comprende. Tú ves las siete esferas de toda vida. Al través de ellas tiene lugar la caída de las almas y su ascensión. Los siete planetas con sus Genios son los siete rayos del Verbo Luz. Cada uno de ellos domina en una esfera del Espíritu, en una fase de la vida de las almas. El más aproximado a ti es el Genio de la Luna, el de inquietante sonrisa y coronado por una hoz de plata. Éste preside a los nacimientos y a las muertes.
El desagrega las almas de los cuerpos y las atrae en su rayo. Sobre él, el pálido Mercurio muestra el camino a las almas descendentes o ascendentes, con su caduceo que contiene la ciencia. Más arriba la brillante Venus sostiene el espejo del Amor, donde las almas por turno se olvidan y se reconocen. Sobre éste, el Genio del Sol eleva la antorcha triunfal de la eterna Belleza. Más arriba aún, Marte blande la espada de la justicia. Reinando sobre la esfera azulada, Júpiter sostiene el cetro del poder supremo, que es la Inteligencia divina. En los límites del mundo, bajo los signos del Zodíaco, Saturno lleva el globo de la sabiduría universal. (Desde luego que estos dioses tenían otros nombres en la lengua egipcia. Pero los siete dioses cosmogónicos se corresponden en todas las mitologías por su sentido y sus atributos. Ellos tienen su raíz común en la antigua tradición esotérica. Como la tradición occidental ha adoptado los nombres latinos, nosotros los conservamos para mayor claridad).
— Veo — dijo Hermes — las siete regiones que comprenden el mundo visible e invisible; veo los siete rayos del Verbo Luz, del Dios único que los atraviesa y gobierna. Pero ¡Oh maestro mío!, ¿En qué forma tiene lugar el viaje de los hombres a través de todos esos mundos?.





— ¿Ves — dijo Osiris — una simiente luminosa caer de las regiones de la vía láctea en la séptima esfera?. Son gérmenes de almas. Ellas viven como vapores ligeros en la región de Saturno, dichosas, sin preocupación, ignorantes de su felicidad. Pero al caer de esfera a esfera revisten envolturas cada vez más pesadas. En cada encarnación adquieren un nuevo sentido corporal, conforme al medio en que habitan. Su energía vital aumenta; pero a medida que entran en cuerpos más espesos, pierden el recuerdo de su origen celeste. Así tiene lugar la caída de las almas procedentes del divino Éter. Más y más prisioneras de la materia, más y más embriagadas por la vida, se precipitan como una lluvia de fuego, con estremecimientos de voluptuosidad, a través de las regiones del Dolor, del Amor y de la Muerte, hasta su prisión terrestre, donde tú gimes retenido por el centro ígneo de la tierra y donde la vida divina parece un vano sueño.
— ¿Pueden morir las almas? — preguntó Hermes.
— Sí — respondió la voz de Osiris —; muchas perecen en el descenso fatal. El alma es hija del cielo y su viaje es una prueba. Si en su amor desenfrenado de la materia pierde el recuerdo de su origen, la brasa divina que en ella estaba y que hubiera podido llegar a ser más brillante que una estrella, vuelve a la región etérea, átomo sin vida, y el alma se desagrega en el torbellino de los elementos groseros.
A esas palabras de Osiris, Hermes se estremeció. Porque una tempestad rugiente le envolvió en una nube negra. Las siete esferas desaparecieron bajo espesos vapores. Vio allí espectros humanos lanzando extraños gritos, llevados y desgarrados por fantasmas de monstruos y de animales, en medio de gemidos y de blasfemias sin nombre.
— Tal es — dijo Osiris — el destino de las almas irremediablemente bajas y malvadas. Su tortura sólo termina con su destrucción, que es la pérdida de toda conciencia. Pero mira: los vapores se disipan, las siete esferas reaparecen bajo el firmamento. Mira de este lado. ¿Ves aquel enjambre de almas que tratan de remontarse a la región lunar?. Las unas son rechazadas hacia la tierra, como torbellinos de pájaros bajo los golpes de la tempestad.
Las otras alcanzan a grandes aletazos la esfera superior, que las arrastra en su rotación, una vez llegadas allá, recobran la visión de las cosas divinas. Pero esta vez no se contentan con reflejarlas en el sueño de una felicidad imponente. Ellas se impregnan de aquellas cosas con la lucidez de la conciencia iluminada por el dolor, con la energía de la voluntad adquirida en la lucha. Ellas se vuelven luminosas, porque poseen lo divino en sí mismas y lo irradian en sus actos. 






Templa, pues, tu alma, ¡Oh Hermes!, y serena tu espíritu oscurecido, contemplando esos vuelos lejanos de almas que remontan las siete esferas y allí se esparcen como haces de chispas. Porque tú también puedes seguirlas; basta quererlo para elevarse. Mira como ellas se enjambran y describen coros divinos. Cada una se coloca bajo su genio preferido. Las más bellas viven en la región solar, las más poderosas se elevan hasta Saturno. Algunas se remontan hasta el Padre: entre las potencias, potencias ellas mismas. Porque allí donde todo acaba, todo comienza eternamente, y las siete esferas dicen juntas: “¡Sabiduría!, ¡Amor!, ¡Justicia!, ¡Belleza!, ¡Esplendor!, ¡Ciencia!, ¡Inmortalidad!”.
— “He ahí — decía el hierofante — lo que ha visto el antiguo Hermes y lo que sus sucesores nos han transmitido. Las palabras del sabio son como las siete notas de la lira que contienen toda la música, con los números y las leyes del universo. La visión de Hermes se asemeja al cielo estrellado cuyas profundidades insondables están sembradas de constelaciones. Para el niño, sólo es una bóveda con clavos de oro; para el sabio es el espacio sin límites, donde giran los mundos con sus ritmos y sus signos evocadores y las claves mágicas; cuanto más aprendas a contemplarla y a comprenderla, más verás extenderse sus límites, porque la misma ley orgánica gobierna todos los mundos”. Y el profeta del templo comentaba el texto sagrado. Él explicaba que la doctrina del Verbo Luz representa la divinidad en el estado estático, en su equilibrio perfecto. Él demostraba su triple naturaleza, que es a la vez inteligencia, fuerza y materia; espíritu, alma y cuerpo; luz, verbo y vida. La esencia, la manifestación y la substancia, son tres términos que se suponen recíprocamente. Su unión constituye el principio divino e intelectual por excelencia, la ley de la unidad ternaria, que de arriba abajo domina la creación.






Habiendo conducido así a su discípulo al centro ideal del universo, al principio generador del Ser, el Maestro lo difundía en el tiempo y el espacio, lo sacudía en floraciones múltiples. Porque la segunda parte de la visión representa a la divinidad en estado dinámico, es decir, en evolución activa; en otros términos: el universo visible e invisible, el acto viviente. Las siete esferas relacionadas con siete planetas simbolizan siete principios, siete estados diferentes de la materia y del espíritu, siete mundos diversos que cada hombre y cada humanidad se ven forzados a atravesar en su evolución a través de un sistema solar. Los siete Genios, o los siete Dioses cosmogónicos, significaban los espíritus superiores y directores de todas las esferas, salidos también de la evolución inevitable. Cada gran Dios era, para un iniciado antiguo, el símbolo y el patrón de legiones de espíritus que reproducían su tipo bajo mil variantes, que, desde su esfera, podían ejercer una acción sobre el hombre y sobre las cosas terrestres. Los siete Genios de la visión de Hermes son los siete Devas de la India, los siete Amshapands de Persia, los siete grandes Ángeles de la Caldea, los siete Séphiroths (Hay diez Séphiroths en la Kábala. Los tres primeros representan el ternario divino, los otros siete la evolución del universo) de la Cabala, los siete Arcángeles del Apocalipsis cristiano. Y el gran septenario que abarca el universo no vibra únicamente en los siete colores del arco iris, en las siete notas de la escala musical; se manifiesta también en la constitución del hombre, que es triple por esencia, pero séptuple por su evolución. (Daremos aquí los términos egipcios de esa constitución septenaria del hombre que se vuelve a encontrar en la Kábala: Chat, cuerpo material Anch, fuerza vital; Ka, doble etéreo o cuerpo astral; Hati, alma animal; Bai, alma racional; Cheibi, alma espiritual; Ku, espíritu divino. Veremos el desarrollo de las ideas fundamentales de la doctrina esotérica en el libro de Orfeo y, sobre todo, en el de Pitágoras).
De modo — decía el hierofante para terminar — que has penetrado hasta el umbral del gran arcano. La vida divina se te ha aparecido bajo los fantasmas de la realidad. Hermes te ha hecho conocer el cielo invisible, la luz de Osiris, el Dios oculto del universo que respira por millones de almas, anima los globos errantes y los cuerpos en movimiento. Ahora puedes tú dirigirte a él y elegir tu camino para ascender hasta el Espíritu puro. Porque tú perteneces desde ahora a los resucitados en vida. Recuerda que hay dos clases principales en la ciencia. He aquí la primera: “Lo externo es como lo interno de las cosas; lo pequeño es como lo grande: sólo hay una ley, y el que trabaja es Uno. Nada hay pequeño ni grande en la economía divina”. He aquí la segunda: “Los hombres son dioses mortales, y los dioses son los hombres inmortales, dichoso el que comprende estas palabras porque posee la clave de todas las cosas. Recuerda que la ley del misterio cubre la gran verdad. El conocimiento total sólo puede ser revelado a nuestros hermanos que han atravesado por las mismas pruebas que nosotros. Es preciso medir la verdad según las inteligencias: velarla a los débiles, a los que volvería locos, ocultarla a los malvados que sólo pueden percibir fragmentos que emplearían como armas de destrucción. Enciérrala en tu corazón y que te hable por tu obra. La ciencia será tu fuerza, la fe tu espada y el silencio tu armadura infrangible”.






Las revelaciones del profeta de Ammón-Rá, que abrían al nuevo iniciado tan vastos horizontes sobre sí mismo y sobre el universo, producían sin duda una impresión profunda cuando eran dichas sobre el observatorio de un templo de Thebas, en la calma lúcida de una noche egipcia. Los arcos, las bóvedas y las terrazas blancas de los templos dormían a sus pies, entre los macizos negros de los nopales y los tamarindos. A distancia, grandes monolitos, estatuas colosales de los Dioses, fijas como jueces incorruptibles, sobre el lago silencioso. Tres pirámides, figuras geométricas del tetragrámaton y del septenario sagrado, se perdían en el horizonte, espaciando sus triángulos en el tenue gris del aire. El insondable firmamento hormigueaba de estrellas.
¡Con qué nuevos ojos miraba aquellos astros que le pintaban como moradas futuras!. Cuando, en fin, el esquife dorado de la luna emergía del sombrío espejo del Nilo, que se perdía en el horizonte como una larga serpiente azulada, el neófito creía ver la barca de Isis que navegaba sobre el río de las almas y las lleva hacia el sol de Osiris. Él se acordaba del Libro de los muertos, y el sentido de todos aquellos símbolos se revelaba ahora a su espíritu. Después de lo que había visto y aprendido, podía creerse en el reino crepuscular del Amenti, misterio interregno entre la vida terrestre y la vida celeste, donde los difuntos, al principio sin ojos y sin palabra, recobran poco a poco la vista y la voz. Él también iba a emprender el gran viaje, el viaje del infinito, a través de los mundos y las existencias. Ya Hermes le había absuelto y juzgado digno. 






Él le había dicho la clave del gran enigma: “Una sola alma, la grande alma del Todo, ha engendrado, al repartirse, todas las almas que se agitan en el universo”. Armado con el gran secreto, él subía a la barca de Isis, que partía. Elevada a los espacios etéreos, ella flotaba en las regiones intersiderales. Ya los anchos rayos de una inmensa aurora traspasaban los velos azulados de los horizontes celestes; ya el coro de los espíritus gloriosos, de los Akhium Seku que han llegado al eterno reposo, cantaba: “¡Levántate, Ra Hermakuti, sol de los espíritus!. Los que están en tu barca, están en exaltación. Ellos lanzan exclamaciones en la barca de los millones de años.
El gran ciclo divino se colma de gozo devolviendo gloria a la gran barca sagrada. Se celebran regocijos en la capilla misteriosa. ¡Levántate, Ammón- Rá Hermakuti, sol que se crea a sí mismo!”. Y el iniciado respondía con estas orgullosas palabras: “He alcanzado el punto de la verdad y de la justificación. Yo resucito como un Dios vivo e irradio en el coro de los Dioses que habitan en el cielo, porque soy de su raza”.
Tales pensamientos y tan audaces esperanzas podían pasar por el espíritu del adepto en la noche que seguía a la ceremonia mística de la resurrección. Al día siguiente, en las avenidas del templo, bajo la luz que ciega, aquella noche sólo le parecía un sueño; pero ¡qué sueño inolvidable aquel primer viaje en lo impalpable y lo invisible!. De nuevo leía la inscripción de la estatua de Isis: “Ningún mortal ha levantado mi velo.” Una punta del velo se había levantado, sin embargo, pero para volver a caer en seguida, y él se había despertado en la tierra de las tumbas. ¡Qué lejos estaba del término soñado!. Porque es bien largo el viaje en la barca de los millones de años. Pero, por lo menos, había entrevisto el objetivo final. Su visión del otro mundo, aunque no fuera más que un sueño, un bosquejo infantil de su imaginación aún llena de los vapores de la tierra, ¿Podía hacerle dudar de esa otra conciencia que había sentido germinar en sí mismo, de ese doble misterioso, de ese Yo celeste que se le había aparecido en su belleza astral como una forma viva, y que le había hablado en su sueño?. ¿Era un alma hermana, era un genio, o sólo era un reflejo de su espíritu íntimo, presentimiento de un ser futuro?. Maravilla y misterio. Seguramente era una realidad, y si aquella alma era la suya, era la verdadera. Para volverla a encontrar, ¿Qué no haría?. Viviría millones de años, pero no olvidaría aquella hora divina en que había visto a su otro Yo puro y radiante. (En la doctrina egipcia el hombre era considerado como no teniendo conciencia en esta vida mas que del alma animal y del alma racional, llamadas batí y bal. La parte superior de su Ser, el alma espiritual y el espíritu divino, cheybi y Ku, existen en él en estado de germen inconsciente, y se desarrollan después de esta vida, cuando el hombre llega a ser un Osiris).




La iniciación había terminado. El adepto era consagrado sacerdote de Osiris. Si era egipcio, quedaba agregado al templo; si extranjero, le permitían a veces volver a su país para fundar allí un culto o cumplir una misión. Pero antes de partir, prometía solemnemente por un juramento terrible, guardar un silencio absoluto sobre los secretos del templo. Jamás debía revelar lo que había visto u oído, ni divulgar la doctrina de Osiris más que bajo el triple velo de los símbolos mitológicos o de los misterios. Si violaba ese juramento, una muerte fatal le alcanzaba pronto o tarde, por lejos que estuviese. Pero el silencio era el escudo de su fuerza.
Vuelto a las playas del mar Jónico, a su ciudad turbulenta, bajo el choque de las pasiones furiosas, en aquella multitud de hombres que vivían como insensatos ignorándose a sí mismos, con frecuencia volvía a pensar en el Egipto, en las pirámides, en el templo de Ammón-Rá. Entonces, el sueño de la cripta volvía, y como el loto se balancea allá sobre las ondas del Nilo, así siempre aquella visión blanca sobrenadaba por encima del río fangoso y turbio de la vida. En las horas escogidas él escuchaba su voz, que era la voz de la luz. Despertándose en su ser, una música íntima le decía: “El alma es una luz velada. Cuando se la abandona, se oscurece y se apaga; pero cuando se vierte sobre ella el óleo santo del amor, se enciende como una lámpara inmortal”.


Veamos ahora, algunos de los textos que la tradición atribuye a Hermes.


En primer lugar, me gustaría ofreceros una versión, para mi muy especial del Kibalión, quizás uno de los textos más importantes de la literatura esotérica de todos los tiempos, considerado además como la quintaesencia de la Alquimia, que como ya hemos repetido en numerosas ocasiones en otras entradas de éstos blogs, no pretendía la transformación del plomo en oro, sino la del propio operador alquímico en un ser plenamente realizado. Ésta versión –en catalán, más adelante veremos y comentaremos otra en castellano- fue realizada por un muy querido y desgraciadamente malogrado, hermano en el camino del conocimiento hace ya muchos años. Ha destacar que en éste conciso texto se encuentra recogido todo lo que hemos ido exponiendo a lo largo de ésta entrada, de manera que ahora quizás sí que tendremos abiertos "los oidos del conocimiento", así sea!


EL KIBALIÓ.


Els llavis de la saviesa estan tancats, excepte per les oïdes de l’enteniment.
Els principis de la veritat són set; aquell que els coneix i els compren posseeix la clau amb el toc de la qual s’obren de cop totes les portes del Temple.
El Tot és ment; l’univers és mental i se sosté en la ment del Tot.
Tal com és a dalt, és a baix; tal com és a baix, és a dalt.
Res no reposa, tot es mou, tot vibra.
Tot es dual; tot té dos pols; tot té el seu parell oposat; semblant i dissemblant són el mateix; els oposats són idèntics en naturalesa però diferents en grau; els extrems és troben; totes les veritats no són més que mitges veritats; totes les paradoxes poden ser reconciliades.
Tot flueix, per dins i per fora; tot té les seves marees, totes les coses pugen i baixen; l’oscil·lació del pèndul és manifesta en tot; la mesura de l’oscil·lació cap a la dreta, és la mesura de l’oscil·lació cap a l’esquerra; el ritme compensa.
Tota causa té el seu efecte; tot efecte la seva causa; tot succeeix d’acord amb la Llei; “casualitat” no és més que un nom per a la Llei no reconeguda; hi ha molts plans de causalitat, però res no escapa a la Llei.
El gènere és en tot; tot té els seus principis masculí i femení; el gènere és manifesta en tots els plans.
A sota i a darrera de l’univers del temps, de l’espai i del canvi, ha de trobar-se sempre la realitat substancial, la veritat fonamental.
Així com tot està en el Tot, igualment el Tot està per tot.
A aquell que entengui de debò aquesta veritat li ha vingut un gran coneixement.

Éste maravilloso y sencillo compendio de la sabiduría de la Tradición Perenne de la humanidad, se conoce también como la Tabla Esmeralda. Veamos un poco de su historia.
La Tabla Esmeralda un gran misterio:





Se dice que el poder de la piedra como de sus inscripciones es tremenamente poderoso y puede llevar a una persona, depende como la utilice, a lo mejor y a lo peor... a los polos energéticos del bien y del mal.
La Tabla Esmeralda se compone de doce tablillas de color verde esmeralda formadas por una sustancia creada por transmutación alquímica. El material del que están hecho las tablillas es imperecedero, además de resistente a todos los elementos y sustancias. La estructura atómica y celular se fija; ningún cambio ha tenido lugar en ellas nunca.
“En esta Tabla hay grabados caracteres en la antigua lengua de la Atlántida (Atlantis), caracteres que responden a las ondas de pensamiento en sintonía liberando la vibración mental asociada en la mente del lector”.
Hay muchas leyendas acerca del origen de la Tabla Esmeralda lo cual desdibuja la verdadera historia de sus orígenes. Una de estas historias nos cuenta que Hermes era hijo de Adán y que escribió la Tabla Esmeralda para ayudar a la humanidad a redimirse de los pecados que había cometido su padre en el Jardín del Edén. La tradición Hebrea identifica al autor de la Tabla como Seth, tercer hijo de Adán, y que posteriormente fué salvada del Diluvio Universal por Noé llevándola en su Arca. Después del Diluvio, Noé escondió la Tabla Esmeralda en una cueva cerca de Hebrón donde posteriormente fué descubierta por Sara, esposa de Abraham. Otra leyenda describe a Hermes dando la Tabla a Miriam, hija de Moisés, para que la pusiera a salvo y Miriam la escondió dentro del Arca de la Alianza donde todavía se encuentra.
Algunos historiadores cuentan que la Tabla fué encontrada alrededor del año 1.350 de nuestra era en una cámara mortuoria secreta que se encontraba bajo la pirámide de Keops. Otra leyenda describe a Hermes como un filósofo que viajaba por Ceilán en el año 500 antes de C., el cual encontró la Tabla Esmeralda escondida en una cueva y después de estudiarla aprendió la forma de viajar tanto por el Cielo como por la Tierra. El Hermes de esta leyenda pasó el resto de su vida viajando por toda Asia y también por Oriente Medio enseñando y curando a sus discípulos. Curiosamente el libro sagrado Hindu “Mahanirvanatantra” mantiene que Hermes era la misma persona que Buda y en otros tantos textos religiosos Hindúes se refieren a cada uno de ellos como “el Hijo de la Luna”.
El origen de la Tabla Esmeralda de Hermes ha sido tan misterioso como su interpretación y está considerada por los eruditos como la piedra angular del pensamiento alquímico occidental.
Las enseñanzas del Hermetismo, escuela que reúne conocimientos ocultos egipcios, se le atribuyen a Hermes Trismegisto (tres veces Mago), y postulan básicamente la triada hermética: Dios, el Cosmos y el hombre. El hombre es imagen del Cosmos, y el Cosmos es creado por Dios, tal y como se explica en la Tabla Esmeralda de Hermes: “como es Arriba es Abajo; como es Abajo es Arriba“, los seres humanos somos la semejanza del Cosmos, por lo tanto somos la semejanza de Dios”. El hombre debe acercarse a Dios mediante el pensamiento elevado o Nous, y el Logos, o Palabra, puesto que Dios creó el Universo mediante el poder de la palabra, que es una manifestación del pensamiento creador. La Tabla nos enseña que Dios es un principio Único.
El contenido nos dice: 

Verdadero, sin falsedad, cierto y muy verdadero:
lo que está de abajo es como lo que está arriba,
y lo que está arriba es como lo que está abajo,
para realizar el milagro de la Cosa Unica.

Y así como todas las cosas provinieron del Uno, por mediación del Uno, así todas las cosas nacieron de esta Unica Cosa, por adaptación.
Su padre es el Sol, su madre la Luna,
el Viento lo llevó en su vientre,
la Tierra fué su nodriza.
El Padre de toda la Perfección de todo el Mundo está aquí.
Su fuerza permanecerá íntegra aunque fuera vertida en la tierra.
Separarás la Tierra del Fuego,
lo sutil de lo grosero,
suavemente, con mucho ingenio.
Asciende de la Tierra al Cielo,
y de nuevo desciende a la Tierra,
y recibe la fuerza de las cosas superiores y de las inferiores.
Así lograrás la gloria del Mundo entero.
Entonces toda oscuridad huirá de ti.
Aquí está la fuerza fuerte de toda fortaleza,
porque vencerá a todo lo sutil
y en todo lo sólido penetrará.
Así fue creado el Mundo.
Habrán aquí admirables adaptaciones,
cuyo modo es el que se ha dicho.
Por ésto fui llamado Hermes Tres veces Grandísimo,
poseedor de las tres partes de la filosofía de todo el Mundo.
Se completa así lo que tenía que decir de la obra del Sol.
Por poco catalán que sepáis –siempre podréis utilizar el traductor de Google-, inmediatamente apreciaréis las diferencias entre los dos textos. Mientras el segundo aparece mucho más oscuro, complejo y mucho más difícil de comprender, el primero – el de mi compañero y amigo- brilla por su claridad y sencillez, siendo su mensaje inteligible aunque no se sea un experto.


ENSEÑANZAS DEL HERMETISMO


“Aquí comienzan los Himnos que relatan
la salida del Alma hacia la Luz del Día.
su resurrección en el Espíritu, su entrada y sus viajes
en las regiones del más allá”.
 “Libro de los Muertos” I

¡Oh vosotros, Espíritus divinos
que hacéis penetrar a las almas perfectas
en la morada sacrosanta de Osiris,
abrid ante mi alma la Via que conduce a su Morada!.
¡Que pueda como un niño renacer a la Vida!.
Sean santificados vuestros Nombres,
¡Oh dioses reguladores de los Ritmos sagrados,
que presidís las etapas de los Misterios!.
¡Oh Dios de la Verdad y de la Justicia!.
Destruye el mal que hay en mí. Haz que desaparezcan
mis malignidades y mis crímenes.
Extirpa de mi corazón todo aquello
que me aleja de Ti.
Pueda yo devenir vigoroso en la Tierra
cerca del Espíritu Solar.
Pueda llegar en paz al puerto de salvación
cerca de Osiris.
Los vientos favorables empujan tu Barca hacia el puerto propicio.
Las divinidades de las cuatro Regiones del Espacio
Te adoran, ¡Oh Tú, inmensa substancia divina de la que proceden
todas las Formas y todos los Seres!.
He aquí que acabas de pronunciar una Palabra,
y la Tierra, silenciosa, Te escucha...
¡Oh Divinidad única!. Tú regías ya el Cielo en una época
en que la Tierra, con sus montañas, aún no existía.
No hay un miembro en mi cuerpo
en que no resida uña divinidad.
La Palabra y el Silencio se equilibran en mi boca.
En verdad, yo soy aquel
que camina hacia la plena Luz del Día.
En presencia de Osiris, me convierto en Maestro de la Vida,
Mi ser es permanentemente inalterable y eterno.
En verdad, cuando haya aniquilado a mis enemigos internos
será un gran día sobre la Tierra.
Me pongo en campaña contra mis enemigos.
Ellos han sido ofrecidos a mi poder,
y yo los aniquilo ante las divinas Jerarquías.
Avanzo. Y aquí que la luz se hace resplandeciente.
Ataco y subyugo los demonios de cabeza de cocodrilo.
Yo adoro las silenciosas divinidades ocultas en la obscuridad,
consuelo y realzo a los que lloran
y que con sus manos cubren sus semblantes
sumidos en la desesperación...
Oí vuestras lamentaciones,
y abro el sendero hacia la Luz.
Yo estimulo los brotes de la fuerza universal del renacer.
Ciertamente, llevo en mí
los gérmenes y posibilidades de todos los dioses...
Soy un hijo de la Tierra.
Largos fueron mis Años...
Me acuesto al fenecer el día
y renazco a la vida en la mañana
de acuerdo con los ritmos milenarios del Tiempo.
Soy un hijo de la Tierra
y le permanezco fiel.
Tan pronto muero como renazco a la Vida.
Y vuelvo a florecer y a renovarme
según los milenarios ritmos del Tiempo.
Yo os contemplo, ¡Oh dioses antiguos,
y a vosotros, grandes Espíritus de Heliópolis!...
¡No tratéis por la palabra de vuestra boca
de soltar los demonios
a fin de detener mi avance!.
(Helo aquí, al impuro que ronda en torno mío
y que se dispone a asaltarme).
Pero en verdad, yo me he purificado
en el Lago de la Balanza del Juicio.
Me he bañado en los rayos del Ojo Divino...
Doquiera me hallo,
aparecen la Verdad y la Justicia.
Soy su testimonio sobre la Tierra.
En medio de las Sombras del Pasado,
entre los Espíritus de las Edades pretéritas,
desde el Alba de los tiempos, perpetuamente,
en el seno del dios del Devenir, Khepra,
he recorrido el cirio de las Metamorfosis...
Penetré en la región de las Tinieblas
y súbitamente, mi semblante se develó
ante el Ojo radiante que contempla...
¿No he superado por mi propia energía los obstáculos?.
¿No he dirigido la palabra a los dioses?.
Por tanto, no podrán destruirme los demonios,
ya que soy el Heredero de los dioses de Heliópolis.








LA CONFESIÓN
(Papiro Nu)




¡Yo te saludo, Gran dios, Señor de Verdad y de Justicia!.
Poderoso Maestro, ¡me presento ante tí!.
Permíteme contemplar tu radiante belleza...
Tu nombre es: “Señor del Orden del Universo”
Llevo en mi Corazón la Verdad y la Justicia,
ya que de él arranqué todo mal.
Yo no he causado sufrimiento a los hombres.
No empleé la violencia con mis parientes,
no troqué la justicia por la injusticia,
no frecuenté la compañía de los malvados,
no cometí crímenes,
no obligué a trabajar para mí con exceso,
no intrigué por ambición,
no maltraté a mis servidores,
no blasfemé contra los dioses,
no privé al indigente de su subsistencia,
no cometí actos execrables para los dioses,
no permití que ningún servidor fuera maltratado por su amo.
No hice sufrir a nadie,
no provoqué el hambre,
no hice llorar a mis semejantes,
no maté ni mandé asesinar,
no creé enfermedades entre los hombres,
no usurpé las ofrendas de los templos,
no robé el pan de los dioses,
ni las dádivas destinadas a los Espíritus santificados.
No cometí actos degradantes
en el recinto sacrosanto de los templos.
Nunca disminuí la ración de la ofrenda,
ni traté de aumentar mis dominios
usando de medios ilícitos.
No usurpé los campos a nadie,
no manipulé los pesos de la balanza, ni alteré su nivel.
No privé de la leche a ningún niño,
no usurpé el ganado en los prados,
ni de la trampa las aves destinadas a los dioses.
No pesqué con cadáveres de peces,
ni obstruí la corriente natural de las aguas.
No apagué la llama de ningún hogar
en tanto debía arder.
No viole las reglas que rigen las ofrendas de la carne,
no tomé posesión de reses destinadas a los templos divinos.
Jamás impedí a un dios manifestarse.
¡Soy puro!. ¡Soy puro!. ¡Soy puro!. ¡Soy puro!.
¡He sido purificado como el gran Fénix de Heracleópolis,
ya que soy dueño de las Respiraciones
que dan la vida a todos los Iniciados!.



DEL PAPIRO NEBSENI


Oh tú, Espíritu que te manifiestas en Ker-aha
cuyos brazos rodean llameante fuego,
nunca actué con violencia.
Oh tú, Espíritu que te manifiestas en Hermópolis
y que respiras el divino soplo,
mi corazón detesta la brutalidad.
Oh tú, Espíritu que te manifiestas en el Cielo
bajo la forma de León,
yo no disminuí la medida de trigo.
Oh tú, Espíritu que te manifiestas en Letópolis
y cuyos ojos, dañan como dos puñales,
nunca cometí fraude.
Oh tú, Espíritu que te manifiestas en el Amenti,
deidad de ambas fuentes del Nilo,
jamás difamé.
Oh tú, Espíritu que le manifiestas en la Región de los Lagos
y cuyos dientes relucen como el Sol,
yo jamás agredí.
Oh tú, señor del Orden Universal
que te manifiestas en la Sala de Verdad-Justicia,
jamás acaparé los campos de cultivo.
Oh tú, Espíritu que te manifiestas en Bubastis
y que caminas hacia atrás,
sabe que nunca escuché tras las puertas.
Oh tú, Espíritu Aati que apareces en Heliópolis,
nunca he pecado de palabrería.
Oh tú, Espíritu Tutuf que apareces en Ati,
jamás formulé maldiciones
por ofensas que me fueron infligidas.
Oh tú, Espíritu Uamenti que apareces en las cuevas de tortura,
nunca cometí adulterio.
Oh tú, Espíritu que te manifiestas en el templo de Amsu
y que contemplas cuidadosamente las ofrendas que te son rendidas,
sábelo: jamás en la soledad dejé de ser casto.
Oh tú, Espíritu destructor que te manifiestas en Kaui,
nunca violé las disposiciones de mi tiempo.
Oh tú, Espíritu que apareces en la Región del Lago Hekat
bajo la forma de un niño,
nunca dejé de atender las palabras de Justicia.
Oh tú, Espíritu que tienes el semblante detrás de la cabeza
y que sales de la morada escondida,
jamás pequé contra natura con los hombres.
Oh tú, Espíritu ornado de cuernos y que sales de Satiu
en mis discursos, jamás emplee exceso de palabras.
Oh tú, Hi, que apareces en el Cielo,
sábelo: nunca fueron altaneras mis palabras.
Oh tú, Neheb-Kau, que sales de tu ciudad,
nunca intrigué para darme importancia.
Oh tú, Espíritu cuya cabeza se halla santificada
y que sales inesperadamente de tu escondrijo,
sabe que no me enriquecí más que en forma lícita.
¡Mirad!. El Cielo está abierto, la Tierra está abierta...
Las Puertas son grandes; se han corrido los cerrojos de los Portales
y he aquí que Ra aparece en el horizonte...
¡Mirad!. ¡Aquí está Toth, el Señor de los Misterios!
El procede a las libaciones ante el Maestro de Millones de Años,
y abre el camino a través del Firmamento...
¡Heme aquí!. ¡Yo llego para restablecer el Orden Cósmico.


“La Tradición Hermética”



                    
                     El babuino es otra de las representaciones de Thot


Los labios de la sabiduría permanecen cerrados, excepto para el oído capaz de comprender.
El verdadero sabio que conoce la naturaleza del Universo, emplea la Ley superior contra las leyes inferiores y por medio de la alquimia, transmuta lo indeseable en sí mismo, en lo realmente valioso. Y así triunfa. El ser superior se distingue, no por sueños anormales, visiones o imágenes fantasmagóricas, sino por el empleo inteligente de las fuerzas superiores sobre las inferiores, librándose de ese modo del dolor de los bajos planos y vibrando en los más elevados. La transmutación es el arma del Maestro.
Como arriba, así es abajo.
Toda causa tiene su efecto. Todo ocurre de acuerdo con la ley. El azar no es más que el nombre que se da a una ley desconocida.
El conocimiento, lo mismo que la fortuna, deben emplearse. La ley del uso es universal y el que la viola, sufre por haberse puesto en conflicto con las fuerzas naturales.
Ante todo, debes despojarte de esta vestidura que llevas: los hábitos de la ignorancia, los principios de la maldad, el instinto de corrupción, los malos pensamientos. Ellos constituyen la muerte viviente, la sepultura que llevas en tí mismo.


“Escritos Sagrados de Hermes Trimegisto”


El primero de nuestros tiranos internos es la ignorancia. Después vienen los deseos, la tristeza, la injusticia, la ambición, el error, la astucia, la ira, la temeridad, la malevolencia. Pero esos tiranos se alejan del sabio verdadero.
Cuando conozcas bien, hijo mío, la naturaleza de Dios, sentirás una alegría inefable de verte libre de esta parte negativa de tí mismo que es la ignorancia.
Con la temperancia, te vendrá el poder del entusiasmo permanente como una ofrenda. ¡Oh gran virtud!. ¡Apresurémonos a conseguirla!. Nos sentaremos entonces en el trono de la Justicia que, sin lucha, vence todo mal. Poseeremos un gran sentido de la rectitud y de la generosidad, cualidad divina. La verdad hará huir toda mentira. Y la plenitud del bien vendrá, como una gloria.
Entonces no habrá ya tiranos ni verdugos en nosotros. Los habremos vencido.
Ya conoces ahora el camino de la humana regeneración, que señala el nuevo nacimiento a las santas delicias de la contemplación. ¡Goza de felicidad perfecta!.

Bien, hasta aquí la entrada, como siempre espero que os sea útil e interesante