dilluns, 25 d’abril de 2016

EL PODER DEL SILENCIO: SRI RAMANA MAHARSHI /1

Ya sabemos que la filosofía advaita no puede ser enseñada, ni divulgada masivamente porque se trata de un conocimiento inherente a todo ser.
No tiene como objetivo revelar ningún secreto oculto, cargado de misticismo o difícil de aceptar desde la lógica o la psicología.
Es sencillamente una intuición, un llamado interior, un llamado a la atención dispersa, a la mente que se ha fragmentado, diversificado y confundido con un conocimiento intelectual, producto de la dualidad, que a la vez nace de una equivocada perspectiva individual desde la que observa su estado actual de manifestación.
Por eso, la única finalidad de este espacio es "llamar la atención".
Tratar de que la atención se vuelva hacia sí misma, hacia su origen, hacia el estado anterior a toda objetividad, recediendo a ese Silencio congénito que es totalmente puro al principio y que al final de todo permanece sin cambio, sin modificaciones ni agregados... sin identidad.
Lo que ves es simplemente un llamado, un llamado de tí mismo hacia sí mismo ... un llamado de atención: ¡Sobre lo eterno! Blog Yo soy el que soy
 

“De todas las definiciones de Dios, ninguna es tan exacta como la expresión bíblica "Yo soy el que soy", de Éxodo, capítulo 3.
Y ninguna es tan directa como el nombre Jehová, que significa "yo soy". Sri Ramana Maharshi
“El estado que trasciende la palabra y el pensamiento es el Silencio. Es meditación sin actividad mental. Someter la mente es meditación. La meditación profunda es la palabra eterna. El silencio es siempre elocuente; es el fluir perenne del lenguaje. El silencio es elocuencia permanente; es el mejor idioma”. Sri Ramana Maharshi.







En el año 2012, apareció en este vuestro blog la entrada "Los Nuevos maestros del Advaita Vedanta" que podéis ver aquí:

http://terraxaman.blogspot.com.es/2012/02/los-nuevos-maestros-del-advaita-vedanta.html

En ella decía: "Como los lectores más habituales de éste blog ya saben, en el mismo, existen diversas entradas dedicadas a la divulgación del Advaita Vedanta, porque en mi opinión, es una de las mejores –por no decir simplemente la mejor- explicaciones teórico prácticas, sobre la naturaleza de la Realidad...
Sobre Ramana Maharshi, sólo puedo deciros que en mi escritorio, al lado del ordenador, nunca ha faltado una fotografía de su bondadosa mirada, su presencia silenciosa, ha sido una guía constante a lo largo de los tres últimos decenios y, aunque con lo que voy a deciros vulnero absolutamente su voluntad y degenero su mensaje, la verdad es que desde mi ignorancia, o cuando la ignorancia se apodera de “mi”, Ramana és la imagen más parecida de lo que en mi opinión es o debería ser, un auténtico Gurú, o Maestro. Y digo que calificándole de Gurú, contrarío su voluntad y denigro su mensaje, porque él, como perfecto instructor de su doctrina, siempre negó la realidad de la existencia de algo diferente a Brahman –la Consciencia-, en éste sentido, afirmaba que “el único Gurú es el Sí-mismo que permanece en el corazón”.
Creo que desde el mismo momento en que empezé a escribir éste blog, tenía en el corazón la necesidad de escribir ésta entrada dedicada al sabio de Arunachala, hoy parece que las "buenas vibraciones del universo" se han decidido, así que empecemos, sin dejar de advertir al lector, que ni se dirá todo lo que debería decirse, ni el vehículo utilizado, es el más adecuado para transmitir la elevada enseñanza que impartió Ramana. 
Según los entendidos, la lectura de lo que aquí vamos a tratar, para que sea benéfica, debería hacerse, desde una mente abierta, sin prejuicios ni aprioris, en calma y con la máxima atención. 
No se trata de una enseñanza teórica que se deba aceptar a ciegas, como la preparación del exámen de conducir, sino de un conocimiento que para ser válido, debe resonar en vuestro interior.





Biografía:






El 29 de Diciembre de 1879 en el templo Bhuminatha en Tiruchuzi, al sur de la India, se estaba celebrando con gran fervor el Arudra Darshanam, un festival que conmemora la manifestación del Dios Shiva como Nataraja, el Señor de la Danza Cósmica. La imagen decorada del Dios Shiva era llevada ceremoniosamente en procesión por las calles de la ciudad durante el día y hasta bien entrada la noche. A la una de la madrugada del 30 de Diciembre, justo cuando la Deidad volvía a hacer su entrada en el templo después de la medianoche, se escucharon, desde una casa adyacente al templo, los primeros llantos de un bebé recién nacido. Los padres afortunados eran Sundaram Iyer y su esposa Alagammal. El niño recién nacido recibió el nombre de Venkataraman, mas tarde conocido como Bhagavan Sri Ramana Maharshi. Cuando el niño estaba naciendo, una señora con escasa visión en los ojos exclamó que el recién nacido estaba envuelto en luz.
Venkataraman terminó la escuela primaria en Tiruchuzhi y se trasladó a Dindigul para continuar con sus estudios. En febrero de 1892 falleció su padre y como consecuencia la familia se dividió. Venkataraman y su hermano mayor se fueron a vivir con su tío paterno Subbier a Madurai, mientras que los dos hermanos pequeños se quedaron con la madre. Al principio Venkataraman asistió a la escuela secundaria de Scott y más tarde al instituto de la Misión Americana.
El muchacho prefería hacer deporte con sus amigos a tener que realizar las tareas de la escuela. Tenía una memoria retentiva asombrosa, la cual le permitía repetir una lección después de haberla leído una sola vez. Lo que llamaba la atención en aquellos días era su sueño profundo. Era fuera de lo normal. Dormía tan profundamente que no era fácil despertarle. Aquellos que durante el día no se atrevían a desafiarle físicamente podían volver por la noche, sacarlo de la cama y golpearle todo lo que quisieran mientras continuaba dormido. A la mañana siguiente no recordaba nada de lo ocurrido.




Supo por primera vez que Arunachala era una ubicación geográfica después de preguntarle a un pariente suyo que estaba de visita, “¿De dónde vienes?” El respondió, “De Arunachala” El joven exclamó con entusiasmo, “¡Qué! ¡De Arunachala! ¿Dónde está eso?” El pariente, sorprendido por la ignorancia del muchacho, le explicó que Arunachala era lo mismo que Tiruvannamalai. El sabio hace referencia a este incidente en un himno a Arunachala que compuso más adelante:
"¡Ah! ¡Qué maravilla! Arunachala se erige como una Colina inerte. Sus acciones son misteriosas, más allá de la comprensión humana. Desde mi niñez, en mi mente había brillado la idea de que Arunachala era algo que superaba lo grandioso, pero incluso cuando llegué a saber por otro de que era lo mismo que Tiruvannamali, no me di cuenta de su significado. Cuando me atrajo hacia ella, aquietando mi mente, y me acerqué, la vi permanecer inmutable. “Ocho Estrofas a Arunachala”
Algún tiempo después leyó por primera vez el Periyapuranam, las historias de la vida de los sesenta y tres santos. Se vio inundado de una inmensa alegría al ver que tal amor, fe y fervor divino fueran posibles. Los relatos que conducían a la Unión Divina a través de la renunciación le entusiasmaron de tal manera que surgió en él un deseo de emular a los santos. A partir de entonces una corriente de consciencia comenzó a despertarse en él. Como ya lo dijo con su sencillez característica, “Al principio pensé que se trataba de una especie de fiebre, pero decidí que, si se trataba de una fiebre placentera, porque no dejar que se quedara”


Experiencia de la Muerte


El punto de inflexión en la vida de Venkataraman llegó espontáneamente a mediados de julio de 1896. Una tarde, se vio abrumado de repente y sin motivo aparente por un inmenso miedo a la muerte. Años más tarde, lo describió de la siguiente manera:
Un gran cambio en mi vida tuvo lugar aproximadamente seis semanas antes de dejar Madurai para siempre. 





Fue bastante repentino. Estaba sentado en una habitación en el primer piso de la casa de mi tío. En raras ocasiones me sentí enfermo y en ese día no había nada malo en mi salud, pero un repentino e inmenso miedo a la muerte se apoderó de mí. No había nada en mi estado de salud que lo justificara; y no traté de justificarlo ni de averiguar si había alguna razón para el miedo. Solo sentí “voy a morir”, y comencé a pensar que hacer con ello. No se me ocurrió consultarlo ni a un medico ni a mis mayores ni a mis amigos. Sentí que debía resolver el problema yo mismo, en ese momento.
El susto del miedo a la muerte dirigió mi mente hacia el interior y mentalmente me dije a mí mismo, sin ni siquiera pronunciar una palabra: “Ahora ha llegado la muerte; ¿Qué significa esto? ¿Qué es lo que se está muriendo? Este cuerpo se muere. Y en el acto dramaticé el acontecimiento de la muerte. Me acosté con los miembros estirados y rígidos como si se hubiera producido el rigor mortis, y para darle mayor realidad a la indagación hice que mi cuerpo se asemejase a un cadáver. Contuve la respiración y mantuve mis labios bien cerrados para que no pudiera escaparse ningún sonido, de forma que ni la palabra “yo” ni ninguna otra pudieran ser pronunciadas. “Bien” me dije a mí mismo, “este cuerpo está muerto”. Será llevado al campo de cremación y allí será quemado y reducido a cenizas. Pero con la muerte de este cuerpo, ¿muero yo también? ¿Soy “yo” el cuerpo? Está silente e inerte pero siento toda la fuerza de mi personalidad e incluso la voz del “yo” dentro de mí, separado de él. Así que Yo soy el Espíritu que trasciende el cuerpo. El cuerpo muere pero el Espíritu que lo trasciende no puede ser tocado por la muerte. Esto quiere decir que Yo soy el Espíritu inmortal.” No se trató de un pensamiento ligero, sino que se proyectó a través de mí tan vívidamente como la vida real que yo percibía directamente, casi sin pensarlo. El “Yo” era algo muy real, la única cosa real en mi estado presente, y toda la actividad consciente conectada con mi cuerpo se centró en ese “Yo”. A partir de ese momento, el “Yo” o el Sí mismo centraron la atención en sí mismo con una poderosa fascinación. El temor a la muerte se desvaneció de una vez por todas. 






La absorción en el Sí mismo continuó desde entonces ininterrumpidamente. Otros pensamientos podían ir y venir como las distintas notas de música, pero el “Yo” continuaba como la nota sruti fundamental que subyace y se mezcla con todas las demás notas. Si el cuerpo estaba ocupado hablando, leyendo o en cualquier otra cosa, yo estaba firmemente centrado en el “Yo”. Antes de esta crisis, no tenía una clara percepción de mi Ser y no estaba conscientemente atraído por ello. Sentía que no era perceptible y que no tenía ningún interés directo en ello y mucho menos una inclinación a morar permanentemente en ello.
La impresión de la experiencia de la muerte trajo consigo un cambio completo en los intereses y en la perspectiva de Venkataraman. Se volvió dócil y sumiso sin quejarse ni vengarse en contra del trato injusto. El describió más tarde su estado:
Una de las características de mi nuevo estado fue mi cambio de actitud hacia el templo de Meenakshi. Antes tenía la costumbre de ir de vez en cuando con los amigos para ver las imágenes y ponerme las cenizas sagradas y el bermellón en la frente, y volvía a casa casi indiferente. Pero después del despertar iba casi todas las tardes. Solía ir solo y permanecía sentado sin moverme durante mucho tiempo delante de una imagen de Shiva o de Meenakshi o de Nataraja y los sesenta y tres santos, y mientras permanecía allí olas de emoción me inundaban.


Viaje a Casa





El 29 de Agosto, mientras trabajaba en un ejercicio de gramática, Venkataraman se dio cuenta de repente de lo inútil que era hacer todo eso, empujó los papeles hacia un lado y sentándose con las piernas cruzadas entró en una profunda meditación. Su hermano Nagaswami que estaba observándole, comentó sarcásticamente: “¿De qué sirve todo esto para una persona así?” Reconociendo la verdad de la crítica de su hermano, Venkataraman tomó la determinación de marcharse de casa en secreto. Se levantó y salió de casa con la excusa de que tenía que regresar a la escuela. Su hermano le dio cinco rupias para que pagara sus gastos de escolaridad, suministrándole así sin darse cuenta de fondos para el viaje. Venkataraman tomó tres rupias y dejó las otras dos restantes junto con la siguiente nota de despedida:
Me marcho de aquí en busca de mi padre (Shiva) y en obediencia a Su mandato. Esto solo se está embarcando en una empresa virtuosa. Por lo tanto, nadie debe lamentarse por este hecho. No se necesita gastar dinero para llevarla a cabo. Tus gastos de escolaridad aún no han sido pagados. Aquí te adjunto dos rupias. 
La Providencia estaba guiando a Venkataraman en su viaje a Arunachala, pues aunque llegó tarde a la estación, el tren venía también con retraso. Compró un billete a Tindivanam que según un viejo atlas parecía ser el lugar más cercano a Tiruvannamalai. 






Un anciano Moulvi que estaba en su compartimento observó al joven brahmin sentado a su lado y en un estado de contemplación profundo. El Moulvi entabló conversación con él y le informó de que había una línea recién inaugurada entre Villupuram y Tiruvannamalai.
A eso de las tres de la mañana, el tren llegó a Villupuram. Decidiendo caminar el resto del viaje, Venkataraman deambuló por la ciudad en busca del camino a Tiruvannamalai. Se sintió hambriento y se fue a un hotel, donde le dijeron que si quería comer tendría que esperar hasta el mediodía. El hostelero observó con interés al joven muchacho brahmin de tez clara, largos mechones de pelo de color negro azabache, pendientes dorados, un rostro que irradiaba inteligencia y que no tenía ni equipaje ni pertenencias. Después de terminar la comida, el joven ofreció dos annas; sin embargo el propietario se negó a aceptar el pago. Venkataraman se puso de inmediato en marcha hacia la estación de tren donde compró un billete a Mambalapattu que era tan lejos como sus fondos le permitían ir.
Por la tarde Venkataraman llegó a Mambalappattu. Desde allí se dispuso a hacer el viaje andando hasta Tiruvannamalai. Por la noche llegó a las inmediaciones de Tirukoilur. Desde el cercano templo de Arayaninallur construido sobre una roca elevada, apareciendo débilmente en la distancia, se puede ver la Colina de Arunachala. 






Sin darse cuenta de esto, entró en el templo y se sentó. Allí tuvo una visión – la visión de una luz cegadora que envolvía todo el lugar. Ramana buscó la fuente de la luz dentro del sanctasanctórum. Pero no encontró nada. Después de un tiempo, la luz desapareció.
Venkataraman continuó sentado y sumido en profunda meditación hasta que fue interrumpido por los sacerdotes del templo que vinieron a cerrar las puertas. Siguió a los sacerdotes hasta el próximo templo donde se sumergió de nuevo en meditación. Después de terminar sus tareas, los sacerdotes le volvieron a interrumpir una vez más y rechazaron su petición de alimento. El encargado de tocar el tambor en el templo intervino y le ofreció su ración de la comida del templo. Cuando Venkataraman pidió un poco de agua potable, le indicaron que se dirigiera a una casa cercana. En el camino se desmayó y cayó al suelo. Unos minutos más tarde se levantó y vio a una pequeña multitud que le miraban con curiosidad. Bebió un poco de agua, comió un poco de comida, y luego se tumbó y se durmió.
La mañana siguiente era 31 de Agosto, el día del nacimiento de Sri Krishna, Gokulashtami. Venkataraman reanudó su viaje y llegó a la casa de Muthukrishna Bhagavatar. La señora de la casa le dio gran cantidad de comida y le acogió hasta el mediodía. Pidió entonces a sus anfitriones un préstamo a cambio de sus pendientes dorados. El préstamo le fue concedido de buena gana, junto con un paquete de caramelos preparados para Sri Krishna. Viendo que no había ningún tren hasta la mañana siguiente, pasó la noche en la estación.
Fue la mañana del 1 de Septiembre de 1896, tres días después de salir de casa, cuando Venkataraman llegó a la estación de Tiruvannamalai. Con paso rápido y el corazón palpitante de alegría, se apresuró directamente al gran templo. En un silencioso acto de bienvenida, las entradas a los tres recintos principales y todas las puertas, incluso la del sanctasanctórum, estaban abiertas. 






No había nadie más en el interior, por lo que entró solo en el sanctasanctórum y permaneció en éxtasis ante Su padre Arunachala. “He venido a tu llamada, Señor. Acéptame y haz conmigo lo que quieras.”


La llamada de Arunachala


Sri Ramana Maharshi se alojó en varios lugares en Tiruvannamalai y después en varias cuevas en la Colina Arunachala hasta que finalmente se estableció en lo que vino a llamarse Sri Ramanasramam, en donde vivió hasta su Mahanirvana en abril de 1950. Nunca fue iniciado formalmente en sannyasa ni tampoco pretendía tener discípulos. Desde el día de su llegada en 1896 hasta su Mahanirvana, Ramana nunca abandonó su querida Arunachala.
El primer lugar de residencia de Ramana en Tiruvannamalai fue el gran templo. Durante unas semanas se quedó en la sala de las mil columnas. Pero pronto fue molestado por algunos granujillas que le arrojaban piedras mientras se sentaba en silencio. 





Se trasladó a una cámara subterránea conocida como Patala Lingam, donde nunca penetraba la luz del sol. Sin moverse, se sentó profundamente absorto en el Sí mismo y sin ser consciente de las mordeduras de las hormigas y de los bichos que vivían allí.
Pero los jóvenes traviesos pronto descubrieron su retiro y continuaron con su pasatiempo de tirar piedras al joven Brahmana Swami, como entonces era conocido Ramana. En ese tiempo vivía en Tiruvannamalai un renombrado Swami llamado Seshadri Swamigal que a veces custodiaba a Ramana y ahuyentaba a los gamberros. El joven estaba tan absorto en el Resplandor de la Dicha que ni siquiera se dio cuenta cuando algunos devotos vinieron finalmente, lo sacaron fuera del hoyo y lo llevaron al cercano santuario de Subrahmanya. 





Durante dos meses aproximadamente permaneció en ese santuario sin prestar atención a sus necesidades físicas. Para hacer que comiera, había que ponerle la comida en la boca a la fuerza. Afortunadamente siempre había alguien allí para cuidarle. Entonces Ramana se mudó a varios jardines, arboledas y santuarios de los alrededores. Fue en una arboleda de mangos, lejos del templo, donde su tío paterno, Nelliyappa Aiyar de Manamadurai, lo encontró. Nelliyappa Aiyar hizo todo lo posible para llevar a su sobrino de vuelta a Manamadurai, pero el joven sabio no respondía. No mostró ningún signo de interés por el visitante. Así, Nelliyappa Aiyar regresó decepcionado a Manamadurai. Sin embargo, le trasmitió la noticia a Alagammal, la madre de Ramana.
Más tarde, la madre se dirigió a Tiruvannamalai acompañada por su hijo mayor Nagaswamy. Ranama vivía entonces en Pavalakkunru, una de las estribaciones orientales de Arunachala. Con lágrimas en los ojos, Alagammal suplicó a su hijo para que regresara con ella, pero para el sabio no había vuelta atrás. Nada le conmovía – ni siquiera las lágrimas de su madre. Se mantuvo callado y permaneció en quietud. Un devoto que había estado observando el esfuerzo realizado por la madre durante varios días, pidió a Ramana que al menos escribiera lo que tenía que decir. El sabio escribió en una hoja de papel:
"El Ordenante controla el destino de las almas de acuerdo a sus acciones pasadas. Todo aquello que está destinado a no suceder no sucederá, por mucho que uno lo intente. Todo aquello que esté destinado a suceder sucederá, por mucho que uno intente evitarlo. Esto es así. Por lo tanto, la mejor opción es permanecer en silencio".




Con el corazón encogido, la madre regresó a Manamadurai. Un tiempo después de este suceso, Ramana comenzó a vivir en diferentes cuevas en las laderas de Arunachala. La cueva en la que Ramana permaneció durante más tiempo (17 años), Virupaksha, se encuentra en la ladera sureste. Durante los primeros años en la Colina, Ramana permaneció prácticamente en silencio. Su resplandor ya había atraído a un grupo de devotos a su alrededor. No sólo los buscadores de la Verdad se sintieron atraídos por él, sino también las personas sencillas, los niños, e incluso los animales. Los chicos jóvenes de la ciudad, trepaban por la colina hasta la Cueva de Virupaksha, se sentaban junto a él, jugaban a su alrededor, y luego regresaban sintiéndose felices. Las ardillas y los monos solían subir hasta donde estaba y comer de su mano.
La madre de Ramana le visitó varias veces de nuevo. En una ocasión, se sintió enferma y durante varias semanas padeció de síntomas de fiebre tifoidea. A pesar de la nota que le dio antes a ella acerca de lo inevitable del destino, Ramana compuso un himno en tamil suplicando al Señor Arunachala para que la curara de su enfermedad. También mostró una gran solicitud en cuidarla para que recuperase la salud. La primera estrofa del himno dice así:
"¡Oh Medicina en la forma de una Colina que surgió para curar la enfermedad de todos los nacimientos que llegan en sucesión como oleadas! ¡Oh Señor! es Tu deber salvar a mi madre que considera Tus pies como su único refugio, curándole su fiebre".
Alagammal se recuperó y regresó a Manamadurai. A principios de 1916 Alagammal volvió a Tiruvannamalai con la determinación de pasar el resto de su vida con Ramana. Un poco más tarde la siguió el menor de sus hijos, Nagasundaram. Poco después de la llegada de su madre, Ramana se trasladó de Virupaksha a Skandasramam, que se encuentra un poco más arriba en la Colina. 





Aquí, la Madre recibió una intensa instrucción en la vida espiritual. Comenzó a cocinar para el pequeño grupo de devotos que se alojaban allí. Nagasundaram se hizo sannyasin, tomando el nombre de Niranjanananda Swami.
En 1920 la salud de la madre se debilitó y Ramana se ocupó de ella con el mayor cuidado y afecto, a veces pasando noches enteras en vela sentado junto a ella. El final llegó en 1922 y Alagammal alcanzó la liberación en el momento de la muerte, a través del esfuerzo y la gracia de su hijo. Como ordena la tradición en el caso de un ser liberado, el cuerpo de Algammal no fue incinerado sino enterrado. Dado que no está permitido que se entierre a nadie en la Colina, fue enterrada a sus pies en el lado sur. Estaba a menos de una hora de caminata desde Skandasramam, y Ramana se dirigía allí con frecuencia, hasta que un día se estableció definitivamente. De esta manera surgió Sri Ramanasramam. El dijo: “No me mudé de Skandasramam por mi propia voluntad. Algo me puso aquí y yo obedecí.”


Ramanasramam





No surgió un Ashram inmediatamente. Al principio sólo había un cobertizo con palos de bambú y un techo de hojas de palma. A través de los años, los números crecieron, las donaciones llegaron y fueron construidas las instalaciones habituales de un Ashram – la sala donde se sentaba Ramana, la oficina, la librería, el dispensario, el cuarto de huéspedes para los visitantes masculinos y un par de pequeños bungalows para huéspedes de larga estancia. Un grupo de sadhus hicieron una colonia en Palakottu, una arboleda al oeste del Ashram. Con la llegada de la Vaca Lakshmi se construyó un establo junto con una gran cocina para atender a la siempre creciente multitud de visitantes. Sinceros devotos de Ramana se encargaron del cuidado de las vacas y de dar de comer a la gente, sobre todo a sadhus y a pobres. Con el paso del tiempo se construyó un templo propiamente dicho sobre la tumba de la Madre Alagammal, el templo de Matrubhuteswara, en donde se continúan llevando a cabo ceremonias de adoración diarias.
Ramana nunca permitió que se mostrase ninguna preferencia hacia él. En el comedor se mostró inflexible acerca de este punto. Incluso cuando le daban alguna medicina o tónico, él quería compartirlo con todos los demás. La gestión del Ashram no era tampoco su preocupación. Si había normas establecidas, él sería el primero en cumplirlas, pero él por su cuenta nunca estableció ninguna. Su trabajo era puramente espiritual: guiar en silencio la siempre creciente familia de devotos que se reunían junto a él. 




El hermano menor de Ramana, Niranjanananda Swami (Chinna Swami) se convirtió en el administrador del Ashram o Sarvadikhikari.
El centro de todas las atenciones era la sala de meditación (la Sala Antigua) en donde los devotos se sentaban con el Maharshi. El silencio dinámico de la sala vibraba con su gracia. El amor divino brillaba en sus ojos y en caso necesario sus potentes palabras iluminaban a los visitantes. No había normas en lo referente a que todo el mundo debía meditar de una forma concreta o en un momento determinado. Durante los primeros años, las puertas nunca estuvieron cerradas e incluso la gente podía venir de noche para estar con él.
Preocupado por el hecho de estar accesible a todos los visitantes y a todas horas, Ramana nunca abandonó el Ashram a excepción de su paseo diario en la Colina y en Palakottu (una colonia de sadhus adyacente), por la mañana y por la tarde. En los primeros años, a veces caminaba por la carretera que rodea a la montaña (Giri Pradakshina).
En 1949 se detectó que Ramana tenía sarcoma en su brazo izquierdo. A pesar de los intensos cuidados médicos, el 14 de abril de 1950 quedó evidente que el final de su cuerpo físico estaba cerca. Por la noche, los devotos, que estaban sentados en el porche fuera de la habitación que había sido construida especialmente para la comodidad de Bhagavan durante su enfermedad, se pusieron a cantar espontáneamente “Arunachala Shiva” (La Guirnalda Marital de Letras). Cuando Ramana lo escuchó, sus ojos se abrieron y brillaron. 




Concedió una breve sonrisa de una ternura indescriptible. De las esquinas exteriores de sus ojos brotaron lágrimas de felicidad. Una profunda respiración más y nada más.
En ese mismo momento, a las 8:47 p.m., lo que parecía ser una enorme estrella se deslizó lentamente cruzando el cielo del noroeste en dirección a la cima de Arunachala. Muchos vieron este cuerpo luminoso en el cielo, incluso desde tan lejos como Bombay y que, conmocionados por su peculiar apariencia y comportamiento, atribuyeron este fenómeno al fallecimiento de su Maestro.
A día de hoy, el poder de Sri Ramana no ha disminuido. A menudo los visitantes del Ashram han comentado, “Pero uno puede sentir su presencia muy poderosamente.” Antes de que Sri Ramana abandonara su cuerpo, los devotos fueron donde él y le rogaron que permaneciera con ellos durante más tiempo, ya que andaban necesitados de su ayuda. A lo que él contestó “¡Irme! ¿A dónde puedo ir? Yo siempre estaré aquí.”





Cualidades de Ramana



En su vida él era un ejemplo de orden y puntualidad, además colaboraba en cocinar, era un gran cocinero, nunca aceptó que se le diera un trato especial de ninguna manera, siempre fue respetuoso de todas las creencias. Maharshi conocía perfectamente el inglés, el hindi, el tamil y otros idiomas de la India, y aunque no es muy conocida su faceta de traductor, realizó varias traducciones de los clásicos a petición de sus discípulos, como obras de Shankara Acharia, etc.
Cabe destacar que, como la mayoría de los maestros hinduistas, fue un vegetariano vegano, es decir tenía como condición para el desarrollo espiritual de alto nivel, la necesidad de consumir alimentos sáttwicos (puros) es decir no consumir alimentos basados en la matanza de animales, ni sus derivados. Al igual que san Francisco de Asís, fue un gran amante de los animales, siempre los cuidó y protegió, de manera maternal, él decía: «No sabemos qué almas pueden habitar esos cuerpos y para completar qué parte de su karma buscan nuestra compañía». 




Su discípula más devota fue su vaca Lakshmí. También había varios perros en el áshram (en la India los perros son muy despreciados y maltratados), 







que incluso no comían hasta que Ramana comía, 





también varios pavos reales, 






monos, mangostas, 







ardillas y hasta serpientes.
En 1938 recibió la visita de quien sería más tarde el primer presidente de la India, Rajendra Prasad, quién declaró que había ido a recibir el darshan (presencia, ‘visión’) de Ramana por consejo del propio Mahatma Gandhi, que le había dicho literalmente: «Si quieres tener paz, ve al Ramana áshram (el monasterio de Ramana) y permanece unos días en presencia de Sri Ramana Maharshi. No hace falta que hables ni que le hagas preguntas».
A diferencia de otros gurús, sobre Ramana Maharshi no existen relatos sobre fenómenos paranormales, extraños o milagros. Los milagros son sólo productos de nuestras creencias... del conocimiento erróneo que hemos convertido en nuestro "dogma", en la base existencial sobre la que apoyamos nuestra ilusoria existencia individual.
Lo posible y lo imposible sólo depende desde dónde miramos y cuando realmente lo hacemos desde la no dualidad, de la simple y pura consciencia del instante, no hay nada que pueda permanecer cinco segundos en tela de juicio... no hay dudas... no hay misterio... sólo hay CERTEZA.




Si bien es cierto que a lo largo de la historia, algunos seres han ejercido ciertos poderes sobrenaturales o siddhis, estos sólo son increíbles ni mágicos, en realidad...
Parecen sobrenaturales desde el punto de vista materialista de la existencia, pero no son para nada extraños a una visión integradora de todas las fuerzas que realmente existen y obran todo el tiempo a nuestro alrededor... aunque no seamos capaces (cegados por nuestras propias ideas limitantes) de apreciarlo.
Sri Bhagavan decía sobre esos poderes extraordinarios o "siddhis", que en definitiva, terminaban siendo más una molestia, una carga extra... que una solución en el camino a la realización:

«A ningún maestro le han importado nunca los poderes ocultos… 
la clarividencia, la clariaudiencia y cosas semejantes 
no merecen la pena tenerlas 
cuando son posibles una iluminación 
y una paz muchísimo más grandes 
sin ellas 
que con ellas»




Estos poderes no son propios de nuestro estado natural, ya que nuestra consciencia no precisa nada que ya no posea para afrontar el proceso de transformación psíquica o psicofísica, que le permita evolucionar y trascender... y por lo tanto, no vale la pena esforzarse, practicar ninguna sadhaná, ni buscar una ayuda externa para conseguirlos...
Son sólo extrañezas o capacidades ocultas de la mente que pueden hasta entorpecer el normal desarrollo de la misma hacia la unificación real con la consciencia, que es la meta en si.
La finalidad de la enseñanza del Sadgurú no es explorar o tener determinadas experiencias que constaten las innumerables capacidades de la mente, ya que esto jamás tendría fin, y terminaría confundiendo al aspirante...
Si tales poderes son alcanzados, seguramente desviarán al buscador de su deber primordial de alcanzar y permanecer hasta ser regenerado en su verdadero estado... NATURAL.
Todo el propósito de la enseñanza de Bhagavan es sumergir la mente en el Corazón, para permitir el funcionamiento del SER libre ego... para que no haya limitación alguna entre nuestro poder de percepción y la totalidad, la entidad cósmica, lo Brahman, o como sea que se llame a la UNIDAD, al SER REAL.
Muchos devotos sin embargo, aseguran que si uno se vuelve con devoción hacia Bhagavan, si se entrega plenamente "a los pies del Sadgurú"... los milagros acontecen... la vida se vuelve maravillosa, la mente se rinde y empiezan a aparecer soluciones mágicas... a los viejos problemas, a las kármicas limitaciones.




Bhagavan repetía que sólo sucedían por obra de la Gracia, el poder Supremo que siempre está esperando para actuar, para abrir el corazón: «la energía divina automática» que al fin encuentra espacio para manifestarse!
Con respecto a esos relatos, el Sadgurú siempre guardó silencio... porque entendía que servían para que la mente del devoto SE RINDA ante esa apertura mental inusitada que implica la presencia de un gurú encarnado...
“Alza tu cabeza.
No mires hacia abajo al agitado
y tormentoso mar de la vida transitoria. 
Si lo haces te hundirás en sus fangosas olas.
¡Fija tu mirada en lo elevado 
hasta que veas la Realidad Espléndida!”
Y así mostraba que Él realmente no hacía nada especial para propiciarlos... que las "obras del Padre" no eran suyas... porque ya no existía en él ninguna noción de hacedor o experimentador.
Él sencillamente era un canal de lo divino abriendo el corazón de los verdaderos o sinceros devotos...
En lo que respecta al verdadero conocimiento, el que el Sadgurú manifestó durante su vida y transmitió con el ejemplo, como un evangelio vivo, preciso, claro y directo... el único poder necesario es el de permanecer en la propia naturaleza, concentrados sólo en lo esencial... en lo real... en lo concreto que siempre está más allá toda superposición mental, imaginada o ilusoria.
¿Quién precisa tener alas o caminar sobre el agua o dominar el fuego... cuando todo lo que nos interesa está SIEMPRE PRESENTE, CONSTANTE Y SONANTE aquí y ahora?
AQUÍ ... AHORA... Si sueltas todo. ¿Cuál sería el problema?
Si no tocas nada...Si no tratas de entender, ni de cambiar nada... 
Si no superpones ningún conocimiento artificial, recordado o imaginado, 
si ves SOLAMENTE lo que ES...¿Puedes ver algo más?
Si te abres a ESO, A LO ÚNICO QUE HAY... ¿Puedes divisar otra existencia?
¡Ahora puedes sentir la infinita libertad de tu SER
si descansas en la pura y simple presencia
de este momento eterno!



Su enseñanza




"Lo que encontramos en la vida y las enseñanzas de Sri Ramana es la más pura esencia de la India; su aliento de una humanidad liberada del mundo, y que libera del mundo, es un canto de milenios…para el hindú está claro que el sí-mismo, en cuanto fuente espiritual, no es diferente de Dios; y en la medida de que el hombre permanece en su sí-mismo, no sólo está contenido en Dios, sino que es Dios mismo. Respecto de esto, Sri Ramana es clarísimo. La sabiduría y misticismo de Oriente tienen, por lo tanto, mucho que decirnos. Están ahí para recordarnos las cosas similares que tenemos en nuestra propia cultura y que hemos olvidado… Nada menos que el destino de nuestro hombre interior. La vida y las enseñanzas de Sri Ramana no sólo son importantes para el hindú, sino también para el occidental. No sólo configuran un documento de gran interés humano, sino también un mensaje de advertencia, dirigido a la humanidad que corre el riesgo de perderse en el caos de su inconsciencia y de su falta de control". Nos dice Carl Gustav Jung.
Ramana enseñó un método llamado atma vichara (autoindagación del alma), en el que el buscador focaliza su atención continuamente en el «pensamiento yo» (la base de la actividad mental), con el fin de encontrar su origen. Al principio esto requiere esfuerzo, pero finalmente surge algo más profundo que el ego, y el pensamiento se disuelve en el atman-Brahman (alma-Dios). Ramana creía en las palabras del Mandukia upanishad dice: «Aiam atma brahma» (‘el alma es Dios’).




Ramana es reconocido como un maestro hindú de la corriente de pensamiento védico vedanta (‘final de los Vedás’) advaita (‘no dual’, no hay almas y Dios, sino que las almas son Dios), y tuvo muchos seguidores en India y en el exterior.
Podéis encontrar una explicación completa de lo que es el Vedanta Advaita en la entrada que os he indicado anteriormente y que adjunto por si os interesa recordarla ahora:

http://terraxaman.blogspot.com.es/2012/02/los-nuevos-maestros-del-advaita-vedanta.html

Ésta corriente se basa en la obra de Sankara, 



un reformador del hinduismo (788-820) y uno de los más grandes pensadores de la India, quien consolidó la escuela Advaita Vedanta. Las enseñanzas de Shánkara se sintetizan en tres tesis:
El Absoluto (Brahman) es la realidad.
El mundo es fenómeno-ilusión.
El alma encarnada no es diferente del Absoluto (es sólo el Absoluto-Brahman).
Shánkara afirma que la única doctrina de los Upanishad es la de la unidad. Sin embargo, puesto que no puede haber unidad separada de la diversidad, él no denomina "monismo" a su doctrina, sino solamente no dualidad (a:‘no’; y dvaita: ‘dualidad’).
Podemos ver a continuación unos versos de su obra “la Joya suprema del conocimiento”:

“Aquello que está más allá de las castas, los credos, la familia y el linaje; que no tiene forma ni nombre, ni mérito ni demérito, que transciende el espacio, el tiempo y los objetos de los sentidos; ese Brahman eres tú.
Haz que tu mente medite en ello.
Ese Supremo Brahman está más allá del alcance de las palabras, pero es accesible al ojo dotado de iluminación pura. Lo puro, la morada de todo Conocimiento, la entidad sin principio: ese Brahman eres tú.
Haz que tu mente medite sobre El.
Eso que es el substrato del universo con su variada diversidad, que son las creaciones de todas las formas de la ilusión; aquello que no es mantenido por nada y que es distinto de lo grosero y de lo sutil; lo que no tiene partes y que no puede ser descrito mediante ningún ejemplo: ese Brahman eres tú.
Haz que tu mente medite en ello.
Aquello que está libre de nacimiento, crecimiento, desarrollo, decrepitud, enfermedad y muerte; aquello que es indestructible, que es la causa de la creación, mantenimiento y destrucción del universo entero: ese Brahman eres tú.
Haz que tu mente medite en ello.
Esa realidad, que a pesar de ser Una, parece múltiple y diversa, debido al efecto de la ilusión al tomar diferentes nombres, formas, atributos y cambios, en sí misma permanece siempre inmutable: ese Brahman eres tú.
Haz que tu mente medite en ello.
Aquello más allá de lo cual no hay nada, que brilla incluso por encima de la Maya -la ilusión- y que es superior a su efecto -el universo-; el ser más íntimo de todo lo que existe, que no puede ser distinguido ni diferenciado; el SER REAL -la Conciencia, Verdad y Dicha Suprema-lo infinito e inmutable: ese Brahman eres tú.
Haz que tu mente medite en ello.
Medita sobre la Verdad que te he revelado, usa el discernimiento valiéndote del razonamiento recomendado. A través del discernimiento y la meditación uno puede realizar la Verdad sin ninguna duda. Aparecerá ante ti tan clara y limpia como el agua en la palma de la mano”.

El pensamiento de Ramana Maharshi se basa completamente en la doctrina advaita que se desprende de los textos Upanishad.
Sri Ramana no era un filósofo ni desarrollaba teoría alguna en su enseñanza. Pero se puede decir que enseñaba el Advaita más puro, que es el reconocimiento del Verdadero Ser como nuestro propio Yo y el Yo del Universo, y el de todos los seres. Esta es la suprema y última verdad que transciende todos los demás niveles de doctrina. Esta doctrina de la No-Dualidad es la más sencilla, así como la más profunda, constituyendo la Verdad Ultima, más allá de todas las complejidades de la cosmogonía.
No-Dualidad significa que sólo el Absoluto es. El Cosmos entero existe dentro del Absoluto, quien, sin embargo, permanece inalterado e inmanifestado. En resumen: el Absoluto es el Yo del Cosmos y de todo ser. Por lo tanto, al buscar nuestro Yo, preguntándonos incesantemente Quién soy yo? hace posible que un hombre realice su identidad con el Ser Universal. El estado supremo es realizar la identidad con el Yo, una vez extinguido el ego.
Sri Ramana enseñaba dando respuestas específicas a las necesidades y preguntas de los devotos. Por lo general, se negaba a satisfacer la curiosidad que iba más allá de la propia realidad del que preguntaba, Por ejemplo: Porqué queréis saber de Dios antes de conoceros a vosotros mismos? Averiguad primero quién sois.
Se puede afirmar que su enseñanza no era una filosofía en el sentido literal de la palabra, ya que no instruía a sus seguidores a pensar en problemas sino, al contrario, a eliminar sus pensamientos. Enseñaba que un hombre es idéntico con el Yo: Ser puro, Consciencia pura, Felicidad pura – Sat, Chit, Ananda – pero que la mente crea la ilusión de una individualidad independiente. En el sueño profundo, la mente no trabaja y el hombre es uno con el Yo, pero de un modo inconsciente. En el Samadhi es idéntico con el Yo de modo consciente, no en la oscuridad sino en la Luz.




No siempre es fácil este camino que debemos recorrer para averiguar quienes somos. El hombre camina por senderos polvorientos como aquel buscador que pasó años vagando por tierras extrañas en busca de un tesoro, mientras él, a su vez, era buscado por ser el heredero de una gran fortuna. En el centro de nuestro ser mora ese maravilloso Ser Superior, pero para llegar a él, debemos abrir un sendero entre los pensamientos que nos impiden el paso obligándonos a prestar atención al mundo material externo. Nuestros cinco sentidos se aferran a ese mundo material en busca de contacto con la gente, con los objetos y las diversiones.
Cuando el hombre se pregunta, quién soy?, da el primer paso en un largo camino que terminará sólo cuando haya encontrado la respuesta. El cuerpo, las emociones y la mente cambian y pasan, pero a través de ellos el Yo permanece inalterable como el Espectador silencioso de este mundo cambiante y perecedero. Conocer ese Yo es encontrar ese punto de Consciencia desde el cual puede tener lugar la observación de nuestros estados de ánimo fluctuantes y de las igualmente fluctuantes circunstancias que nos rodean. Para esto debemos descender dentro de nosotros mismos y buscar de donde proviene esta consciencia de ser Yo.
En este descenso, podemos darnos cuenta que el cuerpo no es el Yo por el sólo hecho de observar que, mientras dormimos, el Yo se retira del cuerpo suprimiendo en él la consciencia de ser. Esta inconsciencia del cuerpo durante el sueño, nos indica que el Yo es meramente un visitante del cuerpo.
La segunda etapa de investigación es someter la naturaleza emocional al análisis. Somos deseo, cólera, esperanza, odio, etc.?, En este caso, también nos sirve el argumento del dormir profundo. En ese estado qué ocurrió con nuestras emociones? dónde se fueron?. Esto significa que nuestro Yo es diferente a nuestras emociones.





La tercera etapa es, soy Yo el intelecto?. Basta analizar lo que permanece una vez que se eliminan los pensamientos. Fácilmente nos damos cuenta que no existe una cosa como la mente aparte de los pensamientos, ya que ellos mismos son los que la constituyen. Por lo tanto, tampoco soy el intelecto.
Hasta ahora hemos utilizado en nuestra indagación a la mente como instrumento. Al actuar concentrada y dirigida, nos ha sido útil; pero no basta para llegar a la esencia sutil del Yo. Para eso necesitamos un nuevo instrumento: la intuición, que es la comprensión inmediata. Ella está a nuestro alcance dentro de nosotros y todos podemos descubrirla. Se despierta cuando las ondas del pensamiento dejan de agitarse en la superficie del espíritu. Por eso es tan importante reducir su actividad.
Para despertar la intuición, habría que seguir un doble proceso: primero, canalizar el pensamiento dirigiéndolo hacia una idea abstracta y elevada, y segundo, controlar la respiración. Después de meses de práctica, la persona se transformará en alguien más sensible a lo sutil. Una vez despertada la intuición, es el momento para volver a indagar Quién soy?.
Deberá esperarse un tiempo meditando tranquilamente para hacer más adelante un pedido humilde y silencioso dirigido al Yo a fin de que revele su existencia. Este camino de indagación es fundamental, puesto que el Yo es la fuerza oculta de la vida, la que sostiene al hombre y le permite vivir. Es nuestro Creador y nosotros somos su creatura.
Es un trabajo largo en el tiempo, ya que se requieren años de práctica para alcanzar el contacto con el Yo, aunque los resultados de la concentración se harán notar a mediano plazo. Habrá cambios en nuestro ser interior que se reflejarán en nuestro entorno como tranquilidad, paz, mayor amor y compasión hacia los que sufren, tolerancia y comprensión para nuestro prójimo.Tomado de Patricia Zárraga





Nos explica el Dr. Paul Brunton en su extraordinario libro sobre la India secreta, refiriéndose a Ramana: “Lo observo atentamente y poco a poco llego a ver en él al hijo de un remoto pasado, cuando el descubrimiento de la verdad espiritual no valía menos que hoy una mina de oro. Con creciente intensidad empiezo a comprender que en este tranquilo y casi desconocido rincón del sur de la península he encontrado uno de los últimos superhombres espirituales de la India. La serena figura de este sabio de la antigüedad me acerca a las personalidades legendarias de los antiguos rishees de este país. Se comprende que permanezca oculta la faceta más importante de este hombre. Se me escapa la parte profunda de su alma, cuya carga de rica sabiduría se presiente. A veces todavía permanece curiosamente lejano, otras veces la bondadosa bendición de su gracia interior me liga a él con cadenas de acero. Aprendo a someterme al enigma de su personalidad y a aceptarlo tal como lo encuentro. Pero si humanamente hablando está bien aislado contra los contactos del exterior, quienquiera sea el descubridor del necesario hilo de Ariadna puede recorrer el sendero interno que conduce al contacto espiritual con él. Aprecio muchísimo su simplicidad y su modestia, aunque existe a su alrededor una atmósfera de auténtica grandeza, perceptible casi, pues no pretende poseer poderes ocultos y conocimientos hierofánticos para impresionar a sus compatriotas, tan propensos a lo misterioso, y carece completamente de cualquier pretensión, resistiendo enérgicamente toda tentativa que trate de canonizarlo en vida.



¿Es Ramana Maharshi el Gurú de la época de Acuario?






Esta actitud de “canonizarlo” en vida, se ha mantenido por parte de algunos de sus devotos, máxime después de su muerte. Hay quien dirá que hasta cierto punto era inevitable. La auténtica grandeza de Sri Ramana, fue evidente para todos los que lo conocieron, y para aquellos que aunque no lo conocimos en éste mundo, hemos pasado muchas horas en el estudio de su obra y en la práctica de sus enseñanzas, que pueden resumirse en: “La pericia que ha de ser aprendida con este arte no es simplemente la pericia de ser —debido a que siempre somos, y, por lo tanto, ser no requiere ninguna pericia o esfuerzo especial— ni es meramente la pericia de ser sin hacer o pensar nada —debido a que podemos ser así cada día en el sueño profundo. La pericia que ha de ser cultivada es la pericia de permanecer calma y apaciblemente sin hacer o pensar nada, pero reteniendo no obstante una consciencia perfectamente clara de ser —es decir, consciencia de nuestro ser o «soy»-dad esencial. Solo en este prístino estado de ser auto- consciente, no nublado por la distrayente agitación del pensamiento y la acción, la verdadera naturaleza de ser deviene perfectamente clara”.
Sólo los discípulos, han sabido mantenerse con la actitud adecuada, Michel James, discípulo de Ramana, nos explica la relación que todos podemos llegar a tener con el Gurú –en éste caso con Ramana Maharshi-: “Como Sri Ramana mismo enseñó, el verdadero sat-sanga o asociación con el gurú (guía espiritual) no es meramente la asociación con su forma física, sino su asociación (sanga) con su forma verdadera, que es nuestro verdadero sí mismo real o ser esencial (sat), la realidad infinita, indivisible, no-dual y absoluta.




No quiero decir que mi comprensión de la filosofía y ciencia del autoconocimiento verdadero enseñado por Sri Ramana sea perfecta, y ni siquiera cerca de ser perfecta. Hasta que no nos entreguemos completamente a él, permitiendo que nuestra mente finita sea consumida enteramente en la claridad infinita de la auto-consciencia pura, que está brillando siempre en el núcleo íntimo de nuestro ser, pero que nosotros elegimos ignorar debido al fuerte apego a nuestro falso sentido de individualidad y a todo lo que surge de él, nunca podremos tener una comprensión de sus enseñanzas verdaderamente perfecta.
Bhagavan Sri Ramana nunca buscó por sí mismo enseñar a nadie la verdad que él había llegado a conocer, debido a que en su experiencia solo existe esa verdad —la consciencia «yo soy»—, y, por consiguiente, no hay ninguna persona para dar o recibir ninguna enseñanza. Sin embargo, aunque interiormente él sabía que la consciencia es la única realidad, no obstante él era externamente una personificación del amor, la compasión y la bondad, debido a que, sabiendo que tanto él mismo como todas las otras cosas no son nada sino la consciencia «yo soy», él se veía a sí mismo en todo, y, por consiguiente, amaba literalmente a todos los seres vivos como su propio sí mismo. Por lo tanto, cuando las gentes le hacían preguntas sobre la realidad y los medios de obtenerla, él respondía pacientemente a sus preguntas, y así, sin ninguna volición por su parte, reveló gradualmente una riqueza de enseñanzas espirituales.
Si deseamos practicar sinceramente las enseñanzas de Sri Ramana, él mismo actuará directamente como nuestro gurú, proporcionándonos toda la ayuda y guía que necesitemos para volver nuestra mente hacia dentro y con ello sumergirnos y perder nuestra individualidad separada en la luz clara del auto-conocimiento verdadero, que es la naturaleza esencial y real del gurú.




Siempre que alguien le preguntaba si no es necesario para nosotros tener un «gurú vivo», Sri Sadhu Om solía reírse y decir, «sólo el gurú está vivo, y todos nosotros estamos muertos», y explicaba que el gurú real no es un cuerpo físico, sino el espíritu siempre-vivo, la consciencia de ser infinita que existe dentro de cada uno de nosotros como nuestro propio sí mismo verdadero.
Ese espíritu infinito y eterno apareció en la forma física de Sri Ramana para enseñarnos que nosotros no somos este cuerpo mortal que ahora tomamos erróneamente por nosotros mismos, y que para que nos conozcamos como somos realmente, debemos retirar nuestra atención de todos los objetos externos y focalizarla entera y exclusivamente en nuestro propio sí mismo real o ser esencial. Habiéndonos dado esta enseñanza, la forma física de Sri Ramana ha servido a su propósito como la manifestación externa del gurú eterno, de modo que ahora nuestra meta no debe ser encontrar a otro «gurú
vivo» (un término que la mayoría de las gentes comprenden como una «persona iluminada » cuyo cuerpo aún vive), sino que debe ser encontrar el gurú interior real, que es nuestro propio sí mismo verdadero y que está siempre esperando atraer nuestra mente hacia adentro, para que se sumerja y se funda en la claridad del auto-conocimiento verdadero.
Debido a que él no fue nunca la forma física que parecía ser, sino que ha sido siempre y será siempre el espíritu infinito, que es nuestro propio sí mismo real, la guía de ayuda o «gracia» de Sri Ramana nunca puede ser disminuida de ninguna manera, y, por lo tanto, no es menos poderosa ahora de lo que lo era cuando él parecía estar viviendo en una forma física. Toda la ayuda y guía que necesitamos para obtener el autoconocimiento verdadero están disponibles para nosotros exteriormente en la forma de las enseñanzas de Sri Ramana, e interiormente como nuestra propia claridad de autoconsciencia natural, que siempre experimentamos como «yo soy» (la verdadera forma de Dios y del gurú), de modo que todo lo que necesitamos hacer es volver nuestra atención hacia nosotros mismos a fin de experimentar la naturaleza verdadera de esta consciencia «yo soy»”.




El calibre de las afirmaciones precedentes, sólo puede comprobarse mediante la verificación propia, tan sólo como ayuda para los escépticos, les invito a probarlo por propia experiencia, en mi caso particular y con todas las limitaciones y “” que queráis ponerle, puedo dar fe de ello.

El poder del silencio.

Cuando prácticamente el Advaita Vedanta era desconocido en Europa, Paul Brunton en el libro que he citado anteriormente, dio a conocer a Ramana Maharshi, su testimonio abrió las puertas a ésta corriente del pensamiento de la India, hasta tal punto, que hoy la enseñanza del Advaita forma parte del conocimiento de muchos miles o millones de personas del mundo occidental. Uno de los aspectos más interesantes de sri Ramana que nos mostró Brunton fue el del poder su enseñanza silenciosa.
El mismo Sri Ramana Maharshi dejó dicho:
M.: La Forma Más Alta de la Gracia es el Silencio (mouna).
También es la upadesa más alta.
D.: Vivekananda ha dicho también que el silencio es la forma de plegaria más sonora.
M.: Lo es, en lo que concierne al silencio del buscador. El silencio del Gurú es la upadesa más sonora. Es también la Gracia en su forma más alta.
Todas las demás dikshas (iniciaciones), por ejemplo, sparsa, chakshus,etc., derivan de mouna (el silencio). Por consiguiente, son secundarias. Mouna es la forma primordial.
Si el Gurú está silente, la mente del buscador se purifica por sí misma.
M.: Las disertaciones pueden entretener a los individuos durante unas horas, sin mejorarlos. Por otra parte, el silencio es permanente y beneficia a toda la humanidad.
D.: Pero el silencio no es comprendido.
M.: No importa. Por el silencio, lo que se entiende es elocuencia. Las disertaciones orales no son tan elocuentes como el silencio. 
El Silencio es elocuencia incesante. 




Veamos algunos de los párrafos que hacen referencia a ella:


Él prefería estar sentado, en silencio, sin que le molestaran con preguntas, porque ese era su estado natural. Una vez me dijo: «Yo estoy donde no hay palabras». «Entonces, ¿por qué hablas?», le pregunté. «Por compasión», me respondió.
“Día a día tengo nuevas demostraciones de la grandeza de este hombre. Entre la gente de toda clase, extrañamente diversa, que pasa por la ermita, un paria se tambalea, entra en el hall, poseído por una intensa agonía espiritual y a los pies del Maharishee ( con éste título se refiere a Sri Ramana Maharshi) deja salir a borbotones su tribulación. El sabio no habla, pues su silencio y su reserva son proverbiales; se puede contar fácilmente el número de palabras que usa en un solo día. Pero mira silenciosamente a aquel hombre afligido, cuyos sollozos disminuyen gradualmente, hasta que abandona la sala dos horas después más fuerte y más sereno.
Empiezo a ver que éste es el método del Maharishee para ayudar a otros: una emisión silenciosa, continua y discreta de vibraciones curativas hasta las almas atormentadas; misterioso procedimiento telepático cuya explicación se pedirá algún día a la ciencia.





Al llegar el crepúsculo, es hora de reunirse todos en la sala para meditar. A menudo el mismo Maharishee indica cuándo debe comenzar, entrando en aquella abstracción parecida al trance, durante la cual cierra sus sentidos al mundo exterior. Lo hace tan silenciosamente que algunas veces ese cambio de estado pasa inadvertido. Durante esas meditaciones en la proximidad del sabio he aprendido a conducir mis pensamientos hacia adentro, hacia puntos cada vez más profundos. Es imposible estar en frecuente contacto con él sin sentirse iluminado en lo íntimo, por decirlo así, inundado mentalmente por un brillante rayo de este astro espiritual. Comprendo una y otra vez que atrae mi alma hacia su propia atmósfera durante esos períodos de pacífico reposo. En esas ocasiones uno empieza a entender por qué los silencios de este hombre son más significativos que sus palabras. Su actitud tranquila y pacífica es un velo con el cual cubre un dinámico éxito que puede afectar poderosamente a una persona, prescindiendo del lenguaje o del acto que cualquiera podría percibir. A veces siento la intensidad de ese poder en forma tan honda que se produce en mí la certidumbre de obedecer la más extraña orden si de él emanase.

Mis meditaciones siguen la línea indicada por él en ocasión de mi primera visita, durante la cual la vaguedad que parecía rodear a muchas de sus respuestas equivalía para mí al suplicio de Tántalo. He empezado a considerar mi propio yo.
¿Quién soy yo?
¿Soy este cuerpo de carne, hueso y sangre?
¿Seré la mente, las ideas y los sentimientos que me distinguen de otra persona?
Hasta ahora uno ha aceptado naturalmente y sin discusión las respuestas afirmativas a esas preguntas, pero el Maharishee me advierte que no debo considerarlas definitivas. Sin embargo se ha negado a formular alguna enseñanza sistemática. En concreto, su mensaje —consiste en lo siguiente:
“Prosiga usted incansablemente y sin pausa esa investigación: ¿quién soy yo? Analice toda su personalidad. Intente establecer dónde empieza la idea del yo. Siga sus meditaciones y mantenga siempre su atención dirigida hacia adentro. Un día la rueda del pensamiento girará más despacio y aparecerá misteriosamente una intuición. Sígala, abandone sus dudas, pues ella le conducirá eventualmente a su meta.”
Lucho diariamente con mis pensamientos y lentamente me voy abriendo camino hasta los más profundos recesos de la mente. En la bienhechora proximidad del Maharishee las meditaciones y los diálogos conmigo mismo empiezan a cansarme mucho menos y dar más resultados. Inspiran mis esfuerzos constantemente repetidos una intensa esperanza y la certidumbre de tener un guía. Hay extrañas horas en cuyo transcurso comprendo claramente que el sabio envía gran parte de su poder invisible a mi mente, de donde resulta que penetro un poco más profundamente en aquella tierra fronteriza del ser, envuelta en sombras, que rodea el alma humana.
….







Una experiencia transcendente


Me parece que la existencia de hombres como el Maharishee asegura la continuidad a través de la historia de un mensaje divino que llega de regiones inaccesibles a la mayoría de nosotros. Además, según mi entender, debe aceptarse esto: ese sabio viene a revelarnos algo, no a discutir con nosotros. En todo caso, sus enseñanzas me atraen poderosamente por su actitud personal y la práctica de sus métodos que, cuando se han entendido, pueden considerarse científicos. No introduce ningún poder sobrenatural y no exige ninguna ciega fe religiosa. La sublime espiritualidad de la atmósfera del Maharishee, la autoinvestigación racional de su filosofía, encuentran un débil eco en el templo de Arunachala. Raramente aparece en sus labios la voz “Dios”. Evita las obscuras y debatidas aguas de la magia donde han terminado por naufragar muchos viajes plenos de promesas. Simplemente, expone un camino de autoanálisis que puede practicarse, prescindiendo de cualquier teoría o creencia antigua o moderna del que lo practica, camino que conduce finalmente al hombre a comprenderse verdaderamente a sí mismo.
Prosigo este método de autodespojo esforzándome por llegar al ser puro total. Muchas veces me doy cuenta de que la mente del Maharishee imparte algo a la mía aunque no se crucen palabras entre nosotros. La sombra del inminente viaje pende sobre mis esfuerzos, a pesar de lo cual prolongo mi estadía hasta que el empeoramiento de mi salud introduce un nuevo elemento en la cuestión y acelera la irrevocable decisión de partir. Aquella profunda urgencia interior que me condujo hasta aquí ha producido la voluntad necesaria para superar las quejas de un cuerpo enfermo y cansado, de un cerebro agotado, y para aguantar la residencia en esta atmósfera cálida en la que no sopla una brisa. Pero a la larga no se puede derrotar a la naturaleza y antes de que transcurra algún tiempo un grave quebranto amenaza seriamente mi salud. En lo espiritual, mi vida se acerca a su más elevada cumbre, pero, ¡extraña paradoja!, en lo físico se desliza hacia el punto más bajo a que pueda haber llegado hasta ahora. Durante unas pocas horas, antes de producirse la experiencia culminante de mis entrevistas con el Maharishee, empiezo a tener violentos temblores y a sudar anormalmente, todo lo cual anuncia una fiebre.




Vuelvo velozmente de una exploración de los santuarios por lo general vedados del gran templo y entro en la sala cuando ha transcurrido más de la mitad de la meditación de la tarde. Me tiro silenciosamente al suelo e inmediatamente adopto la postura acostumbrada para la meditación. En unos pocos segundos me repongo y llevo todos mis errantes pensamientos a un fuerte centro. Al cerrar los ojos se produce una intensa interiorización de la conciencia.





La figura del Maharishee sentado en su diván flota ante los ojos de mi espíritu. Siguiendo las instrucciones recibidas tantas veces, trato de atravesar la imagen mental, pasando a aquello que carece de forma, su ser real, su naturaleza interior, su alma. Con gran sorpresa de mi parte, el esfuerzo tiene un éxito casi instantáneo y la imagen desaparece otra vez, dejándome solamente el sentido, percibido intensamente, de su presencia íntima.
En los últimos tiempos se ha iniciado la desaparición de las cuestiones mentales que caracterizaron la mayor parte de mis primeras meditaciones. He interrogado repetidamente mi conciencia, pasando revista a las sensaciones físicas, emocionales y mentales, pero las abandoné eventualmente, descontento en mi búsqueda del yo. Apliqué entonces la atención de la conciencia a su propio centro, tratando de darme cuenta de su lugar de origen. Llega entonces el momento supremo. En aquella concentración de paz, retirada la mente en sí misma, el mundo familiar de cada uno empieza a desaparecer en la vaguedad de sombras. Por un tiempo, uno está rodeado al parecer por la pura nada, habiendo llegado a una especie de muro mental sin puertas. La atención ha de mantenerse fija tan intensamente como sea posible. Pero, ¡qué difícil es abandonar la descansada satisfacción de nuestra vida superficial y dirigir la mente hacia dentro, concentrándola sobre un punto del tamaño de un alfiler!




Esta noche llego como un relámpago hasta allí, combatiendo apenas una escaramuza con la continua secuencia de ideas que generalmente anuncian su llegada. Alguna fuerza nueva y poderosa entra en acción dinámica dentro de mi mundo interior y me conduce hacia dentro con velocidad irresistible. Ha pasado la primera batalla importante, casi sin un golpe, y a su alta tensión sucede un sentimiento placentero, feliz y tranquilizador.
En la próxima etapa me encuentro separado del intelecto, teniendo conciencia de su actividad, aunque una voz interior me advierte que es sólo un instrumento. Observo esas ideas con una prescindencia sobrenatural. El poder de pensar, que hasta ahora fué una cuestión de simple y vulgar orgullo, se convierte en una cosa de la que debo escapar, pues percibo con asombrosa claridad que he sido su inconsciente esclavo. Sigue el repentino deseo de colocarse fuera del intelecto y ser simplemente. Me interesa buscar en un lugar más profundo que el pensamiento. Quiero saber lo que sentiría si me librara de la constante esclavitud del cerebro, pero deseo hacer eso en estado de vigilia, con toda mi atención despierta.
Es bastante extraño poder ser capaz de echarse a un lado y observar el trabajo del propio cerebro como si fuera de otro, ver cómo se producen y mueren las ideas, pero es aún más extraño comprender instintivamente que se está a punto de penetrar en los más recónditos recesos del alma del hombre. Me siento como un nuevo Colón a punto de desembarcar en una tierra desconocida, no registrada en los mapas. Un sentimiento de expectativa perfectamente dominado y subyugado me procura una tranquila e intensa emoción.




Pero, ¿cómo podrá divorciarse el hombre de la antiquísima tiranía del pensamiento? Recuerdo que el Maharishee nunca sugirió que intentara detener forzadamente la actividad pensante. “Descubra el origen del pensamiento”, es su repetido consejo, “vigile la manifestación del verdadero yo, pues entonces sus ideas morirán por sí mismas”. Siento haberme remontado al origen de las ideas, abandono entonces la actitud poderosamente positiva que ha conducido mi atención hasta este punto y me entrego a una pasividad completa, manteniendo, sin embargo, una actitud resuelta de vigilancia como la de una serpiente sobre su presa.
Esta equilibrada condición reina hasta que descubro cuán correcto es el consejo del sabio. Las ondas del pensamiento empiezan a disminuir naturalmente. El funcionamiento del sentido lógico-racional desciende hasta el punto cero. Se apodera de mí la más extraña sensación que jamás haya experimentado. El tiempo parece vacilar vertiginosamente, mientras las antenas de mi intuición, rápidamente desarrolladas, empiezan a extenderse hacia lo desconocido. Ya no oigo, siento o recuerdo las percepciones de mis sentidos corporales. Sé que en cualquier momento estaré fuera de las cosas, en el mismo borde del secreto del mundo...
Finalmente eso ocurre. Las ideas se apagan como una vela cuya luz se extingue de un soplo. El intelecto se retira a su verdadero lugar, es decir, la conciencia funciona sin que la molesten los pensamientos. Comprendo lo que he sospechado durante mucho tiempo, y la confiada afirmación del Maharishee: el alma se origina en una fuente trascendental. El cerebro se encuentra en un estado de suspensión completa, como ocurre en el sueño profundo, sin la pérdida de la conciencia. Permanezco perfectamente calmo y me doy completa cuenta de quién soy y de mi actuación. Pero mi percepción sobrepasa los estrechos límites de la personalidad única: se ha convertido en algo que de sublime manera lo abraza todo. El yo todavía existe pero ha cambiado, trocándose en algo radiante, inmediatamente superior a la personalidad carente de importancia que era yo; algún ser más profundo, más divino, adquiere conciencia y se convierte en mí. Llega con él un notable y nuevo sentido de libertad absoluta, pues el pensamiento es como una lanzadera que va de acá para allá, y liberarse de sus tiránicos movimientos equivale a escapar de una prisión y salir al aire libre.





Me encuentro fuera del límite de la conciencia del mundo. Desaparece el planeta cuya hospitalidad he gozado hasta ahora. Me encuentro en el centro de un océano de deslumbradora luz. Siento, no se puede llamar pensar a, eso, que ella es la materia original de la que se crearon los mundos, el estado primitivo de la materia. Se extiende a lo lejos hacia el indescriptible espacio infinito y posee una increíble vitalidad.
Como un rayo, percibo el sentido de este misterioso drama universal que tiene por escenario el espacio, volviendo después al punto primitivo de mi ser. Yo, el nuevo, descanso en el seno de una santa bendición. He bebido la copa platónica de Lete, y han desaparecido completamente las amargas memorias del ayer y las ansiosas preocupaciones del mañana. He alcanzado una libertad divina y una felicidad casi indescriptible. Mis brazos encierran toda la creación con intensa simpatía, pues entiendo de la manera más profunda posible que comprender no sólo significa perdonarlo todo, sino amarlo todo. Mi corazón se remodela en puro arrobamiento.
¿Cómo consignaré estas experiencias, demasiado delicadas para ser tocadas por mi pluma, por las que paso inmediatamente después? Pero las verdades estelares que se me enseñan, pueden ponerse por escrito en el lenguaje terrenal y el esfuerzo no será inútil. Por ello intento expresarlas groseramente para traer algunos recuerdos del mundo maravilloso y arcaico, por nadie hollado, que existe detrás del alma humana.






Vuelvo a esta esfera del mundo impelido por una fuerza a la que no puedo resistir. Por lentas etapas adquiero conciencia de lo que me rodea. Descubro que estoy sentado todavía en la sala del Maharishee, al parecer completamente desierta. Mis ojos distinguen el reloj; por la hora, los discípulos y visitantes deben estar cenando. Me doy cuenta de que hay alguien a mi lado. Es el jefe de estación jubilado, con sus 75 años, sentado a lo sastre y fija en mí su bondadosa mirada.
—Usted ha estado en trance casi dos horas —me dice. Su rostro surcado por las arrugas de la edad, donde antiguas preocupaciones han dejado su rastro en forma de líneas, rompe en una sonrisa como si se regocijara por mi felicidad.
Trato de responder pero con gran sorpresa mía descubro que he perdido el habla. Pasa casi un cuarto de hora antes de que la recobre. Mientras tanto el anciano agrega:
—El Maharishee lo observó atentamente todo el tiempo: creo que sus pensamientos le guiaron.
Cuando el sabio vuelve a la sala, los que le siguen ocupan sus respectivos lugares, para el corto intervalo que precede al cese nocturno de las actividades. Se echa en el diván y cruza las piernas, coloca el codo en su muslo derecho, manteniendo el mentón con el brazo levantado y con dos dedos en la mejilla. Nuestras miradas se encuentran a través del espacio que nos separa; continúa observándome fijamente.
Cuando alguien baja las mechas de las lámparas, siguiendo la costumbre, me llama poderosamente la atención otra vez el extraño brillo de las calmas pupilas del Maharishee, que a través de la semiobscuridad parecen estrellas dobles. 





Recuerdo que nunca he encontrado en hombre alguno ojos tan nobles como los de este último descendiente de los rishees hindúes. En tanto que la mirada humana puede reflejar el poder divino, la del Maharishee posee esa cualidad.
El humo intensamente perfumado del incienso asciende en suaves volutas, mientras observo esos ojos que nunca parpadean. Durante aquellos cuarenta minutos que pasan tan extrañamente no digo nada y él no me dice nada tampoco. ¿De qué sirven las palabras? Ahora nos entendemos mejor sin ellas, pues en aquel profundo silencio nuestras almas tienden a una bella armonía; por esa telegrafía óptica, recibo un mensaje claro y sin palabras. Ahora que he captado una visión fugaz, pero maravillosa y memorable, del punto de vista del Maharishee, mi propia vida interior ha empezado a entremezclarse con la suya.



Al caer la tarde me despido de todos excepto del Maharishee. Me siento muy contento, pues he ganado la batalla por la certidumbre espiritual, sin sacrificar mi racionalismo por una fe ciega. Sin embargo, cuando el Maharishee sale al patio conmigo un poco más tarde, mi satisfacción me abandona de repente. Este hombre me ha conquistado de extraña manera y afecta profundamente mis sentimientos tener que abandonarlo. Me he atado a su propia alma con invisibles cadenas, más duras que el acero, aunque sólo ha intentado devolver un hombre a su propio yo y no esclavizarlo. Me ha conducido a la benigna presencia de mi yo espiritual y me ha ayudado, a mí, el pesado occidental, a traducir un término sin sentido en una experiencia viviente y santificadora.


Algunos "milagros" o fenómenos excepcionales atribuidos a Ramana.


Resultaría inconcebible que alrrededor de un perasonaje tan excepcional como Ramana, no se hubiese tejido alguna red de leyendas o fenómenos excepcionales, como decíamos anteriormente, poca cosa en realidad, si lo comparamos con otros Gurús, como Sathya Sai Baba, por ejemplo que hicieron de ellos un verdadero espectáculo; pero como dicen en Galizia "haberlos, hailos". Aparte de bilocalizaciones -estar en dos partes a la vez-, o de aparecerse a alguien después de muerto, que deberían ser estudiadas más atentamente para emitir un juicio,  en la página web: 



Se explican las siguientes anédotas: "En una de mis visitas a Skandáshram me di cuenta de que Bhagaván tenía la pierna llena de sangre. Se acababa de bañar y se estaba secando con una toalla. «¿De qué es esa herida?», le pregunté, muy preocupado. Él no se había dado ni cuenta y me respondió: «Pues no lo sé». «Bhagaván, ¿cómo puede ser que ni siquiera te des cuenta de que la pierna te está sangrando?». Me sorprendía que no fuera consciente de una herida tan grande. Tras considerar todas las posibilidades, Bhagaván constató: «Se me debe de haber caído un trozo de carbón del incensario y me ha hecho una quemadura». Fui a buscar una pomada, que le apliqué en la herida, y pensé hasta qué punto Bhagaván está distanciado de su cuerpo, pensamiento que se vio reforzado por otro incidente que se produjo un día en que Bhagaván y yo íbamos caminando por la senda del bosque que rodea a la montaña. De repente, pisé un pincho y, cuando Bhagaván se dio cuenta de que me había quedado rezagado, se detuvo, regresó donde yo estaba y me quitó el pincho del pie. A los pocos metros, fue él quien pisó un pincho. Corrí hacia él, le levanté el pie y me quedé perplejo al ver su planta del pie plagada de espinas, algunas de hacía tiempo y otras más recientes. Levanté su otro pie y descubrí que tenía otros tantos pinchos clavados.
«¿Qué espinas piensas quitar? —me preguntó entre carcajadas—, las viejas o las nuevas?». Entonces aplastó el pincho que se acababa de clavar contra el suelo, con ese mismo pie, y siguió caminando tan contento, acompañado por mí. ¿Qué mejor prueba puede haber de que Bhagaván no tenía nada que ver con su cuerpo? Echando la vista atrás, creo que Bhagaván permitió que yo le viera comportarse de esa forma para que me quedara bien claro que había dejado de identificarse con el cuerpo por completo.

(...)



El hecho de que Bhagaván fuera capaz de caminar sin reparar en los pinchos que se le clavaban no significaba que no tuviera la piel sensible. Me di cuenta de eso con la llegada de algunos devotos que iban de peregrinaje a Pandharpur y que se quedaron a comer en eláshram. Antes de marcharse, fueron a despedirse de Bhagaván y le abrazaron, de lo cual me aproveché para abrazarle yo también. Al abrazarle, vi que la piel de su cuerpo se había puesto roja.
«¿Qué te ha pasado? —le pregunté—. ¿Por qué se te ha puesto la piel tan roja?». Bhagaván respondió: «Es que me han abrazado como si estuvieran abrazando a la estatua de la divinidad en Pandharpur y, allí, el dios es de piedra pero, aquí, el cuerpo tiene piel, y la naturaleza de la piel es ponerse roja». Llegué a la conclusión de que el cuerpo de Bhagaván es tan puro y delicado que cualquier roce le dejaba una marca.
Bhagaván no era consciente del dolor corporal. Sencillamente, no le afectaba el dolor. De hecho, es posible que experimentara más dolor que cualquiera de nosotros ya que no sólo padeció muchas enfermedades dolorosas sino que también experimentaba dolor cuando se le acercaban algunas personas. En una ocasión me contó que, cuando algunas personas llegaban para inclinarse ante él, físicamente sentía como si lo apalearan. Me imagino que debía de tratarse de unos pecadores tremendos para que Bhagaván se viera afectado de semejante manera.

(...)




Al hablar con él, me di cuenta de que las encías se le habían reducido mucho. «Eres más joven que yo —le dije—. ¿Por qué tienes tan mal la dentadura?». Bhagaván respondió: «Una vez, una persona me dio veneno para ponerme a prueba. Aquello no me mató pero me desgastó las encías».
Más adelante en el libro, David Godman resume brevemente en una nota este incidente del veneno:
Cuando Bhagaván vivía en la colina, un sadhu intentó envenenarlo movido por los celos. Bhagaván se tragó el veneno siendo plenamente consciente de lo que hacía pero casi no le hizo ningún efecto. Le pregunté personalmente a Ramanasuami Pilai sobre este incidente, ya que él estaba presente ese día, y me dijo que Bhagaván se quedó sentado, inmóvil, «resplandeciente como Buda».
El verso (de Sivaprakasam Pilai) al que alude la nota acaba bellamente con estas palabras: Benditos sean los pies del Ser para el que hasta el veneno es néctar.

(...)

Una vez le escuché hacer una interesante observación sobre los gñanis y sus poderes: 
«Hay dos tipos de gñanis: los siddhas y los suddhas. Los siddhas saben que tienen poderes extraordinarios. En cambio, los suddhas, que también los tienen, no tienen ni idea de que los tienen». 
En mi opinión, Bhagaván se incluía a sí mismo en la categoría de suddha porque el poder fluía a través de él y se manifestaba de múltiples, extrañas e inexplicables maneras, pero él nunca fue consciente de que provocara ninguno de los hechos maravillosos que le atribuían sus devotos.
«Bhagaván, ¿es cierto que los gñanis conocen los tres aspectos del tiempo: pasado, presente y futuro?».
Bhagaván respondió: «Para ellos, eso es una nimiedad. Saben todo lo que sucede en los tres estados —vigilia, sueño y sueño profundo— y también todo lo que sucede en el mundo». 

(...)


El siguiente incidente fue lejos del áshram, pero como la familia de Rangan eran muy devotos de Ramana, no se olvidaban de recurrir a él en los momentos de dificultad (es uno entre varios relatos que describe previamente):
Mi hija mayor desarrolló un trastorno mental y se cayó en un pozo. Nos dimos cuenta de que había desaparecido pero no teníamos ni idea de qué le había sucedido. La buscamos por todo el pueblo hasta que se nos ocurrió mirar en el pozo. En la primera inspección, no descubrimos su cuerpo pero, ante la insistencia de mi esposa de que siguiésemos inspeccionando, la buscamos de nuevo y la encontramos. Cuando la sacamos a la superficie, nos dimos cuenta de que ya estaba muerta. Al ver su cuerpo sin vida, mi mujer corrió hasta casa e imploró ante la foto de Bhagaván:
«Bhagaván, si es verdad que todos estamos sanos y salvos exclusivamente por tu gracia, haz que mi hija vuelva a respirar». Después de pronunciar estas palabras, aplicó la vibhuti [ceniza sagrada; en este caso procedente del áshram de Ramana Maharshi] al cadáver y, casi inmediatamente, nuestra hija comenzó a respirar de nuevo."

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