diumenge, 1 de novembre de 2015

EL CONSUMO DEL OPIO Y SU PRESENCIA EN EL ARTE EUROPEO.

¡Oh! Justo, sutil y poderoso opio. Tú construyes sobre el seno de la oscuridad, fuera de la fantástica imaginación del cerebro, de las ciudades y templos allende el arte de Fidias y Praxiteles, allende el esplendor de Babilonia y Hecatompilos; y de la anarquía de los sueños llamas dentro de la luz solar a los rostros de bellezas largamente enterrados y los benditos amparos del hogar, limpiando de deshonras la tumba. Tú solamente das esos regalos al hombre; y tú tienes las llaves del paraíso, ¡oh, justo, sutil y poderoso opio!". Tomas de Quincey



La redacción de la entrada sobre la escultura minoica, y muy especialmente la Diosa de las amapolas, que pude observar en el Museo Arqueológico de Heraklion en Creta, despertó en mi interior la necesidad de realizar la presente entrada. Me parecía necesario, dar a conocer -como vengo haciendo en éste blog desde sus inicios- las relaciones existentes entre determinadas substancias -a las que convengo en denominar enteogénicas- o plantas, hongos, etc., y los cambios de conciencia y percepción por ellas producidas y que -en mi opinión- se encuentran en el orígen de la espirtualidad, de la religión, no entendidas como normas, reglas, leyes de obligado cumplimiento, o un forzado sistema de creencias, sino como aquello que nos permite volver a unirnos con la naturaleza, con ese "algo se mueve" que Giovanni Papinni pone en boca de Albert Einstein, para definir el último conocimiento de la Realidad a la que puede llegar el pensamiento humano. 
Cumpliéndose una vez más, aquella verdad que dice que cuando empiezas a buscar sobre algo, se vuelve infinito y de que todo se relaciona con Todo, descubriremos que como sucede en un caleidoscópio, a cada movimiento surge un nuevo orden que lo reconstituye de forma diferente, aunque sea similar. 




Desde mediados del siglo xx se ha incrementado el consumo de drogas en las sociedades occidentales y por esta razón tiende a pensarse que es ésta una conducta reciente. Ése al menos es el caso de los productos de síntesis, pero no puede decirse lo mismo de la amplia variedad de plantas con propiedades psicoactivas que se encuentran en la naturaleza, cuyo consumo directo o tras sencillos métodos de procesado (infusiones, fumitorios, emplastos, etc.) produce una modificación transitoria de la consciencia al consumidor.
Estas especies crecen libremente en el continente europeo y, por tanto, parece lógico pensar que nuestros antepasados pudieron servirse de ellas con diversos fines. 





¿Pero cuándo y cómo se descubrieron los efectos psicoactivos de esas plantas?
Las sociedades preindustriales han basado su subsistencia en la explotación de los recursos naturales, desarrollando un gran conocimiento de las propiedades de la flora y fauna de su entorno. Bien por medio de la observación de los efectos que ciertos vegetales provocaban en los animales, bien por la autoexperimentación, es de suponer que pronto se harían responsables a determinadas plantas de esos curiosos comportamientos. 
De hecho, el empleo de potentes drogas está muy bien documentado en el seno de algunos pueblos primitivos actuales (por ejemplo, los rapés psicotrópicos y las pociones de ayahuasca en varios grupos de la cuenca del Amazonas y del Orinoco; el cactus Peyote en ciertos grupos mexicanos como Huicholes y Tarahumaras, entre otros; los honguillos alucinógenos de comunidades tradicionales de Mesoamérica; la coca en Sudamérica, fundamentalmente en el ámbito andino, por citar algunos) quienes se refieren a ellas como «plantas de los Dioses» y las tratan con respeto y veneración, ciñendo su consumo casi exclusivamente a la celebración de ceremonias religiosas. 
Existe afortunadamente una abundantísima literatura sobre ello, en éste mismo blog encontraréis bastantes entradas dedicadas al tema, pero me permito recomendaros el de :




que podéis descargaros aquí:


https://espaciolibremexico.files.wordpress.com/2012/04/5988651-planta-de-los-dioses-albert-hofmann.pdf


Estas sociedades se hallan en unos niveles de desarrollo socioeconómico y tecnológico similares a los de las poblaciones prehistóricas de Europa, lo que nos hace pensar que también éstas albergarían este tipo de prácticas.
Diversas evidencias permiten rastrear los orígenes del consumo de drogas en el Viejo Mundo, sugiriendo así que esta práctica tiene una gran antigüedad. Una de las especies que ofrece mayor número de testimonios en este sentido es la adormidera (Papaver somniferum), de cuyo látex se obtiene el opio.





Por su parte, la adormidera, Papaver somniferus L., de la familia de las papaveráceas, es una típica planta herbácea mediterránea que se documenta en la Península ibérica, el Magreb, S de Francia, las islas del Mediterráneo, S de la Península itálica hasta Grecia y Chipre. Se trata de una maleza anual, de tallo derecho, que abunda en los cultivos de gramíneas, y se reproduce con facilidad, floreciendo en numerosos ambientes geográficos. Su fruto es de tipo capsular ovoide o esférico y se sitúa sobre un pedúnculo hinchado. Se encuentra, asimismo, esporádicamente en márgenes de caminos y escombreras. 




Según Zohary y Hopf (1988, 123-125), fue cultivada en el pasado con dos propósitos fundamentalmente. En primer lugar, es muy conocida y está bien documentada a través de la arqueología y las fuentes clásicas (González Wagner, 1984,33-36), la extracción del opio de la sub especie somniferum Corb. Así, la adormidera se ha destacado por sus propiedades medicinales y usos terapéuticos analgésico-narcóticos, antitusígenos y antiespasmódicos, configurándose desde la Antigüedad como una planta psicotrópica de poderes reconocidos.  La hoja de esta planta se utiliza para la realización de bálsamos y su cápsula en infusiones, posee estas propiedades anestésicas y sedantes. Del mismo modo, otras variedades como la subespecie hortensis (Hussenot) Corb. han sido cultivadas por sus semillas, ricas en aceite. 
Tras un análisis de la dispersión de la variedad de restos silvestres en el área del Mediterráneo se puede decir que P. somniferum no pertenece al inicial primer ciclo de cultivos del Próximo Oriente, sino que es representativa de un segundo círculo de plantas domesticadas que se añadieron al núcleo oriental inicial (Zohary y Hopf, 1988,125). 
Las primeras semillas y cápsulas fueron descubiertas en Centroeuropa con cronologías del Neolítico Medio y Tardío (c. 3000 a.c.). También los egipcios conocían el opio procedente de la adormidera.  En la Península ibérica contamos con antiguas testimonios de P. somniferum, tal es el caso de la Cueva de los Murciélagos de Albuñol (Zuheros, Granada). A través del análisis de materiales de las excavaciones de L. Siret se descubrieron cuatro cápsulas de adormidera (Hopf y Muñoz, 1974). Una semilla fue hallada en un cestillo de esparto, trabajado con técnica cordada, depositado en la cueva, cuyo análisis de C-14 libera una fecha del 3400 a.C (Alfaro, 1980, 118-119, Lám. IIl.e). En el interior de este pequeño cestillo cilíndrico se halló, además, junto con la semilla, un mechón de pelo negro. La semilla pertenece a P. somniferum L., varo nigrum.




Por otra parte, las referencias escritas más antiguas en relación con esta planta se encuentran en tablillas cuneiformes de los sumerios, que datan del tercer milenio a.C., donde parece aludirse a sus efectos narcóticos, aunque esta teoría no está exenta de críticas, y ya con más seguridad en los papiros del Egipto faraónico a partir del año 1550 a.C. (Papiro Ebers), los cuales evidencian el conocimiento de las propiedades psicoactivas de la adormidera,



detalle




especie plasmada asimismo en su iconografía junto a la mandrágora (Mandragora spp.), una solanácea alucinógena rica en alcaloides psicotrópicos (fundamentalmente hiosciamina, escopolamina y atropina). 




Contamos con restos arqueobotánicos de estas y otras especies que también aparecen mencionadas en los textos egipcios, una civilización que ya en la Antigüedad era admirada por su avanzada farmacopea, y así Homero en un pasaje de La Odisea (IV, 227-232) describe a la tierra del Nilo como:
«el país donde el suelo fecundo produce más drogas cuyas mezclas sin fin son mortales las unas, las otras saludables; mas todos los hombres allí son expertos como nadie en curar, porque traen de Peán su linaje».
Las alusiones al empleo de plantas psicoactivas por parte de otras grandes civilizaciones de la Antigüedad muchas veces resultan controvertidas, ya que por un lado, las descripciones son bastante vagas barajándose varios candidatos y, por otro, el conocimiento de estos vegetales no implica necesariamente su empleo como drogas. Por ejemplo, algunos pasajes bíblicos (Éxodo, 30, 22-25; Isaías, 43, 24; Jeremías, 6, 20; Ezequiel, 27, 19; Cantar de los Cantares, 4, 14) hablan del uso de un vegetal al que se refieren como «caña aromática», epíteto que según ciertas propuestas designaría a la marihuana, aunque por el momento no contamos con evidencias probatorias.






Tampoco las representaciones artísticas permiten hacer mayores precisiones debido al esquematismo de las imágenes, por lo que no vamos a ofrecer aquí una revisión pormenorizada de este tipo de documentos.
En los textos de los autores grecolatinos proliferan las alusiones a drogas vegetales, fundamentalmente en obras de carácter botánico y médico, como los Tratados hipocráticos (siglos v-iv a.C.), Historia de las Plantas de Teofrasto (siglo iv a.C), De Materia Médica de Dioscórides (siglo i d.C.), Historia Natural de Plinio el Viejo (23-79 d.C.), De Arte Médica de Celso (siglo i d.C.), entre otras muchas. En ellas se hace mención a la adormidera, la marihuana, varios miembros de las Solanaceae con propiedades alucinógenas (mandrágora, beleño, Datura spp. belladona), junto a otras muchas plantas de similares efectos (acónito, eléboro negro, cicuta, etc.). No es infrecuente hallar, por ejemplo, indicaciones sobre las propiedades narcóticas del opio, siendo habitual recomendar su uso como somnífero. 




Buena muestra de ello la ofrece el siguiente fragmento, tomado del ensayo Acerca del sueño del célebre filósofo Aristóteles (384-322 a.C.), en el que también se hace mención a la mandrágora:
 «Prueba de ello son los narcóticos, pues todos producen pesadez de cabeza, tanto los que se beben como los que se comen: la adormidera, la mandrágora, el vino, la cizaña. Sometidos a su influencia y adormilados, parecen sufrir esa afección y se sienten incapaces de levantar la cabeza y los párpados». (Somn., 456b).
El hallazgo de cápsulas y semillas de la amapola del opio en yacimientos griegos y romanos demuestran que el cultivo de Papaver somniferum ya estaba plenamente desarrollado en el mundo clásico, seguramente para aprovechar las propiedades oleaginosas de sus simientes, pero también para asegurarse el suministro de opio, sustancia que se aplicaba en el tratamiento de multitud de dolencias por lo que el estudioso de las drogas Antonio Escohotado –al que volveremos más adelante- lo considera «la aspirina de su tiempo». No siempre se empleaba esta droga con fines curativos como indica un pasaje de la Historia Natural de Plinio el Viejo (nat. XX, 199) en el que se nos informa de que el padre del pretor Publio Licinio Cecina, habitante de la ciudad hispana de Bavilum, recurrió al opio para suicidarse. 

El escritor Stefan Zweig y su esposa, Charlotte Elisabeth Altmann, tal como fueron hallados tras su suicidio.
Además, tanto en Grecia como en Roma, las cápsulas de adormidera son un motivo decorativo plasmado en multitud de objetos (cerámicas, orfebrería,



esculturas, relieves, amuletos, sarcófagos, monedas) debido a la triple simbología que encierra esta planta: a) fertilidad; b) sueño y muerte, y c) curación; de ahí que aparezca asociada a las divinidades que la personifican (Deméter, Hera, Afrodita/Hypnos, Morfeo, Thanatos/Apolo). Aparte de su valor simbólico, es posible que esta planta desempeñara algún papel en la celebración de ciertas ceremonias religiosas, según invitan a pensar las representaciones en arcilla de cápsulas de adormidera ofrecidas como exvotos en un buen número de santuarios griegos en torno al siglo viii a.C. 



De hecho, varios siglos antes el consumo de opio desempeñó un destacado papel en los rituales de las comunidades del Mediterráneo Oriental, como tendremos ocasión de comprobar más adelante, en los que se invocaría a una divinidad femenina como la representada en la estatuilla conocida como la Diosa de las Adormideras, cuyo nombre se debe a la tiara coronada por tres cápsulas de Papaver, que remata su cabeza, de la que hablaremos un poco más adelante. 
De este modo, parece evidente que el consumo de drogas estaba ya plenamente arraigado entre las antiguas civilizaciones del Mediterráneo, quienes se servían de ellas como remedios medicinales y vehículos religiosos. Este hecho necesariamente implica un largo proceso de familiarización progresiva con estas sustancias para que las primeras sociedades históricas del Viejo Mundo alcanzaran un conocimiento tan preciso sobre sus efectos, por lo que no parece descabellado suponer que la experimentación con las drogas se inició en la Prehistoria.
Uno de los primeros indicios que llevaron a plantear esta hipótesis surgió tras el descubrimiento, a mediados del siglo xix, de la Cueva de los Murciélagos (Albuñol, Granada). En el interior de esta gruta aparecieron una serie de cadáveres cuidadosamente dispuestos junto a los que se habían depositado variadas ofrendas funerarias de apariencia antigua, entre las que se recuperaron un buen número de cápsulas y semillas de adormidera. Gracias al estudio tipológico de aquellos materiales y al análisis de ciertas muestras con la técnica del carbono 14, puede atribuirse ese hallazgo al Neolítico y fecharse posiblemente en torno al quinto milenio a.C., si bien no podemos afirmar que ya aquellas gentes conocieran las propiedades narcóticas del opio. Desde entonces se han ido recobrando restos de ésta y otras especies vegetales con propiedades psicoactivas en yacimientos prehistóricos de diferentes cronologías dispersos por todo el Viejo Mundo:




-- Se han identificado restos de efedra (Ephedra altissima), un potente estimulante natural, en un enterramiento Neandertal en la Cueva de Shanidar, en Irán, que data del 60.000 a.C., aunque no se puede precisar si su presencia debe entenderse como una ofrenda floral en honor al difunto, siendo entonces un hecho intencional, o es el resultado de la acción de algún animal, por lo que sería fruto de la casualidad.
-- Los restos de adormidera (Papaver somniferum) son abundantísimos, habiéndose documentado ya desde el sexto milenio a.C. en yacimientos neolíticos de Italia (La Marmotta) y España (La Lámpara, en Soria; Cueva de los Murciélagos de Zuheros, en Córdoba) y algo después en el Centro y Norte de Europa, y desde entonces seguirán compareciendo ininterrumpidamente en el registro arqueobotánico hasta nuestros días.
-- La presencia de Cannabis queda atestiguada desde el tercer milenio a.C., fundamentalmente a través de restos textiles (Abrigo de los Carboneros, Murcia), aunque ciertos hallazgos ofrecen una inequívoca lectura acerca de la explotación de sus propiedades euforizantes y estupefacientes. Nos referimos a una de las tumbas escitas excavadas en Pazyryk (Siberia) datada a comienzos del siglo iv a.C., en la que junto a los cadáveres de un hombre y una mujer se encontraron entre otras muchas piezas un par de braseros llenos de semillas de marihuana (Cannabis ruderalis), una bolsa con más simientes y dos grupos de 6 varillas que conformaban la estructura de sendas cabañas. Este hallazgo supone la confirmación arqueológica de un relato del historiador griego Herodoto, quien en el siglo v a.C. describió el uso de marihuana entre los escitas de una forma bastante ingenua:

«... los escitas toman la semilla del susodicho cáñamo, se deslizan bajo los toldos de lana y, acto seguido, arrojan la semilla sobre las piedras candentes. A medida que la van arrojando, la semilla exhala un perfume y produce tanto vapor que ningún brasero griego podría superar semejante cantidad de humo. Entonces los escitas, encantados con el baño de vapor, prorrumpen en gritos de alegría. Esto les sirve de baño, pues resulta que jamás se lavan el cuerpo con agua.» (IV, 75, 1-2).

-- Varios yacimientos prehistóricos han deparado semillas de especies alucinógenas de la familia de las Solanaceae, caso de beleño (Hyoscyamus niger), 






dulcamara (Solanum dulcamara) y hierba mora (Solanum nigrum). Debemos señalar el hallazgo de restos de estramonio (Datura stramonium), una especie que se creía originaria del continente americano, 





en el sitio de la Edad del Bronce de Pécs, en Hungría, fechado en el segundo milenio a.C.
-- Igualmente se ha podido documentar la presencia de esclerocios de cornezuelo de centeno (Claviceps purpurea) en yacimientos neolíticos del norte de Europa (Langweiler, Alemania; Swifterbant S3, Holanda) y en contextos de la Edad del Hierro de Dinamarca (Grauballe) y España (Mas Castellar, Gerona; Padilla de Duero, Valladolid). 




Se trata de un hongo parasitario de los cereales y de herbáceas silvestres como la cizaña, en cuya composición entran potentes alcaloides alucinógenos; no en vano la LSD-25 es un derivado semisintético de este hongo.
Asimismo contamos con ciertas representaciones artísticas de un momento avanzado de la Edad del Bronce, en la segunda mitad del segundo milenio a.C, en las que el grado de realismo es tal que no existen dudas acerca de la identidad de las plantas plasmadas. Se trata en todos los casos de escenas de indudable carácter religioso que incluyen imágenes de la adormidera (Papaver somniferum). 





Distinguimos esta especie, por ejemplo, en varios anillos-sellos de oro procedentes de los enclaves griegos de Micenas y Tisbe, datados hacia el 1500 a.C., en los que siempre aparece asociada a un personaje femenino que, siguiendo los convencionalismos del arte micénico, cabría interpretar como una diosa.



El ejemplo más claro en este sentido lo ofrece la citada imagen de la Diosa de las Adormideras, descubierta en el santuario cretense de Gazi, atribuida al 1300 a.C.. de la que hablamos sucintamente aquí:

http://terradesomnis.blogspot.com.es/2015/10/regreso-al-presente-de-la-belleza-del.html

La denominada “Diosa de las amapolas” apareció junto a otras figuras de divinidades en un recinto subterráneo en el que se recuperaron restos de carbones, lo que ha llevado a pensar que en esta estancia se inhalaran los vapores de la combustión de opio, que sería quemado en el transcurso de alguna ceremonia ritual presidida por esa imagen, de ahí que se la represente con los ojos cerrados quizás como alusión a los efectos de la droga. 







El Santuario de Gazi, un edificio con una sola habitación, que quizá forma parte de un edificio de mayores dimensiones, aunque no ha sido excavado en su totalidad, por lo que resulta difícil determinar si se trata de un "santuario independiente", de carácter público o semipúblico, o de una "capilla doméstica" de carácter privado (G.C. Gessell 1985, 44,71) o incluso de un "recinto sagrado" del tipo de los identificados por B. Rutkowski (1986, 109).
Los diferentes objetos recuperados en este lugar se encontraban directamente sobre el pavimento, aunque se ha sugerido que quizá estuvieron depositados sobre soportes de madera que no se han conservado, puesto que no existe ni un banco ni una plataforma sobre las que pudieran estar dispuestos, pero es probable también que se trate de un anexo, de un almacén, del santuario (?) aún no excavado, aunque la presencia de "figuritas de diosas", 






la mesa de ofrendas y los diferentes vasos de ofrendas hallados delante de las "diosas" son elementos que inducen a sospechar que se trata efectivamente de un "santuario".
Entre los materiales recuperados en Gazi destacan la mesa de ofrendas de terracota con perforaciones horizontales, dos "vasos de las serpientes", dos "kylikes" de pie alto, dos jarros, un vaso con pie y un cuenco que por su morfología se sitúan en el MR III B.
Sin embargo, son las estatuillas de "diosas", quizá imágenes de culto, como lo serían también las figuritas de Kannia o las de Karphi, 




los hallazgos más relevantes, junto con una "estalagmita" cuya presencia puede relacionarse con los hallazgos efectuados en el área de culto del Pequeño Palacio de Knossos.
Nos referimos a las cinco estatuillas que representan a la diosa minoica con "las manos levantadas", que fueron descubiertas en Gazi por el profesor S. Marinatos. 
De estas cinco estatuillas, la primera y más grande, 775 mm de altura (sin contar a los pines que se elevan de 2 cm de alto) que ha sido llamada por el profesor Marinatos  "La Diosa de las amapolas, Patrona de la Curación", porque lleva en la cabeza tres pasadores móviles semejantes a las capsulas de la adormidera (papaver somniferum).




Ella se hizo a partir de arcilla unos 2.300 (otros autores hablan del 1500 años a.C.). P. Kritikos, ha examinado la estatuilla ahora en el Museo de Herakleion, con miras a determinar sus implicaciones farmacológicas, y ha formulado las siguientes conclusiones: 
1.   Los tres alfileres en la cabeza de la diosa, de hecho, representan cabezas de la adormidera.

                                           



.   Las muescas verticales en las cápsulas, más profundamente coloreadas, 
  pertenecen a una de las formas típicas utilizadas para la producción de opio.
 El corte de las cápsulas, a continuación, ejecutados verticalmente, es diferente de la talla circular hoy habitual, o el patrón mixto, circular alrededor de la parte superior y luego vertical.
4.   De especial interés es la representación del artista de la coloración en las muescas: corresponde con el color del jugo seco de la adormidera.
5.   La diosa minoica parece tener los ojos cerrados, como si se encontrase en trance o en el sueño inducido por el opio.


 


6.   Especialmente impresionantes son los pliegues en las mejillas que dan un efecto como si estuviera sonriendo, y la falta de vida de la separación de los labios.





Ella tiene las manos para recibir y otorgar sabiduría. 
Su falda tubular es típica  de muchas de estas figuras y puede ser visto como una apertura para la sabiduría de la tierra, para levantarse sobre ella. 
Las Amapolas son la fuente del opio, que se ha utilizado durante miles de años, no sólo para el trance sagrado, también para el alivio del dolor. 
Muchos, si no la mayoría de los narcóticos actuales se originan en la amapola, como la morfina, la codeína. También es la fuente de la heroína. La amapola, al igual que muchas otras plantas medicinales, tiene sus lados oscuros y claros. 
La corona de esta obra la muestra como a un ser iniciado de los misterios de la amapola.
El Prof. Marinatos escribe que ya se habían encontrado otras representaciones análogas de la diosa minoica, con serpientes enrolladas alrededor de sus antebrazos o palomas sobre su cabeza (la diosa de las serpientes; una deidad ctónico o del hogar ', y la diosa de las palomas: 



una deidad del cielo o del amor). La diosa con las manos en alto se encuentra con frecuencia en una amplia zona del mundo prehistórico y probablemente fue transmitida desde la época minoica III tardía a la civilización helénica temprana en la que la misma diosa se encuentra bajo varias identidades.
1.   Expresó la opinión de que un jarrón tubular descubierto en el mismo sitio, y perteneciente, según S. Marinatos  a los equipos de la diosa, se utilizó para preparar inhalaciones de opio. Este receptáculo tenía una base y un agujero en los lados, y mantiene un notable parecido a los utilizados en Java en los primeros tiempos de la inhalación de los vapores de opio.




1.   Es de señalar que las diosas se encontraron en una habitación (presumiblemente sagrada) cerrada por todos los lados, sin puertas y sin ventanas, y, obviamente, se debía de entrar desde arriba mediante una escalera de madera que podía ser retirada. 




En la planta se encontraron los restos de un montón de carbón que debía servir para quemar la resina de opio.
A partir de las observaciones anteriores, concluyó que:
1.   La amapola y la extracción del opio a través de una muesca vertical, ya era conocida, al menos en el momento de la realización de la estatuilla, a saber: Tardío minoica III, es decir, mucho antes de lo que se aceptaba en la bibliografía hasta ese momento.
2.   Esta manera de hacer muescas sobrevivió en las Indias Orientales hasta el comienzo de nuestro siglo. 
3.   El uso del opio, con fines religiosos, al menos, era conocido en Creta en el mismo período.
4.   La importancia de la adormidera y del opio era tal que a él se debe atribuir la postura especial de la diosa con las manos en alto.
5.   De los otros objetos que se encuentran cerca de la diosa (receptáculos y carbones), debe inferirse que el opio fue tomada por la inhalación de vapores.
6.   La diosa parece estar en un estado de sopor inducido por el opio; ella está en éxtasis, el placer que se manifiesta en el rostro, sin duda causada por las hermosas visiones despertadas en su imaginación por la acción de la droga. Por esta razón, propuso que debería llamarse "la diosa del éxtasis", y por último
7.   La pasividad de los labios es también un efecto natural de la embriaguez del opio. 





A este mismo grupo pertenecen otras figuras similares halladas en Karfi, en un minúsculo santuario enclavado en el monte Dikté, correspondientes a una etapa más tardía, en pleno Subminoico, entre 1100 y 1000. 
El lenguaje formal de estas esculturas, y el empleo de ciertos símbolos, constituyen la herencia que la cultura minoica legará a las generaciones posteriores.
La utilización de la amapola en la época minoica fue más generalizada, como se muestra por nuevos descubrimientos arqueológicos en otras partes de la isla. Así, en una tumba en Pachyammos en el distrito de Hierapetra, fue encontrado el tarro, de la época minoica III Tardío (1.300 hasta 1250 aC). En el cuerpo de la jarra de la cabeza de adormidera es retratado entre los cuernos sagrados y está custodiada por las aves. Esto revela el carácter atribuido sagrado.
Un tarro cubierto con los cuernos sagrados y el motivo de la amapola la planta por los minoicos. En la tapa de la jarra es la imagen de un pájaro desgarra la cápsula de la amapola.




En Mouliana en Creta fue encontrado en una tumba un pasador de 17 cm de largo, la cabeza de los cuales era similar a los encontrados en Micenas, Tirinto, Argos y otras áreas helénicas, que, en nuestra opinión, tienen la forma de cápsulas de amapola (cf. "La amapola en Corinto").



Christian Zervos escribe que la amapola se debe agregar a la lista de las plantas sagradas de los minoicos porque su cápsula contiene diversas sustancias estupefacientes que consideraban como símbolos de inmortalidad.
Debemos tener en cuenta con especial énfasis la peculiaridad original de los incensarios, comentado por el profesor Marinatos,  y otros objetos en el Museo Herakleion cedidos por excavaciones en Creta, que por la naturaleza de su mano de obra pueden ser asumidas a se han utilizado para la toma de opio por inhalación nasal.
Esto ocurrió tan sólo en la isla de Creta, convertida a partir de entonces en una provincia casi marginal dentro del arte griego.
No obstante, ni el hallazgo de restos arqueobotánicos de vegetales psicoactivos en contextos prehistóricos ni su plasmación como motivos decorativos en objetos de esa época implica necesariamente su empleo como drogas, ya que hay que tener en cuenta otra serie de opciones. Puede que su presencia no se deba a un hecho intencional y que esas plantas llegaran al yacimiento como malas hierbas, por medio de animales, como contaminaciones modernas, etc. Es igualmente posible que las comunidades prehistóricas se sirvieran de estas plantas con otros fines, por ejemplo, por el valor alimenticio de las semillas de la adormidera, o como fuente de fibra en el caso del cáñamo. Sin embargo, tampoco debemos pensar que así fuera en todos los casos, y de hecho contamos con los resultados de ciertas analíticas que han detectado alcaloides y metabolitos de drogas en útiles prehistóricos y restos esqueléticos de las poblaciones de aquella época, respectivamente.



El procedimiento más usual para detectar esas sustancias en piezas arqueológicas parte en primer lugar de la observación de indicadores microscópicos en las muestras, para lo cual suele aplicarse la técnica de microscopía electrónica de barrido (MEB) combinada con el microanálisis de rayos X (EDX), los cuales permiten apreciar el microrrelieve de los residuos y conocer así su composición química, cualitativa y cuantitativa. Para detectar compuestos orgánicos se aplica la técnica combinada de la cromatografía de gases (GC) y la espectometría de masas (MS). Diversas muestras arqueológicas de diferente naturaleza y cronología se han analizado mediante estas técnicas y, en algunos casos, se ha podido confirmar su vinculación a drogas vegetales.
Estas técnicas han permitido documentar la presencia de alcaloides de drogas en utensilios arqueológicos y sus metabolitos en restos de diversas poblaciones pretéritas. En algunos casos se ha verificado la antigüedad del consumo de ciertas drogas en un área determinada, cuyo uso está muy arraigado entre la población nativa. Así, se ha podido detectar el mascado de hojas de coca (Erythroxylon spp.) por parte de poblaciones andinas en momentos anteriores a la conquista de América entre todos los grupos de población, ya que se han hallado trazas de derivados de cocaína incluso en momias de fetos y bebés, lo cual puede responder a la transmisión de estas sustancias de las madres a sus hijos a través de la sangre o de la leche materna, respectivamente, o a la administración de infusiones de hojas de coca a los niños. 




En muestras capilares de una momia de época inca perteneciente a una mujer se han hallado trazas de nicotina, un alcaloide presente en miembros de la familia de las Solanaceae a la que, por ejemplo, pertenece el tabaco. Este mismo alcaloide se ha hallado en residuos depositados en pipas procedentes del este de Norteamérica atribuidas al período cultural Early Woodland, el cual se desarrolló en el primer milenio a.C., demostrando que el consumo de tabaco tiene una larga tradición en el continente americano. También en Asia pronto se empezaron a consumir diversas plantas psicoactivas, como indica el hallazgo de nicotina en restos de antiguos habitantes de China, y de residuos de bétel (Areca catechu), 





un estimulante natural de uso muy extendido entre las poblaciones del Índico, en restos óseos de individuos enterrados en tumbas excavadas en Nui Nap, al norte de Vietnam, atribuibles a la cultura Dongson, hacia el 500 a.C.
A pesar de la dificultad de detectar trazas de tetrahidrocannabinol (THC) en muestras de cierta antigüedad dada la rapidez con la que se deterioran estos compuestos, en algunos casos se ha podido documentar el empleo de Cannabis como fumitorio. Así, por ejemplo, se obtuvieron resultados positivos al analizar la cazoleta de una pipa en la que aún quedaban restos de hojas y cogollos de cáñamo, recuperada en el castillo de Cornellà de Llobregat (Barcelona) en un contexto datado entre los siglos xi y xiii. Este hallazgo resulta muy interesante porque demuestra que el consumo de esta droga durante la Edad Media no se ciñó únicamente al mundo árabe, sino que también en territorio cristiano hacían uso de ella. Asimismo, se ha detectado la presencia de cannabinoides en un par de pipas recuperadas en la cueva de Lalibela, en Etiopía,





fechadas en los inicios del siglo XIV por radiocarbono.
Otros resultados, en cambio, han suscitado una gran polémica debido a sus implicaciones. Si la aparición de cocaína y nicotina en poblaciones sudamericanas prehispánicas no ha traído mayores consecuencias, no puede decirse lo mismo de su hallazgo en momias del Egipto faraónico, cuando este alcaloide únicamente entra en la composición de la coca, una planta originaria del continente americano; y al contrario, la presencia de THC en momias andinas, compuesto igualmente documentado en momias egipcias, ha desatado un gran revuelo debido a que el único vegetal que lo contiene es el Cannabis y su introducción en el Nuevo Mundo se supone posterior a la llegada de Colón. Esta aparente anomalía no se debe a una contaminación de las muestras ni a una falsificación de las momias y, de hecho, nuevos análisis han confirmado la presencia de THC, nicotina (cotinina) y cocaína en otra momia egipcia del 950 a.C., lo que ha llevado a proponer la existencia de contactos transoceánicos en época del Antiguo Egipto.




Esta polémica no ha impedido que se apliquen similares técnicas sobre muestras mucho más antiguas aún, de cronología prehistórica. Así los efectuados sobre diversas poblaciones centroeuropeas de diversas cronologías entre las que se ha detectado la presencia de ese alcaloide: una población alemana de la fase Campaniforme de mediados del tercer milenio a.C., individuos inhumados en la necrópolis del Bronce Antiguo de Franzhausen, en Austria, de comienzos del segundo milenio a.C., y ya en momentos más avanzados, individuos de época tardorromana de Lenthia/ Linz y del enclave medieval de Gars/Thanau.




Pero, sin duda, la droga de la que disponemos mayor número de evidencias que ilustran su empleo en la Prehistoria es el opio. Teniendo en cuenta la antigüedad de los restos arqueobotánicos de adormidera y el gran número de yacimientos prehistóricos en los que se ha documentado su presencia, no es de extrañar que pronto se descubrieran las propiedades narcóticas de su látex. Se han detectado opiáceos en los esqueletos de dos individuos masculinos adultos enterrados en las minas neolíticas de Can Tintorer (Gavà, Barcelona) en el iv milenio a.C. El hallazgo de restos de una cápsula de adormidera entre las piezas dentales de uno de ellos motivó la puesta en marcha de un estudio para detectar el consumo de opio entre los individuos inhumados en la cavidad, deparando resultados positivos en el caso de ese mismo esqueleto, que también presentaba una doble trepanación, y de otro con indicios de estrés ocupacional; por el contrario, no se pudieron detectar restos de opiáceos en los esqueletos de una niña y una mujer, sin que por el momento se pueda precisar si el consumo de opio en este yacimiento era un privilegio exclusivo de los varones adultos, ni tampoco si su empleo guarda relación con el duro trabajo en la mina o con prácticas medicinales.




En el segundo milenio a.C., durante la Edad del Bronce, el opio se convirtió en una valiosa sustancia adquiriendo también un destacado papel en los ritos religiosos, según sugieren aquellas manifestaciones artísticas a las que aludimos anteriormente. Nuevamente se han hallado opiáceos en otro yacimiento peninsular, así dos ricas tumbas de Fuente Álamo, en Almería, correspondientes a un hombre (tumba 68) y una mujer (tumba 111) albergaban sendos vasitos en los que los análisis de opiáceos han resultado positivos, por lo que es posible que esas cerámicas contuvieran un aceite vegetal de adormidera, aunque la presencia de fragmentos de cápsula y semillas de Papaver spp. en la depositada en la tumba femenina lleva a considerar otras opciones aparte del opio. Ciertas evidencias llevan a pensar que a mediados del segundo milenio a.C. se estableció un comercio de esta droga en el Mediterráneo Oriental. En ese momento conocen una gran difusión unas jarritas de cerámica de reducida capacidad, las llamadas cerámicas de base anular (Base-Ring Ware), cuya forma podría estar imitando una cápsula de adormidera, como una forma de anunciar su contenido en territorios fuera de Chipre, su centro productor.



Algo similar ocurre en la tumba del arquitecto egipcio Kha (1405 a.C.), en Deir-el-Medina, Tebas, donde en alguna ocasión se ha señalado la presencia de opio en uno de los recipientes de alabastro que formaban parte de su ajuar funerario, sin embargo, nuevos análisis practicados sobre ese mismo envase han resultado negativos.




A la vista de los documentos recogidos es posible afirmar que el consumo de drogas en el continente europeo se inició en la Prehistoria. Aparte de las especies vegetales con propiedades psicoactivas aquí mencionadas, estamos seguros de que las comunidades prehistóricas hicieron uso de otras muchas (pensamos, por ejemplo, en hongos psicotrópicos entre otros vegetales con similares propiedades). 



Algunas de estas evidencias sugieren relacionar estas sustancias con prácticas medicinales, pero creemos que su uso no era exclusivamente terapéutico, más aún teniendo en cuenta que muchos de los restos arqueobotánicos se han recuperado en contextos funerarios y rituales, lo que parece indicar que las drogas pudieron desempeñar una función destacada en la celebración de las ceremonias religiosas de las comunidades prehistóricas de Europa, como también inducen a pensar esas escenas artísticas de carácter cultual en las que se han representado cápsulas de adormidera. De hecho, la presencia de esta planta en este tipo de ambientes y su elección como motivo ornamental que simboliza el sueño o la muerte puede atestiguarse ya desde el Neolítico (Cueva de los Murciélagos de Albuñol) y este papel alegórico se mantendrá a lo largo de la Prehistoria para perdurar en el mundo clásico, incluso prácticamente hasta nuestros días.



La asociación o confusión (¿) iconográfica entre la diosa y las granadas/ adormideras, o frutos de la mandrágora (¿) siendo temprana, se mantendrá en el tiempo durante siglos en distintos soportes como relieves y estatuas de piedra, exvotos de terracota y bronce, vasos cerámicos, monedas, etc (Beschi, 1988).




Particularmente interesante resulta la relación de la Diosa Demeter con su hija Perséfone o Kore, a la que se halla estrechamente ligada, de modo que, a menudo, es confundida con ella, formando parte integrante de un binomio sagrado, que se complementa a la perfección y que aparece en la celebración de ritos iniciáticos. En este punto, un episodio culminante en la mitología, que dota a la diosa de una vertiente funeraria, se sitúa en el mito del rapto de la hija, eje central del culto de Eleusis. Seguimos a G. Sfameni (1986) que ha analizado el ciclo mítico-ritual eleusino, contemplando la íntima conexión entre ambas diosas y proponiendo una indagación sobre el ceremonial a partir de un análisis crítico del conocido Himno homérico a Deméter. De manera sintética, el Himno ilustra, tras el rapto de Perséfone, el dolor y resentimiento de la diosa en su incesante búsqueda, que trae como consecuencia el completo cese de la fecundidad agraria. Siguiendo la narración, la privación de los dioses de las ofrendas que los hombres realizaban en su honor, y la amenaza de la propia estirpe humana, instó a Zeus a enviar a Hermes a los Infiernos para pedirle a Hades la restitución de Perséfone a su madre. Sin embargo, la decisión de Hades obliga a Perséfone a continuar siendo su esposa, señora del mundo subterráneo, recibiendo por esta razón grandes honores y ofrendas de los hombres y privilegios de los dioses. Hades da entonces a comer a la diosa unos granos de granada por los que se establece un lazo eterno e indisoluble con el mundo subterráneo (Homero, H. Cer., 24-27). 




Es interesante, desde nuestro punto de vista, la idea del alimento -la granada como medio de unión de un espíritu vivo al reino de los muertos de Hades, dotando al fruto de unas connotaciones muy concretas al hacer posible e indisoluble esa eterna conexión con el más allá, aspecto valorado por otros autores, como ha recogido Sfameni (1986, 43). El destino de Perséfone pues, habitando una parte del año bajo tierra y dos partes en el Olimpo con la madre, implicará el retorno anual, paralelo al florecimiento primaveral, estableciéndose una correspondencia precisa entre la situación alternante de la diosa y el ritmo estacional. 
Podemos ver algunas de las más conocidas asociaciones entre las diosas Démeter y Perséfone con la cápsula de la adormidera


Detalle












El Himno homérico a Deméter, probablemente compuesto en Eleusis según la crítica en el s. VII a.e. tardío o el s. VI a.c., nos hace ver, desde otra perspectiva, la transición desde la adolescencia y soltería al matrimonio, así como el dolor que causa dicho proceso en esta pareja de divinidades femeninas (Fantham et alii, 1994, 27-33). El santuario eleusino dedicado a Deméter fue un centro reconocido en la antigüedad por la celebración de sus misterios. Se trata, en síntesis, de un complejo ceremonial  de carácter anual en honor a la pareja divina que es oficiado por los hierofantes, coronados con ramas de granado durante los grandes misterios.  En ellos encontramos todo un simbolismo vinculado a la utilización de plantas psicotrópicas que facilitan el estado de tránsito o éxtasis, como la adormidera, que junto con la granada constituye un motivo muy frecuente en la iconografía eleusina, simbolizando de nuevo el rapto marital del mito y la fértil resurrección a partir de la muerte (Gonzalez Wagner, 1984,44-45). 




En este sentido, la adormidera ofrecida a Deméter ha sido interpretada como un símbolo de la tierra -concebida como marco de nacimientos y muertes u olvidos y resurgimientos y a su vez, de la fuerza del sueño y el eterno olvido que se apodera de los hombres tras la muerte y antes del renacimiento (Chevalier y Gheerbrant, 1988, 51). Precisamente de estas dualidades participan los iniciados en los misterios eleusinos: el proceso de la muerte y el renacimiento o la supervivencia a través de la dedicación a la diosa. Esta aparente oposición de conceptos no es contradictoria en las concepciones religiosas y míticas del mundo antiguo donde aspectos contrarios como la muerte, la fertilidad y la vida se sintetizan y complementan.
Podemos concluir, por tanto, con que la granada y la adormidera, o la mandrágora, son conocidas y sus imágenes son recogidas en el mundo del Mediterráneo antiguo, desde Oriente a Occidente, con especial interés, desde nuestra óptica cronológica y cultural, en el mundo púnico, etrusco, itálico y griego. Con matices diversos según culturas y cronologías, estos motivos han sido dotados de un contenido simbólico muy interesante que, en definitiva, tiene un referente en el mundo funerario y religioso, así como en los ritos propiciatorios de fecundidad, dentro de las concepciones de la antigüedad en las que ideas aparentemente contrarias aparecen asociadas.
Veamos algunos ejemplos de utilización de la imagen de la capsula de la adormidera en algunos monumentos funerarios.













Aunque sin duda, la más impresionante sea ésta:





Aunque en nuestros dias, a causa de la mala fama que ha adquirido la adormidera, sería inconcebible una lápida semejante, resulta evidente, que hasta no hace demasiado tiempo, la iconografía de la cápsula de adormidera, como símbolo del sueño, del "sueño eterno", la muerte, pero tambien de la regeneración, resurrección era algo frecuente.

Veamos que nos dice Antonio Escohotado en su magnífica obra: “Historia General de las Drogas” 





que podéis descargaros aquí:


http://www.4shared.com/office/2ritrcEmba/HISTORIA_DE_LAS_DROGAS.html



«La adormidera, desde siempre símbolo del sueño y el olvido, tiene además la propiedad de estirar el tiempo casi hasta el infinito; no el tiempo de los relojes, sino el que es enteramente posesión del hombre, a la vez presente y ausente. Es el mayor de los lujos: tener un tiempo propio.» E. Jünger, Acercamientos.






"Los padecimientos tienen mil orígenes e intensidades. Pueden ser un leve dolor de cabeza constante y un cólico nefrítico agudo, cuando no la pérdida de alguien muy querido, un descontento consigo mismo, el trauma de sufrir una intervención quirúrgica o la premonición de una muerte próxima. Sería ridículo hacer frente a distintas fuentes e intensidades de padecimiento con los mismos recursos, y por eso los humanos han ido inventando remedios adaptados a cada condición.
La diferencia antes apuntada entre dolor y sufrimiento (duele más un martillazo en la yema de un dedo que su amputación de un hachazo, aunque cause incomparablemente menos sufrimiento) no significa tampoco que sean cosas unívocas o monolíticas. Si me está torturando una muela empleo un analgésico hasta acudir al dentista, y si él extrae la pieza en cuestión no emplea ese analgésico sino otro muy distinto, que se denomina analgésico local, pues el dolor que provoca la infección no es comparable al que provoca la extracción.
Para empezar, ciertos dolores y sufrimientos vienen de dentro, mientras otros vienen claramente de fuera; los hay crónicos y ocasionales, soportables con algo de entereza y absolutamente insoportables, morales y orgánicos, vergonzosos y dignos, previsibles e imprevisibles.
Las principales drogas descubiertas para hacer frente a estas pérdidas de paz caben genéricamente en la idea de narcótico -palabra griega que significa cosa capaz de adormecer y sedar-, pues mientras no podamos poner remedio a la causa del desasosiego, una solución que permite recobrar fuerzas es mantenerse adormecido o sedado. 




Sin embargo, hoy se llaman narcóticas muchas sustancias que no serían llamadas así por los antiguos griegos, y -cosa más sorprendente aún- se consideran narcóticas algunas sustancias que excitan e inducen viajes (como la cocaína y el cáñamo), porque el término ha pasado a ser una expresión legal y no farmacológica. Resulta así que son estupefacientes o narcóticas las drogas prohibidas, y no estupefacientes o narcóticas las autorizadas, con total independencia de sus efectos psicofísicos.
Se trata de drogas con composiciones muy distintas, no ya al nivel de un grupo y otro, sino dentro de cada uno. Unas son derivados de plantas, otras de la urea, el alquitrán de hulla, el aceite pesado, diferentes destilaciones, etc. En realidad, no tienen nada en común sino aportar cierta medida de paz a un ánimo, y esto lo logran de modos y en grados enormemente distintos.
Pero lo que tienen en común basta para determinar algo innegable: todas las drogas apaciguadoras son adictivas. Por adictivo se entiende aquel fármaco que -administrado en dosis suficientes durante un periodo de tiempo lo bastante largo- induce un cambio metabólico, y si deja de usarse desencadena una serie de reacciones mensurables, llamadas síndrome abstinencial. Es del máximo interés tener presente que cada una de estas drogas requiere dosis distintas, durante periodos distintos, para alcanzar el nivel de acostumbramiento, y que el síndrome abstinencial en cada una resulta también muy distinto, tanto al nivel de síntomas como al de peligro para la vida o el equilibrio psíquico.
Opio 




Algunos reconocidos consumidores de opio.
Actualmente es muy difícil encontrar opio salvo en Asia Menor y Oriente, aunque la adormidera sigue creciendo silvestre en buena parte de Europa y Rusia. Los principales cultivadores legales del mundo (a fin de obtener codeína, sobre todo) son India, Australia, Hungría, Bulgaria, Unión Soviética y España.
La adormidera es una hierba anual, que alcanza entre 1 y 1,5 m. de altura y no plantea problemas de cultivo, pero es más caprichosa que el cáñamo, por ejemplo, y a veces sencillamente no brota; la mejor siembra se hace a finales de otoño, aunque puede hacerse otra a principios de primavera, cuando falta poco para recoger la otoñal. Su rendimiento en opio y semillas (usadas con fines gastronómicos) han hecho de ella una planta única para terrenos muy duros de cultivo y mal comunicados, pues incluso allí resulta rentable para el agricultor. La calidad del producto crece en proporción al arraigo de su cultura en cada lugar; Andalucía, Turquía, Grecia y Persia obtienen opio de hasta tres veces más contenido en morfina que Laos o Birmania, y del doble que en India.
Cuando las semillas están todavía inmaduras, una leve incisión en la cápsula produce un látex blanco que al contacto con el aire se torna marrón (y en algunos tipos de planta negro). Esas gotas son acumuladas y constituyen una masa maleable de opio crudo, que se convierte en opio cocido (lustroso y quebradizo) mediante procedimientos como fumarlo en ciertas pipas o cocer en agua esa materia, cuidando de hacerlo justamente el tiempo debido y sin sobrepasar los 80º. Esos procedimientos son importantes, pues el opio crudo es mal asimilado por el estómago, y peor aún por otras vías.




El sistema que practican algunas zonas de Irán es quizá el más refinado, y el que mejor aprovecha el producto en sus distintas etapas. Las incisiones se hacen a la hora del crepúsculo, y el látex es recolectado al alba. La masa resultante, recogida primero con espátula en placas y luego acumulada sobre una superficie, es batida allí con grandes rodillos que accionan varias personas, quizá para producir un calentamiento adicional que permita fumarlo sin daño para el pulmón. Las barras -con color de yema tostada- se fuman poniéndose junto al pequeño orificio de la cazoleta al lado de un carbón sujeto por una pinza. Lo que va acumulándose dentro de la pipa (el opio curado), se puede volver a usar -fumado, comido o bebido-, pero esas primicias son apreciadas por sus virtudes estimulantes. La gentileza de un iraní me permitió comprobar que, en efecto, el producto apenas tiene entonces propiedades narcóticas.
Las grandes diferencias en actividad entre unas adormideras y otras, de acuerdo con su localización, y las no menores que hay entre procedimientos de manufactura, hacen imposible fijar el margen de seguridad con mínima exactitud. De hecho, esas incertidumbres llevaron a descubrir los alcaloides del opio, pues sólo así podría conseguirse una dosificación precisa.





Suponiendo -lo cual es mucho suponer- que el opio posee un contenido medio de morfina próximo al 10 por 100 (un tercio menos que el de Esmirna y un tercio más que el de Bengala), la dosis letal media para un adulto puede rozar los 70 miligramos por kilo de peso, que para una persona próxima a los 70 kilos equivalen a unos 5 gramos. Sea como fuere, esa cantidad es monstruosa de una sola vez en un neófito, pues veinte veces menos producen una ebriedad notable, que dura más de seis horas. Además, se conocen casos de coma y muerte con sólo 3 gramos de una vez, y por experiencia propia puedo atestiguar que la simple dosis activa produce efectos anormalmente fuertes en personas susceptibles o alérgicas.
Ya Galeno, en el siglo II, enumeró como gran virtud del opio «refrigerar», y hoy vemos ese efecto como una cierta hibernación generalizada. Baja la temperatura, se reducen las necesidades asimilativas y, consecuentemente, baja el ritmo de funcionamiento corporal, mientras el excedente energético se distribuye como una sensación de cálida homogeneidad. Las pupilas se contraen, y al ritmo en que el sistema nervioso va perdiendo tensión el acto de respirar se hace progresivamente leve. La etapa de intoxicación grave incluye depresión y coma respiratorio, reversible o no dependiendo del momento en que se combata; cafeína, anfetamina y cocaína son, por cierto, buenos remedios inmediatos en estos casos, siempre que puedan inyectarse o absorberse nasalmente, pues en otro caso se vomitarán de inmediato. Uno de los efectos leves aunque engorrosos -especialmente en casos de administración regular- es el estreñimiento, cosa comprensible atendiendo la situación de pereza inducida en el aparato digestivo por la hibernación del organismo.




A nivel de distribución, los elementos más activos del opio dejan la sangre pronto, y se alojan sobre todo en vísceras parenquimatosas (riñon, pulmón, hígado, bazo). Sólo una mínima fracción queda en el sistema nervioso, aunque basta para deprimir las respuestas que viajan desde los centros receptores de dolor a los responsables de una reacción consciente al dolor mismo.
La tolerancia al opio es alta. Un habituado puede estar tomando dosis diez o veinte veces superiores al neófito sin experimentar efectos más marcados. También es cierto que la mayoría de los habituados antiguos -con acceso al producto puro y barato- usaron mecanismos de autocontrol periódico, reduciendo progresivamente las dosis, y que lo normal en campesinos es longevidad (comparativamente hablando), con hábitos capaces de prolongarse durante treinta o más años. Es la parte de potencial «familiaridad» aparejada a este fármaco, que reduce el coste físico y aumenta las defensas si no hay consumo desmesurado; gripes y procesos catarrales son cosas prácticamente desconocidas para el usuario cotidiano, como bien se supo desde las viejas triacas grecorromanas.
El otro lado de la tolerancia es la desmesura, que crea el ya mencionado efecto paradójico: desaparece la euforia o apaciguamiento, y en su lugar emerge un ansia de nuevas dosis para sentirse normal. Cuando alguien se encuentra en esta absurda situación -intoxicarse para no sentirse intoxicado-, puede experimentar un síndrome de abstinencia si no renueva dosis crecientes. Por eso se discute qué dosis, y cuánto tiempo, pueden ser necesarios para llegar a semejante estado. Atendiendo a consumidores muy atentos, del siglo pasado y éste, podría cifrarse dicha cantidad en 2 gramos diarios si se tratase de opio excelente, y de 4 u 6 gramos en otro caso, administrados durante dos o tres meses, hablando siempre de opiófagos o comedores de la droga. 






Si fuese fumada cabría reducir algo las cifras, y en caso de inyectarse la reducción de tiempo y dosis podría llegar al 50 o 70 por 100, aunque parece improbable que alguien decida asimilar cotidianamente tales cantidades por esa vía, ya que representan jeringas propias de ganado vacuno. Dosis inferiores no crean las condiciones para un síndrome abstinencial notable. En 1970 experimenté con 2 gramos diarios de opio farmacéutico (en tres inyecciones) durante seis días consecutivos, sin notar efectos físicos o psíquicos al retirarme, ni ansia alguna de la sustancia; dosis mayores -ensayadas inmediatamente después- me produjeron efectos básicamente desagradables, aunque sostuve su administración durante tres días más.
Interesa, pues, precisar las condiciones del síndrome abstinencial en el opio, allí donde un consumo suficiente llega a producirlo. Atendiendo a los opiómanos más elocuentes -que escribieron sobre sus abusos- habría que distinguir dos tipos de males: uno es cierta especie de gripe leve o grave (dependiendo del grado de acostumbramiento o nivel de dosis), y otro el trastorno general del ánimo. La especie de gripe se caracteriza por bostezos, sudoración, secreciones nasales, respiración agitada, temblores ocasionales, carne de gallina, calambres en las piernas y retortijones; en casos rarísimos puede haber crisis convulsivas y muerte, aunque lo normal sea que esos síntomas vayan remitiendo hasta desaparecer por completo en tres días. El trastorno general del ánimo -mucho más duradero- puede ser una pérdida de límites entre vigilia y ensoñación, terminado en un insomne desasosiego crónico, acorde con los «terrores que el opio guarda para vengarse de quienes abusen de su condescendencia». Son palabras de un literato, escritas a principios del siglo XIX.
 
Efectos subjetivos




Desde que acaba la Inquisición contra la brujería, el opio es el fármaco predilecto de muchas casas reales europeas (Suecia, Dinamarca, Rusia, Prusia, Austria, Francia e Inglaterra). El número de escritores y artistas que lo consumen regularmente ocuparía páginas enteras, y baste mencionar entre otros a Goethe, Kearts, Coleridge, Goya, Tolstoi, Pushkin, Delacroix o Novalis (ver lista imagen anterior).
Mis experiencias (Escohotado) -breves y con material muchas veces poco controlado a nivel químico- sólo tienen el valor de la primera mano. Por vía intravenosa, la sensación inmediata era un calor generalizado, que se concentraba sobre todo en el cuello, seguida por un largo período de ensoñación que va convirtiéndose muy poco a poco en sopor puro y simple, terminado por un largo sueño. Moverse suscitaba vómito, y para evitar esto -así como una marcada lasitud muscular- acabé optando por permanecer tumbado la mayor parte del día; los picores que acompañan al efecto, no desagradables del todo, fueron la principal manifestación física. Años después pude probar opio líquido de excelente calidad, casi siempre mezclado con café, que al dosificarse cuidadosamente permitía esquivar la postración. Ulteriores experiencias -por vía oral y rectal, con productos muy adulterados -no añadieron prácticamente nada al conocimiento acumulado antes.
Para evaluar el poder analgésico de esta droga hubiera debido administrarla en presencia de distintos dolores o sufrimientos. Como no fue ese el caso, únicamente puedo aludir a dos aspectos que me parecen de interés. El primero es la ensoñación en sí, que los ingleses llaman twilight sleep («sueño crepuscular»),






donde se borran los límites entre despierto y durmiente; las fuentes que elaboran los sueños dejan de ser compartimientos cerrados, y o bien la conciencia se agudiza hasta penetrar en esos dominios o bien lo subconsciente queda libre de ataduras. En cualquier caso, es algo tan insólito como estar soñando despierto, que comienza con la sensación de reposar sobre un punto intermedio, donde percibir e imaginar dejan de ser procesos separados. En ningún momento se pierde la conciencia de ese hecho -ni de hallarse uno intoxicado por algo-, lo cual explica parte de las loas habituales en conocedores. El contacto inmediato entre la esfera imaginativa y la perceptiva abre posibilidades de introspección, aunque sólo sea porque permite examinar detenidamente nuestros sueños mientras se están produciendo, sin necesidad de cortar contacto con ellos e interpretarlos cuando estamos ya completamente despiertos.
A nivel intelectual o espiritual, el segundo aspecto interesante de la intoxicación con opio es mayor distancia crítica con respecto a las cosas internas y externas. Uno no está tan comprometido con sus opiniones rutinarias como para ignorar las insuficiencias de cada criterio, y es menos difícil cambiar de idea por razones no impulsivas sino reflexivas. Al contrario de lo que sucede con otras drogas de paz, que actúan reduciendo o aniquilando el sentido crítico, la ebriedad del opio y sus derivados deja básicamente inalteradas las facultades de raciocinio, al menos en dosis leves y medias. Se diría que no apacigua proporcionando alguna forma de embrutecimiento, sino por la vía de amortiguar reflejos emocionales primarios en beneficio de una ensoñación ante todo intelectual. De ahí, también, que puedan irritar más de lo común intromisiones, ruidos y actitudes de otros, cuando bajo los efectos de alcohol o somníferos, por ejemplo, ese tipo de estímulo se pasa por alto, e incluso se agradece. 





Sin embargo, es rarísimo que la irritación desemboque en conducta agresiva (su elemento es más bien la ironía, o el deseo de aislarse), al revés de lo que acontece con otras drogas de paz, pues además de faltar el nivel habitual de impulsividad falta disposición a moverse, chillar, etc.
Experimentos hechos con distintos animales -aves, insectos, ganado- muestran que reduce espectacularmente la agresión intra y extragrupal.

Principales usos

Las dificultades de dosificar con exactitud, derivadas a su vez de las variables composiciones de cada opio, hicieron que la medicina occidental prefiriese usar alcaloides (morfina, codeína, papaverina, noscapina, etc.) para fines analgésicos y de otro tipo. El opio apenas si se emplea como astringente o antidiarreico en algunos preparados, y atendiendo a la mala fama actual se diría que no sirve para nada.
A mi juicio, sigue siendo la mejor droga de paz. Sus defectos los tienen, en mayor medida aún, aquellos fármacos que pretenden presentarse como sustitutos suyos mejorados. En buena parte de Asia y Europa era habitual emplear opio en pequeñas dosis hasta con bebés y niños pequeños, a título de sedante, y para adultos deberían distinguirse dos usos básicos. El ocasional -contra dolores y sufrimientos, desasosiego, angustia y, en general, estados de ánimo marcados por la ansiedad- y el regular; este segundo tiene poco sentido antes de acercarse el fin de la segunda edad, y en algunos casos parece indicado (controlando suavemente el aumento de dosis) para recorrer la tercera hasta su término.
El uso ocasional, arriesgado en proporción a la falta de familiaridad de cada persona con el fármaco, tampoco tiene sentido para hacer frente a trastornos crónicos o que duren más de dos o tres meses seguidos, pues para evitar algo quizá remediable de otra manera el sujeto corre el riesgo de contraer involuntariamente una dependencia; si absurdo es cazar moscas con balas para elefantes, más aún lo es tratar de poner remedio con males superiores a la enfermedad.



Sin embargo, esto no es aplicable al empleo metódico que prepara para los sacrificios de la edad senil, y podría acompañarla. No está probado que dicha costumbre acorte la vida o envilezca el carácter; sí está probado, en cambio, que es compatible con una larga vejez y protege de varios achaques, sin duda por los cambios orgánicos que induce el acostumbramiento. Mientras no se descubra un euforizante superior, creo que si los viejos pudieran recurrir al opio -como durante milenios sugirieron los médicos- eso les defendería hoy de fármacos mucho más ásperos (y no menos adictivos) para sobrellevar la parte amarga de su condición.
Al mismo tiempo, tengamos en cuenta siempre que el síndrome abstinencial no es lo decisivo, y que si una persona quiere realmente dejar el opio no le disuadirán unos pocos días de incomodidades, reducidas al mínimo empleando un método de deshabituación muy gradual. Bastante más difícil es soportar algunas molestias a largo plazo (trastornos del sueño, por ejemplo), y un generalizado desorden psíquico. Si el individuo llegó a hacerse dependiente, tomando dosis cada vez más altas durante meses y meses, es porque tenía un previo desequilibrio, y o bien el problema dejó de existir o bien subsiste; en tal caso ahora habrá de enfrentarse a él por otros medios, y las dificultades genéricas aparejadas a cortar un hábito se añaden a las de soportar aquello mitigado o velado por él.
Por último, queda recordar que la costumbre de administrarse opio va haciéndose menos euforizante a medida que la dosis y su frecuencia aumentan. Cuando alguien ha llegado a perderse el respeto hasta el punto de no controlar su consumo, tener esa droga le producirá tanta ansia como no tenerla; si falta deberá buscarla frenéticamente, y si existe deberá emplearse no menos frenéticamente en consumirla. Veremos la situación con algo más de detalle luego, expresada por heroinómanos actuales. Practicado sin mesura, todo hábito farmacológico sabotea sus propias posibilidades de satisfacción.. Precisamente en esto radica el componente ético del asunto; podemos tratar de olvidar que el espíritu sólo es espíritu siendo libre, y tratar de olvidar que la eticidad es un desafío a la parte irracional de uno mismo. Pero cuando semejante olvido acontece, el resultado nada tiene que ver con una satisfacción.



Beata Beatrix de Dante Gabriel Rossetti quien en 1847 conoció a Elisabeth Siddal, que se convertiría en su mujer y su musa. Ella es la protagonista de Beata Beatrix, una de las obras más emblemáticas de Rossetti
A lo largo de sus años de convivencia, Rosseti realizó numerosísimos retratos de su esposa. Su obsesión por ella fue aumentando con el paso del tiempo, de tal modo, que llegó un momento en que Elisabeth vivía prácticamente recluida en el hogar, dedicándose por entero a la obra de Rossetti que no le permitía, ni siquiera, ver a las amistades de la pareja. 
Posiblemente como consecuencia de esta situación, a la que se añadió la creciente fascinación que en Rosetti comenzaba a ejercer Jane Burden, la mujer de otro de las prerrafaelitas, William Morris, Elisabeth tomó una sobredosis de láudano que acabó con su vida. 
De las 6 versiones que llegó a realizar, la primera y más célebre fue el óleo finalizado en 1870En él Elisabeth aparece como la Beatriz de Dante, con un paisaje florentino a sus espaldas, posiblemente el Ponte Vecchio. También en el fondo, a ambos lados, Dante y el Amor. 
El cuadro es un complejo compendio de imágenes simbólicas que recogen todas las inquietudes de Rossetti como artista. En la pintura se unen diferentes niveles de significado simbólico. Desde la temática más ligada a la fascinación que Rossetti sentía por Dante, hasta una interpretación ligada a la religión y el misticismo, a través de símbolos dobles, como la paloma que puede asociarse tanto a Venus, la diosa del amor y la belleza, como a la idea del Espíritu Santo.
El mensaje directo de la amapola que esta paloma parece dejar caer sobre las manos de Elisabeth es, sin duda, el de la muerte (traída por el opio), pero la imagen es también símbolo de la castidad y de la propia paz alcanzada por Elisabeth tras su muerte.



¿Qué hay sobre el uso del opio cuando ni la vejez ni un mal pasajero lo recomiendan?. Cabe decir que quien se acerque por mera curiosidad podría salir esquilmado. Pero este tipo de motivo -análogo al que mueve a recorrer un museo, leer sobre cierto tema o visitar un nuevo país- previene mucho mejor que otros la formación de hábito; si el sujeto acabara desarrollando una dependencia, es innegable que sufría (sabiéndolo o no) un desequilibrio previo. En tal caso, formaba parte de los que se acercan al opio por razones de medicación, y no de autoconocimiento.
Aunque haya excepciones, el opio inhibe la concupiscencia, haciendo que resulte muy difícil (o imposible) alcanzar orgasmos mientras duran sus efectos. Con todo, no lesiona esta función, que emerge otra vez a las seis u ocho horas de haberlo administrado.
El análisis del opio y sus derivados recomienda atender, por último, a sus virtudes estimulantes. Parece absurdo sugerir que los opiáceos son drogas productoras de energía en abstracto, como la cafeína o la cocaína, pues eso socava su condición de narcóticos o inductores de sopor. Sin embargo, unos veinte autoensayos con dosis moderadas de codeína y heroína antes o inmediatamente después del desayuno (prescindiendo de café, cacao o té ese día) me obligan a reconocer que crean una estimulación general difusa, cuyos efectos se prolongan con claridad durante tres o cuatro horas, para desaparecer luego de modo muy gradual, sin apenas inducción de cansancio o sueño.
Esta acción me parece tan innegable que considero posible engañar a un usuario ocasional de café (no a un adicto o cafetómano) sustituyendo la cafeína de tres tazas «exprés» por 5-7- miligramos de heroína o 70-80 miligramos de codeína. En ambos casos habrá una disposición superior de energía, sobre todo si la noche previa ha sido breve en sueño y la mañana está cargada de trabajo.





La principal diferencia entre la estimulación del narcótico (en dosis leves) y la del estimulante (en dosis medias y altas) es que los primeros no inducen nerviosidad o rigidez. Si creo que nunca será posible engañar a un cafetómano con heroína o codeína es porque el hecho mismo de elegir un uso intenso de cafeína delata una constitución psicosomática peculiar, más propensa a la apatía y la depresividad. Sólo una constitución que propenda a lo contrario -a estados que rozan la manía, el entusiasmo infundado-, parece capaz de asimilar los opiáceos como estimulantes, quizá porque disuelven o reducen mucho su agresividad natural. Ese tipo de temperamento propenso a sobreactuar, se sentirá pronto demasiado excitado con cualquier estimulante puro, del mismo modo que su opuesto -el apático- usará tales drogas para cortar una espontánea tendencia al decaimiento. Con todo, los apáticos no experimentarán usando opiáceos un decaimiento comparable a la rigidez nerviosa que caracteres opuestos experimentan con excitantes.
A mi juicio, tales paradojas prueban una vez más que las drogas sólo pueden comprenderse de modo realista partiendo de su función, y dicha función depende en enorme medida del carácter individual, así como de las circunstancias que rodean su empleo.
Sobre el uso de opiáceos en dosis leves, para trabajar o comunicarse relajadamente con otros, resta añadir que dos o tres días bastarán para inducir cierta laxitud inconcreta durante el resto de la jornada, y que cuatro o cinco provocarán una sensación general de fatiga, así como indicios de tolerancia. Una semana o algo más en estas condiciones, elevando algo las dosis, suscita disposiciones al letargo tan pronto como decae el efecto del opiáceo, a las seis horas aproximadamente. Esa tendencia cesará en cuarenta y ocho horas si se interrumpe el consumo. El estreñimiento, así como malas digestiones, acompañarán el cuadro de inconvenientes, sobre todo en el caso de la codeína. No conozco mejor remedio para el estreñimiento que una buena cantidad del mejor aceite de oliva (medio vaso de vino) con cada administración.





Innecesario es repetir que dosis altas de cualquier opiáceo harán honor a sus virtudes narcóticas, induciendo un característico cabeceo (dormirse y despertarse alternativamente), que impide tanto realizar cualquier tarea como mantener una simple conversación. Dosis medias reducirán a dos horas o menos el efecto estimulante, aumentando en una medida proporcional laxitud, fatiga y letargo. Mirando la cosa con realismo, el usuario puede considerar que el pago por la euforia disfrutada es una posterior reducción de energía, proporcional a la dosis; si fuesen leves, cada día de empleo se paga con otro de cansancio, y si fuesen medias la experiencia me sugiere que habrá dos días de cansancio. En otras palabras, una o dos semanas de generoso empleo -digamos dos o tres administraciones al día- producirán dos o cuatro semanas de «convalecencia».
También es cierto que para una vida desesperada no se han descubierto muchos calmantes mejores, y privar de su alivio a quienes sufren -siendo adultos para juzgar por sí mismos- no merece llamarse compasión humana".

Como siempre espero que os haya sido útil e interesante.