dimarts, 25 de novembre de 2008

5 TEXTOS LITERARIOS. I

JORGE LUIS BORGES: "LA BIBLIOTECA DE BABEL"




Caricatura de Borges.


El universo (que otros llaman la Biblioteca) se componte de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.



Reconstrucción ideal de la Biblioteca de Babel

Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

Imágenes del artista Mihai Bodo que podéis ver en http://www.artebodo.com/

A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.

Imagen de la película "El nombre de la Rosa" en la que podemos ver la biblioteca-laberinto.
El primero: La Biblioteca existe ab alterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.


Dibujo de Escher que inspiró a J.J. Ainaud para la biblioteca-laberinto.


El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)

Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.
Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.


Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.
También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.



A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.
Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.
También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.
Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).

La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.
Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.

Otra imaginación sobre la Biblioteca Infinita

JOAN MARAGALL: "ELOGI DE LA PARAULA"




"Senyors: Quina glòria pera mi haver arribat a seure en aquest lloc i ésser el primer d’alçar la veu en l’anyada! I doncs, ¿tant m’estimeu que vos fes goig pera presidir tota la companyia? Jo vull correspondre al vostre amor i dignitat que ell tot sol me concedia, parlant-vos del nostre amor comú a la raó d’ésser d’aquesta casa: fent-vos l’Elogi de la Paraula.
Diu Raimon Llull: “Tot quant hom pot sentir ab los cinch senys corporals, tot es meravella; mas car hom les coses sovent sent corporalment, per això no s’en meravella. Açò mateix se sdevé de totes les coses spirituals que hom pot membrar e entendre.”




Doncs jo crec que la paraula és la cosa més meravellosa d’aquest món, perquè en ella s’abracen i’s confonen tota la meravella corporal i tota la meravella espiritual de la nostra naturalesa. Sembla que la terra esmerci totes les seves forces en arribar a produir l’home com a més alt sentit de sí mateixa; i que l’home esmerci tota la força del seu ésser en produir la paraula.
Mireu l’home silenciós encara, i vos semblarà un ésser animal més o menys perfecte que d’altres. Però poc a poc ses faccions van animant-se, un començament d’expressió il·lumina’ls seus ulls d’una llum espiritual, sos llavis se mouen, vibra l’aire amb una varietat subtil, i aquesta vibració material, materialment percebuda pel sentit, porta en son si aquesta cosa immaterial desvetlladora de l’esperit: ¡la idea! ¡Com! ¿Sentireu la remor del vent i el soroll de l’aigua i l’eixordament del tro, deixant en vostre esperit una gran vaguetat de sentiment, i n’hi haurà prou amb què un nin menut que’s fa sentir només de molt aprop diga suaument “Mare”, per a que ¡oh meravella! tot el món espiritual vibri vivament en el fons de les vostres entranyes? Un subtil moviment de l’aire vos fa present la immensa varietat del món i alça en vosaltres el fort pressentiment de l’infinit desconegut.





¡Oh! quina cosa més sagrada! Diu Sant Joan: “En el principi era la paraula, i la paraula estava en Déu i la paraula era Déu”, i diu que per ella foren fetes totes les coses; i que la paraula’s féu carn i habità en nosaltres. ¡Quin abim de llum, Déu meu! ¡Amb quin sant temor, doncs, no hauríem de parlar! Havent-hi en la paraula tot el misteri i tota la llum del món, hauríem de parlar com encantats, com enlluernats. Perquè no hi ha mot, per ínfima cosa que’ns representi, que no hagi nascut en una llum d’inspiració, que no reflecti quelcom de la llum infinita que infantà el món. ¿Com podem parlar fredament i en tanta abundància? Per això’ns escoltem els uns als altres comunament amb tanta indiferència: perquè la habitud del massa parlar i del massa sentir ens enterboleix el sentiment de la santitat de la paraula. Hauríem de parlar molt menys i sols per un fort anhel d’expressió: quan l’esperit s’estremeix de plenitud i les paraules brollen, com les flors en la primavera: una a una, i no pas en totes les branques, sinó com a sort d’una branca. Quan una branca ja no pot més de la primavera que té a dintre, entre les fulles abundantes brolla una flor com expressió meravellosa. ¿No veieu en la quietud de les plantes l’admiració d’haver florit? Així nosaltres quan brolla en nostres llavis la paraula veritable.





¿No heu sentit mai els enamorats com parlen? Semblen uns encantats que no saben lo que’s diuen. Fan un parlar tot trencat entre la llum abundant de les mirades i la plenitud del pit bategant. I aixís les llurs paraules són com flors. Perquè, abans l’amor no parla, ¡quin bull de vida en totes les branques del sentit! ¡quin voler dir els ulls...i quan s’encreuen ardentes les mirades, quin silenci! ¿No vos haveu trobat mai en un bosc molt gran, amb aquella quietud plena de vida, que sembla una adoració de tota la terra? Doncs així adoren les ànimes dels enamorats en el brill silenciós de les mirades. I en brolla per fi una música animada, ¡oh meravella! una paraula.
¿Quina? Qualsevulla; però com que porta tota l’ànima del terrible silenci que l’ha infantada, siga quina siga, proveu de sotjar-ne’l sentit; debades: no arribareu mai al fons, i vos espantareu de l’infinit que porta en les entranyes. Aixís parlen també’ls poetes. Són els enamorats de tot lo del món, i també miren i s’estremeixen molt abans de parlar. Tot ho miren encantats i després se posen febrosos i tanquen els ulls i parlen en la febre: llavores diuen alguna paraula creadora i, semblants a Déu en el primer dia del Gènesi, del caos ne surt la llum.
I aixís la paraula del poeta surt amb ritme de so i de llum, amb el ritme únic de la bellesa creadora: aquest és l’encís diví del vers, veritable llenguatge de l’home. Diu Emerson: “No ha creat Déu les coses belles, sinó que la bellesa és la creadora de l’Univers”. I aixís sembla que Déu crea en la paraula inspiradora del poeta. Mes, oblidats sovint de la divinitat del món, i per aparents necessitats de lo contingent, menyspreuem el poeta xic o gros que hi ha en cadascú de nosaltres, i parlem interminablement sense inspiració, sense ritme, sense llum, sense música, i nostres paraules s’escorren insignificants i fadigoses, com planta que’s dissipa en fulles innombrables, ignorant la meravella de les flors que duu inexpressades en son si. I vosaltres mateixos que sóu anomenats sobre tots poetes, ¿quan serà que entrareu profondament en les vostres ànimes pera no sentir altra cosa que’l ritme diví d’elles al vibrar en l’amor de les coses de la terra? ¿quan serà que menyspreuareu tot altre ritme i no parlareu sinó en paraules vives? Llavors sereu escoltats en l’encantament del sentit, i les vostres paraules misterioses crearan la vida veritable, i sereu uns màgics prodigiosos.[...]




Aprengueu a parlar del poble: no del poble vanitós que vos feu al voltant amb les vostres paraules vanes, sinó del que’s fa en la senzillesa de la vida, davant de Déu tot sol. Aprengueu dels pastors i dels mariners. ¡Quant contemplar uns i altres en silenci la majestat del món allí on l’esperit batega amb ritme lliure i gran! ¡Quanta immensitat han reflectit en els ulls, quanta bellesa de cels blaus i de prats verds i de mars mudant sovint de color com el rostre d’una verge, i de llunes i sols, i de boires grises i de pluges tèrboles! ¡Quant vent han sentit llurs orelles i quantes rítmiques onades, i els trons que s’acosten i s’allunyen, i el bruelar dels bous i crits misteriosos en l’espai! ¡Quanta flaire d’aigua salada i herba fresca, i com llurs sentits han sigut amorosament tocats per totes les coses pures! Llurs faccions n’estan com encantades i parlen rarament; però quan parlen, llurs paraules són plenes de sentit. Recordo un jorn pel nostre Pirineu, a ple migdia, que avançàvem perduts per les altes soledats: en el desert de pedra onejanta havíem marrat tot camí, i debades interrogàvem amb ull inquiet la muda immensitat de les muntanyes immòbils. Sols el vent hi cantava amb interminable crit. De sobte, en el crit del vent sentírem un esquelleig invisible; i nostres ulls astorats, poc fets a aquelles grandeses, tardaren molt en obirar una eugassada que en un clot de rara verdor peixia. Esperançats ens hi encaminàrem fins a trobar el pastor ajaçat al costat de l’olla fumejanta que’l vailet, de genolls en terra, atentament vigilava. Demanàrem camí, i l’home, que era com de pedra, girà’ls ulls en son rostre extàtic, alçà lentament el braç signant una vaga drecera, i mogué’ls llavis.


En l’atronadora maror del vent que engolia tota veu, suraven sols dues paraules que’l pastor repetia tossudament: “Aquella canal...”, i signava enllà vagament cap amunt de les muntanyes. “Aquella canal...” : ¡que eren belles les dues paraules entre’l vent gravement dites! ¡Que plenes de sentit, de poesia! La canal era’l camí, la canal per on s’escorren les aigües de les neus foses. I era, no qualsevulla, sinó “aquella” canal; aquella que ell coneixia ben bé entre les altres per fesomia certa i pròpia: era alguna cosa aquella canal, tenia una ànima; era “aquella canal...” Veieu? Pera mi això és parlar. Recordo una nit, a l’altra banda del Pirineu, en “aquelles mountines que tan hautes sount”, que sortí de la fosca una nena que captava amb veu de fada. Vaig demanar-li que me digués quelcom en la seva llengua pròpia i ella, tota admirada, signà’l cel estrellat, i féu només així: “Lis esteles...” i me sembla que també això era parlar. Recordo, més recent, un cap al tard en una punta de la costa cantàbrica on els ponents són bells. La gent hi venia a veure pondre’s el sol en el mar. Venien enraonant, però en essent allà tothom callava davant del mar que mudava de colors. Vingueren dos homes de mar, silenciosos, i’s plantaren davant de la costa immensa; i per bona estona l’un al costat de l’altre callaren. Després l’un, sense moure’s ni girar-se al company, li digué: “Mira”. I tothom que ho sentí mirà endavant, veient cadascú una meravella pròpria. També allò era parlar: i lo que no és així, paraules buides. “Aquella canal”... “Lis esteles”... “Mira”... Paraules que duen un cant a les entranyes, perquè neixen en la palpitació rítmica de l’Univers.
Sols el poble innocent pot dir-les, i’ls poetes redir-les amb innocència més intensa i major cant, amb llum més reveladora, perquè’l poeta és l’home més innocent i més savi de la terra. I quan els poetes sàpiguen ensenyar-nos-el, aquest llenguatge sublim, i fer-nos oblidar tot altre, després d’haver-lo oblidat ells mateixos, llavors vindrà’l regne llur, i tots parlarem encantats per la música creadora. Tots parlarem mig cantant amb veu sortida de la terra de cadascú, menyspreuant l’artifici de les llengües convencionals i cadascú s’entendrà només amb qui s’hagi d’entendre; però quan parli del fons de l’ànima amb amor, se farà entendre de tots aquells que en encantament d’amor l’escoltin: perquè en amor succeeix això, que mig entendre una paraula és entendre-la més que entendre-la del tot, i no hi ha altre llenguatge universal que aquest. Perquè, ¿què vol dir llenguatge universal sinó expressió i comunicació de l’ànima universal? I si l’ànima universal és la bellesa amorosa que traspua per tota la Creació i en cada terra parla per boca dels homes que la terra mateix s’ha fet en el seu amorós esforç, l’única expressió universal serà, doncs, aquella tant variada com la varietat mateixa de les terres i llurs gents."