dimecres, 2 de desembre de 2015

EL MAESTRO ETERNO 1: PITAGORAS DE SAMOS


"En la vida de Pitágoras hay, sobre todo, ternura, o sea, esencia de humanidad. El trazo magnífico de su larga existencia se dibuja, además, sobre una época cuya evocación es tan rica en gratos escenarios, tan inagotable en gérmenes de imitación y absorción, que hoy, el representarla a través de la lectura, equivale a una dádiva inapreciable". J. Maynadé


“En el siglo VI antes de Cristo, que es el mismo siglo de la destrucción del Templo de Jerusalén, y contemporánea de Lao Tsé y Confucio en la China, del Buddha Gautama en la India, y del profeta Daniel en Babilonia, nace la escuela de Pitágoras que, también heredera de los antiguos misterios revelados por Hermes, iluminará posteriormente a la cultura griega, tanto a los presocráticos como a Sócrates y Platón. Este pensamiento hermético influyó notablemente en la cultura romana, en los primeros cristianos y gnósticos alejandrinos, en los caballeros, constructores y alquimistas de la Europa medioeval y en los filósofos y artistas renacentistas, nutriéndose al mismo tiempo de los conocimientos cabalísticos y del esoterismo islámico”.



A lo largo de los años dedicados a desentrañar el "enigma", varios son los personajes que se han ido cruzando en mi camino hacia el conocimiento y la experimentación de la Verdad. De muchos de ellos he reflexionado con vosotros a lo largo de las páginas de éste mi/vuestro blog, de otros muchos quedan aún tantas cosas por pensar y compartir...
Hoy quisiera exponeros, algunas de mis reflexiones sobre el Maestro Eterno, sobrenombre que dan algunos maestros masones, rosacruces y teósofos al Gran Pitágoras de Samos: geómetra, aritmético, matemático, astrónomo, místico, filósofo, pedagogo, músico, terapéuta... que vivió allá por el s. VI antes de nuestra era, excelso intermediario -según la tradición- entre los antiguos conocimientos de Oriente y Egipto, con el Occidente, reunificando aquello que Grecia y Europa habían casi separado absolutamente, la ciencia y la espiritualidad en un sólo todo, devolviendonos una visión del Kosmos, harmónico y equilibrado, cognoscible por la razón.
Poco sabemos en realidad de su vida y obra. Cómo suele suceder, mitos, leyendas, anécdotas más o menos inventadas, acontecimientos constatables, se entremezclan de forma inseparable, tejiendo un asombroso velo que oculta al Pitagoras -si es que existió - viviente, para dejarnos entreveer una especie de superhombre, con carácteres casi divinos: don de la ubicuidad -podía estar en dos lugares diferentes al mismo tiempo-, era capaz de preveer acontecimientos futuros, de recordar hasta veinte encarnaciones anteriores, de dominar las fuerzas de la naturaleza: vientos, tormentas, lluvia; poseer conocimientos casi infinitos en varios campos del saber, en fín, capaz de unos prodigios que la mayoría de nosotros no podemos sino desdeñar por inviables, y que en todo caso, cabe atribuir a la admiración y devoción que sus seguidores le propiciaron.
Debemos además tener en cuenta, que no existen obras escritas del propio Pitagoras. En su afán de que el conocimiento no llegase a oidos de aquellos que no pudieran utilizarlo adecuadamente, toda su enseñanza fué oral y directa, de maestro a discípulo, como era habitual en el mundo antiguo,  protegido además por un juramento de secretismo que conllevaba el castigo de la muerte a aquellos que lo desvelaran. Por ello, lo poco que podemos saber de él,  se debe a escritos de biógrafos como Jamblico, Diógenes Laercio, o a referencias más o menos indirectas de grandes pensadores como Platón (en especial el Timeo), o Aristóteles, todos ellos en general, escritos varios siglos después de la vida del propio Pitágoras.
Estando asi las cosas, el lector deberá ser muy crítico a la hora de juzgar las informaciones que sobre Pitágoras se puedan hacer aquí, o en cualquier otro lugar, no perder el sentido común -el menos común de los sentidos- y al mismo tiempo abrir los otros sentidos a lo inesperado, lo sorprendente, lo no imaginable.
Como sea que finalmente deberemos hacer un pacto entre Mitos y Logos, me gustaria recomendaros dos pequeños libritos de la maestra teosófica Josefina Maynadé, hija del tambien teósofo Ramón Maynadé, exiliado en Mejico después de la Guerra Civil española (1936-1939).
El primero de ellos es una biografia:



que podéis descargaros aquí:


http://www.4shared.com/web/preview/pdf/OpiN1GO0ba?


El segundo un estudio algó más profundo de los Versos Aurios y del pensamiento de Pitágoras 




que podéis descargaros aquí:


http://www.4shared.com/web/preview/pdf/KfBKM13ace?


Pero bueno, sin más empecemos.




Con la perspectiva de los siglos, la poesía dora y exalta las grandes vidas.
Como el epíteto de los mismos versos, la vida de Pitágoras merece también el calificativo de dorada.
La biografía del maestro de Samos deberíamos en verdad catalogarla entre aquellas primerísimas y excelsas, que podríamos llamar vidas asimiladas, cuyos postulados y virtudes se ha ido incorporando la humanidad a través de los siglos, las lecciones y las sucesivas etapas de la conciencia.
Pocas veces ocurre el fenómeno siguiente: que la distancia en el tiempo opere una creciente aproximación entre una vida alejada veinticinco siglos y nosotros.
El secreto de la proximidad se halla en la sintonización cíclica. Al cerrarse la curva de un gran ciclo de civilización, el momento en que vivió Pitágoras y el presente por que atraviesa el mundo, se asemejan.
Si sobre esas excelsas vidas, la devoción ha tejido el brocado maravilloso de la leyenda, su verdad no sólo permanece, sino que se incrementa, se desvela, se nos acerca, merced a ese espejismo seductor de las constantes históricas.
A medida que el fenómeno de aproximación y asimilación se efectúa, se glorifica de Pitágoras no sólo lo que fue, sino lo que quiso ser. Se revive, en suma, la vida y su doble: el hombre y su ideal proyectado sobre un cúmulo de indefinidos requerimientos presentes.
He aquí su dádiva completa a la posteridad, con la aportación actual de aquel filósofo, pedagogo y taumaturgo que fue Pitágoras, el maestro de la Armonía por antonomasia.






Según las crónicas, ya antes de nacer, fue anunciada esa vida preciosa, por la Pytia de Delfos.
Sus futuros padres, Partenis y Mnesarco fueron desde la isla de Samos, su patria, a consultar al oráculo después de sus bodas, al tiempo que ponían a los pies de la divinidad solar, el esperado fruto de sus amores.
En el santuario de Delfos quedó delineado su destino: “Engendraréis con inmenso amor un hijo que superará en belleza y sabiduría a todos los mortales. Él enseñará la verdad a los hombres del presente y a los del futuro. Haceos dignos de él y el Hado os premiará con una vida de felicidad y de riqueza”.
En Samos, en la isla griega de la comunidad jónica, Mnesarco allegó fortuna. Y nació el anunciado. Esto ocurría hacia la cuarenta y siete olimpiada "año 586 de la pasada era". Según otros autores sería en el año 570 aC. Como consagración a Apolo Pírico, sus padres le impusieron al niño el nombre de Pitágoras.
Según sus biógrafos, desde su más tierna infancia se reveló Pitágoras como un ser excepcional, conforme predijera el oráculo. En todos sus actos y palabras se traslucía la elevada condición de su ego y sus excepcionales facultades. Dice Jámblico al respecto que, desde niño, tenía su persona una singular prestancia y que su rostro de rasgos purísimos reveló siempre una inalterable serenidad. Eran tales su hermosura, su elegancia y su sabiduría, que todos lo reconocían como un mediador entre los dioses y los hombres.
A su paso, dice el biógrafo que muchos exclamaban: "Es un ser divino, una manifestación de Apolo Hiperbóreo."
Le procuraron sus padres una esmerada educación, confiada a los más sobresalientes pedagogos de su época. Pronto, sin embargo, demostraba tal discípulo superar en conocimientos a todos sus preceptores. Sin embargo, de Hermodanas, su primer tutor, aprendió la cultura básica y especialmente los grandes poemas épicos, recitados al compás de la lira.
A los 5 o 6 años, empezó a trabajar en el taller de orfebrería de su padre. 





A los 10 acudía asiduamente al gimnasio, donde además de los ejercicios físicos, salto, carrera, lanzamiento de jabalina, o de disco –en los que sobresalió notablemente-, aprendió las primeras nociones de canto y música.
En su juventud ya destacaba por su gran sabiduría, incluso para algunos estudiosos de su vida, daba muestras de una cierta clarividencia, pudiendo tener intuiciones de los acontecimientos futuros.
A los 18 años (sobre el 552 aC) inicia sus viajes. Su excepcional interés por la filosofía y la mística trascendentes, le pusieron en relación con Ferécides de Siros 





y, a través de este famoso maestro de la antigüedad, fue Pitágoras, apenas trascendida su adolescencia, iniciado en los misterios órficos, que constituían una síntesis, adaptada a la tónica occidental, de la profunda sabiduría de los templos de Egipto. Las reglas de vida de los órficos eran de un severo ascetismo y su ritual solar se basaba en el conocimiento integral del hombre y del universo.





El desenvolvimiento de sus facultades, tanto externas como internas, le permitieron pronto entrever cual era su misión en el mundo.
A tal fin decidió ir en busca de más amplios horizontes y más profundas experiencias. Renunció a todo lazo de familia y a todo convencionalismo social. Y después de recibir la bendición de sus padres y maestros, embarcó rumbo a Mileto, la sabia meca del mundo griego. En la famosa y floreciente escuela milesia y bajo la enseñanza directa de su mentor, el filósofo Tales –






uno de los 7 sabios de la antigua Grecia- que en aquellos años ya de edad avanzada, apenas llevaba actividades docentes y de su discípulo Anaximandro, famoso matemático conocido en todo el mundo antiguo, aprendió el valor abstracto de los números y su significado filosófico, así como la matemática del universo, lo que aquellos maestros llamaban el '"secreto del mundo".
Tales de Mileto, afirmaba que el origen de todo en la naturaleza era el Agua. De Anaximandro Pitagoras tomó sobre todo el concepto de ápeiron. La palabra es un cultismo de τ πειρον (apéiron: sin límites, sin definición),"A" significa la negación de algo. El verbo Πειρω (peiro) significa “pasar de un estado a otro, superar un límite, exceder una frontera". En su sentido etimológico, el a-peiron es lo que no puede limitarse, y por lo mismo, no tiene forma, no es definible. Ápeiron significa lo indefinido, lo indeterminado, lo que no tiene fin. Concepto introducido por La palabra es un cultismo de τ πειρον (apéiron: sin límites, sin definición),"A" significa la negación de algo. El verbo Πειρω (peiro) significa “pasar de un estado a otro, superar un límite, exceder una frontera". En su sentido etimológico, el a-peiron es lo que no puede limitarse, y por lo mismo, no tiene forma, no es definible. Ápeiron significa lo indefinido, lo indeterminado, lo que no tiene fin. Concepto introducido por Anaximandro 







para designar la materia infinita, indeterminada. Para los pitagóricos, el ápeiron es un principio sin forma, sin límite y junto con su contrario -el «límite»- constituye la base de todo lo existente, este ápeiron es la unidad matemática, la cual confundieron con la unidad geométrica, que para ellos era difícil pensar aún en conceptos abstractos, es por eso que creyeron que el número era la sustancia material. Tanto Tales como Anaximandro, le recomendaron que viajara hasta Egipto.
Una vez saturado de todo cuanto podía enseñarle el centro cultural jónico, se dirigió a Egipto en busca de mayores conocimientos, con el secreto anhelo de ser admitido en el seno de sus severos misterios.
Por el camino, auténtico viaje interior para alcanzar el conocimiento, pasó por Tiro y Sidón, donde absorbió los conocimientos fenicios y hebreos, llegando incluso a mantener alguna relación con comunidades ascéticas que pudieron ser antecedentes de los esenios.




“En Fenicia él (Pitágoras) conversó con los profetas que eran los descendientes de Moschus (no Moisés) el fisiólogo, y con muchos otros, así como con los hierofantes locales…. Después de  ganar todo lo que él pudiera de los Misterios Fenicios, encontró que provenían de los ritos sagrados de Egipto, formándose como si fueran una colonia egipcia…. Sobre la costa Fenicia, bajo el Monte Carmelo, donde, en el Templo sobre el pico, Pitágoras la mayoría del tiempo había morado en soledad… El Monte Carmelo, el cual ellos conocían por ser más sagrado que otras montañas, y bastante inaccesible para el vulgar…” 
Aprendemos de esta cita antigua que Pitágoras, el padre de las matemáticas y fundador de la Escuela Pitagórica, en realidad fue iniciado por los precedentes de los Esenios Nazarenos sobre el Monte Carmelo. El Monte Carmelo, en los tiempos de Yeshu, era en realidad una parte de Fenicia en lugar de Judea. Sabemos de otros documentos antiguos que ambos, los Esenios y Pitagóricos, compartieron muchas cosas en común. Ambos eran vegetarianos, usaban ropa blanca y estaban profundamente sumergidos en estudios Cabalísticos.
En el milenario país de los faraones, se presentó en Sais ante el mismo faraón, por el que fue recibido gracias a las cartas de recomendación del tirano de Samos, en aquellos momentos aliado de Egipto.
Se presentó en el Templo de Heliópolis, 






donde no fue aceptado por ser extranjero, recorrió los templos de Memphis donde también fue rechazado, pero le recomendaron se llegase hasta el templo de Luxor. Pasó frente a las Pirámides 






que le impresionaron grandemente y por las ruinas de Tell-al-Amarna, 








la antigua y abandonada capital de Akenaton, finalmente en el Templo de Diospolis en Tebas, fue sometido a largas y terribles pruebas.
Pero, al fin, logró lo que anhelaba ser admitido en las secretas comunidades egipcias y alcanzar el máximo grado de su iniciación, así como el nivel más elevado al que podía aspirarse en la escuela anexa de sabiduría. 





Allí aprendió el concepto de la continuidad muerte-vida, así como de que las matemáticas son el verdadero sentido de la armonía
Al cabo de más de veinte años de permanencia allí, ya en plena madurez, sazonado de sabiduría, la invasión de Egipto por Gambises (530 aC), 





le obligó –como esclavo del rey persa- a trasladarse, de África a Asia. No obstante, reconocido como un hombre de gran talento y conocimientos, dispuso de libertad de movimientos que aprovechó para aprender astronomía de los sacerdotes caldeos y babilónicos.






Recorrió entonces el Lejano Oriente y la India y se afirma que allí estuvo en contacto con el propio Buda. 






La tradición conserva el paso por la India de Pitágoras al que se da el nombre de Yavanacharya (el Maestro Jonico). Parece que fué allí donde Pitagoras aprendió el famoso teorema que lleva su nombre y que en realidad se debe al matemático indio Baudhayana anterior en tres siglos al propio Pitágoras. No en vano se ha dicho que: “Las doctrinas Budistas nunca pueden ser mejor comprendidas que cuando se estudia la filosofía Pitagórica - su fiel reflejo -, ya que proceden de esta fuente (las filosofías antiguas), del mismo modo que las religiones Brahmánica y el Cristianismo primitivo... La verdadera comprensión de toda la doctrina del aparentemente intrincado sistema Budista sólo puede ser alcanzada si se procede estrictamente de acuerdo con el método pitagórico y platónico: de lo universal a lo particular. Su clave reside en las refinadas y místicas doctrinas del influjo espiritual y de la vida divina. Buda dice: “Aquel que no conoce y vivencia mi Ley, y muere en esa situación, debe volver a la Tierra, hasta que se torne un Samâna (asceta) perfecto. Para alcanzar ese estado, debe destruir dentro de sí la trinidad de Maya. Debe extinguir sus pasiones, unirse e identificarse con la Ley (las enseñanzas de la Doctrina Secreta), y comprender la religión de la aniquilación (Isis sin Velo, I, 289)”. 





No, no es en la letra muerta de la literatura budista donde los eruditos pueden esperar encontrar alguna vez la verdadera resolución de sus sutilezas metafísicas. De toda la antigüedad, únicamente los Pitagóricos las entendieron perfectamente, y es en las incomprensibles (para los Orientalistas comunes y para los materialistas) abstracciones del Budismo donde Pitágoras basó las principales doctrinas de su filosofía”.
En Oriente como en Occidente, se le reconocía como el más grande de los matemáticos, geómetras y astrónomos de su tiempo. Sus teorías como pedagogo integral y corno filósofo de la vida armónica llegaron a los más extremos lugares del mundo civilizado.
Más tarde halló entrañable acogida entre los sacerdotes parsis y fenicios.




Fraternalmente hospedado por los magos caldeos del templo de Baal, perfeccionó especialmente allí sus conocimientos de astrología esotérica "la ciencia madre de todas las ciencias".
En su Vida de Pitágoras nos dice Jámblico: "Desde que Pitágoras fue iniciado en los misterios de Byblos y de Tiro, en las sagradas operaciones de los sirios, en los misterios de los fenicios y que pasó veintidós años en el adytum de los templos de Egipto y de sus escuelas de sabiduría; que se asoció con los magos de Babilonia y fue por ellos instruido en la sagrada ciencia de los astros, nada tiene de maravilloso que conociese la magia y la teúrgia y fuese capaz de llevar a efecto cosas que sobrepujan los habituales poderes humanos."
Siguiendo las directrices de su horóscopo, bien posesionado de su misión, volvió a Samos ( 513 aC.), donde se instaló en una cueva de una montaña








próxima a la capital de la isla, a la sazón sometida al gobierno despótico de Polícrates. Tuvo la alegría de abrazar a su anciana madre, ya que su padre había partido del mundo físico hacía ya varios años.
Hizo allí Pitágoras cuanto pudo por difundir sus conocimientos. Trató de convencer al tirano Polícrates y sus secuaces para volver por los derroteros del buen gobierno democrático, los destinos de su amada isla. Tuvo allí sus primeros discípulos, 28, entre ellos a la que con el tiempo se convertiría en su esposa Theano de Crotona, gran filósofa y matemática. 






Empieza también a soñar con la constitución de una ciudad ideal, en la que la igualdad de sexos, la repartición de la riqueza fueran la regla básica. Enuncia allí los grandes principios de su filosofía: los números como principio de todas las cosas, la búsqueda de la Belleza, el establecimiento de la armonía y el equilibrio, a través de los gestos, las palabras, incluso la comida; el desarrollo de la fraternidad entre los seres humanos, el respeto a los animales, la necesidad del análisis de consciencia diario; que el alma reencarna una y otra vez hasta volver al inicio... Todo fue en vano. Coerciones y amenazas le obligaron a emigrar entonces a Creta, 








tras una breve parada en Delos.
De la antiquísima civilización minoica aprendió las sabias leyes, la magia natural, el arte depuradísimo y la tónica científica de su religión. Fue iniciado en los misterios de Zeus en la cripta subterránea del padre de los dioses, al pie del Monte Ida, coronado de nieves eternas. Bajo la guía de Epiménides








conoció la tradición oculta del país, el método de las catarsis, de las curaciones ocultas y el ritual danzado de los sacerdotes idanos. Su preceptor y guía le confirió ciertos secretos para el dominio de los poderes terrestres y para obtener la colaboración de los espíritus elementales; le enseñó a poner en juego su voluntad para que las fuerzas de la naturaleza le sirvieran, ya que tenía fama Epiménides de ejercer poder sobre los elementos, y de ello se relataban peregrinas anécdotas.
Ya en posesión de tales poderes y nuevos conocimientos, viajó nuestro filósofo por toda la Grecia Continental, desde la sobria y dura Esparta, hasta la sabia Atenas. Fácil le fue llegar al ádito secreto del templo más bello del mundo, el de la diosa Palas Atenea, la de los verdes ojos, patrona de la inteligencia divinizada.
De Atenas se dirigió a Eleusis por la Vía Sacra y por su calidad de alto iniciado en Egipto, fue introducido en el corazón de los misterios eleusinos. Es una verdad que vela poéticamente la leyenda, que allí, en forma consciente y merced a los poderes adquiridos, descendió desde el santuario de las grandes diosas, Deméter y Perséfone, a los infiernos, o sea, al Hades, llamado por los orientales "plano astral".





Según sus biógrafos, fue entonces Pitágoras coronado por los dioses" en cuya presencia "bebió las Aguas de Vida". Después de esta suprema experiencia, podía manifestar que "todo cuanto existe en la tierra es semejanza y sombra de lo que existe en otras esferas".
Después de diversas experiencias se encaminó a Delfos, el "ombligo del mundo". 




En el Manteión profético, consultó de nuevo a la Pitya, la sucesora de aquella que perfiló clarividentemente antes de que naciera, su posterior destino. Entonces, ya en plena sazón, ofrendó su alma y su vida al Señor de la Luz, al Sol Interno, el divino Apolo.
Allí recordó una de sus vidas pasadas y cuenta su biógrafo Laercio que incluso reconoció el enmohecido escudo que, en una existencia anterior, contemporáneo de la guerra de Troya, brindara al dios de la luz como trofeo.
Aprovechó Pitágoras aquella feliz coyuntura para estudiar las excelencias de la organización federal y democrática de los Estados griegos que tenían en Delfos su sede político-religiosa. Allí se reunían periódicamente, bajo la advocación suprema de Apolo, todos los representantes de las Anfictionías, las asambleas griegas y se resolvía a base de verdadero estudio y amplia deliberación, toda índole de problemas y mejoras concernientes a los Estados asociados.
Con tal motivo, acudían las más destacadas personalidades del mundo antiguo.





Delfos era, no sólo un lugar sagrado de fama mundial, sino un lugar de reuniones selectas, un punto de alta confraternidad en el que hallaba amistad y estímulo el peregrino, lauros el poeta, satisfacción el representante popular, al mismo tiempo que se señalaban las directrices del destino y los móviles de la historia, de los individuos y de los pueblos.
Enriquecidos sus conocimientos, sazonadas sus experiencias, prosiguió Pitágoras su camino bajo las insinuaciones del Hado.
Como buen filósofo, emprendió a pié sus jornadas, siguiendo la ruta del sol.
Llegando al Golfo de Corinto en el extremo occidental de la península griega, embarcó con sus discípulos un buen día rumbo a la península itálica (510 aC.), a la sazón colonia griega, llamada Magna Grecia.
Desde Sibaris siguió peregrinando por la curva amplia y abierta que dibujaba el mar azul en el Golfo de Tarento. 







En el decurso de ese recorrido, su espíritu quedó captado por la hermosura de la ciudad de Crotona y por sus maravillosos alrededores. Contribuyó a ello, en no poca medida, la amabilidad y la cordial acogida que le hicieron sus habitantes, gentes humildes y sencillas entre las que caló profundamente su mensaje.
Allí decidió fijar su morada y desenvolver sus planes. Pronto fue reconocido en todos los estamentos como hombre sabio, prudente y bondadoso, dotado de excepcionales facultades. Practicó con éxito extraordinario sus dotes de sanador, realizando milagrosas curas. Actuó de maestro. El destino le deparó oportunidad de ejercer sus relevantes facultades de orador, con cuatro grandes discursos a los jóvenes, al Senado a las mujeres y a los niños... Así un día reunió a las mujeres en el templo de Hera Lacinia, 




que se alzaba en la punta del acantilado próximo, a la vera del mar.
Inspirado por el genio de su misión, habló a las crotoniotas de la necesidad de que abandonaran el nefasto ejemplo de las sibaritas. Díjoles que la belleza verdadera dimanaba de la pureza y de la sencillez. Que la elegancia reposaba en la armonía de todas las cualidades desenvueltas y apropiadamente aplicadas. Que el mayor atractivo de la mujer era su bondad unida al cultivo de su inteligencia. Despertó al numeroso auditorio femenino el ansia ferviente de regeneración a través de un lenguaje cálido y convincente y las persuadió de las ventajas del estudio y del trabajo, fuentes de sana alegría, alejándolas así de la vagancia, madre de todos los vicios. Con gran elocuencia, las responsabilizó de la alta misión de la mujer en la sociedad, especialmente a través de la maternidad consciente. Por fin, las instó a la renuncia de tanto adorno superfluo a trueque de las más valiosas galas del espíritu.






Las mujeres escuchaban con religiosidad y creciente interés a aquel original predicador que desvelaba ante sus ojos con inusitado colorido, el panorama de una nueva vida más completa, más feliz y hermosa.
Ganadas por los postulados pitagóricos, hicieron allí mismo, colectivamente, ofrenda de sus joyas a la diosa. Y prometieron a Pitágoras su ayuda para toda obra en que tratara de poner en práctica los ideales expuestos.
Prosiguiendo la línea trazada, reunió otro día a los hombres en el templo de Apolo. E invocando la luz de la inteligencia al dios solar, les instó, con verbo viril, entusiasta y vibrante, a que abandonaran las tentaciones materiales, a que se apartaran de la crápula, de la vida muelle y vana, de la codicia y del afán de atesorar riquezas en detrimento del equilibrio social y del bienestar de sus conciudadanos. Hizo un llamamiento a la generosidad en todas sus formas. Les aconsejó la práctica de los principios morales y religiosos pero en forma racional e inteligente. Estimuló en ellos el ansia de instruirse y al mismo tiempo, de practicar los métodos de una cultura física integral basada en el acrecentamiento de la fuerza, de la resistencia y de la belleza. Y por encima de todas estas consecuciones, les aconsejó el desenvolvimiento de las facultades espirituales.






Desde entonces, el prestigio de Pitágoras creció de tal modo que, dondequiera que se hallara, iban a su encuentro gentes de todas las categorías para solicitar su orientación o para recabar su consejo y ayuda.
Esta fe general que iba despertando, aumentaba en su persona el magnetismo radiante que poseía ya en tan gran medida. Un halo de simpatía y de confianza le rodeaba. Era ya el ídolo de Crotona, el mentor de elección espontánea, popular e indiscutible.
No dejaba esto de inquietar a los gobernantes y a los sacerdotes quienes, desde la aparición de Pitágoras, sentían en cierto modo menoscabada su representación, menguada su autoridad.
Llegaron algunos a atribuir a aquel extranjero que irrumpía de tal manera en la vida pública, aviesas intenciones. Podía ser un ambicioso de poder que enmascaraba sus propósitos con apariencias filantrópicas.
Y acordaron pedirle cuenta pública de sus intenciones.
El solo anuncio de este acontecimiento soliviantó los ánimos de los ciudadanos que tantos beneficios allegaban de él.
Todo el pueblo de Crotona acudió a la interpelación del sabio jonio. Llegado el día anunciado, compareció Pitágoras ante la tribuna en que se hallaban representados todos los organismos de gobierno de la ciudad. Seguro de sí mismo, sonriente y sereno, confiado en el alto poder en cuyo nombre obraba, esperó a que le interpelaran.
Cuando se hizo el silencio, el primer magistrado se levantó y dijo, dirigiéndose a Pitágoras:
— El concejo que regenta esta ciudad y su sacerdocio, cuyos organismos en este instante represento, se ve precisado a pedirte detallada cuenta de tu proceder. ¿Qué te propones con tus reuniones y tus prédicas a la juventud de Crotona?. ¿Qué fin persigues?.





Pitágoras respondió con su misma sencillez, concisión y seguridad proverbiales, dirigiéndose, ora a sus jueces, ora a la excitada multitud congregada:
— Erráis vosotros, investidos de cargos rectores, si suponéis que intento socavar vuestra autoridad irrumpiendo en vuestras funciones de legítimo gobierno. No ambiciono cargos, no deseo suplantar a nadie, sino llenar mis deberes de ciudadano del mundo.
Si sois capaces de velar en verdad por los crotoniotas, ¿Qué hacéis para impedir el descenso de la moralidad, pública, el auge de la degeneración, de la enfermedad, del egoísmo en las clases pudientes, de la miseria en las humildes?. Y vosotros, intérpretes de la divinidad — continuó señalando a los sacerdotes — ¿Qué hacéis para ganar almas a la práctica de la virtud, alejándolas del vicio creciente, de la irresponsabilidad, del escepticismo y de la mala fe?. ¿Qué positivo bien hacéis a vuestros fieles?.
El pueblo me pide a mí porque todos vosotros sois incapaces de responderle.
Pitágoras se iba convirtiendo de interpelado en interpelante. Su dominio de la dialéctica le permitía usar el tono adecuado de la voz, el ademán preciso y la frase justa que el momento requería.
Tuvo conciencia de que era llegado el momento decisivo. Y, dirigiéndose al público que le escuchaba de pie, pendiente de su palabra, dijo:
— ¿Tienes algo que aducir en contra de mi conducta, pueblo de Crotona?.
La multitud prorrumpió entonces en gritos y exclamaciones en favor de Pitágoras manifestándose de manera creciente contra los jueces.
Estos, preocupados, deliberaron entre sí mientras el murmullo de la multitud seguía.
Pitágoras, inmóvil, en actitud digna y serena, esperaba el resultado de las deliberaciones.
Por fin, el primer magistrado se levantó y dijo con voz un tanto
insegura:
— ¿Qué remedios propones para estos males de nuestra sociedad que has puesto de manifiesto?. Los aquí reunidos te invitamos amistosamente a que lo hagas.





— Ante todo, la conveniente educación de la juventud. No basta que los padres cuiden tiernamente de sus hijos en la infancia. No basta que el estado les procure la primera enseñanza y haga obligatorios los ejercicios del gimnasio. No basta que más tarde se dé a los hombres los cursos de entrenamiento militar. En la hora crítica de la mocedad, cuando las pasiones aparecen y la inteligencia creadora se despierta, cuando es más necesario el cuidado y más difícil la formación integral de las jóvenes generaciones, tanto los padres como el estado se desentienden de ellos y los abandonan, no a su libre albedrío, que debe ser el resultado del orden interno y externo, sino al libertinaje, aliado siempre de la inconciencia. Asistid como simples ciudadanos a la plaza pública, asomaos a los hogares y veréis los resultados.
Entonces se levantó uno de los sacerdotes y con voz conmovida, conciliadora y amable, dijo:
— Reconozco en ti a un enviado de los dioses. Pido al tribunal que deponga al instante sus fueros y que, como simples ciudadanos, oigamos a este hombre que ha venido a Crotona a enseñarnos a todos.
Acto seguido hizo uso de la palabra el magistrado y dijo:
— Extranjero, desde este momento te otorgamos la ciudadanía en nuestro país. En virtud de ello, te rogamos que expongas libremente tus ideas. Si son dignas de atención y ayuda, sumaremos todos nuestros esfuerzos para llevarlas a buen término.
Hacía rato que Pitágoras esperaba aquella advenida coyuntura que tan bien servía a sus propósitos.
Entonces, con tono dulce y a la vez enérgico y persuasivo, haciendo gala de sus mejores dotes de orador, habló largamente a la sumada concurrencia.
Bajo el hechizo de su perfecta oratoria se fueron descorriendo a la vista interna de todos los presentes, sus panoramas iluminados.





Les habló de la posibilidad de erigir para el pueblo de Crotona y para los que en él desearan acogerse, una Escuela-Internado de la que saldrían los mejores hombres y mujeres de Grecia. En esta Institución ideal, se llevarían a la práctica sus planes pedagógicos y sus doctrinas aprendidas y cimentadas a través de muchos años de pruebas, de estudios, de viajes y de estancias entre los más sabios y selectos núcleos humanos del mundo.
Díjoles que era llegado el momento de la misión espiritual de Grecia. Ella debía, en el porvenir, dar las normas a todo el occidente. Los más altos y democráticos predicados sociales que la metrópoli y las colonias poseían, debían enriquecerse con la más elevada aportación espiritual ofrecida a todos aquellos que fueran capaces de asimilarla, practicarla y difundirla.
Era necesario crear en Grecia una autoselección de ciudadanos, (que constituirían la auténtica clase rectora de la nación), agrupando a los hombres y mujeres mejores.
La democracia no tiene valor — dijo por fin — si no anteponemos a todas nuestras leyes la ley superior, la divina, y a ella no ajustamos los preceptos prácticos de la vida integral. Hay que formar la verdadera aristocracia de las almas. Sin adecuada levadura, no puede levantarse la masa de la sociedad. Es, pues, necesario crear esta levadura humana educando convenientemente a la juventud bien dotada.
Los dioses han elegido este lugar para ensayo de esta sociedad ideal. Por su clima, por su ambiente, por la buena disposición de sus habitantes, cábele a este país la primogenitura de la elección. Sepamos todos hacer honor a la ofrenda de la divinidad al pueblo de Crotona.
En el auditorio, suspenso de la palabra del maestro jonio, iba creciendo el entusiasmo. Su capacidad dialéctica, unida a la fuerza de su espiritualidad y a su magnetismo radiante, lograron cumplidamente el objetivo apetecido. Se afincaba cada vez más en el ánimo de todos la realidad de la obra entrevista y sentían el ansia ferviente de colaborar en ella.









Como inmediato resultado a su peroración, los fondos comunales de la ciudad abrieron sus arcas repletas para la construcción del gran Instituto Pitagórico.
Todos los ciudadanos, sin distinción de clases, aportarían su esfuerzo voluntario a aquella empresa de beneficio común. A los pocos días, toda Crotona centralizaba su afán en competir el alcance de sus dádivas en la fábrica que se estaba cimentando, puestas sus esperanzas en la obra magnífica que debía anclar su ejemplo en lo hondo de los venideros siglos.
Entre la alta comba saliente que formaba la punta del cabo Laciniano y la ciudad de Crotona, se alzaba una suave colina toda cubierta de olivos y cipreses.
Era un lugar tranquilo y risueño, al abrigo de los vientos. Un cielo sereno y transparente lo cubría. Por su belleza, la tradición había consagrado aquel lugar a las Musas.
Pitágoras transformó la mentalidad de las gentes de Crotona: los hombres despidieron a sus concubinas, y las mujeres se desprendieron de los trajes lujosos.  Todo ello, unido a su natural don de gentes y a sus facultades de sicólogo y de mentor, contribuyó a destacar su figura en aquel medio, propicio al reconocimiento de la grandeza.
Incluímos aquí un fragmento de las Metamorfosis de Ovidio que puden ayudarnos a comprender el respeto que las gentes setían por el pensamiento de Maestro de Samos.

Discurso de Pitágoras según Ovidio.





 “ Un varón hubo allí, de nacimiento samio, pero había huido al par
 de Samos y de sus dueños y, por odio de la tiranía, un exiliado
 por su voluntad era, y él, aunque del cielo por la lejanía remotos,
 con su mente a los dioses llegó y lo que la naturaleza negaba
 a las visiones humanas, con los ojos tales cosas de su pecho lo sacaba,
y cuando en su ánimo y con su vigilante cuidado lo había penetrado todo,
en común para aprenderse lo daba, y a las reuniones de los que guardaban silencio
y de los admiradores de sus relatos los primordios del gran mundo
y las causas de las cosas y qué la naturaleza, enseñaba,
qué el dios, de dónde las nieves, cuál de la corriente fuera el origen,
si Júpiter o los vientos, destrozada una nube, tronaran,
qué sacudía las tierras, con qué ley las constelaciones pasaban,
y cuanto está oculto; y él el primero que animales en las mesas
 se pusieran rebatió, el primero también con tales palabras su boca,
 docta ciertamente, liberó, pero no también creída:
 «Cesad, mortales, de mancillar con festines sacrílegos 75
 vuestros cuerpos. Hay cereales, hay, que bajan las ramas
 de su peso, frutas, y henchidas en las vides, uvas,
 hay hierbas dulces, hay lo que ablandarse a llama
 y suavizarse pueda, y tampoco a vosotros del humor de la leche
 se os priva, ni de las mieles aromantes a flor de tomillo. 80





 Pródiga, de sus riquezas y alimentos tiernos la tierra
 os provee, y manjares sin matanza y sangre os ofrece.
 Con carne las fieras sedan sus ayunos, y no aun así todas,
 puesto que el caballo, y los rebaños y manadas de la grama viven.
 Mas aquellas que un natural tienen inmansueto y fiero, 85
 de Armenia los tigres, y los iracundos leones,
 y con los lobos los osos, de los festines con sangre se gozan.
 Ay, qué gran crimen es en las vísceras vísceras esconder
 y con un cuerpo ingerido engordar un ávido cuerpo,
 y que un ser animado viva de la muerte de un ser animado. 90
 ¿Así que de entre tantas riquezas que la mejor de las madres,
 la tierra, pare, nada a ti masticar con salvaje diente
 te complace y las comisuras recordar de los Cíclopes,
 y no, si no es perdiendo a otro, aplacar podrías
 los ayunos de tu voraz y mal educado vientre? 95
     Mas la vieja aquella edad, a la que, áurea, hicimos su nombre,
 con crías de árbol y, las que la tierra alimenta, con las hierbas,
 afortunada se le hizo y no mancilló su boca de sangre.
 Entonces también las aves, seguras, movieron por el aire sus alas,
 y la liebre impávida erraba en mitad de los campos 100
 y no su credulidad al pez había suspendido del anzuelo.







 Todas las cosas, sin insidias, y sin temer ningún fraude
 y llenas de paz estaban. Después que un no útil autor
 los víveres envidió, quien quiera que fuera él, de los leones,
 y corpóreos festines sumergió en su ávido vientre, 105
 hizo camino para el crimen, y por primera vez de la matanza de fieras
 calentarse puede, manchado de sangre, el hierro
 -y esto bastante hubiera sido-, y que los cuerpos que buscaban nuestra
 perdición fueran enviados a la muerte, a salvo la piedad, confesemos:
 pero cuanto dignos de ser dados a la muerte, tanto no de que se les comieran fueron. 110
     Más lejos, desde ahí, la abominación llega, y la primera se considera
 que víctima el cerdo mereció morir porque las semillas
 con su combo hocico desenterrara y la esperanza interceptara del año.
 Una vid al ser mordida, que el cabrío ha de ser inmolado del Baco vengador
 junto a las aras, se dice. Mal les hizo su culpa a los dos. 115
 ¿Qué merecisteis las ovejas, plácido ganado y para guardar
 a los hombres nacido, que lleváis plena en la ubre néctar,
 que de blandos cobertores vuestras lanas nos ofrecéis
 y que en vida más que con la muerte nos ayudáis?
 ¿Qué merecieron los bueyes, animal sin fraude ni engaños, 120
 inocuo, simple, nacido para tolerar labores?
 Ingrato es, solamente, y no del regalo de los granos digno,
 el que pudo recién quitado el peso del curvo arado
 al labrador inmolar suyo, el que, ése molido por la labor,
 ése con el que tantas renovara el duro campo 125
 cuantas veces diera cosechas, ese cuello tajó con la segur.






     Y bastante no es que tal abominación se cometa: a los propios
 dioses inscriben para ese crimen y el numen superior
 con la matanza creen que disfruta de ese sufridor novillo.
 La víctima, de tacha carente y prestantísima de hermosura, 130
 pues el haber complacido mal le hace, de vendas conspicua y de oro,
 es colocada ante las aras, y oye sin comprender al oficiante,
 y que se imponen ve entre los cuernos de la frente suya,
 los que cultivó, esos granos, y tajada, de su sangre los cuchillos
 tiñe, previamente vistos quizás en la fluida onda. 135
 En seguida, arrancadas de su viviente pecho sus entrañas
 las inspeccionan y las mentes de los dioses escrutan en ellas.
 Después -¿el hambre en el hombre tan grande es de los alimentos prohibidos?-
 osáis comerlo, oh género mortal, lo cual suplico
 no haced y a los consejos vuestros ánimos volved nuestros, 140
 y cuando de las reses asesinadas deis sus miembros al paladar,
 que coméis vosotros sabed, y sentid, a vuestros colonos.
     Y ya que un dios mi boca mueve, obedeceré al dios que mi boca
 mueve ritualmente, y los Delfos míos y el propio éter
 abriré y descerraré los oráculos de una augusta mente. 145







 Grandes cosas y no investigadas por los talentos de los predecesores
 y que largo tiempo han estado ocultas cantaré. Place ir a través de los altos
 astros, place las tierras y su inerte sede dejada
 en una nube viajar y en los hombros asentarse de Atlas,
 y a los diseminados hombres por todos lados y de razón carentes 150
 abajo contemplar desde lejos, y agitados y de su final temerosos
 así exhortar y la sucesión revelarles de su hado:
 Oh género de los atónitos por el miedo de la helada muerte,
 ¿por qué a la Estige, por qué las tinieblas y nombres vanos teméis,
 materia de los poetas, peligros de un falso mundo? 155
 Los cuerpos, ya la hoguera con su llama, o ya con su consunción
 la vejez los arrebatare, males poder sufrir ningunos creáis.
 De muerte carecen las almas y su anterior sede abandonada
 en nuevas casas viven y habitan, en ellas recibidas.
 Yo mismo, pues lo recuerdo, en el tiempo de la guerra de Troya 160
 el Pantoida Euforbo era, al que en su pecho un día clavó,
 a él enfrentado, la pesada asta del menor Atrida.
 He conocido el escudo, de la izquierda nuestra los fardos,
 hace poco, en el templo de Juno, en la Abantea Argos.
 Todas las cosas se mutan, nada perece: erra y de allí 165
 para acá viene, de aquí para allá, y cualesquiera ocupa miembros
 el espíritu, y de las fieras a los humanos cuerpos pasa,
 y a las fieras el nuestro, y no se destruye en tiempo alguno,
 y, como se acuña la fácil cera en nuevas figuras,
 y no permanece como fuera ni la forma misma conserva, 170
 pero aun así ella la misma es: que el alma así siempre la misma
 es, pero que migra a variadas figuras, enseño.







 Así pues, para que la piedad no sea vencida por el deseo del vientre,
 cesad, os vaticino, las emparentadas almas con matanza
 abominable de perturbar, y con sangre la sangre no sea alimentada. 175
 Y ya que viajo por un gran mar y llenas a los vientos
 mis velas he dado: nada hay que persista en todo el orbe.
 Todo fluye, y toda imagen que toma forma es errante.
 También en asiduo movimiento se deslizan los mismos tiempos,
 no de otro modo que una corriente, pues detenerse una corriente 180
 ni una leve hora puede: sino como la onda es impelida por la onda,
 y es empujada la anterior por la que viene y ella empuja a su anterior,
 los tiempos así huyen al par y al par ellos persiguen
 y nuevos son siempre pues lo que fue antes atrás queda
 y deviene lo que no había sido, y los momentos todos se renuevan. 185
 Tú contemplas que también las ya medidas noches tienden a la luz,
 y que la luminaria esta nítida sucede a la negra noche,
 y el color tampoco es el mismo en el cielo cuando, cansadas todas las cosas,
 del reposo yacen en mitad, y cuando el Lucero sale claro
 con su caballo blanco; y de nuevo es otro cuando, adelantada, de su luz 190
 la Palantíada tiñe, el que ha de entregar a Febo, el orbe.
 El propio escudo del dios cuando se levanta de lo más hondo de la tierra,
 por la mañana rojea, y rojea cuando se esconde en lo más hondo de la tierra;
 cándido en lo más alto es, porque mejor naturaleza allí
 la del éter es y lejos de los contagios de la tierra huye, 195
 tampoco pareja o la misma la forma de la nocturna Diana
 ser puede nunca y siempre la de hoy que la siguiente,
 si crece, menor es, mayor si contrae su orbe.
 ¿Y no que en apariencias cuatro se sucede el año
 ves, realizando las imitaciones de la edad nuestra? 200







 Pues tierno y lactante y semejantísimo de un recién nacido a la edad
 en la primavera nueva es. Entonces la hierba reciente y de dureza libre
 está turgente y sólida no es y en su esperanza deleita a los campesinos.
 Todas las cosas entonces florecen, y con los colores de las flores, nutricio,
 juega el campo, y todavía virtud en sus frondas ninguna hay. 205
 Pasa al verano, tras la primavera, más robusto el año
 y se hace un vigoroso joven, pues ni más robusta edad
 ninguna, ni más fértil, ni que más arda, ninguna hay.
 La releva el otoño, depuesto el fervor de la juventud,
 maduro y suave y, entre el joven y el viejo, 210
 en templanza intermedio, asperjado también en sus sienes de canas.
 Después la senil mala estación llega, erizada con paso trémulo,
 o expoliada de los suyos -o de los que tiene, blanca- de cabellos.
 También nuestros propios cuerpos siempre y sin descanso
 alguno se transforman, y no lo que fuimos o somos 215
 mañana seremos. Hubo aquel día en el que, simientes solo
 y esperanza de hombres, de nuestra primera madre habitábamos en el vientre:
 la naturaleza sus artesanas manos nos allegó y que estuvieran
 angustiados esos cuerpos en las vísceras escondidos de nuestra distendida madre
 no quiso y de esa casa nos emitió, vacías, a las auras. 220
 Dado a la luz estaba tendido sin fuerzas ese niño;
 luego como cuadrúpedo y al modo movió sus miembros de las fieras,
 y poco a poco temblando y todavía de hinojo no firme
 se puso de pie, ayudando con algún esfuerzo a sus músculos;
 después vigoroso y veloz fue, y el espacio de la juventud 225
 atraviesa y, agotados del intermedio tiempo también los años,
 se baja por el camino inclinado de la caduca vejez.
 Socava esta y demuele de la edad anterior
 las fuerzas, y llora Milón de mayor, cuando contempla inanes
 a aquéllos que fueran por la mole de sus sólidos músculos 230
 a los de Hércules semejantes, sus brazos, fluidos, colgar.
 Llora también cuando en el espejo arrugas de vieja se ha visto
 la Tindáride y consigo misma por qué dos veces se la raptara se pregunta.
 Tiempo, devorador de las cosas, y tú, envidiosa Vejez,
 todo lo destruís y corrompidas con los dientes de la edad 235
 poco a poco consumís todas las cosas con una muerte lenta.







Tampoco tales cosas persisten, a las que nosotros elementos llamamos,
 y qué tornas les ocurren, vuestros ánimos prestad, os mostraré.
 Cuatro cuerpos generadores el mundo eterno
 contiene. De ellos dos son onerosos, y por su propio 240
 peso hacia lo más bajo, la tierra y la onda, se marchan,
 y otros tantos de gravedad carecen y sin que nadie les empuje
 a lo alto acuden, el aire y que el aire más puro el fuego.
 Las cuales cosas, aunque en espacio disten, aun así todo se hace
 de ellas y hacia ellas caen: y disuelta la tierra 245
 se enralece hacia las fluidas aguas; atenuado, en auras
 y en aire el humor acaba; y privado también de peso de nuevo
 hacia los altísimos fuegos el aire más tenue centellea.
 De ahí para atrás vuelven y el mismo orden se desteje,
 pues el fuego, espesado, a denso aire pasa, 250
 éste a aguas, tierra aglomerada se reúne de la onda.
 Y la apariencia suya a cada uno tampoco le permanece y, de las cosas
 renovadora, desde unas rehace la naturaleza otras figuras,
 y no perece cosa alguna, a mí creed, en todo el mundo,
 sino que varía y su faz renueva y nacer se llama 255
 a empezar a ser otra cosa de la que fue antes, y morir
 a acabar aquello mismo. Aunque hayan sido acá quizás aquéllas,
 éstas transferidas allá, en suma, aun así, todas las cosas se mantienen.
 Nada yo, ciertamente, que dura mucho tiempo bajo la imagen misma
 creería: así hasta el hierro vinisteis desde el oro, siglos, 260
 así tantas veces tornado se ha la fortuna de los lugares.
 He visto yo, lo que fuera un día solidísima tierra,
 que era estrecho, he visto hechas de superficie tierras,
 y lejos del piélago yacen conchas marinas,
 y, vieja, encontrado se ha en los montes supremos un ancla, 265
 y lo que fue llano, valle la avenida de las aguas
 hizo, y por una inundación un monte ha sido abajado a la superficie,
 y de una pantanosa otra tierra aridece de secas arenas,
 y lo que sed había soportado, empantanado de lagos se humedece.






 Aquí manantiales nuevos la naturaleza ha lanzado, mas allí 270
 los cerró y, muchos, por los antiguos temblores del orbe
 han irrumpido, o, desecados, se han asentado.
 Así, donde el Lico ha sido apurado por una terrena comisura,
 brota lejos de ahí, y renace por otra boca.
 Así ora es embebido, ora, por un cubierto abismo resbalando, 275
 regresa ingente el Erasino de Argolia en los campos,
 y al misio, de la cabeza suya y de su ribera anterior
 que sentía disgusto dicen: que por otro lado ahora va, el Caíco.
 Y, no poco, revolviendo el Amenano las arenas sicanias,
 ahora fluye, a las veces, detenidos sus manantiales, aridece. 280
 Antes se le bebía, ahora, las que tocar no quisieras,
 vierte el Anigro sus aguas, después que -salvo que a los poetas
 se les deba arrebatar toda la fe- allí lavaron los bimembres las heridas
 que les había hecho del portador de la clava, de Hércules, el arco.
 ¿Y no el Hípanis, de los montes escíticos nacido, 285
 que había sido dulce, de sales se corrompe amargas?
 De oleajes rodeadas habían estado Antisa y Faros,
 y la fenicia Tiro: de las cuales ahora isla ninguna es.
 Una Léucade continua tuvieron sus viejos colonos:
 ahora estrechos la rodean. Zancle también que unida estuvo 290
 se dice a Italia, hasta que sus confines el ponto
 arrebató y rechazó la tierra en plena onda.
 Si buscas Hélice y Buris, Acaides ciudades,
 las encontrarás bajo las aguas, y todavía señalar los navegantes
 suelen, inclinadas, sus fortalezas con sus murallas sumergidas. 295
 Hay cerca de la Pitea Trecén un túmulo, sin árboles
 algunos arduo, un día llanísima área
 de campo, ahora túmulo. Pues -cosa horrenda de relatar-
 la fuerza fiera de los vientos, encerrada en ciegas cavernas,
 afuera soplar por alguna parte queriendo y luchando en vano 300
 por disfrutar de más libre cielo, como en su cárcel
 grieta ninguna hubiera en toda ni permeable para sus soplos fuera,
 hinchió, distendida, la tierra como el aliento de la boca
 tensar una vejiga suele, o arrancadas sus pieles
 a un bicorne cabrío. El bulto aquel de ese lugar permaneció y de un alto 305
 collado tiene la apariencia y se endureció con la larga edad.





 Muchas cosas aunque me vienen, oídas y conocidas por nos,
 pocas más referiré. ¿Qué, que no la linfa también figuras
 da y las toma nuevas? En medio del día, cornado Amón,
 tu onda helada está, y en el orto y en la puesta está caliente. 310
 Acercándole aguas, que los Atamantes encienden un leño
 se cuenta cuando la luna se ha retirado a sus orbes mínimos.
 Una corriente tienen los cícones, la cual bebida, de piedra vuelve
 las vísceras, la cual produce mármoles en las cosas por ella tocadas.
 El Cratis y desde él el Síbaris, colindante a nuestras orillas, 315
 al ámbar semejantes hacen y al oro los cabellos.
 Y lo que más admirable es, los hay que no los cuerpos sólo,
 sino los ánimos también sean capaces de mutar, humores.
 ¿Quién no ha oído de Sálmacis, la de obscena onda,
 y de los etíopes lagos? De los cuales, si alguien con sus fauces apura, 320
 o delira o padece de admirable pesadez un sopor.
 Del Clítor quien quiera que su sed en el manantial ha aliviado,
 de los vinos huye y goza abstemio de las puras ondas,
 sea que una fuerza hay en su agua contraria al caliente vino,
 o sea, lo que los indígenas recuerdan, que de Amitaón el nacido 325
 a las Prétides, atónitas después que merced a un encanto y hierbas
 las arrancó de sus delirios, los purgantes de su mente los lanzó
 a aquellas aguas, y el odio del vino puro permaneció en sus ondas.
 A éste fluye, por su efecto disparejo, de la Lincéstide el caudal,
 del cual, quien quiera que con poco moderada garganta saca, 330
 no de otro modo se tambalea que si puros vinos hubiese bebido.
 Hay un lugar en la Arcadia, Féneo lo llamaron los de antaño,
 por sus ambiguas aguas sospechoso, las cuales de noche teme:
 de noche dañan ellas bebidas, sin daño en la luz se las bebe.
 Así unas y las otras fuerzas lagos y corrientes 335
 conciben: y un tiempo hubo en que nadaba en las aguas;
 ahora asentada está Ortigia. Temió la Argo, asperjadas
 por los embates de las olas rotas en ellas, a las Simplégades,
 que ahora inmóviles permanecen y a los vientos resisten.
 Y tampoco el que arde con sus sulforosas fraguas, el Etna, 340
 ígneo siempre será, pues tampoco fue ígneo siempre.






 Pues si ella es un ser que alienta, la tierra, y vive y tiene
 respiraderos que llama exhalan por muchos lugares,
 mudar las vías de su respiración puede y cuántas veces
 se mueva, éstas acabarlas, abrir aquellas cavernas puede; 345
 o si leves vientos están encerrados en profundas cuevas,
 y rocas contra rocas y materia que posee las simientes
 de la llama arrojan, ella concibe con sus golpes el fuego,
 sus cuevas abandonarán frías al sedarse esos vientos;
 o si del betún las fuerzas arrebatan esos incendios 350
 o gualdos azufres arden con exiguos humos,
 naturalmente cuando la tierra sus pábulos y alimentos pingües a la llama
 no dé, consumidas sus fuerzas a través de la larga edad,
 y a su naturaleza voraz su nutrimento falte,
 no soportará ella su hambre y esos abandonos abandonará el fuego. 355
 Que hay hombres, la fama es, en la hiperbórea Palene,
 que suelen velar sus cuerpos con leves plumas
 cuando nueve veces han sentido la laguna de Tritón.
 No lo creo yo, por cierto: asperjados también sus cuerpos de venenos
 que ejercen las artes mismas las Escítides se recuerda. 360
 Si alguna fe, aun así, ha de ofrecerse a las cosas probadas,
 ¿acaso no ves que cuantos cuerpos con la demora y el fluido calor
 se descomponen en pequeños vivientes se tornan?
 Ve y también entierra unos selectos toros inmolados
 -cosa conocida por el uso-: de la podrida víscera por todos lados, 365
 selectoras de las flores, nacen abejas, que a la manera de sus padres
 los campos honran y su obra favorecen y para su esperanza trabajan.
 Presa de la tierra un caballo guerrero del abejorro el origen es.
 Sus cóncavos brazos si quitas a un cangrejo ribereño,
 el resto lo pones bajo tierra, de la parte sepultada 370
 un escorpión saldrá y con su cola amenazará corva.
 Y las que suelen con sus canos hilos entretejer las frondas,
 las agrestes polillas -cosa observada para los colonos-,
 con la fúnebre mariposa mudan su figura.






 Unas simientes el cieno tiene que procrea las verdes ranas, 375
 y las procrea truncas de pies, luego, aptas para nadar,
 piernas les da, y para que éstas sean para largos saltos aptas,
 la posterior medida supera a las partes anteriores.
 Tampoco el cachorro que en su parto reciente ha dado la osa
 sino carne malamente viva es. Lamiéndolo su madre hacia sus articulaciones 380
 los modela y a la forma, cuanta abarca ella misma, lo conduce.
 ¿Acaso no ves, a las que la cera hexagonal cubre, a las crías
 de las portadoras de miel, las abejas, que cuerpos sin miembros nacen
 y tardíos su pies como tardías asumen sus remeras?
 De Juno el ave, que de cola constelaciones lleva, 385
 y el armero de Júpiter y de Citerea las palomas
 y el género todo de las aves, si de las partes medias de un huevo
 no supiéramos que se forman, quién, que nacer podrían, creería?
 Hay quienes, cuando podrido se ha una espina en un sepulcro cerrado,
 que se mutan creen en serpientes las humanas médulas. 390
 Éstos, aun así, de otros los primordios de su género sacan.
 Una ave hay que se rehaga y a sí misma ella se reinsemine.
 Los asirios fénix la llaman. No de granos ni de hierbas,
 sino de lágrimas de incienso y del jugo vive de amomo.
 Ella cuando cinco ha completado los siglos de la vida suya, 395
 de una encina en las ramas y en la copa, trémula, de una palmera,
 con las uñas y con su puro rostro un nido para sí se construye,
 en el cual, una vez que con casias y del nardo lene con las aristas
 y con quebrados cínamos lo ha cimentado junto con rubia mirra,
 a sí mismo encima se impone, y finaliza entre aromas su edad. 400
 De ahí, dicen que, quien otros tantos años vivir deba,
 del cuerpo paterno un pequeño fénix renace.
 Cuando le ha dado a él su edad fuerzas, y una carga llevar puede,
 de los pesos del nido las ramas alivia de su árbol alto
 y lleva piadoso, como las cunas suyas, el paterno sepulcro, 405
 y a través de las leves auras, de la ciudad de Hiperíon adueñándose,
 ante sus puertas sagradas de Hiperíon en el templo los suelta.
 Si con todo hay algo de admirable novedad en tales cosas,
 de que cambie sus tornas y la que ora como hembra en su espalda
 padecido al macho ha, ahora de que sea macho ella admirémonos, la hiena. 410








 De éste también, del viviente que de vientos se nutre y de aura,
 que en seguida simula cuantos colores ha tocado.
 Vencida, al portador de los racimos, linces dio la India, a Baco,
 cuya vejiga, según recuerdan, cuanto remite
 se torna en piedras y congela, el aire al ser tocado. 415
 Así también el coral, en el primer momento que toca las auras,
 en ese tiempo se endurece: mullida fue hierba bajo las ondas.
 Acabará antes el día y Febo en la alta superficie
 teñirá sus caballos sin aliento, de que yo alcance todas las cosas con mis palabras,
 que a apariencias se han trasladado nuevas. Así los tiempos tornarse 420
 contemplamos: a aquellas gentes asumir fortaleza,
 caer a estas. Así grande fue, de hacienda y de hombres,
 y durante diez años pudo tanta sangre dar:
 ahora, humilde, nada más Troya viejas ruinas
 y muestra en vez de sus riquezas los túmulos de sus abuelos. 425
 Clara fue Esparta, vigorosa fue la gran Micenas,
 y no poco la Cecrópide, y no poco de Anfíon los recintos.
 Vil suelo Esparta es, alta cayó Micenas,
 la Edipodonia qué es, sino unos nombres, Tebas,
 qué de la Pandionia queda, sino el nombre, Atenas. 430
 Ahora también, la fama es, que una Dardania Roma está surgiendo,
 la cual, próxima del nacido del Apenino, del Tíber, a las ondas,
 bajo una mole ingente los cimientos de sus estados pone.








 Ella, así pues, su forma creciendo muda, y en otro tiempo
 la cabeza del inmenso orbe será. Así lo han dicho los profetas 435
 y, cantoras del hado, lo refieren las venturas, y por cuanto recuerdo
 el Priámida Héleno al que lloraba y dudaba de su salvación
 había dicho, a Eneas, cuando el estado troyano caía:
 «Nacido de diosa, si conocidos bastante los presagios de nuestra
 mente tienes, no toda caerá, tú a salvo, Troya. 440
 La llama a ti y el hierro te darán un camino: irás y a la vez
 Pérgamo arrebatado te llevarás, hasta que a Troya y a ti,
 exterior al paterno, os alcance un más amigo campo.
 Una ciudad también contemplo que debes a nuestros frigios nietos
 cuan grande ni es ni será -ni aun vista- en los anteriores años. 445
 A ella otros próceres a través de siglos largos poderosa,
 pero dueña de los estados, uno de la sangre nacido de Julo
 la hará, del cual cuando la tierra se haya servido,
 lo disfrutarán las etéreas sedes, y el cielo será la salida para él».
 Que tales cosas Héleno había cantado al portador de los penates, a Eneas, 450
 yo, de mente memorioso, refiero, y de que esas a mí emparentadas murallas crezcan
 me alegro, y de que útilmente a los frigios vencieran los pelasgos.
Para que, aun así, olvidados de que a su meta tienden
 mis caballos, lejos no me desplace, el cielo y cuanto bajo él hay
 muta sus formas, y la tierra, y cuanto en ella hay. 455
 Nosotros también, parte del mundo, puesto que no cuerpos sólo,
 sino también voladoras almas somos, y a ferinas casas
 podemos ir, y de rebaños en los pechos escondernos,
 esos cuerpos, que pueden las almas tener de nuestros padres
 o de nuestros hermanos o de gentes unidas por algún pacto a nosotros, 460
 o de hombres, ciertamente, que seguros estén y honestos permitamos,
 o no acumulemos entrañas en nuestras mesas de Tiestes.
 Cuán mal acostumbra, cuán a sí mismo se prepara él, impío,
 para el crúor humano, de un novillo el que la garganta a hierro
 rompe e inmutados ofrece a sus mugidos sus oídos, 465
 o el que, vagidos semejantes a los infantiles cuando un cabrito
 da, degollarlo puede, o de un ave alimentarse
 a la que puso él mismo sus comidas. ¿Cuánto hay que falte en ello
 para el pleno crimen? ¿A dónde el tránsito desde ahí se prepara?







 El buey are, o su muerte impute a sus mayores años, 470
 contra el bóreas horripilante la oveja armas suministre,
 sus ubres den, saturadas las cabritas, a manos que las opriman.
 Las redes junto con los cepos, y los lazos y artes dolosas
 quitad, y al pájaro no engañad con la cebada vara,
 y, hechas para el espanto, con las plumas a los ciervos no burlad 475
 ni esconded con carnadas falaces los corvos anzuelos.
 Perded a cuanto cause daño, pero esto también perdedlo tan sólo,
 las bocas de sangre queden libres y alimentos tiernos cojan».







A requerimiento de discípulos y amigos, comenzó a delinear su misión a favor de un clima que estimó propicio para su obra.
Resaltó con tan maravillosos colores, con tan decididas perspectivas su sueño de establecer un centro pedagógico ideal donde formar armónicamente a las jóvenes generaciones que, vencidas por fin las naturales reservas de algunos gobernantes suspicaces, sentó las bases, con el general consenso y múltiples ofertas de colaboración, de su futura escuela.
En la cima de un montecillo poblado de pinos y de encinas próximo al mar y emplazado en los mismos aledaños de Crotona, fue derivando en realidad sus sueños. Allí se llevó a cabo la construcción del que sería famoso instituto Pitagórico, conocido y admirado en todo el orbe antiguo y de donde habría de brotar el primer ejemplo práctico de la pedagogía integral y armónica y de un internado basado en un conocimiento completo del individuo derivado de las enseñanzas de los misterios hasta entonces vedados a la luz pública.


El anhelo vehementísimo de Pitágoras era ya una realidad. Aquel núcleo selecto de jóvenes de ambos sexos, surgidos de todos los sectores sociales, sometidos de antemano a un examen completo y minucioso de capacidad física, moral, intelectual y síquica, se convertiría, andando los años, en una pléyade de ciudadanos de superior categoría, en una nueva aristocracia de las almas que serviría de injerto para elevar el nivel de la sociedad.





La Fraternidad Pitagórica







“En cuanto al origen del Instituto (Pitagórico), la tradición nos dice únicamente que hasta la LXII Olimpiada (530 A.C.), o un poco después, Pitágoras fue a Crotona con numerosos discípulos que lo acompañaron desde Samos, y comenzó a hablar en público de tal manera que pronto se granjeó la simpatía de los oyentes, que venían en gran número a escuchar sus inspiradas palabras; les enseñó verdades que nunca habían sido escuchadas en aquellas regiones y de boca de un hombre como él. Fue recibido con gran deferencia tanto por el pueblo como por el partido aristocrático que entonces detentaba las riendas del gobierno, y tal fue el entusiasmo despertado por sus enseñanzas que sus admiradores erigieron un magnífico edificio en mármol blanco – denominado homakoeion, o auditorio público -, en el cual podría proclamar convenientemente sus doctrinas y les permitía vivir bajo su guía... Su autoridad creció de tal manera que pronto ostentó una verdadera influencia moral en la ciudad, que rápidamente se propagó hacia el exterior, hasta los vecinos distritos de la Magna Grecia, Sicilia, Sybaris, Tarento, Rhegio, Catania, Himera y Agrigento.
Desde las colonias griegas y desde las tribus italianas de Lucani, Peucetil, Mesapii e incluso de las aldeas romanas, acudían a él discípulos de ambos sexos, y lo tomaban como maestro los legisladores más célebres de esos lugares, Zauleco, Carondas, Numa, y otros. Con su intermediación se pudo restaurar el orden, la libertad, las costumbres y las leyes (The Pythagorean Sodality of Crotona, por Alberto Granola, Spirit of the Sun Publications, Santa Fe, New Mexico, 1997, páginas 4-5, extractos).
Ha destacar la colonia pitagórica que se estableció en la ciudad de Roma que llegó a construir una extraordinaria basílica subterránea, junto a la Porta Maggiore. 






“Porfirio relata que más de dos mil ciudadanos con sus esposas y familias se reunían en el Homakoeion, vivían en comunidad de bienes y regulaban sus vidas por las leyes que les dio el filósofo, a quien veneraban como a un Dios.
Fue así como se formó la Fraternidad, a la que tenía acceso todo hombre o mujer de bien; y a esta familia filosófica del Maestro le fueron dadas las mismas reglas  que él había visto en las escuelas de Oriente y de Egipto, en las cuales, como ya se ha referido, él adquirió el conocimiento de los Misterios.
El alumnado tenía que obedecer unas normas estrictas. Debía asistir con puntualidad, realizar los cantos, u oraciones al inicio de cada sesión, y recibían las lecciones de viva voz de Pitágoras invisible tras una cortina.
Tenían que mantenerse abstemios, parcos en comer, vegetarianos, modestos en vestir y puros con un exacerbado respeto a todo ser viviente, por lo que no aceptaba vestiduras confeccionadas con pieles de animales.
Los alumnos no podían ver al maestro cara a cara, hasta que no superaran las enseñanzas preliminares que podían durar incluso tres años.
Escuela hermética. Solo los aprobados tras la enseñanza previa, pasaban al secretismo. Usaba Símbolos místicos y esotéricos, de interés para reconocerse entre ellos.
Los adelantados se convertían en colaboradores del maestro, como el caso de su mujer Téano, ya que no eran discriminadas las mujeres.
Llegó a tener en un curso a más de 600 seguidores, procedentes de múltiples ciudades.
Resultaban la élite de la sociedad, aprendiendo las disciplinas de Religión-Medicina-Cosmología- Filosofía-Ética- Política- y Música. Su porte era distinguido por la elegancia y esmerada educación. Tenían acceso a los puestos públicos más elevados.
El instituto llegó a ser al mismo tiempo un colegio de educación, una academia científica y una pequeña ciudad modelo, bajo la dirección de un gran iniciado. Y fue por medio de la teoría acompañada de la práctica, y por la unión de la ciencia y el arte, que gradualmente se alcanzó esa ciencia de las ciencias y esa armonía del alma y del intelecto con el universo, las cuales los Pitagóricos consideraban que eran los arcanos de la filosofía y de la religión. (Ibid. p. 8)
“En realidad, su meta era la elevación de sus discípulos en espíritu y acción, ya sea inspirándoles cultura general y conocimiento, ya sea haciéndoles practicar la disciplina más rigurosa de la mente y de las pasiones...” (Ibid. p. 12)






“...el sabio de Samos se propuso reformar a los hombres desde el interior, y con ello necesariamente modificar las condiciones exteriores de la vida individual y social. Una vez que deseó construir religión fundada en un sentimiento interior y no en prácticas externas de adoración, las cuales, no habiendo una consciencia con la que se correspondiesen, se convertían en meras supersticiones y vacíos formalismos dogmáticos, fue completamente natural que la nueva intuición despertase en medio de los elementos reaccionarios y conservadores de la sociedad de Crotona y la Italiana y, sobre todo, la cólera de la ignorante aristocracia, que estaba excluida por su deficiencia intelectual y moral, del mismo modo que los sacerdotes, que se vieron privados de influencia sobre la mayor parte – y la mejor – de la juventud. Las calumnias que ellos supieron difundir con el arte que parece ser su privilegio, encontraron crédito, como siempre,  en el vulgo, y pronto fueron animados por otros que vieron igualmente amenazados sus intereses particulares” (Ibid. 13-14).
“Por otro lado, está debidamente documentado que cierto aristócrata extremadamente ignorante de nombre Cylon, el cual, debido a su ignorancia e ineptitud, no pudo obtener la admisión en la Fraternidad interna, lleno de rabia y malicia, comenzó a agitar a los descontentos... logrando un decreto de proscripción por el cual se expulsaba a Pitágoras. 




Este, después de haber obtenido asilo en Caulonia y Locris, fue recibido finalmente en Metaponto, donde murió poco después. Se estableció entonces una feroz persecución contra los Pitagóricos: unos fueron asesinados y otros desterrados, convirtiéndose en fugitivos en las comarcas vecinas.
En estas condiciones, la vida en la Fraternidad fue extremadamente corta, no habiendo durado más de cuarenta años; con todo, la eficacia de las enseñanzas Pitagóricas duró muchos siglos. Su llama nunca se extinguió y, por si acaso, fue rigurosamente preservada y transmitida de generación en generación por los elegidos, a los cuales fue confiada, por grados, el contenido sagrado; de tal forma que los cimientos de la doctrina esotérica se mantuvieran, y en todas las sucesivas épocas fue conocida en mayor o menor grado.” (Ibid. pp. 14-15)
“Había dos tipos de adeptos en la Fraternidad: los que eran admitidos a un grado de iniciación (discípulos genuinos o familiares) y los que eran novicios (o neófitos) o simplemente oyentes (acustici pythagoristae); a los primeros, divididos en varias clases... y a los discípulos directos del Maestro, se les administraban enseñanzas secretas o esotéricas; los otros apenas podían comparecer en las conferencias exotéricas de carácter esencialmente moral” (Ibid. p. 16) “En lo que respecta a las enseñanzas... eran dobles y, para ser admitido en la parte cerrada o secreta, era necesario haber comprobado, durante varios años, que el candidato estaba presto a recibir y, por tanto, tenía aptitudes. Aquel que no pudiese dar tal garantía, podía seguir instruyéndose en las escuelas comunes o exotéricas en una enseñanza desprovista de todo el simbolismo pero de carácter esencialmente moral” (Ibid. p. 24).

Para terminar ésta primera parte, podríamos ver éste extraordinario vídeo:






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