divendres, 19 de desembre de 2014

LOS AÑOS PERDIDOS DE JESÚS 5/5


7. El vigésimo sexto año (año 20 d. de J.C.)

Al empezar este año, Jesús de Nazaret se volvió poderosamente consciente de que poseía un poder potencial muy extenso. Pero también estaba totalmente persuadido de que este poder no debía ser empleado por su personalidad, como Hijo del Hombre, al menos hasta que llegara su hora.
Por esta época reflexionó mucho sobre sus relaciones con su Padre que está en los cielos, aunque habló poco de ello. La conclusión de todas estas reflexiones la expresó una vez en su oración en la cima de la colina, cuando dijo: «Independientemente de quién sea yo y del poder que pueda o no ejercer, siempre he estado y siempre estaré sometido a la voluntad de mi Padre…». Sin embargo, mientras este hombre iba y venía de su trabajo por Nazaret, era literalmente cierto — en lo que se refiere a un enorme universo — que «en él estaban ocultos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento».
Los asuntos de la familia fueron bien todo este año, excepto en lo que se refiere a Judá. Santiago tuvo dificultades durante años con su hermano menor, que no estaba dispuesto a ponerse seriamente a trabajar ni se podía contar con él para que participara en los gastos del hogar. Aunque vivía en la casa, no era consciente de que tenía que ganar su parte para el mantenimiento de la familia.
Jesús era un hombre de paz, y de vez en cuando se sentía apenado por las explosiones belicosas y los numerosos arrebatos patrióticos de Judá. Santiago y José estaban a favor de echarlo de la casa, pero Jesús no quiso consentirlo. Cada vez que llegaban al límite de su paciencia, Jesús sólo les aconsejaba: «Tened paciencia. Sed sabios en vuestros consejos y elocuentes en vuestras vidas, para que vuestro hermano menor pueda conocer primero el mejor camino, y luego se sienta obligado a seguiros en él». El consejo sabio y afectuoso de Jesús evitó una ruptura en la familia. Permanecieron juntos, pero Judá nunca adquirió la sensatez hasta después de casarse.
María hablaba rara vez de la futura misión de Jesús. Cada vez que se mencionaba este asunto, Jesús se limitaba a contestar: «Mi hora aún no ha llegado». Jesús casi había terminado la difícil tarea de destetar a su familia, para que no tuvieran que depender de la presencia inmediata de su personalidad. Se estaba preparando rápidamente para el día en que podría dejar convenientemente este hogar de Nazaret y empezar el preludio más activo de su verdadero ministerio hacia los hombres.
No perdáis nunca de vista el hecho de que la misión principal de Jesús… consistía en adquirir la experiencia de las criaturas. Y al mismo tiempo que acumulaba esta experiencia misma, efectuar la revelación suprema del Padre. Concomitante con estos objetivos, también se dedicó a desenredar los complicados asuntos de este planeta en la medida en que estaban relacionados con la rebelión de Lucifer.
Jesús disfrutó este año de más horas libres de lo habitual, y consagró mucho tiempo a enseñar a Santiago la administración del taller de reparaciones, y a José la dirección de los asuntos del hogar. María presentía que se estaba preparando para dejarlos. ¿Dejarlos para ir adónde? ¿Para hacer qué? Casi había abandonado la idea de que Jesús era el Mesías. No podía comprenderlo; simplemente no podía sondear el interior de su hijo primogénito.





Jesús pasó este año una gran parte de su tiempo con cada uno de los miembros de su familia. Salía con ellos para dar largos y frecuentes paseos por las colinas y a través del campo. Antes de la cosecha, llevó a Judá a casa de su tío granjero al sur de Nazaret, pero Judá no se quedó mucho tiempo después de la recolección. Huyó de allí y Simón lo encontró más tarde con los pescadores en el lago. Cuando Simón lo trajo de vuelta al hogar, Jesús mantuvo una conversación con el muchacho fugitivo y, puesto que quería ser pescador, fue con él hasta Magdala y lo puso en manos de un pariente que era pescador; desde aquel momento, Judá trabajó bastante bien y con regularidad hasta que contrajo matrimonio, y continuó como pescador después de casarse.
Por fin había llegado el día en que todos los hermanos de Jesús habían elegido sus oficios y se habían establecido en ellos. El escenario se estaba preparando para que Jesús abandonara el hogar.
En noviembre tuvo lugar una doble boda. Santiago se casó con Esta y Miriam se casó con Jacobo. Fue realmente un feliz acontecimiento. Incluso María estaba de nuevo feliz, excepto cuando se daba cuenta, de vez en cuando, que Jesús se estaba preparando para marcharse. Sufría el peso de una gran incertidumbre. Si Jesús quisiera sentarse y hablar francamente con ella de todo esto como cuando era niño... Pero se había vuelto muy reservado y mantenía un profundo silencio sobre el futuro.
Santiago y su esposa Esta se instalaron en una linda casita, regalo del padre de ella, en la parte oeste de la ciudad. Aunque Santiago continuaba manteniendo el hogar de su madre, su contribución se redujo a la mitad a causa de su matrimonio, y José fue nombrado oficialmente por Jesús como cabeza de familia. Judá enviaba ahora fielmente su contribución mensual a la casa. Los enlaces de Santiago y de Miriam ejercieron una influencia muy beneficiosa sobre Judá, y al marcharse para la zona pesquera al día siguiente de la doble boda, le aseguró a José que podía confiar en él «para cumplir con todo mi deber y más si es necesario». Y mantuvo su promesa.
Miriam vivía en la casa de Jacobo, contigua a la de María, pues Jacobo padre había sido enterrado con sus antepasados. Marta ocupó el lugar de Miriam en el hogar, y la nueva organización funcionó sin problemas antes de que terminara el año.
Al día siguiente de la doble boda, Jesús tuvo una importante conversación con Santiago. Le contó confidencialmente que se estaba preparando para dejar el hogar. Regaló a Santiago la escritura de propiedad del taller de reparaciones, dimitió de manera oficial y solemne como jefe de la casa de José, e instaló a su hermano Santiago de forma muy afectuosa como «jefe y protector de la casa de mi padre». Redactó un pacto secreto, que luego firmaron los dos, en el que se estipulaba que a cambio de la donación del taller de reparaciones, Santiago asumiría en adelante toda la responsabilidad financiera de la familia, eximiendo a Jesús de cualquier obligación posterior en esta materia. Después de firmar el contrato y de arreglar el presupuesto de tal manera que la familia pudiera hacer frente a sus gastos reales sin ninguna contribución de Jesús, éste dijo a Santiago: «Hijo mío, no obstante continuaré enviándote algo todos los meses hasta que haya llegado mi hora, pero utiliza lo que yo te envíe según se presenten las circunstancias. Emplea mis fondos para las necesidades o los placeres de la familia, como te parezca conveniente. Utilízalos en caso de enfermedad o para hacer frente a los incidentes inesperados que puedan sobrevenir a cualquier miembro de la familia».
Así es como Jesús se preparaba para emprender la segunda fase de su vida adulta, separado de los suyos, antes de empezar a ocuparse públicamente de los asuntos de su Padre.
JESÚS se había separado de manera completa y definitiva de la administración de los asuntos domésticos de la familia de Nazaret y de la dirección inmediata de sus miembros. Hasta el día de su bautismo continuó contribuyendo a las finanzas familiares y tomándose un vivo interés personal por el bienestar espiritual de cada uno de sus hermanos y hermanas. Y siempre estaba dispuesto a hacer todo lo que fuera humanamente posible por el bienestar y la felicidad de su madre viuda.
El Hijo del Hombre lo tenía ahora todo preparado para separarse de manera permanente del hogar de Nazaret; hacer esto no fue nada fácil para él. Jesús amaba de manera natural a su gente; quería a su familia, y este afecto natural había crecido enormemente debido a su extraordinaria dedicación a ellos. Cuanto más plenamente nos entregamos a nuestros semejantes, más llegamos a amarlos; puesto que Jesús se había dado tan completamente a su familia, los quería con un afecto grande y ferviente.
Poco a poco, toda la familia había empezado a comprender que Jesús se estaba preparando para dejarlos. La tristeza de la separación que se avecinaba sólo estaba atenuada por esta manera gradual de prepararlos para anunciarles su intención de partir. Durante más de cuatro años observaron que estaba proyectando esta separación final.

1. El vigésimo séptimo año (año 21 d. de J.C.)

Una lluviosa mañana de domingo del mes de enero de este año 21, Jesús se despidió sin ceremonias de su familia, explicándoles solamente que iba a Tiberiades y luego a visitar otras ciudades alrededor del Mar de Galilea. Así se separó de ellos, y nunca más volvió a ser un miembro regular de este hogar.
Pasó una semana en Tiberiades, la nueva ciudad que pronto iba a sustituir a Séforis como capital de Galilea. Como encontró pocas cosas que le interesaran, pasó sucesivamente por Magdala y Betsaida hasta llegar a Cafarnaúm, donde se detuvo para visitar a Zebedeo, el amigo de su padre. Los hijos de Zebedeo eran pescadores, y él mismo era constructor de barcas. Jesús de Nazaret era un experto en el arte de diseñar y en la construcción; era un maestro trabajando la madera, y Zebedeo conocía desde hacía tiempo la habilidad del artesano de Nazaret. Hacía mucho tiempo que Zebedeo tenía la intención de construir mejores barcas; expuso pues sus proyectos a Jesús, e invitó al carpintero visitante a que se uniera a él en esta empresa. Jesús aceptó con mucho gusto.





Jesús sólo trabajó con Zebedeo poco más de un año, pero durante este tiempo creó un nuevo tipo de barcas y estableció métodos completamente nuevos para su fabricación. Gracias a una técnica superior y a unos métodos mucho mejores de tratar las tablas al vapor, Jesús y Zebedeo empezaron a construir barcas de un tipo muy superior; se trataba de unas embarcaciones mucho más seguras que los antiguos modelos para navegar por el lago. Zebedeo tuvo durante varios años más trabajo, fabricando este nuevo tipo de barcas, que el que su pequeña empresa podía producir; en menos de cinco años, prácticamente todas las embarcaciones que navegaban por el lago habían sido construidas en el taller de Zebedeo en Cafarnaúm. Jesús se hizo famoso entre los pescadores de Galilea como el diseñador de estas nuevas barcas.
Zebedeo era un hombre medianamente adinerado; sus astilleros se encontraban al borde del lago al sur de Cafarnaúm y su casa estaba situada a la orilla del lago cerca del centro de pesca de Betsaida. Jesús vivió en la casa de Zebedeo durante su estancia de más de un año en Cafarnaúm. Durante mucho tiempo había trabajado solo en el mundo, es decir sin padre, y disfrutó mucho de este período de trabajo con un socio paternal.
Salomé, la mujer de Zebedeo, era pariente de Anás, antiguo sumo sacerdote en Jerusalén, que había sido destituido hacía sólo ocho años, pero que seguía siendo el miembro más influyente del grupo de los saduceos. Salomé se convirtió en una gran admiradora de Jesús. Lo quería tanto como a sus propios hijos, Santiago, Juan y David, mientras que sus cuatro hijas lo consideraban como su hermano mayor. Jesús salía a menudo a pescar con Santiago, Juan y David, los cuales descubrieron que era tan buen pescador como experto constructor de barcas.
Jesús envió dinero a Santiago todos los meses de este año. En octubre regresó a Nazaret para asistir a la boda de Marta, y durante más de dos años no volvió por Nazaret hasta poco antes de la doble boda de Simón y de Judá.
Jesús construyó barcas durante todo este año y continuó observando cómo vivían los hombres en la Tierra. Iba a visitar con frecuencia la parada de las caravanas, pues la ruta directa de Damasco hacia el sur pasaba por Cafarnaúm. Cafarnaúm era un importante puesto militar romano, y el oficial que mandaba la guarnición era un gentil que creía en Yahvé, «un hombre piadoso», como los judíos solían designar a estos prosélitos. Este oficial pertenecía a una rica familia romana, y había asumido la responsabilidad de construir una hermosa sinagoga en Cafarnaúm, que había donado a los judíos poco antes de que Jesús viniera a vivir con Zebedeo. Jesús dirigió los oficios en esta nueva sinagoga más de la mitad de las veces este año, y algunos de los viajeros de las caravanas que asistieron por casualidad lo recordaban como el carpintero de Nazaret.
Cuando llegó el momento de pagar los impuestos, Jesús se inscribió como «artesano cualificado de Cafarnaúm». Desde este día hasta el final de su vida terrestre, fue conocido como habitante de Cafarnaúm. Nunca pretendió tener otra residencia legal, aunque permitió, por diversas razones, que otros fijaran su domicilio en Damasco, Betania, Nazaret e incluso en Alejandría.
Encontró muchos libros nuevos en las arcas de la biblioteca de la sinagoga de Cafarnaúm, y pasaba al menos cinco noches por semana estudiando intensamente. Dedicaba una noche a la vida social con los adultos y pasaba otra con los jóvenes. En la personalidad de Jesús había algo de agradable e inspirador que atraía invariablemente a los jóvenes. Siempre hacía que se sintieran a gusto en su presencia. Quizás su gran secreto para permanecer entre ellos consistía en el doble hecho de que siempre se interesaba por lo que estaban haciendo, mientras que raramente les aconsejaba, a menos que se lo pidieran.
La familia de Zebedeo casi adoraba a Jesús, y nunca dejaban de asistir a las charlas con preguntas y respuestas que dirigía cada noche después de la cena, antes de irse a estudiar a la sinagoga. Los jóvenes de la vecindad también acudían con frecuencia a estas reuniones tras la cena. A estas pequeñas asambleas, Jesús les impartía una enseñanza variada y avanzada, tan avanzada como podían comprender. Hablaba con ellos sin ninguna reserva y exponía sus ideas e ideales sobre la política, la sociología, la ciencia y la filosofía, pero nunca pretendía hablar con una autoridad final excepto cuando hablaba de religión — de la relación del hombre con Dios.
Una vez por semana, Jesús mantenía una reunión con toda la gente de la casa, el personal del taller y los ayudantes de la costa, pues Zebedeo tenía muchos empleados. Entre estos trabajadores es donde llamaron a Jesús por primera vez «Maestro». Todos lo querían. Le gustaba su trabajo en Cafarnaúm con Zebedeo, pero echaba de menos a los niños jugando al lado del taller de carpintería de Nazaret.
De todos los hijos de Zebedeo, Santiago era el que más se interesaba por Jesús como maestro y como filósofo. Juan apreciaba más su enseñanza y sus opiniones sobre la religión. David lo respetaba como artesano, pero hacía poco caso de sus ideas religiosas y de sus enseñanzas filosóficas.
Judá venía muchos sábados para escuchar lo que Jesús decía en la sinagoga, y se quedaba para charlar con él. Cuanto más veía a su hermano mayor, más se convencía de que Jesús era realmente un gran hombre.
Jesús hizo este año grandes progresos en la dominación ascendente de su mente humana.
Éste fue su último año de vida estable. Jesús nunca más pasó un año entero en el mismo lugar o en la misma tarea. Se estaban acercando rápidamente los días de sus peregrinaciones terrestres. Los períodos de intensa actividad no estaban lejos en el futuro, pero entre su vida simple e intensamente activa del pasado y su ministerio público aún más intenso y arduo, iban a intercalarse ahora unos pocos años de grandes viajes y de actividad personal muy diversificada. Tenía que completar su formación como hombre del mundo antes de emprender su carrera de enseñanza y de predicación como hombre-Dios…

2. El vigésimo octavo año (año 22 d. de J.C.)

Jesús se despidió de Zebedeo y de Cafarnaúm en marzo del año 22 d.de J.C. Pidió una pequeña suma de dinero para costear sus gastos de viaje hasta Jerusalén. Mientras trabajaba con Zebedeo, sólo había cobrado las pequeñas cantidades de dinero que enviaba mensualmente a su familia de Nazaret. José venía un mes a Cafarnaúm para buscar el dinero, y al mes siguiente era Judá quien pasaba por Cafarnaúm para recibir el dinero de Jesús y llevarlo a Nazaret. El centro pesquero donde trabajaba Judá sólo estaba a unos kilómetros al sur de Cafarnaúm.
Cuando Jesús se despidió de la familia de Zebedeo, acordó con ellos permanecer en Jerusalén hasta la Pascua, y todos prometieron estar presentes para este acontecimiento. Incluso convinieron en celebrar juntos la cena pascual. Todos se entristecieron cuando Jesús se marchó, especialmente las hijas de Zebedeo.
Antes de dejar Cafarnaúm, Jesús tuvo una larga conversación con su nuevo amigo e íntimo compañero Juan Zebedeo. Le dijo que pensaba viajar mucho hasta que «llegue mi hora», y le pidió que cada mes enviara en su nombre algún dinero a la familia de Nazaret, hasta que se agotaran los fondos que se le debían. Juan le hizo esta promesa: «Maestro, dedícate a tus asuntos y haz tu trabajo en el mundo. Actuaré en tu lugar en éste y en cualquier otro asunto, y velaré por tu familia como si tuviera que mantener a mi propia madre y cuidar a mis propios hermanos y hermanas. Emplearé los fondos que te debe mi padre tal como has indicado y según se necesiten. Cuando tu dinero se haya agotado, si no recibo más de ti y tu madre se encontrara en la necesidad, entonces compartiré mi propio salario con ella. Puedes emprender tu camino en paz. Actuaré en tu lugar en todas estas cuestiones».







Barca encontrda en los astilleros de Cafarnaum, supuestamente, construida por Jesús.

Después de que Jesús partiera para Jerusalén, Juan consultó con su padre Zebedeo sobre el dinero que se le debía a Jesús, y se quedó sorprendido de que la suma fuera tan importante. Como Jesús había dejado el asunto completamente entre sus manos, acordaron que lo mejor sería invertir estos fondos en inmuebles y utilizar la renta para ayudar a la familia de Nazaret. Zebedeo conocía una casita de Cafarnaúm que estaba hipotecada y en venta, por lo que recomendó a Juan que la comprara con el dinero de Jesús, y guardara la escritura en depósito para su amigo. Juan hizo lo que su padre le aconsejó. Durante dos años, el arrendamiento de la casa se utilizó para pagar la hipoteca, y esto, unido a una importante cantidad de dinero que Jesús envió a Juan poco después para que la familia lo utilizara según sus necesidades, fue casi suficiente para cancelar esta deuda. Zebedeo añadió la diferencia, de manera que Juan pagó el resto de la hipoteca a su vencimiento, consiguiendo así una escritura libre de cargas para esta casa de dos piezas. De esta manera Jesús se convirtió, sin saberlo, en el propietario de una casa en Cafarnaúm.
Cuando la familia de Nazaret se enteró de que Jesús se había marchado de Cafarnaúm, como no sabían nada de este arreglo financiero con Juan, creyeron que les había llegado la hora de salir adelante sin contar con su ayuda. Santiago se acordó de su pacto con Jesús y, con la ayuda de sus hermanos, asumió inmediatamente toda la responsabilidad de cuidar a la familia.
Pero volvamos atrás para observar a Jesús en Jerusalén. Durante cerca de dos meses, pasó la mayor parte de su tiempo escuchando las discusiones en el templo, y realizando visitas ocasionales a las diversas escuelas de rabinos. La mayoría de los sábados los pasaba en Betania.
Jesús había llevado consigo a Jerusalén una carta de la esposa de Zebedeo, dirigida al antiguo sumo sacerdote Anás, en la que Salomé lo presentaba como «si fuera mi propio hijo». Anás pasó mucho tiempo con él, llevándolo personalmente a visitar las numerosas academias de los educadores religiosos de Jerusalén. Jesús inspeccionó a fondo estas escuelas y observó cuidadosamente sus métodos de enseñanza, pero no hizo ni una sola pregunta en público. Aunque Anás consideraba a Jesús como un gran hombre, no sabía bien cómo aconsejarle. Reconocía que sería una tontería sugerirle que ingresara como estudiante en una de las escuelas de Jerusalén, y sin embargo sabía muy bien que nunca concederían a Jesús la categoría de profesor titular, ya que nunca se había formado en estas escuelas.
La época de la Pascua se estaba acercando, y junto con el gentío que venía de todas partes, Zebedeo y toda su familia llegaron a Jerusalén procedentes de Cafarnaúm. Todos se alojaron en la espaciosa casa de Anás, donde celebraron la Pascua como una familia unida y feliz.





Antes de finalizar esta semana pascual, y aparentemente por casualidad, Jesús conoció a un rico viajero y a su hijo, un joven de unos diecisiete años. Estos viajeros procedían de la India, y mientras iban de camino para visitar Roma y otros diversos lugares del Mediterráneo, habían planeado llegar a Jerusalén durante la Pascua, con la esperanza de encontrar a alguien a quien poder contratar como intérprete para los dos y como preceptor para el hijo. El padre insistió para que Jesús consintiera en viajar con ellos. Jesús le habló de su familia y de que no era muy razonable marcharse por un período de casi dos años, durante los cuales podrían pasar necesidades. Entonces este viajero de Oriente le propuso a Jesús adelantarle el salario de un año, de manera que pudiera confiar estos fondos a sus amigos para proteger a su familia de la pobreza. Y Jesús aceptó hacer el viaje.
Jesús entregó esta importante cantidad a Juan, el hijo de Zebedeo. Y ya sabéis cómo utilizó este dinero para liquidar la hipoteca de la propiedad de Cafarnaúm. Jesús confió a Zebedeo todo lo relacionado con este viaje por el Mediterráneo, pero le encargó que no se lo dijera a nadie, ni siquiera a los de su propia carne y sangre. Zebedeo no reveló nunca que conocía el paradero de Jesús durante este largo período de casi dos años. Antes de que Jesús regresara de este viaje, la familia de Nazaret estaba a punto de darlo por muerto. Solamente las aseveraciones de Zebedeo, que fue a Nazaret en diversas ocasiones con su hijo Juan, mantuvieron viva la esperanza en el corazón de María.
Durante este período, la familia de Nazaret se las arregló bastante bien. Judá había aumentado considerablemente su cuota y mantuvo esta contribución adicional hasta que se casó. A pesar del poco apoyo que necesitaban, Juan Zebedeo adquirió la costumbre de presentarse cada mes con unos regalos para María y para Rut, de acuerdo con las instrucciones de Jesús.

3. El vigésimo noveno año (año 23 d. de J.C.)

Jesús pasó todo su vigésimo noveno año completando su periplo por el mundo mediterráneo. En la medida en que se nos ha permitido revelar estas experiencias, los principales acontecimientos de este viaje constituyen el tema de la narración que sigue inmediatamente a este documento.
Durante todo este recorrido por el mundo romano, a Jesús se le conoció, por muchas razones, como el escriba de Damasco. Sin embargo, en Corinto y en otras escalas del viaje de vuelta, fue conocido como el preceptor judío.
Éste fue un período extraordinario en la vida de Jesús. Durante este viaje efectuó muchos contactos con sus semejantes, pero esta experiencia es una fase de su vida que nunca reveló a ningún miembro de su familia y a ninguno de los apóstoles. Jesús vivió toda su vida en la carne y dejó este mundo sin que nadie supiera (excepto Zebedeo de Betsaida) que había hecho este gran viaje. Algunos de sus amigos pensaban que había vuelto a Damasco; otros creían que se había ido a la India. Su propia familia tendía a creer que estaba en Alejandría, porque sabían que una vez lo habían invitado a ir allí para convertirse en el ayudante del chazan.
Cuando Jesús volvió a Palestina, no hizo nada por cambiar la opinión de su familia de que había ido desde Jerusalén hasta Alejandría; les dejó que continuaran creyendo que todo el tiempo que había estado fuera de Palestina lo había pasado en aquella ciudad de erudición y de cultura. Únicamente Zebedeo, el constructor de barcas de Betsaida, conocía los hechos sobre esta cuestión, y Zebedeo no se lo dijo a nadie.





En todos vuestros esfuerzos por descifrar el significado de la vida de Jesús... Si queréis comprender el significado de muchas de sus acciones aparentemente extrañas, tenéis que discernir el propósito de su estancia en vuestro mundo. Tuvo la constante cautela de no fabricar una carrera personal demasiado atractiva que acaparara toda la atención. No quería emplear recursos excepcionales o abrumadores con sus semejantes. Estaba dedicado al trabajo de revelar el Padre celestial a sus compañeros mortales, y al mismo tiempo se consagraba a la tarea sublime de vivir su vida terrestre mortal constantemente sometido a la voluntad de este mismo Padre.
Para comprender la vida de Jesús en la Tierra, siempre será útil también que todos los mortales recuerden que, aunque vivió esta vida de encarnación, la vivió para todo su universo. En la vida que vivió en la carne de naturaleza mortal, había algo especial e inspirador para cada una de las esferas habitadas de todo el universo.
Gracias a las experiencias de este periplo por el mundo romano, y mientras duró el mismo, el Hijo del Hombre completó prácticamente su aprendizaje educativo por contacto con los pueblos tan diversos del mundo de su época y de su generación. En el momento de su regreso a Nazaret, y debido a lo que había aprendido viajando, ya conocía prácticamente cómo el hombre vivía y forjaba su existencia.
El verdadero objetivo de su recorrido alrededor de la cuenca del Mediterráneo era conocer a los hombres. Estuvo en estrecho contacto con centenares de seres humanos en este viaje. Conoció y amó a toda clase de hombres, ricos y pobres, poderosos y humildes, negros y blancos, instruidos e iletrados, cultos e incultos, brutos y espirituales, religiosos e irreligiosos, morales e inmorales.
En este viaje por el Mediterráneo, Jesús efectuó un gran avance en su tarea humana de dominar la mente material y mortal. Al finalizar este periplo, Jesús sabía implícitamente — con toda certidumbre humana — que era un Hijo de Dios, un Hijo Creador del Padre Universal.

4. El Jesús humano

Para las inteligencias celestiales… que lo observaban, este viaje por el Mediterráneo fue la más cautivadora de todas las experiencias terrestres de Jesús, al menos de toda su carrera hasta el momento de su crucifixión y de su muerte física. Éste fue el período fascinante de su ministerio personal, en contraste con la época de ministerio público que pronto le seguiría. Este episodio único en su género fue aún más sobresaliente porque en aquel momento era todavía el carpintero de Nazaret, el constructor de barcas de Cafarnaúm, el escriba de Damasco; era todavía el Hijo del Hombre. Aún no había conseguido el dominio completo de su mente humana. Era todavía un hombre entre los hombres.
La experiencia religiosa puramente humana del Hijo del Hombre — el crecimiento espiritual personal — alcanzó casi la cima de lo accesible durante este año, el vigésimo noveno de su vida. Esta experiencia de desarrollo espiritual fue un crecimiento permanentemente gradual, hasta el día en que finalizó y se confirmó esta relación humana normal y natural entre la mente material del hombre y la dotación mental del espíritu. El fenómeno de fundir estas dos mentes en una sola fue una experiencia que el Hijo del Hombre alcanzó de manera completa y final, como mortal encarnado del mundo, el día de su bautismo en el Jordán.
A través de todos estos años, aunque no parecía dedicarse a muchos períodos de comunión formal con su Padre celestial, perfeccionó unos métodos cada vez más eficaces para comunicarse personalmente con la presencia espiritual interior del Padre… Vivió una vida real, una vida plena y una verdadera vida en la carne, normal, natural y corriente. Conoce por experiencia personal lo equivalente a la realidad de todo lo esencial de la vida que viven los seres humanos en los mundos materiales del tiempo y del espacio.
El Hijo del Hombre experimentó la amplia gama de emociones humanas que van desde la alegría más espléndida al dolor más profundo. Era un niño alegre y un ser con un buen humor poco común; era igualmente un «varón de dolores que conocía las aflicciones». En un sentido espiritual, atravesó la vida mortal desde el punto más bajo hasta el más elevado, desde el principio hasta el fin. Desde un punto de vista material, podría parecer que evitó vivir en los dos extremos sociales de la existencia humana, pero intelectualmente se familiarizó totalmente con la experiencia entera y completa de la humanidad.
Jesús conoce los pensamientos y los sentimientos, los deseos y los impulsos, de los mortales evolutivos y ascendentes de los mundos, desde el nacimiento hasta la muerte. Ha vivido la vida humana desde los principios del yo físico, intelectual y espiritual, pasando por la infancia, la adolescencia, la juventud y la madurez, llegando incluso hasta la experiencia humana de la muerte. No solamente pasó por estos períodos humanos, normales y conocidos, de avance intelectual y espiritual, sino que también experimentó plenamente las fases superiores y más avanzadas de aproximación entre el ser humano que tan pocos mortales… consiguen alcanzar.






Esta vida perfecta que vivió en la similitud de la carne mortal quizás no haya recibido la aprobación completa y universal de sus compañeros mortales, de aquellos que fueron casualmente sus contemporáneos en la Tierra; sin embargo, la vida encarnada que Jesús de Nazaret vivió en… sí recibió la plena y completa aprobación del Padre Universal, porque constituía, al mismo tiempo y en una sola y misma vida de personalidad, la plenitud de la revelación del Dios eterno al hombre mortal, y la presentación de una personalidad humana perfeccionada que satisfacía plenamente al Creador Infinito.
Éste fue su objetivo verdadero y supremo. No descendió para vivir… como el ejemplo perfecto y detallado a seguir por cualquier niño o adulto, por cualquier hombre o mujer, de aquella época o de cualquier otra. En verdad es cierto que todos podemos encontrar en su vida plena, rica, hermosa y noble, muchos elementos exquisitamente ejemplares y divinamente inspiradores, pero esto es así porque vivió una vida verdadera y auténticamente humana. Jesús no vivió su vida en la Tierra para establecer un ejemplo a imitar por todos los demás seres humanos. Vivió esta vida en la carne mediante el mismo ministerio de misericordia que todos vosotros podéis utilizar para vivir vuestra vida en la Tierra. Al vivir su vida mortal en su época y tal como él era, estableció un ejemplo para que todos nosotros vivamos también la nuestra en nuestra época y tal como somos. Quizás no aspiréis a vivir su vida, pero podéis decidir vivir la vuestra como él vivió la suya, y por los mismos medios. Jesús puede que no sea el ejemplo técnico y detallado para todos los mortales de todos los tiempos en todos los planetas de este universo local, pero es eternamente la inspiración y guía de todos los peregrinos con destino… hasta Dios, de lo parcial a lo perfecto, de lo terrenal a lo celestial, del tiempo a la eternidad.
Al final de su vigésimo noveno año, Jesús de Nazaret casi había terminado de vivir la vida que se exige a los mortales como residentes temporales en la carne. Trajo a la Tierra toda la plenitud de Dios que se puede manifestar al hombre; ahora casi se había convertido en la perfección del hombre que espera la ocasión para manifestarse a Dios. Y realizó todo esto antes de cumplir los treinta años.

Los años de transición

DURANTE el viaje por el Mediterráneo, Jesús había estudiado cuidadosamente a las personas que fue encontrando y los países que fue atravesando, y aproximadamente por esta época llegó a su decisión final en cuanto al resto de su vida en la Tierra. Había examinado plenamente y entonces había aprobado finalmente el plan que estipulaba que nacería de padres judíos en Palestina. Por consiguiente, regresó deliberadamente a Galilea para esperar el comienzo de la obra de su vida como instructor público de la verdad. Empezó a hacer planes para una carrera pública en el país del pueblo de su padre José, y actuó así por su propio libre albedrío.
Jesús había descubierto, por experiencia personal y humana, que de todo el mundo romano, Palestina era el mejor lugar para dar a conocer los últimos capítulos, y representar las escenas finales, de su vida en la Tierra. Por primera vez se sintió plenamente satisfecho con el programa de manifestar abiertamente su verdadera naturaleza y revelar su identidad divina entre los judíos y los gentiles de su Palestina natal. Decidió definitivamente terminar su vida en la Tierra y completar su carrera de existencia mortal en el mismo país donde había empezado su experiencia humana como un niño indefenso. Su carrera… había comenzado entre los judíos de Palestina, y escogió terminar su vida en Palestina y entre los judíos.

1. El trigésimo año (año 24 d. de J.C.)

Después de despedirse de Gonod y de Ganid en Charax (en diciembre del año 23) Jesús regresó por el camino de Ur a Babilonia, donde se unió a una caravana del desierto que se dirigía a Damasco. De Damasco fue a Nazaret, parándose sólo unas horas en Cafarnaúm, donde se detuvo para visitar a la familia de Zebedeo. Allí se encontró con su hermano Santiago, que desde hacía algún tiempo había venido a trabajar en su lugar en el astillero de Zebedeo. Después de charlar con Santiago y Judá (que también se encontraba por casualidad en Cafarnaúm) y después de transferir a su hermano Santiago la casita que Juan Zebedeo se había ingeniado para comprar, Jesús continuó su camino hacia Nazaret.
Al final de su viaje por el Mediterráneo, Jesús había recibido dinero suficiente como para hacer frente a sus gastos diarios casi hasta el momento de empezar su ministerio público. Pero, aparte de Zebedeo de Cafarnaúm y de la gente que conoció en el transcurso de esta gira extraordinaria, el mundo nunca supo que había hecho este viaje. Su familia siempre creyó que había pasado este tiempo estudiando en Alejandría. Jesús nunca confirmó esta creencia, ni tampoco refutó abiertamente este malentendido.





Durante su estancia de varias semanas en Nazaret, Jesús charló con su familia y sus amigos, pasó algún tiempo en el taller de reparaciones con su hermano José, pero consagró la mayor parte de su atención a María y a Rut. Rut estaba a punto de cumplir entonces los quince años, y ésta era la primera ocasión que Jesús tenía de conversar largamente con ella desde que se había convertido en una jovencita.
Tanto Simón como Judá deseaban casarse desde hacía algún tiempo, pero les disgustaba hacerlo sin el consentimiento de Jesús; en consecuencia, habían retrasado estos acontecimientos, esperando el regreso de su hermano mayor. Aunque todos consideraban a Santiago como el cabeza de familia en la mayoría de los casos, cuando se trataba de casarse querían la bendición de Jesús. Así pues, Simón y Judá se casaron en una doble boda a principios de marzo de este año 24. Todos los hijos mayores estaban ahora casados; sólo Rut, la más joven, permanecía en casa con María.
Jesús charlaba con toda naturalidad y normalidad con cada uno de los miembros de su familia, pero cuando estaban todos reunidos tenía tan pocas cosas que decir, que llegaron a comentarlo entre ellos. María en particular estaba desconcertada por este comportamiento excepcionalmente extraño de su hijo primogénito.
Cuando Jesús se estaba preparando para dejar Nazaret, el guía de una gran caravana que pasaba por la ciudad cayó gravemente enfermo, y Jesús, que era políglota, se ofreció para reemplazarlo. Este viaje significaba que estaría ausente durante un año; puesto que todos sus hermanos estaban casados y su madre vivía en la casa con Rut, Jesús convocó un consejo de familia donde propuso que su madre y Rut se fueran a vivir a Cafarnaúm, a la casa que había cedido a Santiago tan recientemente. En consecuencia, pocos días después de que Jesús se marchara con la caravana, María y Rut se mudaron a Cafarnaúm, donde vivieron durante el resto de la vida de María en la casa que Jesús les había proporcionado. José y su familia se mudaron a la vieja casa de Nazaret.
Éste fue uno de los años más excepcionales en la experiencia interior del Hijo del Hombre; hizo un gran progreso en la obtención de una armonía funcional entre su mente humana……y  preparar la mente para los grandes acontecimientos que se hallaban entonces en el futuro cercano. La personalidad de Jesús se estaba preparando para su gran cambio de actitud hacia el mundo. Éste fue el período intermedio, la etapa de transición de este ser que había empezado su vida como Dios que se manifiesta como hombre, y que ahora se estaba preparando para completar su carrera terrestre como hombre que se manifiesta como Dios.

2. El viaje en caravana hasta el Caspio

El primero de abril del año 24 fue cuando Jesús salió de Nazaret para emprender el viaje en caravana hasta la región del Mar Caspio. La caravana a la que Jesús se había unido como guía iba desde Jerusalén hasta la región sudoriental del Mar Caspio, pasando por Damasco y el Lago Urmia, y atravesando Asiria, Media y Partia. Antes de que regresara de este viaje habría de transcurrir un año entero.





Para Jesús, este viaje en caravana era una nueva aventura de exploración y de ministerio personal. Tuvo una experiencia interesante con la familia que componía la caravana — pasajeros, guardias y conductores de camellos. Decenas de hombres, mujeres y niños que residían a lo largo de la ruta seguida por la caravana vivieron una vida más rica como resultado de su contacto con Jesús, el guía extraordinario, para ellos, de una caravana ordinaria. No todos los que disfrutaron de su ministerio personal en estas ocasiones se beneficiaron de ello, pero la gran mayoría de los que lo conocieron y conversaron con él fueron mejores para el resto de su vida terrestre.
De todos sus viajes por el mundo, éste que realizó al Mar Caspio fue el que llevó a Jesús más cerca de oriente, y le permitió adquirir una mejor comprensión de los pueblos del lejano oriente. Efectuó un contacto íntimo y personal con cada una de las razas… Disfrutó con la misma intensidad realizando su ministerio personal para cada una de estas diversas razas y pueblos mezclados, y todos fueron receptivos a la verdad viviente que les aportaba. Los europeos del extremo occidente y los asiáticos del extremo oriente prestaron una atención idéntica a sus palabras de esperanza y de vida eterna, y fueron influidos de igual manera por la vida de servicio amoroso y de ministerio espiritual que vivió entre ellos con tanta benevolencia.
El viaje de la caravana fue un éxito en todos los sentidos. Fue un episodio de lo más interesante en la vida humana de Jesús, pues durante este año desempeñó una tarea ejecutiva, siendo responsable del material confiado a su cargo y de la seguridad de los viajeros que integraban la caravana. Cumplió sus múltiples deberes con la mayor fidelidad, eficacia y sabiduría.
A su regreso de la región caspia, Jesús renunció a la dirección de la caravana en el Lago Urmia, donde se detuvo poco más de dos semanas. Regresó como pasajero en una caravana posterior hasta Damasco, donde los propietarios de los camellos le rogaron que permaneciera a su servicio. Rehusó esta oferta y continuó su viaje con la procesión de la caravana hasta Cafarnaúm, donde llegó el primero de abril del año 25. Ya no consideraba a Nazaret como su hogar. Cafarnaúm se había convertido en el hogar de Jesús, de Santiago, de María y de Rut. Pero Jesús no vivió nunca más con su familia; cuando se encontraba en Cafarnaúm se alojaba en la casa de los Zebedeo.

3. Las conferencias de Urmia

Camino del Mar Caspio, Jesús se había detenido varios días en la vieja ciudad persa de Urmia, en la orilla occidental del Lago Urmia, para descansar y recuperarse. En la isla más grande de un pequeño archipiélago situado a corta distancia de la costa, cerca de Urmia, se encontraba un gran edificio — un anfiteatro para conferencias — dedicado al «espíritu de la religión». Esta construcción era en realidad un templo de la filosofía de las religiones. Este templo de la religión había sido construido por un rico comerciante, ciudadano de Urmia, y sus tres hijos. Este hombre se llamaba Cimboitón, y entre sus antepasados se encontraban pueblos muy diversos.
En esta escuela de religión, las conferencias y discusiones empezaban todos los días de la semana a las 10 de la mañana. Las sesiones de la tarde se iniciaban a las 3, y los debates nocturnos se abrían a las 8. Cimboitón o uno de sus tres hijos siempre presidían estas sesiones de enseñanza, de discusión y de debates. El fundador de esta singular escuela de religiones vivió y murió sin revelar nunca sus creencias religiosas personales.
Jesús participó varias veces en estas discusiones, y antes de partir de Urmia, Cimboitón acordó con Jesús que en su viaje de regreso residiría dos semanas con ellos y daría veinticuatro conferencias sobre «la fraternidad de los hombres»; también dirigiría doce sesiones nocturnas de preguntas, discusiones y debates sobre sus conferencias en particular, y sobre la fraternidad de los hombres en general.




En conformidad con este acuerdo, Jesús se detuvo en su viaje de vuelta y dio estas conferencias. De todas las enseñanzas del Maestro, éstas fueron las más sistemáticas y formales. Nunca dijo tantas cosas sobre un mismo tema, ni antes ni después, como lo hizo en estas conferencias y discusiones sobre la fraternidad de los hombres. Estas conferencias trataron, en verdad, sobre el «reino de Dios» y los «reinos de los hombres».
Más de treinta religiones y cultos religiosos estaban representados en la facultad de este templo de filosofía religiosa. Los profesores eran elegidos, mantenidos y plenamente acreditados por sus grupos religiosos respectivos. En aquel momento había en la facultad unos setenta y cinco profesores, y vivían en casas de campo con capacidad para unas doce personas. Estos grupos se cambiaban cada Luna nueva echándolo a suertes. La intolerancia, el espíritu contencioso o cualquier otra tendencia que interfiriera con el funcionamiento apacible de la comunidad, suponía la destitución inmediata y sumaria del educador transgresor. Lo despedían sin ceremonias y su sustituto en espera era instalado inmediatamente en su lugar.
Estos instructores de las diversas religiones hacían un gran esfuerzo para mostrar la similitud de sus religiones en cuanto a las cosas fundamentales de esta vida y de la siguiente. Para obtener una plaza en esta facultad bastaba con aceptar una sola doctrina — cada profesor debía representar a una religión que reconociera a Dios — a algún tipo de Deidad suprema. Había en la facultad cinco educadores independientes que no representaban a ninguna religión organizada, y Jesús apareció ante ellos bajo esta modalidad.

Después de la muerte de Cimboitón, sus hijos encontraron grandes dificultades para mantener la paz en la facultad. Las repercusiones de las enseñanzas de Jesús hubieran sido mucho mayores si los educadores cristianos posteriores que se incorporaron a la facultad de Urmia hubieran mostrado más sabiduría y hubieran ejercido más tolerancia. El hijo mayor de Cimboitón recurrió a Abner, de Filadelfia, para que le ayudara, pero Abner tuvo muy poco acierto en la elección de los educadores, en el sentido de que resultaron ser inflexibles e intransigentes. Estos instructores trataron de que su religión dominara a las otras creencias. Nunca sospecharon que las conferencias del conductor de caravanas, a las que se aludía con tanta frecuencia, habían sido dadas por el mismo Jesús.
Al aumentar la confusión dentro de la facultad, los tres hermanos retiraron su apoyo financiero, y al cabo de cinco años la escuela cerró. Más tarde se abrió de nuevo como templo mitríaco, y finalmente se incendió en conjunción con una de sus celebraciones orgiásticas.

7. El trigésimo primer año (año 25 d. de J.C.)

Cuando Jesús volvió de su viaje al Mar Caspio, sabía que sus desplazamientos por el mundo prácticamente habían terminado. Sólo hizo un viaje más fuera de Palestina, y fue para ir a Siria. Después de una breve visita a Cafarnaúm, se dirigió a Nazaret, donde se quedó unos días haciendo visitas. A mediados de abril salió de Nazaret para Tiro. Desde allí viajó hacia el norte, deteniéndose unos días en Sidón, pero su destino era Antioquía.
Éste es el año de los recorridos solitarios de Jesús a través de Palestina y Siria. Durante todo este año de viajes, fue conocido por diversos nombres en distintas partes del país: el carpintero de Nazaret, el constructor de barcas de Cafarnaúm, el escriba de Damasco y el educador de Alejandría.
En Antioquía, el Hijo del Hombre vivió más de dos meses, trabajando, observando, estudiando, visitando, ayudando y, durante todo este tiempo, aprendiendo cómo viven los hombres, cómo piensan, sienten y reaccionan al entorno de la existencia humana. Durante tres semanas de este período trabajó como fabricante de tiendas. En Antioquía permaneció más tiempo que en cualquiera de los otros lugares que visitó en este viaje. Diez años después, cuando el apóstol Pablo predicó en Antioquía y oyó hablar a sus discípulos de las doctrinas del escriba de Damasco, no sospechó que sus alumnos habían oído la voz y escuchado las enseñanzas del propio Maestro.
Desde Antioquía, Jesús viajó hacia el sur a lo largo de la costa hasta Cesárea, donde se detuvo unas semanas, continuando luego por la costa hasta Jope. Desde Jope viajó tierra adentro hasta Jamnia, Asdod y Gaza. Desde Gaza cogió la ruta interior hasta Beerseba, donde permaneció una semana.
Jesús emprendió entonces su periplo final, como individuo particular, a través del corazón de Palestina, desplazándose desde Beerseba en el sur hasta Dan en el norte. En este viaje hacia el norte se detuvo en Hebrón, Belén (donde vio su lugar de nacimiento), Jerusalén (no visitó Betania), Beerot, Lebona, Sicar, Siquem, Samaria, Geba, En-Ganim, Endor y Madón. Atravesando Magdala y Cafarnaúm, continuó hacia el norte, pasando al este de las Aguas de Merom, y se dirigió por Cárata hasta Dan o Cesárea de Filipo.
… condujo entonces a Jesús a apartarse de los lugares habitados por los hombres, y a subir al Monte Hermón para poder terminar allí el trabajo de dominar su mente humana, y completar la tarea de efectuar su consagración total al resto de la obra de su vida en la Tierra.
Ésta fue una de las épocas excepcionales y extraordinarias de la vida terrestre del Maestro. Atravesó otra experiencia muy similar cuando estuvo solo en las colinas cercanas a Pella, inmediatamente después de su bautismo. Este período de aislamiento en el Monte Hermón marcó el final de su carrera puramente humana, es decir, la terminación técnica de su donación como mortal, mientras que el aislamiento posterior señaló el comienzo de la fase más divina de su donación. Jesús vivió a solas con Dios durante seis semanas en las pendientes del Monte Hermón.

8. La estancia en el monte Hermón

Después de pasar algún tiempo en las proximidades de Cesárea de Filipo, Jesús preparó sus provisiones, adquirió una bestia de carga, contrató a un muchacho llamado Tiglat y se dirigió por el camino de Damasco hasta un pueblo conocido en otro tiempo como Beit Jenn, en los cerros al pie del Monte Hermón. Aquí, poco antes de mediados de agosto del año 25, estableció su campamento, dejó sus provisiones al cuidado de Tiglat y ascendió las laderas solitarias de la montaña. Durante este primer día, Tiglat acompañó a Jesús en su subida hasta un punto determinado a unos 2000 metros sobre el nivel del mar, donde construyeron un receptáculo de piedra en el que Tiglat tenía que depositar los alimentos dos veces por semana.
El primer día después de dejar a Tiglat, Jesús sólo había ascendido un corto trayecto de la montaña cuando se detuvo para orar. Entre otras cosas, pidió a su Padre que hiciera volver a su serafín guardián para que «acompañara a Tiglat». Solicitó que se le permitiera subir solo hacia su última contienda con las realidades de la existencia mortal, y esta petición le fue concedida.
Jesús comió frugalmente mientras estuvo en la montaña; sólo se abstuvo de todo alimento un día o dos a la vez. Los seres superhumanos que se enfrentaron con él en esta montaña, con quienes luchó en espíritu y a quienes derrotó en poder, eran reales… no eran fantasmas de la imaginación, producidos por los desvaríos intelectuales de un mortal debilitado y hambriento que no pudiera distinguir la realidad de las visiones de una mente enajenada.
Jesús pasó las tres últimas semanas de agosto y las tres primeras de septiembre en el Monte Hermón. Durante estas semanas, terminó la tarea mortal de alcanzar los círculos de comprensión mental y de control de la personalidad. Durante todo este período de comunión con su Padre celestial, … también finalizó los servicios que se le habían asignado. La meta mortal de esta criatura terrestre fue alcanzada allí. Sólo quedaba por consumar la fase final de armonización…
Después de más de cinco semanas de comunión ininterrumpida con su Padre, Jesús estuvo absolutamente seguro de su naturaleza y de la certeza de su triunfo sobre los niveles materiales de manifestación de la personalidad en el espacio-tiempo. Creía plenamente en el predominio de su naturaleza divina sobre su naturaleza humana, y no dudó en afirmarlo.
Hacia el final de su estancia en la montaña, Jesús pidió a su Padre que se le permitiera celebrar una conferencia con sus enemigos en su calidad de Hijo del Hombre, como Josué ben José. Esta petición le fue concedida. La gran tentación, la prueba del universo, tuvo lugar durante la última semana en el Monte Hermón. Satanás (en representación de Lucifer) y Caligastia, el Príncipe Planetario rebelde, estaban presentes junto a Jesús y fueron hechos plenamente visibles para él. Esta «tentación», esta prueba final de lealtad humana frente a las falsedades de las personalidades rebeldes, no tenía que ver con el alimento, los pináculos del templo o los actos presuntuosos. No tenía que ver con los reinos de este mundo, sino con la soberanía de un poderoso y glorioso universo. El simbolismo de vuestras escrituras estaba destinado a las épocas atrasadas del pensamiento infantil del mundo. Las generaciones siguientes deberían comprender la gran lucha que mantuvo el Hijo del Hombre aquel día memorable en el Monte Hermón.
A las numerosas proposiciones y contraproposiciones de los emisarios de Lucifer, Jesús se limitó a responder: «Que prevalezca la voluntad de mi Padre, y a ti, mi hijo rebelde, que los Ancianos de los Días te juzguen divinamente. Soy tu Creador-padre; difícilmente puedo juzgarte con justicia, y ya has despreciado mi misericordia. Te confío a la decisión de los Jueces de un universo más grande».
A todos los arreglos y artimañas sugeridos por Lucifer, a todas las proposiciones engañosas relativas a la donación de la encarnación, Jesús se limitó a responder: «Que se haga la voluntad de mi Padre.» Cuando la dura prueba terminó, el serafín guardián que se mantenía apartado volvió al lado de Jesús y le aportó su servicio.
Cuando Jesús descendió de su estancia en el Monte Hermón, la rebelión de Lucifer en Satania y la secesión de Caligastia… estaban prácticamente arregladas. Jesús había pagado el último precio que se le exigía para obtener la soberanía de su universo, que en sí misma regula el estado de todos los rebeldes y determina que toda sublevación futura de este tipo (si llega a producirse alguna vez) puede ser tratada de manera sumaria y eficaz. En consecuencia, se puede observar que la llamada «gran tentación» de Jesús tuvo lugar algún tiempo antes de su bautismo, y no inmediatamente después.
Al final de su estancia en la montaña, mientras Jesús descendía se encontró con Tiglat, que subía para acudir a la cita con los alimentos. Al indicarle que se volviera, solamente le dijo: «El período de descanso ha terminado; tengo que volver a los asuntos de mi Padre». Se mantuvo silencioso y muy cambiado durante el viaje de regreso hacia Dan, donde se despidió del muchacho, regalándole el asno. Luego se dirigió hacia el sur por el mismo camino que había venido, hasta llegar a Cafarnaúm.

9. El período de espera

Ahora estaba próximo el final del verano, cerca de la época del día de la expiación y de la fiesta de los tabernáculos. El sábado, Jesús tuvo una reunión familiar en Cafarnaúm y al día siguiente partió para Jerusalén con Juan, el hijo de Zebedeo, dirigiéndose por el este del lago y por Gerasa, y descendiendo por el valle del Jordán. Aunque charló de vez en cuando con su compañero durante el camino, Juan notó un gran cambio en Jesús.
Jesús y Juan se detuvieron en Betania para pasar la noche con Lázaro y sus hermanas, y a la mañana siguiente salieron temprano para Jerusalén. Estuvieron casi tres semanas en la ciudad y sus alrededores, al menos así lo hizo Juan. Muchos días, Juan fue solo a Jerusalén mientras Jesús deambulaba por las colinas cercanas y se dedicaba a numerosos períodos de comunión espiritual con su Padre celestial.
Los dos asistieron a los oficios solemnes del día de la expiación. Juan estaba muy impresionado con las ceremonias de este día importante en el ritual religioso judío, pero Jesús permaneció como un espectador pensativo y silencioso. Para el Hijo del Hombre, este espectáculo resultaba lastimoso y patético. Lo veía todo como una falsa representación del carácter y de los atributos de su Padre celestial. Consideraba los acontecimientos de este día como una parodia de los hechos de la justicia divina y de la verdad de la misericordia infinita. Ardía en deseos de proclamar la auténtica verdad sobre el carácter amoroso y el comportamiento misericordioso de su Padre en el universo, pero…  su hora aún no había llegado. Sin embargo, aquella noche en Betania, Jesús dejó caer numerosos comentarios que perturbaron mucho a Juan, el cual nunca comprendió por completo el verdadero significado de lo que Jesús dijo en la conversación que tuvieron aquella noche.
Jesús planeó quedarse con Juan toda la semana de la fiesta de los tabernáculos. Esta fiesta era la festividad anual de toda Palestina, la época de las vacaciones de los judíos. Aunque Jesús no participó en el júbilo de la ocasión, era evidente que le causaba placer y experimentaba satisfacción al contemplar cómo los jóvenes y los mayores se entregaban a la alegría y al gozo.
A mediados de la semana de esta celebración y antes de que terminaran las festividades, Jesús se despidió de Juan diciendo que deseaba retirarse a las colinas, donde podría comulgar mejor con su Padre. Juan hubiera querido acompañarlo, pero Jesús insistió para que se quedara hasta el fin de las festividades, diciendo: «No se te exige que lleves el peso del Hijo del Hombre; sólo el vigilante debe estar en vela mientras la ciudad duerme en paz.» Jesús no regresó a Jerusalén. Después de pasar casi una semana solo en las colinas cercanas a Betania, partió para Cafarnaúm. Camino del hogar, pasó un día y una noche a solas en las laderas del Gilboa, cerca del lugar donde el rey Saúl se había quitado la vida; cuando llegó a Cafarnaúm, parecía más alegre que en el momento de dejar a Juan en Jerusalén.
A la mañana siguiente, Jesús fue al arca que contenía sus efectos personales, que se habían quedado en el taller de Zebedeo, se puso su delantal y se presentó al trabajo, diciendo: «Es conveniente que permanezca ocupado mientras espero a que llegue mi hora.» Y trabajó varios meses en el astillero, al lado de su hermano Santiago, hasta enero del año siguiente. Después de este período de trabajo con Jesús, Santiago nunca más abandonó real y totalmente su fe en la misión de Jesús, a pesar de las dudas que oscurecían su comprensión del trabajo de la vida del Hijo del Hombre.
Durante este período final de trabajo en el astillero, Jesús pasó la mayor parte de su tiempo acabando los interiores de algunas grandes embarcaciones. Ponía un gran cuidado en toda su obra manual, y parecía experimentar la satisfacción del logro humano cada vez que terminaba una pieza digna de elogio. Aunque no perdía el tiempo con pequeñeces, era un artesano cuidadoso cuando confeccionaba los detalles esenciales de un encargo determinado.
A medida que pasaba el tiempo, llegaron rumores a Cafarnaúm sobre un tal Juan que predicaba mientras bautizaba a los penitentes en el Jordán. La predicación de Juan era: «El reino de los cielos está cerca; arrepentíos y sed bautizados.» Jesús escuchó estos informes a medida que Juan remontaba lentamente el valle del Jordán desde el vado del río más cercano a Jerusalén. Pero Jesús continuó trabajando construyendo barcas, hasta que Juan llegó río arriba a un lugar cercano a Pella, en el mes de enero del año siguiente, el año 26. Entonces dejó sus herramientas, declarando «Ha llegado mi hora», y poco después se presentó ante Juan para ser bautizado.
Un gran cambio se había producido en Jesús. De la gente que había disfrutado de sus visitas y servicios mientras recorría el país de arriba abajo, pocos reconocieron después, en el maestro público, a la misma persona que habían conocido y amado como individuo particular en años anteriores. Había una razón que impedía a sus primeros beneficiarios reconocerlo en su papel posterior como educador público lleno de autoridad: La transformación de su mente y de su espíritu se había estado desarrollando a lo largo de muchos años, y había finalizado durante la permanencia extraordinaria en el Monte Hermón.

8. Encuentro de Jesús y de Juan

En el mes de diciembre del año 25, cuando Juan llegó a las proximidades de Pella en su viaje remontando el Jordán, su fama se había extendido por toda Palestina, y su obra se había convertido en el tema principal de conversación de todas las ciudades cercanas al Lago de Galilea. Jesús había hablado favorablemente del mensaje de Juan, lo que hizo que muchos habitantes de Cafarnaúm se unieran al culto de arrepentimiento y de bautismo de Juan. Santiago y Juan, los hijos pescadores de Zebedeo, habían ido al vado en diciembre, poco después de que Juan se instalara a predicar cerca de Pella, y se habían ofrecido para ser bautizados. Iban a ver a Juan una vez por semana, y traían a Jesús las noticias directas y recientes de la obra del evangelista.
Santiago y Judá, los hermanos de Jesús, habían hablado de ir a ver a Juan para ser bautizados. Ahora que Judá había venido a Cafarnaúm para los oficios del sábado, después de escuchar el discurso de Jesús en la sinagoga, tanto él como Santiago decidieron pedirle consejo con respecto a sus planes. Esto sucedía el sábado 12 de enero del año 26 por la noche. Jesús les pidió que aplazaran la discusión hasta el día siguiente, y entonces les daría su respuesta. Durmió muy poco aquella noche, pues estuvo en estrecha comunión con el Padre celestial. Había acordado almorzar con sus hermanos a mediodía y aconsejarles con respecto al bautismo de Juan. Aquel domingo por la mañana, Jesús estaba trabajando como de costumbre en el astillero. Santiago y Judá habían llegado con el almuerzo y lo estaban esperando en el almacén de madera, pues aún no había llegado la hora del descanso de mediodía, y sabían que Jesús era muy formal en estas cuestiones.
Poco antes de la pausa del mediodía, Jesús dejó sus herramientas, se quitó su delantal de trabajo y anunció simplemente a los tres trabajadores que estaban con él en el taller: «Ha llegado mi hora.» Fue en busca de sus hermanos Santiago y Judá, repitiendo: «Ha llegado mi hora — vamos a ver a Juan.» Partieron inmediatamente para Pella, tomándose el almuerzo mientras viajaban. Esto ocurría el domingo 13 de enero. Se detuvieron para pasar la noche en el valle del Jordán y llegaron al lugar donde Juan estaba bautizando hacia el mediodía del día siguiente.
Juan acababa de empezar a bautizar a los candidatos del día. Decenas de penitentes formaban cola esperando su turno, cuando Jesús y sus dos hermanos ocuparon su lugar en esta fila de hombres y mujeres sinceros que se habían hecho creyentes en la predicación de Juan sobre el reino venidero. Juan había preguntado por Jesús a los hijos de Zebedeo. Estaba enterado de los comentarios de Jesús sobre su predicación, y día tras día esperaba verlo llegar a aquel lugar, pero no había imaginado encontrarlo en la cola de los candidatos al bautismo.





Como estaba absorto con los detalles de bautizar rápidamente a un número tan elevado de conversos, Juan no levantó los ojos para ver a Jesús hasta que el Hijo del Hombre no estuvo delante de él. Cuando Juan reconoció a Jesús, interrumpió las ceremonias unos momentos mientras saludaba a su primo carnal y le preguntaba: «Pero ¿por qué bajas hasta el agua para saludarme?» Jesús respondió: «Para someterme a tu bautismo.» Y Juan replicó: «Pero soy yo quien necesita ser bautizado por ti. ¿Por qué vienes hasta mí?» Y Jesús le susurró a Juan: «Sé indulgente conmigo ahora, pues conviene que demos este ejemplo a mis hermanos que están aquí conmigo, y para que la gente pueda saber que ha llegado mi hora.»
La voz de Jesús tenía un tono firme y terminante. Juan temblaba de emoción al prepararse para bautizar a Jesús de Nazaret en el Jordán, a mediodía del lunes 14 de enero del año 26. Así fue como Juan bautizó a Jesús y a sus dos hermanos, Santiago y Judá. Y cuando Juan hubo bautizado a los tres, despidió a los demás hasta el día siguiente, anunciando que reanudaría los bautismos al mediodía. Mientras la gente se marchaba, los cuatro hombres, que aún permanecían en el agua, oyeron un sonido extraño, y acto seguido se produjo una aparición durante unos instantes inmediatamente por encima de la cabeza de Jesús, y oyeron una voz que decía: «Éste es mi hijo amado en quien me siento muy complacido.» 






Un gran cambio se produjo en el semblante de Jesús; salió del agua en silencio y se despidió de ellos, dirigiéndose hacia las colinas del este. Nadie lo volvió a ver durante cuarenta días.
Juan siguió a Jesús la distancia suficiente como para contarle la historia de la visita de Gabriel a su madre antes de que nacieran los dos, tal como lo había escuchado tantas veces de labios de su madre. Dejó que Jesús continuara su camino, después de haberle dicho: «Ahora sé con seguridad que tú eres el Libertador.» Pero Jesús no respondió.

9. Cuarenta días de predicación

Cuando Juan regresó junto a sus discípulos (ahora tenía unos veinticinco o treinta que vivían constantemente con él), los encontró conversando seriamente, discutiendo lo que acababa de suceder en relación con el bautismo de Jesús. Se quedaron mucho más asombrados cuando Juan les contó ahora la historia de la visita de Gabriel a María antes del nacimiento de Jesús, y también el hecho de que Jesús no le dijera ni una palabra después de hablarle de ello. Aquella noche no llovió, y este grupo de treinta personas o más conversó largamente bajo la noche estrellada. Se preguntaban dónde había ido Jesús y cuándo lo volverían a ver.





Después del incidente de este día, la predicación de Juan adquirió un nuevo tono de certidumbre en sus proclamaciones respecto al reino venidero y al Mesías esperado. Estos cuarenta días de espera, aguardando el regreso de Jesús, fueron un período de tensión. Pero Juan continuó predicando con gran fuerza, y sus discípulos empezaron a predicar aproximadamente por esta época a las multitudes desbordantes que se amontonaban alrededor de Juan a orillas del Jordán.
En el transcurso de estos cuarenta días de espera, numerosos rumores se esparcieron por el país, llegando incluso hasta Tiberiades y Jerusalén. Miles de personas pasaban por el campamento de Juan para ver la nueva atracción, el famoso Mesías, pero Jesús no estaba a la vista. Cuando los discípulos de Juan afirmaban que el extraño hombre de Dios se había marchado a las colinas, muchos dudaban de toda la historia.
Unas tres semanas después de la partida de Jesús, una nueva delegación de los sacerdotes y fariseos de Jerusalén llegó hasta aquel lugar de Pella. Preguntaron directamente a Juan si él era Elías o el profeta que Moisés había prometido. Cuando Juan les dijo, «Yo no soy», se atrevieron a preguntarle, «¿Eres el Mesías?», y Juan respondió: «No lo soy.» Entonces, estos hombres de Jerusalén le dijeron: «Si no eres Elías, ni el profeta, ni el Mesías, entonces ¿por qué bautizas a la gente, creando todo este alboroto?» Y Juan replicó: «Aquellos que me han escuchado y han recibido mi bautismo os pueden decir quién soy yo, pero os afirmo que si bien yo bautizo con agua, ha estado entre nosotros aquel que volverá para bautizaros con el Espíritu Santo.»
Estos cuarenta días fueron un período difícil para Juan y sus discípulos. ¿Cuales iban a ser las relaciones entre Juan y Jesús? Se planteaban cientos de interrogantes. La política y las preferencias egoístas empezaron a hacer su aparición. Brotaron violentas discusiones alrededor de las diversas ideas y conceptos del Mesías. ¿Se convertiría en un jefe militar y en un rey como David? ¿Destruiría a los ejércitos romanos como Josué había hecho con los cananeos? ¿O vendría para establecer un reino espiritual? Juan se definió más bien por la opinión de la minoría, de que Jesús había venido para establecer el reino de los cielos, aunque no tenía del todo claro en su propia mente qué debería de incluirse exactamente dentro de esta misión de establecer el reino de los cielos.
Fueron días arduos en la experiencia de Juan, y oró para que Jesús regresara. Algunos discípulos de Juan organizaron grupos de reconocimiento para ir en busca de Jesús, pero Juan lo prohibió diciendo: «El tiempo de cada uno de nosotros está en las manos del Dios del cielo; él guiará a su Hijo elegido».
El sábado 23 de febrero por la mañana temprano, cuando los compañeros de Juan, que estaban tomando su desayuno, levantaron la mirada hacia el norte, vieron a Jesús que venía hacia ellos. Mientras se acercaba, Juan se subió a una gran roca, elevó su voz sonora y dijo: «¡Mirad al Hijo de Dios, el libertador del mundo! Es de él de quien he dicho, ‘Detrás de mí vendrá aquel que ha sido elegido antes que yo, porque existía antes que yo`. Por esta razón he salido del desierto para predicar el arrepentimiento y bautizar con agua, proclamando que el reino de los cielos está cerca. Ahora viene aquel que os bautizará con el Espíritu Santo. Yo he visto al espíritu divino descender sobre este hombre, y he oído la voz de Dios afirmar: ‘Éste es mi hijo amado en quien me siento muy complacido.`»





Jesús les rogó que continuaran desayunando, mientras se sentaba para comer con Juan, pues sus hermanos Santiago y Judá habían regresado a Cafarnaúm.
Al día siguiente por la mañana temprano, se despidió de Juan y de sus discípulos y emprendió el regreso a Galilea. No les dio ninguna indicación sobre cuándo volverían a verlo. A las preguntas de Juan acerca de su propia predicación y de su misión, Jesús dijo solamente: «Mi Padre te guiará ahora y en el futuro como lo ha hecho en el pasado.» Y estos dos grandes hombres se separaron aquella mañana a orillas del Jordán, para no volverse a ver nunca más en la carne”.

Hasta aquí la transcripción detallada de los capítulos de Libro de Urantia sobre “los años perdidos de Jesús”. Lo que sigue en el Libro de Urantia, sobre la vida pública y la predicación del Maestro de Nazaret está lo suficientemente detallado en el Nuevo Testamento, como para que la mayoría de los lectores de éste blog, puedan conocerlo. 
Sinceramente, no veo en estas páginas, ninguna REVELACIÓN divina, por lo menos mi alma, no es capaz de descubrir otra cosa que un intento, por cierto bastante ingenioso, piadoso y en general, verosímil –aunque el planteamiento global y alguno de los episodios no lo sean-, de lo que pudo ser la vida cotidiana de aquel Jesús de Nazaret, desde el momento de su nacimiento hasta el momento de iniciar su vida pública.
Si más no, el texto nos permite rellenar un vacío existente, completar el esbozo de aquel retrato de Jesús de Nazaret que estamos tratando, con total humildad y sin ningún tipo de pretensión, en algunas de las últimas entradas, de dibujar…
Como siempre, espero que os haya sido útil e interesante.


2 comentaris:

Alonso ha dit...

Muchas Gracias.

TERRAXAMAN ARA I AQUI ha dit...

Gracias a ti, por leer éstos artículos, sobre los años perdidos de Jesús. La verdad es que esperaba que el tema fuera interesante para muchas personas.