dissabte, 6 de desembre de 2014

ARNOLD BÖCKLIN: EL SIMBOLISMO INQUIETANTE


Bocklin: "¿Estamos seguros de que la Tierra no es un animal gigantesco y nosotros sus parásitos?".






Arnold Böcklin (1827-1901) es un pintor simbolista poco conocido en nuestro país, a pesar de que fueron muchos los que cayeron subyugados por este artista que se autorretrató pintando con la parca tocando el violín a su espalda. 



"Digamos que la admiración de Hitler ha empañado bastante su reputación y le dejó unos años en el olvido -dice Antonio Belmonte, autor de 'Arnold Böcklin. Invitación al mito' (Ed. Ártica, 2012)-, aunque quizá más daño le hicieron décadas de ser un pintor excesivamente sobrevalorado. Y claro, cuanto más alto se sube... En todo caso, es una lástima que inevitablemente se tenga que hacer referencia a Hitler al hablar de Böcklin a pesar de que tuvo admiradores y amistades de muy diverso signo". Se refiere el escritor a que la pasión que le profesaba Hitler era compartida por Lenin, Thomas Mann, Hermann Hesse... Y mucho después de la muerte del pintor, su obra le ha sobrevivido, sirviendo de musa para artistas que la han mantenido viva en prácticamente la totalidad de las expresiones artísticas: los pintores Dalí, 



De Chirico y Ernst, los escritores Rubén Darío, Rainer Maria Rilke y Juan Ramón Jiménez, el músico Sergéi Rachmaninov, cineastas como Friedrich Wilhelm Murnau, el artista gráfico H. R. Giger, conocido por diseñar los decorados de 'Alien'… 



Del simbolismo
El simbolismo surgió entre 1886 y 1900 y se manifestó en todos los ámbitos de la creación artística: la literatura (poesía, filosofía, teatro), la música y las artes plásticas. Aunque inicialmente se originó en Francia, al poco tiempo se difundió por toda Europa hasta llegar a Rusia y al continente americano.
La pintura simbolista, muy influenciada po el lenguaje poético y visionario del movimiento Romántico, así como por el tono nostálgico de los prerrafaelitas, dio forma al mundo interior subjetivo y físico. Los simbolistas rechazaron la inspiración en la naturaleza y, en su lugar, apelaron a la expresión de lo espiritual y de lo imaginario frente a la simple mirada, como hicieron el realismo, el impresionismo y el naturalismo.

Giralt: "Rocío"



El simbolismo es posiblemente la corriente estética que mejor describe los gustos del fin de siglo -S. XIX- en todo el mundo occidental. El simbolismo, en Europa, se elabora lentamente desde la evolución de la estética romántica y culmina en pluralidad de opciones plásticas que se definen por la sobrevaloración de los significados de la obra de arte, por encima de sus resultados formales. Pero en España, las distintas tendencias simbolistas -prerrafaelismo, parnasianismo, esteticismo o decadentismo- que en Europa se desarrollan a lo largo de medio siglo, son asimiladas al mismo tiempo y de manera global, al margen de las muy diferentes connotaciones que pudieran tener en sus orígenes.


 Ferdinan Khnopff:"Las carícias"

En el ámbito de la pintura, el simbolismo responde a un planteamiento plástico que se sitúa en una posición antitética a los logros técnicos del impresionismo y del postimpresionismo. Los elementos que mejor definen el impresionismo pictórico son de tipo técnico: la pincelada de color puro y sus calidades lumínicas; en cambio el simbolismo, como reacción, propone una pintura conceptual en la que domine el tema sobre la representación: un arte de contenido.
El crítico de arte Georges-Albert Aurier definió el simbolismo en los siguientes términos: “La obra de arte debe ser, en primer lugar, ideísta, puesto que su ideal es la expresión de las ideas; en segundo lugar simbolista, puesto que debe expresar dichas ideas a través de formas; en tercer lugar sintética, puesto que escribe sus formas y sus signos a partir de un método de comprensión general; en cuarto lugar, subjetiva, puesto que en ella el objeto nunca es considerado como tal, sino sólo como un signo percibido por el sujeto; y en quinto lugar, la obra de arte debe ser también (lo cual es una consecuencia de todo lo anterior) decorativa”.

Edvar Munch: "Madonna"


Los poetas y los pintores que comulgaban con éstos principios se evadían a través de la ensoñación y la melancolía, al mismo tiempo que rechazaban el positivismo, la técnica (la fotografía) y el materialismo. Los simbolistas vivieron alejados de la sociedad, a la que consideraban decadente, y se consagraron a la espiritualidad. Asímismo, exploraron su imaginación a través del alcohol y las drogas. Por otra parte, se dedicaron a cultivar las apariencias (el dandismo) y la provocación.
Los pintores simbolistas se inspiraron en las novelas y en la poesía, tanto contemporáneas como del pasado (La Divina Comedia de Dante). Asimismo recurrieron a la Biblia y a la mitología clásica, germánica, celta y escandinava, así como a las leyendas, los mitos y los cuentos de hadas, con el fin de alimentar sus ensoñaciones.


Gustave Moreau

Los simbolistas magnificaron, con una sensibilidad a flor de piel, todo lo que se ocultaba tras las apariencias: la oposición entre el vicio y la virtud, el sadismo y la lujuria, la neurosis, la proyección de los sueños, lo fantástico, lo imaginario, lo incomprensible, la magia, el esoterismo, el más allá, el misticismo, la soledad y la muerte.
Por su parte, el símbolo contribuyó a evocar por analogía una idea profunda y personal que tendió a imbuir al espectador en lo desconocido.
Los pintores simbolistas buscaron una armonía estética que se adaptara a su propio simbolismo. Incluso muchos de ellos combinaron la precisión del dibujo con el trazo desdibujado de la pincelada. Así, la pintura se enriqueció con experiencias de lo más variado, como el azar de las manchas de color, la difuminación del contorno, la imprecisión de las formas y la sensualidad de los tonos y la materia pictórica.
Entre los pintores simbolistas más conocidos, destacan: Gustave Moreau, Pierre Puvis de Chavannes, Sir Edwuar Burne-Jones, Edvar Munch, Fernand Khnopff, Adrià Gual i Queralt, Jean Delville –del que hemos hablado en ésta entrada-:

http://terradesomnis.blogspot.com.es/2013/04/jean-delville-el-ocultismo-y.html

Y como no, del pintor Suizo Aarnold Böcklin.

De la Introducción del Catálogo de la Exposición Simbolista: 
"... se podría decir que por los años ochenta, el arte europeo podría dividirse en tres categorías: los impresionistas que finalmente triunfó con sus bodegones agradables de frutas y paisajes soleados; los pintores de salón, que vieron a sí mismos como los verdaderos herederos de la gran tradición de la pintura del Renacimiento literario, y los simbolistas.

Puvis de Chavannes


Estos últimos se han pasado por alto casi por completo debido a que el público tiende a ponerlos al montón con los pintores del salón y porque, por la naturaleza misma de su arte, sus temas de temas referenciales intrincados y alusiones poéticas, a menudo son difíciles de comprender sin algun conocimiento de la poesía y la literatura que los inspiró. 




Burne-Jones

En una época dominada por la investigación científica y la experimentación empírica, por la reforma social y la revolución política, estos artistas se apartaron de la clara luz del día, orientándose hacia la misteriosa oscuridad, a veces aterradora en la que residen el mito, la leyenda, la pesadilla y el sueño. Querían recuperar el espíritu en el arte que sabía tanto de asombro y terror y tomar tan en serio sus dioses como sus demonios y monstruos ".(Mario Amaya)

Pero volvamos a nuestro autor.





Arnold Böcklin nació el 16 de octubre de 1827, en Basilea. Asistió a la Academia de Düsseldorf (1845-1847).En esta época pintó escenas de los Alpes suizos, con efectos de luz y vistas espectaculares subjetivamente, para proyectar sus propios estados de ánimo en el paisaje. 






Sus obras muestran la gran influencia que Gaspar David Friederich –podéis ver algunas obras de éste pintor en la siguiente entrada-:

http://terradesomnis.blogspot.com.es/2007/02/els-camins-de-lart-ii.html

 y otros pintores románticos ejercieron sobre su obra. En 1848 esta introspección romántica dio paso la llamada pintura “a plein air” (al aire libre) después de que fuera influenciado por Camille Corot, Eugene Delacroix, y los pintores de la escuela de Barbizon, 




trás un viaje a París. Pero después de las revoluciones de febrero y junio de 1848, Böcklin regresó a Basilea y volvió a pintar escenas de montañas sombrías.
En 1850 Böcklin encontró su meca en Roma, e inmediatamente sus pinturas se vieron inundadas por la luz del cálido sol italiano. Pobló la vegetación exuberante del sur, la brillante luz de la campiña romana, y las antiguas ruinas con pastores solitarios, ninfas retozando, y centauros y sátiros lujuriosos. Estas figuras mitológicas en medio de los paisajes se convirtió en la principal preocupación de Böcklin, usando tales temas para expresar las polaridades de la vida: el cálido sol contrasta con la fresca, sombra húmeda, y el brillo de la espiritualidad de la mujer contrasta con la oscuridad del hombre.




Cuando Böcklin regresó a Basilea con su esposa italiana, completó la pintura que le llevó a la fama cuando el rey de Baviera adquirió en 1858: “Pan entre los juncos”, una representación del dios griego con el que el artista se identifica. 





Fue profesor en la Academia de Arte de Weimar 1860-1862, cuando regresó a Roma. Llamado a Basilea de nuevo en 1866, pintó los frescos y modeló las máscaras grotescas de la fachada del Museo de Basilea.
Böcklin residió en Florencia desde 1874 hasta 1885, y éste fué su período más activo. Continuó explorando la antítesis entre hombres y mujeres y pintó escenas religiosas, alegorías de los poderes de la naturaleza, y los estudios del destino del hombre. Él dejó de trabajar con aceite y comenzó a experimentar con témpera y otros medios para obtener una superficie pictórica libre de pinceladas.
Böcklin pasó los siguientes 7 años sobre todo en Suiza, con viajes ocasionales a Italia; dedicó gran parte de su energía para el diseño de un avión. A raíz de un derrame cerebral en 1892, regresó a Italia, compró una villa en Fiesole, y murió allí el 16 de enero de 1901. Muchos de sus trabajos finales de representar las pesadillas de la guerra, la peste y la muerte. 




Böcklin ejerció una gran influencia en pintores surrealistas como Max Ernst y Salvador Dalí, y Giorgio de Chirico. Otto Weisert diseñó un tipo de letra -éste que estáis leyendo- de estilo Art Nouveau en 1904 y la llamó "Arnold Böcklin" en su honor. Las pinturas de Böcklin, especialmente La Isla de los Muertos, inspiraron varios compositores de finales del románticismo. Como Gustav Mahler,


Gustav Mahler




Sergei Rachmaninoff y Heinrich Schulz-Beuthen ambos componen poemas sinfónicos inspirados en ella, y en 1913 Max Reger compuso un conjunto de cuatro poemas inspirados en La Isla de los Muertos (Los otros son el ermitaño que toca el violín, A jugar con las olas y Bacanal). La Segunda Sinfonía de Hans Huber se titula "Böcklin-Sinfonie". Rachmaninoff también se inspiró en la pintura de Böcklin al escribir su Preludio en si menor, op. 32, No. 10.
Entre los muchos admiradores de sus obras destacan Herman Hesse y Vladimir Ilich –Lenin- quienes tenían copias –litografías- de “la Isla de los Muertos” en sus lugares de trabajo. También Adolf Hitler era aficionado a la obra de Böcklin, alardeaba de ser dueño de 11 de sus pinturas,



de las que vale más no preguntarse como las había adquirido. Cuando se le preguntó quién era su pintor favorito, Marcel Duchamp, afirmó que “un pintor polémico llamado Arnold Böcklin” que tuvo una importante influencia en su arte.  Aunque ésta afirmación sigue siendo objeto de debate.
Sin lugar a dudas su obra más famosa y conocida es: La isla de los muertos.
En realidad, La isla de los muertos es una serie de cuadros.
Böcklin creó múltiples versiones – hasta 5 - de la mismo obra, en la que se representa un remero y una figura blanca sobre una pequeña barca, cruzando una amplia extensión de agua en dirección a una isla rocosa. El objeto que acompaña a las figuras en la barca se identifica generalmente como un 
ataúd, y la figura blanca con Caronte, el barquero que en la mitología clásica conducía a las almas al Hades.
Böcklin nunca explicó el significado de su pintura, y de hecho el título de la obra no se debe a él sino al tratante de arte Fritz Gurlitt, quien la bautizó así en 1883.
 






La primera versión del cuadro, que actualmente se encuentra en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, fue creada en 
Florencia en 1880 a petición de Marie Berna, cuyo marido, el Dr. Georg Berna, había fallecido recientemente.





La versión perdida en la II GM



Otras versiones posteriores del cuadro se encuentran actualmente en Basilea, Berlín y Leipzig. La que existía en 
Rotterdam fue destruida durante la segunda guerra mundial.
Respecto a ellas dice Rafael Argullol:

“Hoy en mi galería de espectros, he visto las siluetas de los que se alejaban por la barca hacia "La isla de los muertos" de Böcklin.

Esas siluetas son realmente potentes porque están suspendidas en medio de la niebla. Se nos recrea el tema clásico del cruce de la laguna Estigia para llegar al Hades. Böcklin recupera el tema de que los vivos, al morir, cruzaban la laguna Estigia en la barca de Caronte, pero lo transforma de una manera muy moderna para situarnos en un terreno onírico, para-real, proponiendo así una suerte de doble visión. Una es la visión tradicional, que también sería de raíz griega, según la cual los muertos llegan a un Hades en el que se dan puras sombras sin vitalidad. Esa visión sería directamente sombría. Pero creo que Böcklin,  también introduce una segunda visión en que la isla de los muertos es también una especie de Arcadia, un lugar de armonía y reposo. El espectador, ante este cuadro excepcional, tiene la sensación por un lado de que se pierde respecto a la vida de los sentidos, en un sentido terrestre; pero por otro lado está a punto de adentrarse en una Arcadia oscura de la cual nada sabe, pero no por esto es negativa o es abismal, sino que también puede ser evocadora de una extraña serenidad. También me ha llamado la atención de ese cuadro la potencia recreadora que ha tenido en espacios arquitectónicos y urbanos. 

Rachmaninoof


En la misma onda de 'La isla de los muertos', Böcklin pintó poco después una de sus obras cumbre, 'El bosque sagrado',



otro ejemplo de paisaje inquietante: en ella se ve lo que parece ser un rito llevado a cabo por varias figuras de blanco: tres de ellas están arrodilladas ante un altar con fuego en medio de la naturaleza y otras muchas se aproximan en silencio surgidas de la profundidad del bosque. El escritor Thomas Mann tenía una litografía de este cuadro sobre su escritorio y lo utilizaba, según él, para "refrescar la mirada". Porque esa es otra de las señas de identidad de la obra del autor. Señala Antonio Belmonte: "Fue popularizada y difundida en su día en un momento de gran éxito de la litografía y un cambio de costumbres por el que podía ser un detalle de distinción, de decoración a la moda, tener una obra no original colgada de las paredes de casa. Los cuadros de Böcklin, especialmente los más coloristas, eran como lo que es hoy un Klimt o un Warhol (sobre todo el de Audrey Hepburn) un icono, una referencia de catálogo en decoración de interiores de la familia 'modernilla'".
Igualmente inquietante, aunque no se trate de un paisaje, es esta "Vestal":


retrato de una de aquellas sacerdotisas-vírgenes romanas, encargadas de mantener siempre encendido el fuego sagrado.



En 'Ulises y Calipso', el autor logra de la misma forma imantar la mirada del espectador en la figura oscura y pensativa de Ulises, una silueta que recogería Giorgio de Chirico para 'El enigma del oráculo'. "En líneas generales diría que Böcklin engancha porque sabe perfectamente que el cuadro lo mira un espectador y le obliga a adoptar un punto de vista, le lanza un guiño o le hace partícipe de una historia, un voyeur de una escena íntima secreta en un rincón del bosque o en un espacio sagrado. 




A continuación, os invito a ver una presentación, con algunas de sus obras.






Como siempre espero que os haya sido útil e interesante.