dissabte, 4 d’octubre de 2008

MOMENTOS: ARTE PARA LA ETERNIDAD.





...Ésta combinación de regularidad geométrica y de aguda observación de la Naturaleza es característica de todo el arte egipcio. Donde mejor podemos estudiarla es en los relieves y pinturas que adornan los muros de las sepulturas. La palabra «adornan>, por cierto, difícilmente puede convenir a un arte que no puede ser contemplado sino por el alma del muerto. Estas obras, en efecto, no eran para ser gustadas. ElIas también pretendían «mantener vivo». Antes, en un pasado distante y horrendo, existió la costumbre de que al morir un hom­bre poderoso sus criados y esclavos le siguieran a la tumba, para que llegara al más allá con el adecuado séquito. Éstos eran sacrificados. Más tarde, esos horrores fueron considerados o demasiado crueles o demasiado costosos, y el arte constituyó su rescate. En lugar de criados reales, a los grandes de esta tierra se le dieron sus imágenes como substituto. Los retratos y modelos en­contrados en las tumbas egipcias se relacionan con la idea de proporcionar compañeros a las almas en el otro mundo.




“Dama arreglándose” Decoraciones de la tumba de Ramosé.
Estos relieves y pinturas murales nos proporcionan un reflejo extraordinariamente animado de cómo se vivió en Egipto hace milenios. Y con todo, al contemplarlos por primera vez no puede uno sino hallarlos extraños. La razón de ello está en que los pintores egipcios poseían un modo de representar la vida real completamente distinto del nuestro. Tal vez esto se halIe relacionado con la diferencia de fines que inspiró sus pinturas. No era lo mas importante la belleza, sino la perfección. La misión del artista era representarlo todo tan clara y permanentemente como fuera posible. Por ello no se ponían a tomar apuntes de la Naturaleza tal como ésta aparece desde un punto de mira fortuito. Dibu­jaban de memoria, y de conformidad con reglas estrictas que aseguraban la perfecta claridad de todos los elementos de la obra. Su método se parecía, en efecto, mas al del cartógrafo que al del pintor.





Pinturas de la tumba de Namutse.
La figura anterior lo muestra en un sencillo ejemplo, representando un jardín con un estanque. Si nosotros tuvié­ramos que dibujar un tema semejante, buscaríamos el ángulo de visión mas propicio. La forma y el carácter de los árboles podrían ser vistos claramente sólo desde los lados; la forma del estanque, únicamente desde arriba. Este problema no preocupó a los egipcios: representarían el estanque sencillamente como si fuera visto desde arriba y los árboles desde el lado. Los peces y los pájaros en el estanque difícilmente se reconocerían si estuvieran vistos desde arriba; así, pues, los dibujaron de perfil – figura 2-.





En esta simple pintura podemos comprender fácilmente el procedimiento del artista. Muchos dibujos infantiles aplican un principio semejante. Pero los egipcios eran mucho mis consecuentes en su aplicación de esos métodos que los niños. Cada cosa tuvo que ser representada desde el ángulo más característico.





Retrat de Hesiré.
La figura muestra los efectos que produjo esta idea en la representa­ción del cuerpo humano. La cabeza se veía mucho más fácilmente de perfil; así pues, la dibujaron de lado. Pero si pensamos en los ojos, nos los imaginamos como si estuvieran vistos de frente. De acuerdo con ello, ojos enteramente frontales fueron puestos en rostros vistos de lado. La mitad superior del cuer­po, los hombros y el tórax, son observados mucho mejor de frente, puesto que así podemos ver cómo cuelgan los brazos del tronco. Pero los brazos y los pies en movimiento son observados con mucha mayor claridad lateralmente. A esta razón obedece el que los egipcios, en esas representaciones, aparezcan tan extrañamente pIanos y contorsionados. Además, los artistas egipcios encontra­ban difícil presentar el pie desde afuera; preferían perfilarlo claramente con el dedo gordo en primer término. Así, ambos son pies vistos desde dentro y la figura del relieve parece como si hubiera tenido dos pies izquierdos. * Tambien hay quien sostiene que el motivo es poder mostrar el arco de la planta del pié, característica exclusiva de la humanidad. No debe suponerse que los artistas egipcios creyeran que las personas eran o aparecían así, sino que, simplemente, se limitaban a seguir una regla que les permitía insertar en la forma humana todo aquello que consideraban importante. Tal vez, como ya he dicho, esta adhesión estricta a la norma haya tenido algo que ver con intenciones mágicas, porque, ¿cómo podría un hombre con sus bra­zos en escorzo o «seccionados» llevar o recibir los dones requeridos por el muerto?
Lo cierto es que el arte egipcio no esta basado sobre lo que el artista podría ver en un momento dado, sino sobre lo que él sabía que pertenecía a una persona o una escena. De esas formas aprendidas y conocidas fue de las que sacó sus representaciones, de modo muy semejante a como el artista primitivo tomó las suyas de las formas que podía dominar. No sólo fue el conocimiento de formas y figuras el que permitió al artista dar cuerpo a sus representaciones, sino también el conocimiento de su significado. Nosotros, a veces, llamamos «grande» a un hombre importante. Los egipcios dibujaban al señor en tamaño mucho mayor que a sus criados e incluso que a su propia mujer.




Tomba de Knumhotep
Una vez comprendidas estas reglas y convencionalismos, comprendemos también el lenguaje de las pinturas en las que se halla historiada la vida de los egipcios.

La figura anterior nos da una buena idea de la disposición general de una pared de la tumba de un gran dignatario del llamado Imperio Medio, unos mil novecientos años antes de nuestra Era. La inscripción jeroglífica nos dice exac­tamente quién fue, y cuáles fueron los títulos y honores que cosechó durante su vida. Su nombre, leemos, fue Chnemhotep, Administrador del Desierto Oriental, Príncipe de Menat chufu, amigo íntimo del Rey, Superintendente de los Sacerdotes, Sacerdote de Homs, Sacerdote de Anubis, Jefe de todos los Secretos Divinos, y -lo más llamativo de todo- Señor de todas las Túnicas. En el lado izquierdo le vemos cazando aves con una especie de bumerang acompañado por su mujer Cheti, su concubina Jat, y uno de sus hijos que, a pesar de su pequeño tamaño en la pintura, ostenta el titulo de Superintendente de las Fronteras. Abajo, en el friso, vemos unos pescadores a las órdenes del superintendente Mentuhotep cobrando una gran redada. Sobre la puerta se ve nuevamente a Chnemhotep, esta vez atrapando aves acuáticas en una red. Como ya conocemos los métodos del artista egipcio, podemos ver fácilmente cómo opera este artificio. El cazador se coloca detrás de una pantalla vegetal, sosteniendo una cuerda ligada a la malla abierta (esta última representada como vista desde arriba). Cuando las aves han acudido al cebo, aquél tira de la cuerda y quedan aprisionadas en la red. Detrás. de Chnernhotep se halla su primogénito Nacht, y su Superintendente de los Tesoros, quien era, al propio tiempo, responsable del ordenamiento de su sepultura.




En el lado derecho, Chnemhotep, al que se dio el nombre de «grande en peces, rico en aves, adorador de la diosa de la caza», es visto arponeando peces. Otra vez podemos observar los convencionalismos del artista egipcio, que prescinde del agua por entre las cañas para mostrarnos el lugar donde se hallan los peces. La inscrip­ción dice: «En una jornada en barca por la charca de los patos silvestres, los pantanos y los dos, alanceando con la lanza de dos puntas atravesó treinta peces; qué magnífico el día de la caza del hipopótamo». En la parte inferior hay el divertido episodio de uno de los hombres que ha caído al agua y que es pescado por sus compañeros. La inscripción en torno a la puerta recuerda los días en que tenían que llevarse presentes al muerto, e incluye oraciones a los dioses.
Creo que una vez acostumbrados a contemplar esas pinturas egipcias nos preocupan tan poco sus faltas de verosimilitud como la ausencia del color en las fotografías. Incluso comenzamos a advertir las grandes ventajas del método egipcio. No hay nada en esas pinturas que dé la impresión de haber surgido por azar, nada que pudiera haber sido exactamente igual tratado de otro modo cualquiera. Merece la pena coger un lápiz e intentar copiar uno de los dibujos «primitivos» egipcios. Nuestros esbozos resultan desmañados, torcidos e inar­mónicos. Al menos los míos. El sentido egipcio del orden en cada pormenor es tan fuerte que cualquier pequeña variación lo trastorna por completo. El artis­ta egipcio empezaba su obra dibujando una retícula de líneas rectas sobre la pared y distribuía con sumo cuidado sus figuras a lo largo de las líneas. Sin embargo, este sentido geométrico del orden no le privó de observar los detalles de la Naturaleza con sorprendente exactitud. Cada pájaro, o pez esta dibujado con tanta fidelidad que los zoólogos pueden incluso reconocer su especie. La figura siguiente muestra un pormenor de las pinturas de la tumba, los pájaros en el árbol junto a la red de Chnemhotep. Aquí no fue solamente su gran conocimiento del tema el que guió al artista, sino también su clara percepción del color y de las lí­neas.




Uno de los rasgos más estimables del arte egipcio es el de que todas las estatuas, pinturas y formas arquitectónicas se hallan en su lugar correspondien­te como si obedecieran a una ley. A esta ley, a la cual parecen obedecer todas las creaciones de un pueblo, la llamamos un «estilo». Resulta muy difícil explicar con palabras qué es lo que crea un estilo, pero es mucho más fácil verlo. Las normas que rigen todo el arte egipcio confieren a cada obra indivi­dual un efecto de equilibrio y armonía.



Tumba de Nefertari


El estilo egipcio fue un conjunto de leyes estrictas que cada artista tuvo que aprender en su mas temprana juventud. Las estatuas sedentes tenían que tener apoyadas las manos sobre sus rodillas;



Escultura de la Diosa Isis.

los hombres tenían que ser pintados mas oscuros que las mujeres; la representación de cada divinidad tenía que ser estrictamente respetada: Horus, el dios-sol, tenía que aparecer como un halcón o con la cabeza de un halcón; Anubis, el dios de la muerte, como un chacal o con la cabeza de un chacal. Cada artista tuvo que aprender también el arte de escribir los jeroglificos bellamente. Tuvo que grabar las imágenes y los símbolos de los jeroglíficos clara y cuidadosamente sobre piedra.



Pero una vez en posesión de esas reglas, su aprendizaje había concluido. Nadie pedía una cosa distinta, nadie le pedía que fuera «original». Excepto en el breve período de Amarna, como nos lo muestra ésta bella escultura que representa a Nefertiti, la esposa de Ahkenaton.

Por el contrario, probablemente fue considerado mucho mejor artista el que supiera labrar sus estatuas con mayor semejanza a los admirados monumentos del pasado. Por ello, en el transcurso de tres mil años o más, el arte egipcio varió muy poco. Cuanto fue considera­do bueno y bello en la época de las pirámides, se tuvo por excelente mil años después. Ciertamente, aparecieron nuevas modas y se solicitaron nuevos temas del artista, pero su manera de presentar al hombre y la Naturaleza siguió siendo, esencialmente, la misma.