7. El vigésimo sexto año (año 20 d. de J.C.)
Al empezar este año, Jesús de Nazaret se volvió
poderosamente consciente de que poseía un poder potencial muy extenso. Pero
también estaba totalmente persuadido de que este poder no debía ser empleado
por su personalidad, como Hijo del Hombre, al menos hasta que llegara su hora.
Por esta época reflexionó mucho sobre sus relaciones con
su Padre que está en los cielos, aunque habló poco de ello. La conclusión de
todas estas reflexiones la expresó una vez en su oración en la cima de la
colina, cuando dijo: «Independientemente de quién sea yo y del poder que pueda
o no ejercer, siempre he estado y siempre estaré sometido a la voluntad de mi
Padre…». Sin embargo, mientras este hombre iba y venía de su trabajo por Nazaret,
era literalmente cierto — en lo que se refiere a un enorme universo — que «en
él estaban ocultos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento».
Los asuntos de la familia fueron bien todo este año,
excepto en lo que se refiere a Judá. Santiago tuvo dificultades durante años
con su hermano menor, que no estaba dispuesto a ponerse seriamente a trabajar
ni se podía contar con él para que participara en los gastos del hogar. Aunque
vivía en la casa, no era consciente de que tenía que ganar su parte para el
mantenimiento de la familia.
Jesús era un hombre de paz, y de vez en cuando se sentía
apenado por las explosiones belicosas y los numerosos arrebatos patrióticos de
Judá. Santiago y José estaban a favor de echarlo de la casa, pero Jesús no
quiso consentirlo. Cada vez que llegaban al límite de su paciencia, Jesús sólo
les aconsejaba: «Tened paciencia. Sed sabios en vuestros consejos y elocuentes
en vuestras vidas, para que vuestro hermano menor pueda conocer primero el
mejor camino, y luego se sienta obligado a seguiros en él». El consejo sabio y
afectuoso de Jesús evitó una ruptura en la familia. Permanecieron juntos, pero
Judá nunca adquirió la sensatez hasta después de casarse.
María hablaba rara vez de la futura misión de Jesús. Cada
vez que se mencionaba este asunto, Jesús se limitaba a contestar: «Mi hora aún
no ha llegado». Jesús casi había terminado la difícil tarea de destetar a su
familia, para que no tuvieran que depender de la presencia inmediata de su
personalidad. Se estaba preparando rápidamente para el día en que podría dejar
convenientemente este hogar de Nazaret y empezar el preludio más activo de su
verdadero ministerio hacia los hombres.
No perdáis nunca de vista el hecho de que la misión
principal de Jesús… consistía en adquirir la experiencia de las criaturas. Y al
mismo tiempo que acumulaba esta experiencia misma, efectuar la revelación
suprema del Padre. Concomitante con estos objetivos, también se dedicó a
desenredar los complicados asuntos de este planeta en la medida en que estaban
relacionados con la rebelión de Lucifer.
Jesús disfrutó este año de más horas libres de lo
habitual, y consagró mucho tiempo a enseñar a Santiago la administración del
taller de reparaciones, y a José la dirección de los asuntos del hogar. María
presentía que se estaba preparando para dejarlos. ¿Dejarlos para ir adónde?
¿Para hacer qué? Casi había abandonado la idea de que Jesús era el Mesías. No
podía comprenderlo; simplemente no podía sondear el interior de su hijo
primogénito.
Jesús pasó este año una gran parte de su tiempo con cada
uno de los miembros de su familia. Salía con ellos para dar largos y frecuentes
paseos por las colinas y a través del campo. Antes de la cosecha, llevó a Judá
a casa de su tío granjero al sur de Nazaret, pero Judá no se quedó mucho tiempo
después de la recolección. Huyó de allí y Simón lo encontró más tarde con los
pescadores en el lago. Cuando Simón lo trajo de vuelta al hogar, Jesús mantuvo
una conversación con el muchacho fugitivo y, puesto que quería ser pescador, fue
con él hasta Magdala y lo puso en manos de un pariente que era pescador; desde
aquel momento, Judá trabajó bastante bien y con regularidad hasta que contrajo
matrimonio, y continuó como pescador después de casarse.
Por fin había llegado el día en que todos los hermanos de
Jesús habían elegido sus oficios y se habían establecido en ellos. El escenario
se estaba preparando para que Jesús abandonara el hogar.
En noviembre tuvo lugar una doble boda. Santiago se casó
con Esta y Miriam se casó con Jacobo. Fue realmente un feliz acontecimiento.
Incluso María estaba de nuevo feliz, excepto cuando se daba cuenta, de vez en
cuando, que Jesús se estaba preparando para marcharse. Sufría el peso de una
gran incertidumbre. Si Jesús quisiera sentarse y hablar francamente con ella de
todo esto como cuando era niño... Pero se había vuelto muy reservado y mantenía
un profundo silencio sobre el futuro.
Santiago y su esposa Esta se instalaron en una linda
casita, regalo del padre de ella, en la parte oeste de la ciudad. Aunque Santiago
continuaba manteniendo el hogar de su madre, su contribución se redujo a la
mitad a causa de su matrimonio, y José fue nombrado oficialmente por Jesús como
cabeza de familia. Judá enviaba ahora fielmente su contribución mensual a la
casa. Los enlaces de Santiago y de Miriam ejercieron una influencia muy
beneficiosa sobre Judá, y al marcharse para la zona pesquera al día siguiente
de la doble boda, le aseguró a José que podía confiar en él «para cumplir con
todo mi deber y más si es necesario». Y mantuvo su promesa.
Miriam vivía en la casa de Jacobo, contigua a la de
María, pues Jacobo padre había sido enterrado con sus antepasados. Marta ocupó
el lugar de Miriam en el hogar, y la nueva organización funcionó sin problemas
antes de que terminara el año.
Al día siguiente de la doble boda, Jesús tuvo una
importante conversación con Santiago. Le contó confidencialmente que se estaba
preparando para dejar el hogar. Regaló a Santiago la escritura de propiedad del
taller de reparaciones, dimitió de manera oficial y solemne como jefe de la
casa de José, e instaló a su hermano Santiago de forma muy afectuosa como «jefe
y protector de la casa de mi padre». Redactó un pacto secreto, que luego
firmaron los dos, en el que se estipulaba que a cambio de la donación del
taller de reparaciones, Santiago asumiría en adelante toda la responsabilidad
financiera de la familia, eximiendo a Jesús de cualquier obligación posterior
en esta materia. Después de firmar el contrato y de arreglar el presupuesto de
tal manera que la familia pudiera hacer frente a sus gastos reales sin ninguna
contribución de Jesús, éste dijo a Santiago: «Hijo mío, no obstante continuaré
enviándote algo todos los meses hasta que haya llegado mi hora, pero utiliza lo
que yo te envíe según se presenten las circunstancias. Emplea mis fondos para
las necesidades o los placeres de la familia, como te parezca conveniente.
Utilízalos en caso de enfermedad o para hacer frente a los incidentes
inesperados que puedan sobrevenir a cualquier miembro de la familia».
Así es como Jesús se preparaba para emprender la segunda
fase de su vida adulta, separado de los suyos, antes de empezar a ocuparse
públicamente de los asuntos de su Padre.
JESÚS se había separado
de manera completa y definitiva de la administración de los asuntos domésticos
de la familia de Nazaret y de la dirección inmediata de sus miembros. Hasta el
día de su bautismo continuó contribuyendo a las finanzas familiares y tomándose
un vivo interés personal por el bienestar espiritual de cada uno de sus hermanos
y hermanas. Y siempre estaba dispuesto a hacer todo lo que fuera humanamente
posible por el bienestar y la felicidad de su madre viuda.
El Hijo del Hombre lo
tenía ahora todo preparado para separarse de manera permanente del hogar de
Nazaret; hacer esto no fue nada fácil para él. Jesús amaba de manera natural a
su gente; quería a su familia, y este afecto natural había crecido enormemente
debido a su extraordinaria dedicación a ellos. Cuanto más plenamente nos
entregamos a nuestros semejantes, más llegamos a amarlos; puesto que Jesús se
había dado tan completamente a su familia, los quería con un afecto grande y
ferviente.
Poco a poco, toda la
familia había empezado a comprender que Jesús se estaba preparando para
dejarlos. La tristeza de la separación que se avecinaba sólo estaba atenuada
por esta manera gradual de prepararlos para anunciarles su intención de partir.
Durante más de cuatro años observaron que estaba proyectando esta separación
final.
1. El vigésimo séptimo
año (año 21 d. de J.C.)
Una lluviosa mañana de
domingo del mes de enero de este año 21, Jesús se despidió sin ceremonias de su
familia, explicándoles solamente que iba a Tiberiades y luego a visitar otras
ciudades alrededor del Mar de Galilea. Así se separó de ellos, y nunca más volvió
a ser un miembro regular de este hogar.
Pasó una semana en
Tiberiades, la nueva ciudad que pronto iba a sustituir a Séforis como capital
de Galilea. Como encontró pocas cosas que le interesaran, pasó sucesivamente
por Magdala y Betsaida hasta llegar a Cafarnaúm, donde se detuvo para visitar a
Zebedeo, el amigo de su padre. Los hijos de Zebedeo eran pescadores, y él mismo
era constructor de barcas. Jesús de Nazaret era un experto en el arte de
diseñar y en la construcción; era un maestro trabajando la madera, y Zebedeo
conocía desde hacía tiempo la habilidad del artesano de Nazaret. Hacía mucho
tiempo que Zebedeo tenía la intención de construir mejores barcas; expuso pues
sus proyectos a Jesús, e invitó al carpintero visitante a que se uniera a él en
esta empresa. Jesús aceptó con mucho gusto.
Jesús sólo trabajó con
Zebedeo poco más de un año, pero durante este tiempo creó un nuevo tipo de
barcas y estableció métodos completamente nuevos para su fabricación. Gracias a
una técnica superior y a unos métodos mucho mejores de tratar las tablas al
vapor, Jesús y Zebedeo empezaron a construir barcas de un tipo muy superior; se
trataba de unas embarcaciones mucho más seguras que los antiguos modelos para
navegar por el lago. Zebedeo tuvo durante varios años más trabajo, fabricando
este nuevo tipo de barcas, que el que su pequeña empresa podía producir; en
menos de cinco años, prácticamente todas las embarcaciones que navegaban por el
lago habían sido construidas en el taller de Zebedeo en Cafarnaúm. Jesús se
hizo famoso entre los pescadores de Galilea como el diseñador de estas nuevas
barcas.
Zebedeo era un hombre
medianamente adinerado; sus astilleros se encontraban al borde del lago al sur
de Cafarnaúm y su casa estaba situada a la orilla del lago cerca del centro de
pesca de Betsaida. Jesús vivió en la casa de Zebedeo durante su estancia de más
de un año en Cafarnaúm. Durante mucho tiempo había trabajado solo en el mundo,
es decir sin padre, y disfrutó mucho de este período de trabajo con un socio
paternal.
Salomé, la mujer de
Zebedeo, era pariente de Anás, antiguo sumo sacerdote en Jerusalén, que había
sido destituido hacía sólo ocho años, pero que seguía siendo el miembro más
influyente del grupo de los saduceos. Salomé se convirtió en una gran
admiradora de Jesús. Lo quería tanto como a sus propios hijos, Santiago, Juan y
David, mientras que sus cuatro hijas lo consideraban como su hermano mayor.
Jesús salía a menudo a pescar con Santiago, Juan y David, los cuales
descubrieron que era tan buen pescador como experto constructor de barcas.
Jesús envió dinero a
Santiago todos los meses de este año. En octubre regresó a Nazaret para asistir
a la boda de Marta, y durante más de dos años no volvió por Nazaret hasta poco
antes de la doble boda de Simón y de Judá.
Jesús construyó barcas
durante todo este año y continuó observando cómo vivían los hombres en la
Tierra. Iba a visitar con frecuencia la parada de las caravanas, pues la ruta
directa de Damasco hacia el sur pasaba por Cafarnaúm. Cafarnaúm era un
importante puesto militar romano, y el oficial que mandaba la guarnición era un
gentil que creía en Yahvé, «un hombre piadoso», como los judíos solían designar
a estos prosélitos. Este oficial pertenecía a una rica familia romana, y había
asumido la responsabilidad de construir una hermosa sinagoga en Cafarnaúm, que
había donado a los judíos poco antes de que Jesús viniera a vivir con Zebedeo.
Jesús dirigió los oficios en esta nueva sinagoga más de la mitad de las veces
este año, y algunos de los viajeros de las caravanas que asistieron por
casualidad lo recordaban como el carpintero de Nazaret.
Cuando llegó el momento
de pagar los impuestos, Jesús se inscribió como «artesano cualificado de
Cafarnaúm». Desde este día hasta el final de su vida terrestre, fue conocido
como habitante de Cafarnaúm. Nunca pretendió tener otra residencia legal,
aunque permitió, por diversas razones, que otros fijaran su domicilio en
Damasco, Betania, Nazaret e incluso en Alejandría.
Encontró muchos libros
nuevos en las arcas de la biblioteca de la sinagoga de Cafarnaúm, y pasaba al
menos cinco noches por semana estudiando intensamente. Dedicaba una noche a la
vida social con los adultos y pasaba otra con los jóvenes. En la personalidad
de Jesús había algo de agradable e inspirador que atraía invariablemente a los
jóvenes. Siempre hacía que se sintieran a gusto en su presencia. Quizás su gran
secreto para permanecer entre ellos consistía en el doble hecho de que siempre
se interesaba por lo que estaban haciendo, mientras que raramente les
aconsejaba, a menos que se lo pidieran.
La familia de Zebedeo
casi adoraba a Jesús, y nunca dejaban de asistir a las charlas con preguntas y
respuestas que dirigía cada noche después de la cena, antes de irse a estudiar
a la sinagoga. Los jóvenes de la vecindad también acudían con frecuencia a
estas reuniones tras la cena. A estas pequeñas asambleas, Jesús les impartía
una enseñanza variada y avanzada, tan avanzada como podían comprender. Hablaba
con ellos sin ninguna reserva y exponía sus ideas e ideales sobre la política,
la sociología, la ciencia y la filosofía, pero nunca pretendía hablar con una
autoridad final excepto cuando hablaba de religión — de la relación del hombre
con Dios.
Una vez por semana, Jesús
mantenía una reunión con toda la gente de la casa, el personal del taller y los
ayudantes de la costa, pues Zebedeo tenía muchos empleados. Entre estos
trabajadores es donde llamaron a Jesús por primera vez «Maestro». Todos lo
querían. Le gustaba su trabajo en Cafarnaúm con Zebedeo, pero echaba de menos a
los niños jugando al lado del taller de carpintería de Nazaret.
De todos los hijos de
Zebedeo, Santiago era el que más se interesaba por Jesús como maestro y como
filósofo. Juan apreciaba más su enseñanza y sus opiniones sobre la religión.
David lo respetaba como artesano, pero hacía poco caso de sus ideas religiosas
y de sus enseñanzas filosóficas.
Judá venía muchos sábados
para escuchar lo que Jesús decía en la sinagoga, y se quedaba para charlar con
él. Cuanto más veía a su hermano mayor, más se convencía de que Jesús era
realmente un gran hombre.
Jesús hizo este año
grandes progresos en la dominación ascendente de su mente humana.
Éste fue su último año de
vida estable. Jesús nunca más pasó un año entero en el mismo lugar o en la
misma tarea. Se estaban acercando rápidamente los días de sus peregrinaciones
terrestres. Los períodos de intensa actividad no estaban lejos en el futuro,
pero entre su vida simple e intensamente activa del pasado y su ministerio
público aún más intenso y arduo, iban a intercalarse ahora unos pocos años de
grandes viajes y de actividad personal muy diversificada. Tenía que completar
su formación como hombre del mundo antes de emprender su carrera de enseñanza y
de predicación como hombre-Dios…
2. El vigésimo octavo año
(año 22 d. de J.C.)
Jesús se despidió de
Zebedeo y de Cafarnaúm en marzo del año 22 d.de J.C. Pidió una pequeña suma de
dinero para costear sus gastos de viaje hasta Jerusalén. Mientras trabajaba con
Zebedeo, sólo había cobrado las pequeñas cantidades de dinero que enviaba
mensualmente a su familia de Nazaret. José venía un mes a Cafarnaúm para buscar
el dinero, y al mes siguiente era Judá quien pasaba por Cafarnaúm para recibir
el dinero de Jesús y llevarlo a Nazaret. El centro pesquero donde trabajaba
Judá sólo estaba a unos kilómetros al sur de Cafarnaúm.
Cuando Jesús se despidió
de la familia de Zebedeo, acordó con ellos permanecer en Jerusalén hasta la
Pascua, y todos prometieron estar presentes para este acontecimiento. Incluso
convinieron en celebrar juntos la cena pascual. Todos se entristecieron cuando
Jesús se marchó, especialmente las hijas de Zebedeo.
Antes de dejar Cafarnaúm,
Jesús tuvo una larga conversación con su nuevo amigo e íntimo compañero Juan
Zebedeo. Le dijo que pensaba viajar mucho hasta que «llegue mi hora», y le
pidió que cada mes enviara en su nombre algún dinero a la familia de Nazaret,
hasta que se agotaran los fondos que se le debían. Juan le hizo esta promesa:
«Maestro, dedícate a tus asuntos y haz tu trabajo en el mundo. Actuaré en tu
lugar en éste y en cualquier otro asunto, y velaré por tu familia como si
tuviera que mantener a mi propia madre y cuidar a mis propios hermanos y
hermanas. Emplearé los fondos que te debe mi padre tal como has indicado y
según se necesiten. Cuando tu dinero se haya agotado, si no recibo más de ti y
tu madre se encontrara en la necesidad, entonces compartiré mi propio salario
con ella. Puedes emprender tu camino en paz. Actuaré en tu lugar en todas estas
cuestiones».
Barca encontrda en los astilleros de Cafarnaum, supuestamente, construida por Jesús.
Después de que Jesús
partiera para Jerusalén, Juan consultó con su padre Zebedeo sobre el dinero que
se le debía a Jesús, y se quedó sorprendido de que la suma fuera tan
importante. Como Jesús había dejado el asunto completamente entre sus manos,
acordaron que lo mejor sería invertir estos fondos en inmuebles y utilizar la
renta para ayudar a la familia de Nazaret. Zebedeo conocía una casita de
Cafarnaúm que estaba hipotecada y en venta, por lo que recomendó a Juan que la
comprara con el dinero de Jesús, y guardara la escritura en depósito para su
amigo. Juan hizo lo que su padre le aconsejó. Durante dos años, el
arrendamiento de la casa se utilizó para pagar la hipoteca, y esto, unido a una
importante cantidad de dinero que Jesús envió a Juan poco después para que la
familia lo utilizara según sus necesidades, fue casi suficiente para cancelar
esta deuda. Zebedeo añadió la diferencia, de manera que Juan pagó el resto de
la hipoteca a su vencimiento, consiguiendo así una escritura libre de cargas
para esta casa de dos piezas. De esta manera Jesús se convirtió, sin saberlo,
en el propietario de una casa en Cafarnaúm.
Cuando la familia de
Nazaret se enteró de que Jesús se había marchado de Cafarnaúm, como no sabían
nada de este arreglo financiero con Juan, creyeron que les había llegado la
hora de salir adelante sin contar con su ayuda. Santiago se acordó de su pacto
con Jesús y, con la ayuda de sus hermanos, asumió inmediatamente toda la
responsabilidad de cuidar a la familia.
Pero volvamos atrás para
observar a Jesús en Jerusalén. Durante cerca de dos meses, pasó la mayor parte
de su tiempo escuchando las discusiones en el templo, y realizando visitas
ocasionales a las diversas escuelas de rabinos. La mayoría de los sábados los
pasaba en Betania.
Jesús había llevado
consigo a Jerusalén una carta de la esposa de Zebedeo, dirigida al antiguo sumo
sacerdote Anás, en la que Salomé lo presentaba como «si fuera mi propio hijo».
Anás pasó mucho tiempo con él, llevándolo personalmente a visitar las numerosas
academias de los educadores religiosos de Jerusalén. Jesús inspeccionó a fondo
estas escuelas y observó cuidadosamente sus métodos de enseñanza, pero no hizo
ni una sola pregunta en público. Aunque Anás consideraba a Jesús como un gran
hombre, no sabía bien cómo aconsejarle. Reconocía que sería una tontería sugerirle
que ingresara como estudiante en una de las escuelas de Jerusalén, y sin
embargo sabía muy bien que nunca concederían a Jesús la categoría de profesor
titular, ya que nunca se había formado en estas escuelas.
Antes de finalizar esta
semana pascual, y aparentemente por casualidad, Jesús conoció a un rico viajero
y a su hijo, un joven de unos diecisiete años. Estos viajeros procedían de la
India, y mientras iban de camino para visitar Roma y otros diversos lugares del
Mediterráneo, habían planeado llegar a Jerusalén durante la Pascua, con la
esperanza de encontrar a alguien a quien poder contratar como intérprete para
los dos y como preceptor para el hijo. El padre insistió para que Jesús
consintiera en viajar con ellos. Jesús le habló de su familia y de que no era
muy razonable marcharse por un período de casi dos años, durante los cuales
podrían pasar necesidades. Entonces este viajero de Oriente le propuso a Jesús
adelantarle el salario de un año, de manera que pudiera confiar estos fondos a
sus amigos para proteger a su familia de la pobreza. Y Jesús aceptó hacer el
viaje.
Jesús entregó esta
importante cantidad a Juan, el hijo de Zebedeo. Y ya sabéis cómo utilizó este
dinero para liquidar la hipoteca de la propiedad de Cafarnaúm. Jesús confió a
Zebedeo todo lo relacionado con este viaje por el Mediterráneo, pero le encargó
que no se lo dijera a nadie, ni siquiera a los de su propia carne y sangre.
Zebedeo no reveló nunca que conocía el paradero de Jesús durante este largo
período de casi dos años. Antes de que Jesús regresara de este viaje, la
familia de Nazaret estaba a punto de darlo por muerto. Solamente las
aseveraciones de Zebedeo, que fue a Nazaret en diversas ocasiones con su hijo
Juan, mantuvieron viva la esperanza en el corazón de María.
Durante este período, la
familia de Nazaret se las arregló bastante bien. Judá había aumentado
considerablemente su cuota y mantuvo esta contribución adicional hasta que se
casó. A pesar del poco apoyo que necesitaban, Juan Zebedeo adquirió la costumbre
de presentarse cada mes con unos regalos para María y para Rut, de acuerdo con
las instrucciones de Jesús.
3. El vigésimo noveno año
(año 23 d. de J.C.)
Jesús pasó todo su
vigésimo noveno año completando su periplo por el mundo mediterráneo. En la medida
en que se nos ha permitido revelar estas experiencias, los principales
acontecimientos de este viaje constituyen el tema de la narración que sigue
inmediatamente a este documento.
Durante todo este
recorrido por el mundo romano, a Jesús se le conoció, por muchas razones, como
el escriba de Damasco. Sin embargo, en Corinto y en otras escalas del viaje de
vuelta, fue conocido como el preceptor judío.
Éste fue un período
extraordinario en la vida de Jesús. Durante este viaje efectuó muchos contactos
con sus semejantes, pero esta experiencia es una fase de su vida que nunca
reveló a ningún miembro de su familia y a ninguno de los apóstoles. Jesús vivió
toda su vida en la carne y dejó este mundo sin que nadie supiera (excepto
Zebedeo de Betsaida) que había hecho este gran viaje. Algunos de sus amigos
pensaban que había vuelto a Damasco; otros creían que se había ido a la India.
Su propia familia tendía a creer que estaba en Alejandría, porque sabían que
una vez lo habían invitado a ir allí para convertirse en el ayudante del
chazan.
Cuando Jesús volvió a
Palestina, no hizo nada por cambiar la opinión de su familia de que había ido
desde Jerusalén hasta Alejandría; les dejó que continuaran creyendo que todo el
tiempo que había estado fuera de Palestina lo había pasado en aquella ciudad de
erudición y de cultura. Únicamente Zebedeo, el constructor de barcas de
Betsaida, conocía los hechos sobre esta cuestión, y Zebedeo no se lo dijo a
nadie.
En todos vuestros
esfuerzos por descifrar el significado de la vida de Jesús... Si queréis
comprender el significado de muchas de sus acciones aparentemente extrañas,
tenéis que discernir el propósito de su estancia en vuestro mundo. Tuvo la
constante cautela de no fabricar una carrera personal demasiado atractiva que
acaparara toda la atención. No quería emplear recursos excepcionales o
abrumadores con sus semejantes. Estaba dedicado al trabajo de revelar el Padre
celestial a sus compañeros mortales, y al mismo tiempo se consagraba a la tarea
sublime de vivir su vida terrestre mortal constantemente sometido a la voluntad
de este mismo Padre.
Para comprender la vida
de Jesús en la Tierra, siempre será útil también que todos los mortales
recuerden que, aunque vivió esta vida de encarnación, la vivió para todo su
universo. En la vida que vivió en la carne de naturaleza mortal, había algo
especial e inspirador para cada una de las esferas habitadas de todo el
universo.
Gracias a las
experiencias de este periplo por el mundo romano, y mientras duró el mismo, el
Hijo del Hombre completó prácticamente su aprendizaje educativo por contacto
con los pueblos tan diversos del mundo de su época y de su generación. En el
momento de su regreso a Nazaret, y debido a lo que había aprendido viajando, ya
conocía prácticamente cómo el hombre vivía y forjaba su existencia.
El verdadero objetivo de
su recorrido alrededor de la cuenca del Mediterráneo era conocer a los hombres.
Estuvo en estrecho contacto con centenares de seres humanos en este viaje.
Conoció y amó a toda clase de hombres, ricos y pobres, poderosos y humildes,
negros y blancos, instruidos e iletrados, cultos e incultos, brutos y
espirituales, religiosos e irreligiosos, morales e inmorales.
En este viaje por el
Mediterráneo, Jesús efectuó un gran avance en su tarea humana de dominar la mente
material y mortal. Al finalizar este periplo, Jesús sabía implícitamente — con
toda certidumbre humana — que era un Hijo de Dios, un Hijo Creador del Padre
Universal.
4. El Jesús humano
Para las inteligencias
celestiales… que lo observaban, este viaje por el Mediterráneo fue la más
cautivadora de todas las experiencias terrestres de Jesús, al menos de toda su
carrera hasta el momento de su crucifixión y de su muerte física. Éste fue el
período fascinante de su ministerio personal, en contraste con la época de
ministerio público que pronto le seguiría. Este episodio único en su género fue
aún más sobresaliente porque en aquel momento era todavía el carpintero de
Nazaret, el constructor de barcas de Cafarnaúm, el escriba de Damasco; era
todavía el Hijo del Hombre. Aún no había conseguido el dominio completo de su
mente humana. Era todavía un hombre entre los hombres.
La experiencia religiosa
puramente humana del Hijo del Hombre — el crecimiento espiritual personal —
alcanzó casi la cima de lo accesible durante este año, el vigésimo noveno de su
vida. Esta experiencia de desarrollo espiritual fue un crecimiento
permanentemente gradual, hasta el día en que finalizó y se confirmó esta
relación humana normal y natural entre la mente material del hombre y la dotación
mental del espíritu. El fenómeno de fundir estas dos mentes en una sola fue una
experiencia que el Hijo del Hombre alcanzó de manera completa y final, como
mortal encarnado del mundo, el día de su bautismo en el Jordán.
A través de todos estos
años, aunque no parecía dedicarse a muchos períodos de comunión formal con su
Padre celestial, perfeccionó unos métodos cada vez más eficaces para
comunicarse personalmente con la presencia espiritual interior del Padre… Vivió
una vida real, una vida plena y una verdadera vida en la carne, normal, natural
y corriente. Conoce por experiencia personal lo equivalente a la realidad de
todo lo esencial de la vida que viven los seres humanos en los mundos
materiales del tiempo y del espacio.
El Hijo del Hombre experimentó
la amplia gama de emociones humanas que van desde la alegría más espléndida al
dolor más profundo. Era un niño alegre y un ser con un buen humor poco común;
era igualmente un «varón de dolores que conocía las aflicciones». En un sentido
espiritual, atravesó la vida mortal desde el punto más bajo hasta el más
elevado, desde el principio hasta el fin. Desde un punto de vista material,
podría parecer que evitó vivir en los dos extremos sociales de la existencia
humana, pero intelectualmente se familiarizó totalmente con la experiencia
entera y completa de la humanidad.
Jesús conoce los
pensamientos y los sentimientos, los deseos y los impulsos, de los mortales
evolutivos y ascendentes de los mundos, desde el nacimiento hasta la muerte. Ha
vivido la vida humana desde los principios del yo físico, intelectual y
espiritual, pasando por la infancia, la adolescencia, la juventud y la madurez,
llegando incluso hasta la experiencia humana de la muerte. No solamente pasó
por estos períodos humanos, normales y conocidos, de avance intelectual y
espiritual, sino que también experimentó plenamente las fases superiores y más
avanzadas de aproximación entre el ser humano que tan pocos mortales… consiguen
alcanzar.
Esta vida perfecta que
vivió en la similitud de la carne mortal quizás no haya recibido la aprobación
completa y universal de sus compañeros mortales, de aquellos que fueron
casualmente sus contemporáneos en la Tierra; sin embargo, la vida encarnada que
Jesús de Nazaret vivió en… sí recibió la plena y completa aprobación del Padre
Universal, porque constituía, al mismo tiempo y en una sola y misma vida de
personalidad, la plenitud de la revelación del Dios eterno al hombre mortal, y
la presentación de una personalidad humana perfeccionada que satisfacía plenamente
al Creador Infinito.
Éste fue su objetivo
verdadero y supremo. No descendió para vivir… como el ejemplo perfecto y
detallado a seguir por cualquier niño o adulto, por cualquier hombre o mujer,
de aquella época o de cualquier otra. En verdad es cierto que todos podemos
encontrar en su vida plena, rica, hermosa y noble, muchos elementos
exquisitamente ejemplares y divinamente inspiradores, pero esto es así porque
vivió una vida verdadera y auténticamente humana. Jesús no vivió su vida en la
Tierra para establecer un ejemplo a imitar por todos los demás seres humanos.
Vivió esta vida en la carne mediante el mismo ministerio de misericordia que
todos vosotros podéis utilizar para vivir vuestra vida en la Tierra. Al vivir
su vida mortal en su época y tal como él era, estableció un ejemplo para que
todos nosotros vivamos también la nuestra en nuestra época y tal como somos.
Quizás no aspiréis a vivir su vida, pero podéis decidir vivir la vuestra como
él vivió la suya, y por los mismos medios. Jesús puede que no sea el ejemplo
técnico y detallado para todos los mortales de todos los tiempos en todos los
planetas de este universo local, pero es eternamente la inspiración y guía de
todos los peregrinos con destino… hasta Dios, de lo parcial a lo perfecto, de
lo terrenal a lo celestial, del tiempo a la eternidad.
Al final de su vigésimo
noveno año, Jesús de Nazaret casi había terminado de vivir la vida que se exige
a los mortales como residentes temporales en la carne. Trajo a la Tierra toda
la plenitud de Dios que se puede manifestar al hombre; ahora casi se había
convertido en la perfección del hombre que espera la ocasión para manifestarse
a Dios. Y realizó todo esto antes de cumplir los treinta años.
Los años de transición
DURANTE el viaje por el
Mediterráneo, Jesús había estudiado cuidadosamente a las personas que fue
encontrando y los países que fue atravesando, y aproximadamente por esta época
llegó a su decisión final en cuanto al resto de su vida en la Tierra. Había
examinado plenamente y entonces había aprobado finalmente el plan que
estipulaba que nacería de padres judíos en Palestina. Por consiguiente, regresó
deliberadamente a Galilea para esperar el comienzo de la obra de su vida como
instructor público de la verdad. Empezó a hacer planes para una carrera pública
en el país del pueblo de su padre José, y actuó así por su propio libre
albedrío.
Jesús había descubierto,
por experiencia personal y humana, que de todo el mundo romano, Palestina era
el mejor lugar para dar a conocer los últimos capítulos, y representar las
escenas finales, de su vida en la Tierra. Por primera vez se sintió plenamente
satisfecho con el programa de manifestar abiertamente su verdadera naturaleza y
revelar su identidad divina entre los judíos y los gentiles de su Palestina
natal. Decidió definitivamente terminar su vida en la Tierra y completar su
carrera de existencia mortal en el mismo país donde había empezado su
experiencia humana como un niño indefenso. Su carrera… había comenzado entre
los judíos de Palestina, y escogió terminar su vida en Palestina y entre los
judíos.
1. El trigésimo año (año
24 d. de J.C.)
Después de despedirse de
Gonod y de Ganid en Charax (en diciembre del año 23) Jesús regresó por el
camino de Ur a Babilonia, donde se unió a una caravana del desierto que se
dirigía a Damasco. De Damasco fue a Nazaret, parándose sólo unas horas en
Cafarnaúm, donde se detuvo para visitar a la familia de Zebedeo. Allí se
encontró con su hermano Santiago, que desde hacía algún tiempo había venido a
trabajar en su lugar en el astillero de Zebedeo. Después de charlar con
Santiago y Judá (que también se encontraba por casualidad en Cafarnaúm) y
después de transferir a su hermano Santiago la casita que Juan Zebedeo se había
ingeniado para comprar, Jesús continuó su camino hacia Nazaret.
Al final de su viaje por
el Mediterráneo, Jesús había recibido dinero suficiente como para hacer frente
a sus gastos diarios casi hasta el momento de empezar su ministerio público.
Pero, aparte de Zebedeo de Cafarnaúm y de la gente que conoció en el transcurso
de esta gira extraordinaria, el mundo nunca supo que había hecho este viaje. Su
familia siempre creyó que había pasado este tiempo estudiando en Alejandría.
Jesús nunca confirmó esta creencia, ni tampoco refutó abiertamente este
malentendido.
Durante su estancia de
varias semanas en Nazaret, Jesús charló con su familia y sus amigos, pasó algún
tiempo en el taller de reparaciones con su hermano José, pero consagró la mayor
parte de su atención a María y a Rut. Rut estaba a punto de cumplir entonces
los quince años, y ésta era la primera ocasión que Jesús tenía de conversar
largamente con ella desde que se había convertido en una jovencita.
Tanto Simón como Judá
deseaban casarse desde hacía algún tiempo, pero les disgustaba hacerlo sin el
consentimiento de Jesús; en consecuencia, habían retrasado estos
acontecimientos, esperando el regreso de su hermano mayor. Aunque todos
consideraban a Santiago como el cabeza de familia en la mayoría de los casos,
cuando se trataba de casarse querían la bendición de Jesús. Así pues, Simón y
Judá se casaron en una doble boda a principios de marzo de este año 24. Todos
los hijos mayores estaban ahora casados; sólo Rut, la más joven, permanecía en
casa con María.
Jesús charlaba con toda
naturalidad y normalidad con cada uno de los miembros de su familia, pero
cuando estaban todos reunidos tenía tan pocas cosas que decir, que llegaron a
comentarlo entre ellos. María en particular estaba desconcertada por este
comportamiento excepcionalmente extraño de su hijo primogénito.
Cuando Jesús se estaba
preparando para dejar Nazaret, el guía de una gran caravana que pasaba por la
ciudad cayó gravemente enfermo, y Jesús, que era políglota, se ofreció para
reemplazarlo. Este viaje significaba que estaría ausente durante un año; puesto
que todos sus hermanos estaban casados y su madre vivía en la casa con Rut,
Jesús convocó un consejo de familia donde propuso que su madre y Rut se fueran
a vivir a Cafarnaúm, a la casa que había cedido a Santiago tan recientemente.
En consecuencia, pocos días después de que Jesús se marchara con la caravana,
María y Rut se mudaron a Cafarnaúm, donde vivieron durante el resto de la vida
de María en la casa que Jesús les había proporcionado. José y su familia se
mudaron a la vieja casa de Nazaret.
Éste fue uno de los años
más excepcionales en la experiencia interior del Hijo del Hombre; hizo un gran
progreso en la obtención de una armonía funcional entre su mente humana……y preparar la mente para los grandes
acontecimientos que se hallaban entonces en el futuro cercano. La personalidad
de Jesús se estaba preparando para su gran cambio de actitud hacia el mundo.
Éste fue el período intermedio, la etapa de transición de este ser que había
empezado su vida como Dios que se manifiesta como hombre, y que ahora se estaba
preparando para completar su carrera terrestre como hombre que se manifiesta
como Dios.
2. El viaje en caravana
hasta el Caspio
El primero de abril del
año 24 fue cuando Jesús salió de Nazaret para emprender el viaje en caravana
hasta la región del Mar Caspio. La caravana a la que Jesús se había unido como
guía iba desde Jerusalén hasta la región sudoriental del Mar Caspio, pasando
por Damasco y el Lago Urmia, y atravesando Asiria, Media y Partia. Antes de que
regresara de este viaje habría de transcurrir un año entero.
Para Jesús, este viaje en
caravana era una nueva aventura de exploración y de ministerio personal. Tuvo
una experiencia interesante con la familia que componía la caravana —
pasajeros, guardias y conductores de camellos. Decenas de hombres, mujeres y
niños que residían a lo largo de la ruta seguida por la caravana vivieron una
vida más rica como resultado de su contacto con Jesús, el guía extraordinario,
para ellos, de una caravana ordinaria. No todos los que disfrutaron de su ministerio
personal en estas ocasiones se beneficiaron de ello, pero la gran mayoría de
los que lo conocieron y conversaron con él fueron mejores para el resto de su
vida terrestre.
De todos sus viajes por
el mundo, éste que realizó al Mar Caspio fue el que llevó a Jesús más cerca de
oriente, y le permitió adquirir una mejor comprensión de los pueblos del lejano
oriente. Efectuó un contacto íntimo y personal con cada una de las razas…
Disfrutó con la misma intensidad realizando su ministerio personal para cada
una de estas diversas razas y pueblos mezclados, y todos fueron receptivos a la
verdad viviente que les aportaba. Los europeos del extremo occidente y los
asiáticos del extremo oriente prestaron una atención idéntica a sus palabras de
esperanza y de vida eterna, y fueron influidos de igual manera por la vida de
servicio amoroso y de ministerio espiritual que vivió entre ellos con tanta
benevolencia.
El viaje de la caravana
fue un éxito en todos los sentidos. Fue un episodio de lo más interesante en la
vida humana de Jesús, pues durante este año desempeñó una tarea ejecutiva,
siendo responsable del material confiado a su cargo y de la seguridad de los
viajeros que integraban la caravana. Cumplió sus múltiples deberes con la mayor
fidelidad, eficacia y sabiduría.
A su regreso de la región
caspia, Jesús renunció a la dirección de la caravana en el Lago Urmia, donde se
detuvo poco más de dos semanas. Regresó como pasajero en una caravana posterior
hasta Damasco, donde los propietarios de los camellos le rogaron que
permaneciera a su servicio. Rehusó esta oferta y continuó su viaje con la
procesión de la caravana hasta Cafarnaúm, donde llegó el primero de abril del
año 25. Ya no consideraba a Nazaret como su hogar. Cafarnaúm se había
convertido en el hogar de Jesús, de Santiago, de María y de Rut. Pero Jesús no
vivió nunca más con su familia; cuando se encontraba en Cafarnaúm se alojaba en
la casa de los Zebedeo.
3. Las conferencias de
Urmia
Camino del Mar Caspio,
Jesús se había detenido varios días en la vieja ciudad persa de Urmia, en la
orilla occidental del Lago Urmia, para descansar y recuperarse. En la isla más
grande de un pequeño archipiélago situado a corta distancia de la costa, cerca
de Urmia, se encontraba un gran edificio — un anfiteatro para conferencias —
dedicado al «espíritu de la religión». Esta construcción era en realidad un
templo de la filosofía de las religiones. Este templo de la religión había sido
construido por un rico comerciante, ciudadano de Urmia, y sus tres hijos. Este
hombre se llamaba Cimboitón, y entre sus antepasados se encontraban pueblos muy
diversos.
En esta escuela de
religión, las conferencias y discusiones empezaban todos los días de la semana
a las 10 de la mañana. Las sesiones de la tarde se iniciaban a las 3, y los
debates nocturnos se abrían a las 8. Cimboitón o uno de sus tres hijos siempre
presidían estas sesiones de enseñanza, de discusión y de debates. El fundador
de esta singular escuela de religiones vivió y murió sin revelar nunca sus
creencias religiosas personales.
Jesús participó varias
veces en estas discusiones, y antes de partir de Urmia, Cimboitón acordó con
Jesús que en su viaje de regreso residiría dos semanas con ellos y daría
veinticuatro conferencias sobre «la fraternidad de los hombres»; también
dirigiría doce sesiones nocturnas de preguntas, discusiones y debates sobre sus
conferencias en particular, y sobre la fraternidad de los hombres en general.
En conformidad con este
acuerdo, Jesús se detuvo en su viaje de vuelta y dio estas conferencias. De
todas las enseñanzas del Maestro, éstas fueron las más sistemáticas y formales.
Nunca dijo tantas cosas sobre un mismo tema, ni antes ni después, como lo hizo
en estas conferencias y discusiones sobre la fraternidad de los hombres. Estas
conferencias trataron, en verdad, sobre el «reino de Dios» y los «reinos de los
hombres».
Más de treinta religiones
y cultos religiosos estaban representados en la facultad de este templo de
filosofía religiosa. Los profesores eran elegidos, mantenidos y plenamente
acreditados por sus grupos religiosos respectivos. En aquel momento había en la
facultad unos setenta y cinco profesores, y vivían en casas de campo con
capacidad para unas doce personas. Estos grupos se cambiaban cada Luna nueva
echándolo a suertes. La intolerancia, el espíritu contencioso o cualquier otra
tendencia que interfiriera con el funcionamiento apacible de la comunidad,
suponía la destitución inmediata y sumaria del educador transgresor. Lo
despedían sin ceremonias y su sustituto en espera era instalado inmediatamente
en su lugar.
Estos instructores de las
diversas religiones hacían un gran esfuerzo para mostrar la similitud de sus
religiones en cuanto a las cosas fundamentales de esta vida y de la siguiente.
Para obtener una plaza en esta facultad bastaba con aceptar una sola doctrina —
cada profesor debía representar a una religión que reconociera a Dios — a algún
tipo de Deidad suprema. Había en la facultad cinco educadores independientes
que no representaban a ninguna religión organizada, y Jesús apareció ante ellos
bajo esta modalidad.
Después de la muerte de
Cimboitón, sus hijos encontraron grandes dificultades para mantener la paz en
la facultad. Las repercusiones de las enseñanzas de Jesús hubieran sido mucho
mayores si los educadores cristianos posteriores que se incorporaron a la
facultad de Urmia hubieran mostrado más sabiduría y hubieran ejercido más
tolerancia. El hijo mayor de Cimboitón recurrió a Abner, de Filadelfia, para
que le ayudara, pero Abner tuvo muy poco acierto en la elección de los educadores,
en el sentido de que resultaron ser inflexibles e intransigentes. Estos
instructores trataron de que su religión dominara a las otras creencias. Nunca
sospecharon que las conferencias del conductor de caravanas, a las que se
aludía con tanta frecuencia, habían sido dadas por el mismo Jesús.
Al aumentar la confusión
dentro de la facultad, los tres hermanos retiraron su apoyo financiero, y al
cabo de cinco años la escuela cerró. Más tarde se abrió de nuevo como templo
mitríaco, y finalmente se incendió en conjunción con una de sus celebraciones
orgiásticas.
7. El trigésimo primer
año (año 25 d. de J.C.)
Cuando Jesús volvió de su
viaje al Mar Caspio, sabía que sus desplazamientos por el mundo prácticamente
habían terminado. Sólo hizo un viaje más fuera de Palestina, y fue para ir a
Siria. Después de una breve visita a Cafarnaúm, se dirigió a Nazaret, donde se
quedó unos días haciendo visitas. A mediados de abril salió de Nazaret para
Tiro. Desde allí viajó hacia el norte, deteniéndose unos días en Sidón, pero su
destino era Antioquía.
Éste es el año de los
recorridos solitarios de Jesús a través de Palestina y Siria. Durante todo este
año de viajes, fue conocido por diversos nombres en distintas partes del país:
el carpintero de Nazaret, el constructor de barcas de Cafarnaúm, el escriba de
Damasco y el educador de Alejandría.
En Antioquía, el Hijo del
Hombre vivió más de dos meses, trabajando, observando, estudiando, visitando,
ayudando y, durante todo este tiempo, aprendiendo cómo viven los hombres, cómo
piensan, sienten y reaccionan al entorno de la existencia humana. Durante tres
semanas de este período trabajó como fabricante de tiendas. En Antioquía
permaneció más tiempo que en cualquiera de los otros lugares que visitó en este
viaje. Diez años después, cuando el apóstol Pablo predicó en Antioquía y oyó
hablar a sus discípulos de las doctrinas del escriba de Damasco, no sospechó
que sus alumnos habían oído la voz y escuchado las enseñanzas del propio
Maestro.
Desde Antioquía, Jesús
viajó hacia el sur a lo largo de la costa hasta Cesárea, donde se detuvo unas
semanas, continuando luego por la costa hasta Jope. Desde Jope viajó tierra
adentro hasta Jamnia, Asdod y Gaza. Desde Gaza cogió la ruta interior hasta
Beerseba, donde permaneció una semana.
Jesús emprendió entonces
su periplo final, como individuo particular, a través del corazón de Palestina,
desplazándose desde Beerseba en el sur hasta Dan en el norte. En este viaje
hacia el norte se detuvo en Hebrón, Belén (donde vio su lugar de nacimiento),
Jerusalén (no visitó Betania), Beerot, Lebona, Sicar, Siquem, Samaria, Geba,
En-Ganim, Endor y Madón. Atravesando Magdala y Cafarnaúm, continuó hacia el
norte, pasando al este de las Aguas de Merom, y se dirigió por Cárata hasta Dan
o Cesárea de Filipo.
… condujo entonces a
Jesús a apartarse de los lugares habitados por los hombres, y a subir al Monte
Hermón para poder terminar allí el trabajo de dominar su mente humana, y
completar la tarea de efectuar su consagración total al resto de la obra de su
vida en la Tierra.
Ésta fue una de las
épocas excepcionales y extraordinarias de la vida terrestre del Maestro.
Atravesó otra experiencia muy similar cuando estuvo solo en las colinas
cercanas a Pella, inmediatamente después de su bautismo. Este período de
aislamiento en el Monte Hermón marcó el final de su carrera puramente humana,
es decir, la terminación técnica de su donación como mortal, mientras que el
aislamiento posterior señaló el comienzo de la fase más divina de su donación.
Jesús vivió a solas con Dios durante seis semanas en las pendientes del Monte
Hermón.
8. La estancia en el
monte Hermón
Después de pasar algún
tiempo en las proximidades de Cesárea de Filipo, Jesús preparó sus provisiones,
adquirió una bestia de carga, contrató a un muchacho llamado Tiglat y se
dirigió por el camino de Damasco hasta un pueblo conocido en otro tiempo como
Beit Jenn, en los cerros al pie del Monte Hermón. Aquí, poco antes de mediados
de agosto del año 25, estableció su campamento, dejó sus provisiones al cuidado
de Tiglat y ascendió las laderas solitarias de la montaña. Durante este primer
día, Tiglat acompañó a Jesús en su subida hasta un punto determinado a unos
2000 metros sobre el nivel del mar, donde construyeron un receptáculo de piedra
en el que Tiglat tenía que depositar los alimentos dos veces por semana.
El primer día después de
dejar a Tiglat, Jesús sólo había ascendido un corto trayecto de la montaña
cuando se detuvo para orar. Entre otras cosas, pidió a su Padre que hiciera
volver a su serafín guardián para que «acompañara a Tiglat». Solicitó que se le
permitiera subir solo hacia su última contienda con las realidades de la
existencia mortal, y esta petición le fue concedida.
Jesús comió frugalmente
mientras estuvo en la montaña; sólo se abstuvo de todo alimento un día o dos a
la vez. Los seres superhumanos que se enfrentaron con él en esta montaña, con
quienes luchó en espíritu y a quienes derrotó en poder, eran reales… no eran
fantasmas de la imaginación, producidos por los desvaríos intelectuales de un
mortal debilitado y hambriento que no pudiera distinguir la realidad de las
visiones de una mente enajenada.
Jesús pasó las tres
últimas semanas de agosto y las tres primeras de septiembre en el Monte Hermón.
Durante estas semanas, terminó la tarea mortal de alcanzar los círculos de
comprensión mental y de control de la personalidad. Durante todo este período
de comunión con su Padre celestial, … también finalizó los servicios que se le
habían asignado. La meta mortal de esta criatura terrestre fue alcanzada allí.
Sólo quedaba por consumar la fase final de armonización…
Después de más de cinco
semanas de comunión ininterrumpida con su Padre, Jesús estuvo absolutamente
seguro de su naturaleza y de la certeza de su triunfo sobre los niveles
materiales de manifestación de la personalidad en el espacio-tiempo. Creía
plenamente en el predominio de su naturaleza divina sobre su naturaleza humana,
y no dudó en afirmarlo.
Hacia el final de su
estancia en la montaña, Jesús pidió a su Padre que se le permitiera celebrar
una conferencia con sus enemigos en su calidad de Hijo del Hombre, como Josué
ben José. Esta petición le fue concedida. La gran tentación, la prueba del
universo, tuvo lugar durante la última semana en el Monte Hermón. Satanás (en
representación de Lucifer) y Caligastia, el Príncipe Planetario rebelde,
estaban presentes junto a Jesús y fueron hechos plenamente visibles para él.
Esta «tentación», esta prueba final de lealtad humana frente a las falsedades
de las personalidades rebeldes, no tenía que ver con el alimento, los pináculos
del templo o los actos presuntuosos. No tenía que ver con los reinos de este
mundo, sino con la soberanía de un poderoso y glorioso universo. El simbolismo
de vuestras escrituras estaba destinado a las épocas atrasadas del pensamiento
infantil del mundo. Las generaciones siguientes deberían comprender la gran
lucha que mantuvo el Hijo del Hombre aquel día memorable en el Monte Hermón.
A las numerosas
proposiciones y contraproposiciones de los emisarios de Lucifer, Jesús se
limitó a responder: «Que prevalezca la voluntad de mi Padre, y a ti, mi hijo
rebelde, que los Ancianos de los Días te juzguen divinamente. Soy tu
Creador-padre; difícilmente puedo juzgarte con justicia, y ya has despreciado
mi misericordia. Te confío a la decisión de los Jueces de un universo más
grande».
A todos los arreglos y
artimañas sugeridos por Lucifer, a todas las proposiciones engañosas relativas
a la donación de la encarnación, Jesús se limitó a responder: «Que se haga la voluntad
de mi Padre.» Cuando la dura prueba terminó, el serafín guardián que se
mantenía apartado volvió al lado de Jesús y le aportó su servicio.
Cuando Jesús descendió de
su estancia en el Monte Hermón, la rebelión de Lucifer en Satania y la secesión
de Caligastia… estaban prácticamente arregladas. Jesús había pagado el último
precio que se le exigía para obtener la soberanía de su universo, que en sí
misma regula el estado de todos los rebeldes y determina que toda sublevación
futura de este tipo (si llega a producirse alguna vez) puede ser tratada de
manera sumaria y eficaz. En consecuencia, se puede observar que la llamada
«gran tentación» de Jesús tuvo lugar algún tiempo antes de su bautismo, y no
inmediatamente después.
Al final de su estancia
en la montaña, mientras Jesús descendía se encontró con Tiglat, que subía para
acudir a la cita con los alimentos. Al indicarle que se volviera, solamente le
dijo: «El período de descanso ha terminado; tengo que volver a los asuntos de
mi Padre». Se mantuvo silencioso y muy cambiado durante el viaje de regreso
hacia Dan, donde se despidió del muchacho, regalándole el asno. Luego se
dirigió hacia el sur por el mismo camino que había venido, hasta llegar a
Cafarnaúm.
9. El período de espera
Ahora estaba próximo el
final del verano, cerca de la época del día de la expiación y de la fiesta de
los tabernáculos. El sábado, Jesús tuvo una reunión familiar en Cafarnaúm y al
día siguiente partió para Jerusalén con Juan, el hijo de Zebedeo, dirigiéndose
por el este del lago y por Gerasa, y descendiendo por el valle del Jordán.
Aunque charló de vez en cuando con su compañero durante el camino, Juan notó un
gran cambio en Jesús.
Jesús y Juan se
detuvieron en Betania para pasar la noche con Lázaro y sus hermanas, y a la
mañana siguiente salieron temprano para Jerusalén. Estuvieron casi tres semanas
en la ciudad y sus alrededores, al menos así lo hizo Juan. Muchos días, Juan
fue solo a Jerusalén mientras Jesús deambulaba por las colinas cercanas y se
dedicaba a numerosos períodos de comunión espiritual con su Padre celestial.
Los dos asistieron a los
oficios solemnes del día de la expiación. Juan estaba muy impresionado con las
ceremonias de este día importante en el ritual religioso judío, pero Jesús
permaneció como un espectador pensativo y silencioso. Para el Hijo del Hombre,
este espectáculo resultaba lastimoso y patético. Lo veía todo como una falsa
representación del carácter y de los atributos de su Padre celestial.
Consideraba los acontecimientos de este día como una parodia de los hechos de
la justicia divina y de la verdad de la misericordia infinita. Ardía en deseos
de proclamar la auténtica verdad sobre el carácter amoroso y el comportamiento
misericordioso de su Padre en el universo, pero… su hora aún no había llegado. Sin embargo,
aquella noche en Betania, Jesús dejó caer numerosos comentarios que perturbaron
mucho a Juan, el cual nunca comprendió por completo el verdadero significado de
lo que Jesús dijo en la conversación que tuvieron aquella noche.
Jesús planeó quedarse con
Juan toda la semana de la fiesta de los tabernáculos. Esta fiesta era la
festividad anual de toda Palestina, la época de las vacaciones de los judíos.
Aunque Jesús no participó en el júbilo de la ocasión, era evidente que le
causaba placer y experimentaba satisfacción al contemplar cómo los jóvenes y
los mayores se entregaban a la alegría y al gozo.
A mediados de la semana
de esta celebración y antes de que terminaran las festividades, Jesús se
despidió de Juan diciendo que deseaba retirarse a las colinas, donde podría
comulgar mejor con su Padre. Juan hubiera querido acompañarlo, pero Jesús
insistió para que se quedara hasta el fin de las festividades, diciendo: «No se
te exige que lleves el peso del Hijo del Hombre; sólo el vigilante debe estar
en vela mientras la ciudad duerme en paz.» Jesús no regresó a Jerusalén.
Después de pasar casi una semana solo en las colinas cercanas a Betania, partió
para Cafarnaúm. Camino del hogar, pasó un día y una noche a solas en las
laderas del Gilboa, cerca del lugar donde el rey Saúl se había quitado la vida;
cuando llegó a Cafarnaúm, parecía más alegre que en el momento de dejar a Juan
en Jerusalén.
A la mañana siguiente,
Jesús fue al arca que contenía sus efectos personales, que se habían quedado en
el taller de Zebedeo, se puso su delantal y se presentó al trabajo, diciendo:
«Es conveniente que permanezca ocupado mientras espero a que llegue mi hora.» Y
trabajó varios meses en el astillero, al lado de su hermano Santiago, hasta
enero del año siguiente. Después de este período de trabajo con Jesús, Santiago
nunca más abandonó real y totalmente su fe en la misión de Jesús, a pesar de
las dudas que oscurecían su comprensión del trabajo de la vida del Hijo del
Hombre.
Durante este período
final de trabajo en el astillero, Jesús pasó la mayor parte de su tiempo
acabando los interiores de algunas grandes embarcaciones. Ponía un gran cuidado
en toda su obra manual, y parecía experimentar la satisfacción del logro humano
cada vez que terminaba una pieza digna de elogio. Aunque no perdía el tiempo
con pequeñeces, era un artesano cuidadoso cuando confeccionaba los detalles
esenciales de un encargo determinado.
A medida que pasaba el
tiempo, llegaron rumores a Cafarnaúm sobre un tal Juan que predicaba mientras
bautizaba a los penitentes en el Jordán. La predicación de Juan era: «El reino
de los cielos está cerca; arrepentíos y sed bautizados.» Jesús escuchó estos
informes a medida que Juan remontaba lentamente el valle del Jordán desde el
vado del río más cercano a Jerusalén. Pero Jesús continuó trabajando construyendo
barcas, hasta que Juan llegó río arriba a un lugar cercano a Pella, en el mes
de enero del año siguiente, el año 26. Entonces dejó sus herramientas,
declarando «Ha llegado mi hora», y poco después se presentó ante Juan para ser
bautizado.
Un gran cambio se había
producido en Jesús. De la gente que había disfrutado de sus visitas y servicios
mientras recorría el país de arriba abajo, pocos reconocieron después, en el
maestro público, a la misma persona que habían conocido y amado como individuo particular
en años anteriores. Había una razón que impedía a sus primeros beneficiarios
reconocerlo en su papel posterior como educador público lleno de autoridad: La
transformación de su mente y de su espíritu se había estado desarrollando a lo
largo de muchos años, y había finalizado durante la permanencia extraordinaria
en el Monte Hermón.
8. Encuentro de Jesús y
de Juan
En el mes de diciembre
del año 25, cuando Juan llegó a las proximidades de Pella en su viaje
remontando el Jordán, su fama se había extendido por toda Palestina, y su obra
se había convertido en el tema principal de conversación de todas las ciudades
cercanas al Lago de Galilea. Jesús había hablado favorablemente del mensaje de
Juan, lo que hizo que muchos habitantes de Cafarnaúm se unieran al culto de
arrepentimiento y de bautismo de Juan. Santiago y Juan, los hijos pescadores de
Zebedeo, habían ido al vado en diciembre, poco después de que Juan se instalara
a predicar cerca de Pella, y se habían ofrecido para ser bautizados. Iban a ver
a Juan una vez por semana, y traían a Jesús las noticias directas y recientes
de la obra del evangelista.
Santiago y Judá, los
hermanos de Jesús, habían hablado de ir a ver a Juan para ser bautizados. Ahora
que Judá había venido a Cafarnaúm para los oficios del sábado, después de
escuchar el discurso de Jesús en la sinagoga, tanto él como Santiago decidieron
pedirle consejo con respecto a sus planes. Esto sucedía el sábado 12 de enero
del año 26 por la noche. Jesús les pidió que aplazaran la discusión hasta el
día siguiente, y entonces les daría su respuesta. Durmió muy poco aquella
noche, pues estuvo en estrecha comunión con el Padre celestial. Había acordado
almorzar con sus hermanos a mediodía y aconsejarles con respecto al bautismo de
Juan. Aquel domingo por la mañana, Jesús estaba trabajando como de costumbre en
el astillero. Santiago y Judá habían llegado con el almuerzo y lo estaban
esperando en el almacén de madera, pues aún no había llegado la hora del
descanso de mediodía, y sabían que Jesús era muy formal en estas cuestiones.
Poco antes de la pausa
del mediodía, Jesús dejó sus herramientas, se quitó su delantal de trabajo y
anunció simplemente a los tres trabajadores que estaban con él en el taller:
«Ha llegado mi hora.» Fue en busca de sus hermanos Santiago y Judá, repitiendo:
«Ha llegado mi hora — vamos a ver a Juan.» Partieron inmediatamente para Pella,
tomándose el almuerzo mientras viajaban. Esto ocurría el domingo 13 de enero.
Se detuvieron para pasar la noche en el valle del Jordán y llegaron al lugar
donde Juan estaba bautizando hacia el mediodía del día siguiente.
Juan acababa de empezar a
bautizar a los candidatos del día. Decenas de penitentes formaban cola
esperando su turno, cuando Jesús y sus dos hermanos ocuparon su lugar en esta
fila de hombres y mujeres sinceros que se habían hecho creyentes en la
predicación de Juan sobre el reino venidero. Juan había preguntado por Jesús a
los hijos de Zebedeo. Estaba enterado de los comentarios de Jesús sobre su
predicación, y día tras día esperaba verlo llegar a aquel lugar, pero no había
imaginado encontrarlo en la cola de los candidatos al bautismo.
Como estaba absorto con
los detalles de bautizar rápidamente a un número tan elevado de conversos, Juan
no levantó los ojos para ver a Jesús hasta que el Hijo del Hombre no estuvo
delante de él. Cuando Juan reconoció a Jesús, interrumpió las ceremonias unos
momentos mientras saludaba a su primo carnal y le preguntaba: «Pero ¿por qué
bajas hasta el agua para saludarme?» Jesús respondió: «Para someterme a tu
bautismo.» Y Juan replicó: «Pero soy yo quien necesita ser bautizado por ti.
¿Por qué vienes hasta mí?» Y Jesús le susurró a Juan: «Sé indulgente conmigo
ahora, pues conviene que demos este ejemplo a mis hermanos que están aquí
conmigo, y para que la gente pueda saber que ha llegado mi hora.»
La voz de Jesús tenía un
tono firme y terminante. Juan temblaba de emoción al prepararse para bautizar a
Jesús de Nazaret en el Jordán, a mediodía del lunes 14 de enero del año 26. Así
fue como Juan bautizó a Jesús y a sus dos hermanos, Santiago y Judá. Y cuando
Juan hubo bautizado a los tres, despidió a los demás hasta el día siguiente,
anunciando que reanudaría los bautismos al mediodía. Mientras la gente se
marchaba, los cuatro hombres, que aún permanecían en el agua, oyeron un sonido
extraño, y acto seguido se produjo una aparición durante unos instantes
inmediatamente por encima de la cabeza de Jesús, y oyeron una voz que decía:
«Éste es mi hijo amado en quien me siento muy complacido.»
Un gran cambio se produjo en el semblante de Jesús; salió del agua en silencio y se despidió de ellos, dirigiéndose hacia las colinas del este. Nadie lo volvió a ver durante cuarenta días.
Un gran cambio se produjo en el semblante de Jesús; salió del agua en silencio y se despidió de ellos, dirigiéndose hacia las colinas del este. Nadie lo volvió a ver durante cuarenta días.
Juan siguió a Jesús la
distancia suficiente como para contarle la historia de la visita de Gabriel a
su madre antes de que nacieran los dos, tal como lo había escuchado tantas
veces de labios de su madre. Dejó que Jesús continuara su camino, después de
haberle dicho: «Ahora sé con seguridad que tú eres el Libertador.» Pero Jesús
no respondió.
9. Cuarenta días de
predicación
Cuando Juan regresó junto
a sus discípulos (ahora tenía unos veinticinco o treinta que vivían
constantemente con él), los encontró conversando seriamente, discutiendo lo que
acababa de suceder en relación con el bautismo de Jesús. Se quedaron mucho más
asombrados cuando Juan les contó ahora la historia de la visita de Gabriel a
María antes del nacimiento de Jesús, y también el hecho de que Jesús no le
dijera ni una palabra después de hablarle de ello. Aquella noche no llovió, y
este grupo de treinta personas o más conversó largamente bajo la noche
estrellada. Se preguntaban dónde había ido Jesús y cuándo lo volverían a ver.
Después del incidente de
este día, la predicación de Juan adquirió un nuevo tono de certidumbre en sus
proclamaciones respecto al reino venidero y al Mesías esperado. Estos cuarenta
días de espera, aguardando el regreso de Jesús, fueron un período de tensión.
Pero Juan continuó predicando con gran fuerza, y sus discípulos empezaron a
predicar aproximadamente por esta época a las multitudes desbordantes que se
amontonaban alrededor de Juan a orillas del Jordán.
En el transcurso de estos
cuarenta días de espera, numerosos rumores se esparcieron por el país, llegando
incluso hasta Tiberiades y Jerusalén. Miles de personas pasaban por el
campamento de Juan para ver la nueva atracción, el famoso Mesías, pero Jesús no
estaba a la vista. Cuando los discípulos de Juan afirmaban que el extraño
hombre de Dios se había marchado a las colinas, muchos dudaban de toda la historia.
Unas tres semanas después
de la partida de Jesús, una nueva delegación de los sacerdotes y fariseos de
Jerusalén llegó hasta aquel lugar de Pella. Preguntaron directamente a Juan si
él era Elías o el profeta que Moisés había prometido. Cuando Juan les dijo, «Yo
no soy», se atrevieron a preguntarle, «¿Eres el Mesías?», y Juan respondió: «No
lo soy.» Entonces, estos hombres de Jerusalén le dijeron: «Si no eres Elías, ni
el profeta, ni el Mesías, entonces ¿por qué bautizas a la gente, creando todo
este alboroto?» Y Juan replicó: «Aquellos que me han escuchado y han recibido
mi bautismo os pueden decir quién soy yo, pero os afirmo que si bien yo bautizo
con agua, ha estado entre nosotros aquel que volverá para bautizaros con el
Espíritu Santo.»
Estos cuarenta días
fueron un período difícil para Juan y sus discípulos. ¿Cuales iban a ser las
relaciones entre Juan y Jesús? Se planteaban cientos de interrogantes. La
política y las preferencias egoístas empezaron a hacer su aparición. Brotaron
violentas discusiones alrededor de las diversas ideas y conceptos del Mesías.
¿Se convertiría en un jefe militar y en un rey como David? ¿Destruiría a los
ejércitos romanos como Josué había hecho con los cananeos? ¿O vendría para
establecer un reino espiritual? Juan se definió más bien por la opinión de la
minoría, de que Jesús había venido para establecer el reino de los cielos,
aunque no tenía del todo claro en su propia mente qué debería de incluirse
exactamente dentro de esta misión de establecer el reino de los cielos.
Fueron días arduos en la
experiencia de Juan, y oró para que Jesús regresara. Algunos discípulos de Juan
organizaron grupos de reconocimiento para ir en busca de Jesús, pero Juan lo
prohibió diciendo: «El tiempo de cada uno de nosotros está en las manos del
Dios del cielo; él guiará a su Hijo elegido».
El sábado 23 de febrero
por la mañana temprano, cuando los compañeros de Juan, que estaban tomando su
desayuno, levantaron la mirada hacia el norte, vieron a Jesús que venía hacia
ellos. Mientras se acercaba, Juan se subió a una gran roca, elevó su voz sonora
y dijo: «¡Mirad al Hijo de Dios, el libertador del mundo! Es de él de quien he
dicho, ‘Detrás de mí vendrá aquel que ha sido elegido antes que yo, porque
existía antes que yo`. Por esta razón he salido del desierto para predicar el
arrepentimiento y bautizar con agua, proclamando que el reino de los cielos
está cerca. Ahora viene aquel que os bautizará con el Espíritu Santo. Yo he
visto al espíritu divino descender sobre este hombre, y he oído la voz de Dios
afirmar: ‘Éste es mi hijo amado en quien me siento muy complacido.`»
Jesús les rogó que
continuaran desayunando, mientras se sentaba para comer con Juan, pues sus
hermanos Santiago y Judá habían regresado a Cafarnaúm.
Al día siguiente por la
mañana temprano, se despidió de Juan y de sus discípulos y emprendió el regreso
a Galilea. No les dio ninguna indicación sobre cuándo volverían a verlo. A las
preguntas de Juan acerca de su propia predicación y de su misión, Jesús dijo
solamente: «Mi Padre te guiará ahora y en el futuro como lo ha hecho en el
pasado.» Y estos dos grandes hombres se separaron aquella mañana a orillas del
Jordán, para no volverse a ver nunca más en la carne”.
Hasta aquí la
transcripción detallada de los capítulos de Libro de Urantia sobre “los años
perdidos de Jesús”. Lo que sigue en el Libro de Urantia, sobre la vida pública
y la predicación del Maestro de Nazaret está lo suficientemente detallado en el
Nuevo Testamento, como para que la mayoría de los lectores de éste blog, puedan
conocerlo.
Sinceramente, no veo en
estas páginas, ninguna REVELACIÓN divina, por lo menos mi alma, no es capaz de
descubrir otra cosa que un intento, por cierto bastante ingenioso, piadoso y en
general, verosímil –aunque el planteamiento global y alguno de los episodios no
lo sean-, de lo que pudo ser la vida cotidiana de aquel Jesús de Nazaret, desde
el momento de su nacimiento hasta el momento de iniciar su vida pública.
Si más no, el texto nos
permite rellenar un vacío existente, completar el esbozo de aquel retrato de
Jesús de Nazaret que estamos tratando, con total humildad y sin ningún tipo de
pretensión, en algunas de las últimas entradas, de dibujar…
Como siempre, espero que os haya sido útil e interesante.
Como siempre, espero que os haya sido útil e interesante.
2 comentaris:
Muchas Gracias.
Gracias a ti, por leer éstos artículos, sobre los años perdidos de Jesús. La verdad es que esperaba que el tema fuera interesante para muchas personas.
Publica un comentari a l'entrada